| Centrales nucleares: Una bomba de tiempo Nicholas Lenssen,
Especialista en energía y ex investigador en el Worldwatch Institute de Washington, DC. |
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Las
centrales nucleares y el almacenamiento de sus desechos ¿son legados envenenados que
dejamos a nuestros tataranietos? El punto de vista de un experto. Imagine que después de un salto de mil años en el tiempo, usted se encuentra en una misteriosa zona prohibida, cuajada de cúpulas de cemento y envuelta en alambradas herrumbradas. Esas instalaciones abandonadas estarian vigiladas por una especie de cofradía, cuyos integrantes impedirían a todo el mundo el acceso a esos lugares peligrosos. Así podría concluir la historia de unos 500 reactores nucleares civiles construidos en la segunda mitad del siglo xx. En todos los sectores industriales es sencillo y relativamente barato destruir las fábricas viejas y los equipos anticuados. Las cosas se complican en cuanto se trata de energía nuclear, en razón de la fuerte radiactividad de las infraestructuras. Después de su cierre definitivo, una central nuclear deja de ser una valiosa instalación que produce electricidad destinada a los consumidores y se convierte en un montón de acero y cemento radiactivos en espera de ser desmantelado. El escenario imaginado más arriba tiene escasas probabilidades de producirse. Sin embargo, lo cierto es que todavía no se sabe en qué se convertirán las centrales nucleares una vez cerradas. Sería irresponsable de nuestra parte disfrutar de electricidad gracias a la energía nuclear y dejar que las generaciones siguientes se las arreglen con los desechos, advertía en 1990 François Chevenier, director del Organismo de Gestión de los Desechos Radiactivos de Francia. Sin embargo, es exactamente lo que hacemos hoy: los reactores nucleares, que pueden funcionar entre treinta y cuarenta años, nos legan una herencia radiactiva, cuya vida puede prolongarse miles de años... ¿Qué destino reservar a esos reactores? El problema es cada vez más agudo. No menos de 94 dejaron de operar definitivamente en los primeros meses de 1999, mientras 429 seguían funcionando en el mundo. Eso significa que uno de cada 5,5 reactores ha sido cerrado. Pero sólo algunos han sido desmantelados. Esa falta de diligencia es en parte voluntaria. Algunos países, como Japón y Estados Unidos, anunciaron que sólo procederían a desmantelar sus sitios nucleares diez a veinte años después de su cierre. Francia y Canadá han resuelto esperar varias décadas. En cuanto al Reino Unido, decidió lisa y llanamente dejar que transcurra más de un siglo antes de desmontar el más mínimo reactor. Por consiguiente, las viejas centrales nucleares podrían formar parte del paisaje de ciertos países por una eternidad. Su razonamiento es el siguiente. Cuanto más tiempo funciona un reactor, más se carga la central de radiactividad, que emana de un bombardeo atómico. Y cuanto más elevada es la radiactividad, más difícil, peligroso y caro resulta proceder a su desmantelamiento y almacenar o sepultar los desechos. Como la tasa de radiactividad disminuye con el correr del tiempo, es mejor dejar que pasen varias decenas de años entre el cierre del reactor y su desmantelamiento, para que esta última operación sea más fácil y menos peligrosa. La radiactividad de las instalaciones en especial en el núcleo del reactor, donde se produce la reacción nuclear perdura sin embargo durante cientos de miles de años. El níquel 59, por ejemplo, una substancia que se encuentra en el núcleo de los reactores, tiene una media vida radiactiva (o sea el tiempo necesario para que la radiactividad disminuya a la mitad) de 80.000 años; y hay que esperar un millón de años para que se torne inofensivo. Una de las soluciones propuestas actualmente para deshacerse de los desechos consiste en enterrarlos, a fin de aislarlos de los hombres y de la biosfera hasta que desaparezca todo peligro. Sin embargo, ningún país ha corrido el riesgo de elegir definitivamente el sitio en que se sepultarán. Y las opiniones de los científicos difieren: algunos afirman que enterrarlos es una solución, y otros piensan que el problema es insoluble. Técnicamente, los desechos no pueden ser destruidos, y los expertos son incapaces de probar que no constituyen, incluso enterrados, una amenaza para el medio ambiente. Toda hipótesis, para ser reconocida científicamente, ha de ser demostrada. Ahora bien, en materia de desechos radiactivos, habría que esperar varios miles de años y correr riesgos considerables antes de probar cualquier cosa. Muchos son, entre los simples ciudadanos o los científicos, los que critican la actitud extremadamente presuntuosa de nuestra civilización: no vacilamos en proyectarnos muy lejos en el tiempo, aunque privemos a las generaciones futuras de lo que jamás podremos devolverles. Dejar una herencia que no se contenta con empobrecer el planeta sino que lo pone también en peligro durante varios milenios es un acto de una irresponsabilidad sin precedentes. Recomendaciones que siguen siendo letra muerta Los políticos siempre han sido reacios a ocuparse de un problema que sólo se volverá candente cuando hayan concluido su carrera. Durante mucho tiempo los gobiernos y la industria ignoraron las advertencias lanzadas a propósito de los desechos radiactivos o del desmantelamiento de las centrales nucleares. En 1951, James B. Conant, entonces presidente de la Universidad de Harvard y ex administrador durante la guerra del Manhattan Project el programa de fabricación de la bomba atómica habla por primera vez de la extraordinaria longevidad de los desechos radiactivos. En 1957 un comité de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos advierte que la eliminación de los desechos radiactivos, contrariamente a la de cualquier otro tipo de desechos, representa una amenaza tan grave que no puede correrse ningún riego en materia de seguridad. En 1960 una nueva comisión de la Academia insiste para que la cuestión de los desechos se resuelva antes de autorizar la construcción de nuevas centrales nucleares. Todas estas recomendaciones fueron letra muerta. Las naciones se lanzaron, unas tras otras, a la aventura nuclear. Políticos e industriales estimaron que los desechos y el desmantelamiento de las centrales eran problemas totalmente controlables. Sin embargo, les dedicaron escasos recursos. Carroll Wilson, primer director general de la Comisión para la Energía Atómica de Estados Unidos, explica que trabajar sobre el tema no era prestigioso. A nadie se le daba una buena nota por haberse interesado por los desechos nucleares. Por consiguiente, el asunto se enterró, en sentido real y figurado, hasta fines de los años setenta. Entonces se conjugaron diversos factores para aminorar el ritmo de construcción de nuevos reactores: accidentes y problemas de seguridad, interrogantes en cuanto a las consecuencias para la salud, costos cada vez más altos y desconfianza creciente de la opinión pública. Sin embargo, la mayoría de la gente sigue pensando que no hay que inquietarse por el desmantelamiento de los reactores y el almacenamiento de los desechos. Quizás tengan razón. Sin embargo, estamos lejos de haber terminado de pagar la factura nuclear. ¿Quién pagará y cuánto? Seguimos sin saber muy bien cuánto cuesta un desmantelamiento y quién debe financiarlo. Según ciertas estimaciones, representaría entre 10% y 40% de la inversión inicial, a veces incluso 100%, es decir de 50 millones a más de 3.000 millones de dólares, para los grandes reactores. La construcción en 1960 del pequeño reactor de Yankee Rowe (Massachusetts), de una capacidad de 167 megavatios, costó 186 millones de dólares. Su desmantelamiento, 30 años más tarde, necesitó más de 350 millones de dólares. Al gobierno y a los organismos a veces les ha sido difícil justificar los costos de construcción y de mantenimiento de los reactores nucleares. Tal vez les resulte aún más difícil defender su cierre. Durante años el gobierno británico afirmó que el desmantelamiento no sería particularmente costoso. Pero en 1989, cuando trató de privatizar su industria nuclear, reconoció que el costo de las operaciones sería cuatro veces superior a lo que había anunciado inicialmente. Aunque la mayor parte de los gobiernos exigen de su organismo encargado de lo nuclear que reserve parte de sus ingresos para el futuro desmantelamiento de los reactores, se trata las más de las veces de fondos que figuran en la contabilidad, pero que, en realidad, el organismo gasta de otro modo. Por consiguiente, se ignora totalmente si dispondrá de la suma asignada cuando llegue el momento de actuar. E incluso cuando los capitales se hayan reservado realmente, ¿qué hacer cuando los reactores dejan de funcionar prematuramente, como sucede a menudo? En Estados Unidos el costo del cierre de los reactores antes de la fecha prevista podría llegar a más de 15.000 millones de dólares. En Suecia el gobierno aumentó recientemente las sumas que las centrales deben asignar a su desmantelamiento. En otros países, especialmente en Francia y en la mayor parte de los países en desarrollo, los gobiernos decidieron esperar que llegara el momento de hacerlo antes de destinar los fondos públicos necesarios al desmantelamiento de las centrales. En resumidas cuentas, la generación que utiliza actualmente la energía nuclear deja a las generaciones futuras la responsabilidad de velar por el desmantelamiento de las centrales y de financiarlo. Con el tiempo, éstos podrían representar la mayor parte de los gastos que tendrán que sufragar la industria nuclear y los gobiernos que la han apoyado, sobre todo si no se logra resolver el problema de los desechos radiactivos. Aunque se dejara de producirlos, almacenar los ya existentes requerirá inversiones y precauciones durante un periodo que escapa a nuestra noción del tiempo. La humanidad va a tener que aislar y vigilar los desechos radiactivos, incluidas las centrales que han dejado de funcionar definitivamente, durante miles de años, a tal punto resultan peligrosos. Cualquiera que sea el futuro del sector, falta mucho para que la edad de lo nuclear llegue a su término. Fuente: EL CORREO DE LA UNESCO |