Querido amigo, Jesús, mi amigo del alma:
Hace unos días, a través de esta misma
página, te escribí unas cuantas líneas. Me imagino que las
habrás leído con mucha dedicación, pues te conozco muy bien y sé
que eres muy atento y acogedor. No te imaginas, querido Jesús,
la gran cantidad de mensajes que recibí debido a esa carta
anterior. Quiero darle las gracias públicamente a todos
aquellos que me enviaron sus comentarios y pido que tú les
concedas toda clase de bienes celestiales y espirituales a todos
y cada uno de ellos.
En aquella ocasión te pedía que me
concedieras la gracia de tener tu mismo pensamiento y tus
sentimientos para yo poder proceder de acuerdo a tu espíritu.
Hoy te he invitado a cenar conmigo, pues
tengo mucho deseo de hablar un poco contigo, hoy no vengo a
pedirte nada, sólo quiero decirte por qué yo creo en ti.
Creo en ti porque me llamaste por mi propio
nombre, porque me aprecias y me amas mucho. Tú me habías
elegido desde el seno de mi madre, Doña Eduarda (Gál 1, 15).
Tú te acuerdas del
testimonio de mi madre, el cual ella compartió con todos el día
de mi ordenación presbiteral. Te voy a refrescar la memoria.
Eduarda Morales dice que cuando ella estaba preparándose para su
boda, le pidió dos favores al Señor y eran estos: el primer
favor fue, Señor, me voy a casar, concédeme que mi primer hijo
sea varón y el segundo favor, dame la gracia de que uno mis
hijos sea sacerdote”. Así eres Maestro, un Dios sorprendente.
Se casó la muchacha y su primer parto fue este barón que escribe
estas líneas y el 26 de enero de 1996 Mons. José Grullón
Estrella (Obispo de San Juan de la Maguana, en la República
Dominicana) me impuso las manos para consagrarme sacerdote. Que
contenta estaría doña Eduarda.
Creo en ti porque te has encarnado en los
desahuciados del mundo y porque te has encarnado también en la
acogida del mundo: en el vientre de la Virgen María y en su “SÍ”
incondicional. También en el “sí” de San José al comprometer su
vida con esa nueva vida.
Creo en ti porque te me revelas en aquellos
que tú amas tanto: los sencillos, los humildes, los pequeños,
los niños..., aquellos que no cuentan para la sociedad.
Creo en ti porque Tú sabes llenar de alegría
con tu presencia una fiesta familiar y sabes reír y gozar con
los pobres (Jn 2, 1-11).
Creo en ti porque eres humano, un Dios con
una Madre y unos hermanos, hermano mío, uno más entre nosotros.
Creo en ti porque salvas a los débiles y
arruinas a los que solamente confían en su poder, en sus
maquinaciones y se jactan de su orgullo (Sof 3, 11; Lc 1, 51).
Creo en ti porque te desvives por servir a
los demás y por ocuparte de los que sufren.
Creo en ti porque quisiste mostrar tu
fortaleza en mis debilidades. Ahora, por fin, entiendo a San
Pablo cuando dijo: “Cuando me siento débil, entonces soy
fuerte” (2 Cor 12, 10).
Jesús, tú me enseñaste a amar a los enemigos
y hasta orar por ellos (Lc 6, 35), pero en aquel momento no me
dijiste que también había que perdonarlos. Pero, estando
contigo en la cruz, me diste una gran lección, cuando
pronunciaste aquellas conmovedoras palabras: “Padre, perdónalos
porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Cuando te escuché
decir esas palabras, se me saltaron las lágrimas (Tu sabes que
no lloro fácilmente) y con asombro miré a María y a Juan, que
estaban a mi lado al pie de la cruz. Una razón más para creer
en Ti.
Esto sí que yo no lo entiendo “Chu”: ¿Cómo
perdonar a los que te maltratan? Y tú lo hiciste en el momento
más duro de tu vida. Me sentí muy conmovido e impresionado,
nunca olvidaré esa experiencia. Pero ¿cómo es posible? ¡Qué
amor tan grande! Nunca me imaginé que tu amor llegara tan
lejos.
Amigo mío, yo te dije al principio que hoy no
te iba a pedir nada, pero se me ocurrió algo ahora mismo: Dame
un corazón abierto, capaz de perdonar como tu perdonas, de estar
siempre dispuesto a confiar en los demás. Te lo digo porque a
mi me cuesta eso del perdón, y tú lo sabes, además Tú dices que
hay que perdonar hasta setenta veces siete.
Creo en ti porque has pasado por las cruces
de la historia de la humanidad y, de mi historia personal, para
redimir las situaciones de muerte, convirtiéndolas en signos de
vida.
Creo en ti porque me haces fomentador y
transmisor de alegría, de vida y esperanza entre quienes caminan
en tinieblas y sombras de muerte.
Gracias, moreno, por venir a pasar este rato
conmigo, espero vernos pronto. Aquí estoy, dispuesto a
desvivirme por ti y por los pobres, amándolos y dándoles vida.
Creo en ti, Jesús, pero aumenta mi fe y
llévala a la perfección, para que algún día yo pueda decir como
San Pablo: “y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál
2, 20). Porque Tu eres mi vida.
Gracias, Señor, por esa luz que ilumina todo
mi ser.
Estimado (a) amigo (a), si usted leyó la carta anterior (Jesús,
Mi modelo), ya sabe lo que tiene que hacer. Si no la ha
leído aquí va una sugerencia:
si por suerte te gusta
este artículo, como lo espero, te pido por favor, me encomiendes
a la poderosa intercesión de Nuestra Señora del Perpetuo
Socorro, para que ella me ayude a poner en práctica estos mis
deseos. Pide para mí esta gracia, que yo te prometo pedirla
también para ti y darte mi bendición, sea quien sea que me haga
este favor.Enviale un comentario al Autor
dvasquezmorales@yahoo.es