Lic. Viviana Fanés.
“Hay una dignidad que el vencedor no puede alcanzar”
-Jorge Luis Borges-
La pregunta acerca de un tratamiento posible en los casos de pacientes donde se presenta el fenómeno de la devastación de la personalidad, producida por la confrontación con una realidad que se torna traumática y que se recorta bajo una modalidad vincular basada en la dominación.
Vemos sus efectos bajo la forma de una creciente y socavada violencia, que me convocó a pensar nuevas herramientas.
Marie France Hirigoyen, en su libro “El acoso moral. El maltrato en la vida cotidiana” hace una advertencia que no puede dejar de ser escuchada.
“...una cura psicoanalítica típica no resulta adecuada para una víctima que todavía se encuentra bajo los efectos del choque de la violencia perversa y sus humillaciones” (Pág. 174).
En este sentido acuerdo, el dispositivo analítico tal como fue inventado no es viable. No hay tratamiento posible. Tampoco fue inventado para ello.
Pero no debemos olvidar la indicación que el mismo Freud no hace en los textos técnicos, allí donde nos invita a continuar en la búsqueda de nuevos caminos para la terapia.
Lacan, deja claro que un analista no puede operar en desconocimiento de la época que le ha tocado vivir.
En mi experiencia como analista he tratado casos en los cuales nuevas herramientas permitieron un abordaje posible.
Muchos de los pacientes que me consultan no advierten que su malestar proviene de estar instalados en vínculos bajo esta lógica.
En tales casos, las entrevistas preliminares son importantes para sondear la procedencia de los malestares que los aquejan.
La mayoría no puede precisar el comienzo, simplemente han dejado de ser lo que eran. Duermen mal, tienen dificultades de concentración, atención, no rinden en sus tareas básicas cotidianas, el desgano se ha instalado en sus vidas.
Sin embargo esto es advertido, y muchas veces alimentado, por quienes la rodean por continuos comentarios consecuentes con el efecto de devastación psíquica.
Detrás de este discurso, se incrementa una angustia imprecisa que se manifiesta con sensaciones de inseguridad, autodesvalorización, autorreproches, que dan como resultado un estado de desvalimiento total.
Aquellos que tenemos la responsabilidad de llevar la dirección de la cura de estos casos, debemos tener bien claro la modalidad de comienzo de dicho malestar, para no confundir una sintomatología depresiva, con un trastorno provocado por un hecho traumático, agente del desencadenamiento, encubierto o no.
Es importante detectar la lucha interna de estos pacientes para salir de “algo” que no cesa de producir malestar.
Una paciente lo expresa así: “me desvivo por ser la que era....”
El desgaste va dando lugar a síntomas imprecisos: taquicardia, inquietud, hasta llegar a “estados depresivos” larvados.
No es posible para estos pacientes comprender que algo o alguien importante en sus vidas, está provocando un malestar que va creciendo en gravedad.
Lo familiar se torna extraño y esto no es un detalle.
Podría detenerme dando más detalles, la intención, no es describir el fenómeno, bien ya lo han hecho otros y a esos autores les debemos un aporte en el abordaje clínico.
No podemos someter a un paciente a cuestionarse, pues ya viene más que cuestionado, llega acosado.
Quiero compartir con ustedes un material clínico que me permitió plantear:
“La clínica del desmorir”
Una paciente se acerca a mi consulta, no sabe que le sucede, su esposo está vendiendo todos sus bienes, supuestamente, para salvar la empresa.
Trae cada vez menos dinero a su casa, ella se va arreglando con su magro ingreso además de trabajar para él y trata de no pedir nada.
A pesar de esto su marido ha comenzado a tratarla con desgano, nada lo complace; la acusa de algo que la indigna,”cuando las cosas iban bien eras otra persona”. Ella no consulta por esto, quiere recuperarlo!! Quiere volver a ser amada!
Detrás de toda esta patética parodia aún encubierta, él no se mostraba preocupado por la situación, eran llamativos sus esfuerzos en mostrar al entorno que su mujer estaba cambiando, vivía alterada, angustiada, deprimida.
Mis intervenciones en relación a esta cuestión parecían no ser escuchadas por ella. Él llegaba cada día más tarde, ella lo esperaba con la cena y él sólo agregaba reproches. Decía: “no entiendo, me desvivo por él... todo va cada vez peor”
Le dije: “vea usted no tiene que desvivirse ya más, usted debe empezar a desmorise”. No olvidaré su rostro expresando sorpresa, confesando que ha deseado morir, más de una vez. Solo se detuvo en el intento pensando en sus hijos.
No pasó mucho tiempo...Un llamado desesperado donde me pide verme urgentemente.
Su marido la había abandonado con 3 hijos y un tendal de deudas. Lentamente va descubriendo que las ventas no eran para salvar la pretendida empresa sino que eran llevadas a un banco al extranjero. Nada de esto pudo ser probado, el plan incluía una tercera persona, a cuyo nombre estaban los bienes.
Lo primero que expresa es, “ese no es el mismo hombre con quien me case, no es el padre de mis hijos, ni el que presenció los partos, no es el hombre con quien construí mi vida, no puede ser el mismo al que aposté todo”.
Ese hombre había abandonado a su familia, a su mujer, decidido a comenzar una nueva vida con una mujer 20 años menor. Exterminándolos afectiva y moralmente
Pero las cosas no terminaría allí, en ese punto comienzan los embates legales, amenazas de quitarle a sus hijos, pretendiendo una internación para la paciente, por su estado emocional, del cual por supuesto , él nada tenía que ver.!
Hasta aquí el material: veamos ahora:
Cómo iniciar un tratamiento implicando subjetivamente a alguien que sumida en la desesperación de sostener una familia, no solo desde lo afectivo, sino desde las bases de la estructura misma, donde, aquel que se suponía tenía las mismas intenciones era el autor y mentor de las sucesivas complicaciones que día a día iban en aumento.
Desde el comienzo, no era posible poner en juego el dispositivo analítico tal cual fue inventado. Bien pueden otros analistas cuestionar que esta paciente no quiso ver, si relatara el caso en detalle, rápidamente uno puede escuchar que siempre dejaba la falta de su lado y sostenía el discurso de su marido.
Es verdad, pero hay otra verdad en juego que la puso en desventaja, su partenaire contaba con un plan, estratégicamente estudiado cada paso que fue dando, generar preocupación, alarma, sobrecargar de responsabilidades a su mujer, desentenderse de sus hijos, subestimar toda clase de ayuda, socavando lenta y sigilosamente todos los atributos con un discurso sutilmente devastador, bajo una mentira con graves efectos traumáticos. Nadie, ni la paciente, amigos, la familia, supo y sospecho jamás que la quiebra no existía.
Aquel pobre hombre trabajador, urdía un maquiavélico plan donde estafaría moral y económicamente a su mujer, sus hijos y allegados. Si había una quiebra en juego, era la que esta mujer sufriría desviviéndose...
1-“La clínica del desmorir”
Duro fue el trabajo, ambas debíamos restituir su lugar digno, que siempre tuvo, pero que había perdido en la mirada sobre si misma.
Al mismo tiempo trabajar un duelo por la pérdida de una relación que jamás fue lo que ella pensaba.
Mi tarea como analista era la de re-encontrarla con lo que fue, con sus valores, con su modo de apostar al amor.
Y desde allí poder entender que pasó. Si es que el terrorismo psicológico tiene explicación.
Confieso que me valí de otras armas, no solo de mi formación como analista, sino también de los años de experiencia hospitalaria que me conectaron con la práctica forense.
2-El tratamiento posible: El dispositivo de sostén:
Desde este lugar, para que exista un tratamiento, debe entenderse más que nunca el trauma como presente.
El comienzo del tratamiento está destinado a un dispositivo protector que permita al paciente tomar distancia del foco en el cual fue colocado.
De nada sirve sostener la victimización a la cual es sometida, tampoco es efectiva la confrontación descarnada con los hechos.
La victimización, coagula al paciente en una posición a la cual fue forzada.
La confrontación descarnada con los hechos produciría efectos de melancolización difícil de restituir.
El margen que nos queda dentro del dispositivo para intervenir es muy limitado, se trata de una intervención que lleve al paciente a descubrir esos datos que no cierran.
En el ejemplo que he dado, bastó que le insinuara “Cómo es posible que Ud tenga que cubrir todas las variables, ceder todo lo que tiene, para salvar algo que cada vez requiere más y más? Cómo es posible que él pueda dormir, que no muestre signos de angustia, mientras Ud está cada vez más desvitalizada?
Este tipo de intervención, permitió que se separara del permanente bombardeo de catástrofes en la cual era convocada a diario y comenzara a ver que tal nivel de sufrimiento debió al menos ser compartido.
Comenzó a registrar una histórica falta de reciprocidad.
Al mismo tiempo, hay que estar preparados para estar presentes, a disposición del paciente, aunque más no sea telefónicamente, para cuando comience a plantear resistencia a ceder, cosa que no tolerará el partenaire.
Bien sabemos que la personalidad narcisistica de aquel que efectúa el acoso responderá redoblando el ataque. No vacilará en tratar de evitar el desarrollo del tratamiento.
Si bien en un comienzo lo apoyan para probar la enfermedad del paciente en tratamiento, ni bien se recupera, lo boicotean.
La segunda fase del tratamiento, se dirige a vehiculizar la encrucijada, no existe negociación con aquel que ha decidido quedarse con todo. Ningún narcisista está dispuesto a ceder, muy cercano al planteo de la paranoia, muchas veces la encrucijada puede ser sangrienta.
No hay lugar para dos, en el mundo para estos sujetos por más que se haya efectuado la separación vincular.
Es aquí donde el paciente se confronta con lo más terrible, aún separada tampoco es posible para el narcisista dejarla ir.
Llamo encrucijada, al lugar que lentamente es llevado el paciente para producir el efecto de destrucción subjetiva y no admite límite a su accionar.
Es aquí donde se separan dos conceptos que -a mi entender- no son homologables: a saber: violencia psicológica y acoso moral.
La violencia psicológica está operando desde el afán de poder, aquel que la ejerce encuentra un límite en la ley y retrocede allí donde su poder pierde brillo.
El acoso moral, apunta a la destrucción subjetiva, tiene un componente narcisístico de tal nivel, que el límite no existe, es la voluntad de desaparición del otro.
No alcanza con la demostración de poder. Necesita de la muerte simbólica (y porque no real) de aquel que ha osado zafar de sus redes.
La táctica es impredecible inmotivada y conlleva un rasgo perverso, mucho más allá de la demostración de poder.
Está basada en el empuje a “hacer”, es así como desde la desesperación un paciente puede llegar a pensar que la única salida al sufrimiento es la muerte.
No será necesario morirse para sentirse muerto.
Jamás debemos como analistas minimizar las ideas que ronden el tema del suicidio. Ya que la táctica del agresor apunta a este lugar, el crimen perfecto.