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Viernes 9 de marzo de 2007

 
 

Jesús: Mi amigo del alma
Por Domingo Vásquez Morales, C.Ss.R.

 

Creo en ti, Jesús, pero aumenta mi fe y llévala a la perfección, para que algún día yo pueda decir como San Pablo: “y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2, 20).  Porque Tu eres mi vida.

Querido amigo, Jesús, mi amigo del alma:

Hace unos días, a través de esta misma página, te escribí unas cuantas líneas.  Me imagino que las habrás leído con mucha dedicación, pues te conozco muy bien y sé que eres muy atento y acogedor.  No te imaginas, querido Jesús, la gran cantidad de mensajes que recibí debido a esa carta anterior.  Quiero darle las gracias públicamente a todos aquellos que me enviaron sus comentarios y pido que tú les concedas toda clase de bienes celestiales y espirituales a todos y cada uno de ellos.

En aquella ocasión te pedía que me concedieras la gracia de tener tu mismo pensamiento y tus sentimientos para yo poder proceder de acuerdo a tu espíritu.

Hoy te he invitado a cenar conmigo, pues tengo mucho deseo de hablar un poco contigo, hoy no vengo a pedirte nada, sólo quiero decirte por qué yo creo en ti.

Creo en ti porque me llamaste por mi propio nombre, porque me aprecias y me amas mucho.  Tú me habías elegido desde el seno de mi madre, Doña Eduarda (Gál 1, 15).

Tú te acuerdas del testimonio de mi madre, el cual ella compartió con todos el día de mi ordenación presbiteral.  Te voy a refrescar la memoria.  Eduarda Morales dice que cuando ella estaba preparándose para su boda, le pidió dos favores al Señor y eran estos: el primer favor fue, Señor, me voy a casar, concédeme que mi primer hijo sea varón y el segundo favor, dame la gracia de que uno mis hijos sea sacerdote”.  Así eres Maestro, un Dios sorprendente.  Se casó la muchacha y su primer parto fue este barón que escribe estas líneas y el 26 de enero de 1996 Mons. José Grullón Estrella (Obispo de San Juan de la Maguana, en la República Dominicana) me impuso las manos para consagrarme sacerdote.  Que contenta estaría doña Eduarda.

Creo en ti porque te has encarnado en los desahuciados del mundo y porque te has encarnado también en la acogida del mundo: en el vientre de la Virgen María y en su “SÍ” incondicional.  También en el “sí” de San José al comprometer su vida con esa nueva vida.

Creo en ti porque te me revelas en aquellos que tú amas tanto: los sencillos, los humildes, los pequeños, los niños..., aquellos que no cuentan para la sociedad.

Creo en ti porque Tú sabes llenar de alegría con tu presencia una fiesta familiar y sabes reír y gozar con los pobres (Jn 2, 1-11).

Creo en ti porque eres humano, un Dios con una Madre y unos hermanos, hermano mío, uno más entre nosotros.

Creo en ti porque salvas a los débiles y arruinas a los que solamente confían en su poder, en sus maquinaciones y se jactan de su orgullo (Sof 3, 11; Lc 1, 51).

Creo en ti porque te desvives por servir a los demás y por ocuparte de los que sufren.

Creo en ti porque quisiste mostrar tu fortaleza en mis debilidades.  Ahora, por fin, entiendo a San Pablo cuando dijo:  “Cuando me siento débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 10).

Jesús, tú me enseñaste a amar a los enemigos y hasta orar por ellos (Lc 6, 35), pero en aquel momento no me dijiste que también había que perdonarlos.  Pero, estando contigo en la cruz, me diste una gran lección, cuando pronunciaste aquellas conmovedoras palabras: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).  Cuando te escuché decir esas palabras, se me saltaron las lágrimas (Tu sabes que no lloro fácilmente) y con asombro miré a María y a Juan, que estaban a mi lado al pie de la cruz.  Una razón más para creer en Ti.

Esto sí que yo no lo entiendo “Chu”: ¿Cómo perdonar a los que te maltratan? Y tú lo hiciste en el momento más duro de tu vida.  Me sentí muy conmovido e impresionado, nunca olvidaré esa experiencia.  Pero ¿cómo es posible? ¡Qué amor tan grande!  Nunca me imaginé que tu amor llegara tan lejos.

Amigo mío, yo te dije al principio que hoy no te iba a pedir nada, pero se me ocurrió algo ahora mismo: Dame un corazón abierto, capaz de perdonar como tu perdonas, de estar siempre dispuesto a confiar en los demás.  Te lo digo porque a mi me cuesta eso del perdón, y tú lo sabes, además Tú dices que hay que perdonar hasta setenta veces siete.

Creo en ti porque has pasado por las cruces de la historia de la humanidad y, de mi historia personal, para redimir las situaciones de muerte, convirtiéndolas en signos de vida.

Creo en ti porque me haces fomentador y transmisor de alegría, de vida y esperanza entre quienes caminan en tinieblas y sombras de muerte.

Gracias, moreno, por venir a pasar este rato conmigo, espero vernos pronto.  Aquí estoy, dispuesto a desvivirme por ti y por los pobres, amándolos y dándoles vida.

Creo en ti, Jesús, pero aumenta mi fe y llévala a la perfección, para que algún día yo pueda decir como San Pablo: “y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2, 20).  Porque Tu eres mi vida.

Gracias, Señor, por esa luz que ilumina todo mi ser.

Estimado (a) amigo (a), si usted leyó la carta anterior (Jesús, Mi modelo), ya sabe lo que tiene que hacer.  Si no la ha leído aquí va una sugerencia: si por suerte te gusta este artículo, como lo espero, te pido por favor, me encomiendes a la poderosa intercesión de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, para que ella me ayude a poner en práctica estos mis deseos. Pide para mí esta gracia, que yo te prometo pedirla también para ti y darte mi bendición, sea quien sea que me haga este favor.Enviale un comentario al Autor

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Fecha de la última actualización: 10/03/2007 10:58:48 p.m.

 

 

 
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