Esta novela está basada en el libro del mismo autor, titulado “LA
COLINA DE LA MUERTE”, en el cual se narran las memorias y vivencias de unos
exiliados españoles durante el período de 1937 a 1945. El lector podrá apreciar
cómo las circunstancias de la época que les tocó vivir a los exiliados entre
los que se encontraban FERMÍN ARCE y su familia, les obligaron a sufrir un penoso e inolvidable calvario, y este
relato tiene por principal finalidad divulgar su conocimiento para que
situaciones similares no se repitan jamás. Sin pretender que por sí solo esa
ambición se logre, al menos en la esperanza del autor queda la satisfacción de contribuir a ello. Está basada en hechos
reales. E-mail: oslufe@hotmail.com
La historia comienza ya iniciada la Guerra Civil española, cuando
eran reclutados voluntarios, jóvenes que no habían hecho el servicio militar y
otros de la reserva. Entre estos últimos se encontraba Fermín Arce, de 36 años,
residente en el País Vasco. Era una persona de una cultura superior a la media
de aquella época y de un sentido ético muy profundo; sin creencias religiosas,
pero con un amor al prójimo excepcional, que era apreciado inmediatamente por
quienes le conocían.
( Reservados todos
los derechos)
CAPITULO
1º
Nos encontramos en un barrio de Las Arenas
(Romo), en el ático de una casita de la calle Caja de Ahorros, donde viven
Fermín Arce con su esposa Teresa Fernández y sus hijos José, Edmundo y Armando.
Fermín tiene treinta y seis años, Teresa treinta y cuatro y los hijos catorce,
doce y diez respectivamente.
Están todos en la cocina y Fermín y Teresa
ocupados en recoger algunos enseres colocándolos en una bolsa de viaje.
-Bueno, Tere, -le dice Fermín con aire
decidido- ya ha llegado el momento. Como hemos dicho tantas veces, yo no
puedo quedarme aquí, con los brazos cruzados esperando que acabe esta guerra.
Siempre he defendido la República y es hora de hacerlo más activamente.
-Fermín: -le responde su esposa, con aire
de no estar convencida de la conveniencia de tal decisión –entonces...
¿estás decidido? ¿ya te vas? ¿no cambias de opinión?
-¡No! No cambio de opinión. Voy a presentarme
voluntario hoy mismo. Si se perdiera la guerra, a mí me perseguirían
igualmente. Ten en cuenta que yo voy por convicción. Los jóvenes soldados que
la están defendiendo, lo hacen en su mayoría, sólo por obligación.
-Bueno. Aquí te he preparado lo que creo más
necesario –le contesta al mismo tiempo que va colocando algunas ropas en el
equipaje.
Sus hijos, José, Edmundo y Armando les
observan inquietos, sin entender lo que está ocurriendo.
José, el mayor de los tres, se dirige a su
padre y le pregunta:
-Papá ¿tardarás en volver?
El segundo, Edmundo, le dice:
-¿Irás lejos?
Y el pequeño, para no ser menos, tirándole de
la chaqueta le pregunta:
-¿Por qué te vas?
Así, acosado por estas y otras preguntas,
mientras siguen ordenando ropas en la maleta, les contesta:
-Mirad, hijos, no tengo respuestas para
vuestras preguntas. Pero tenéis que saber que papá debe ir a una guerra que no
debía haberse producido. Vosotros quedaos tranquilos, que pronto se acabará y
volveré a casa. Sed buenos y no hagáis enfadar a vuestra madre.
A lo que José comenta:
-Eso sí que es difícil, porque no se enfada
nunca...
Fermín y Teresa sonríen porque reconocen
que así es, ya que Teresa posee un carácter muy tranquilo y afable, y que sólo
en casos extremos es capaz de demostrar estar malhumorada. Se abrazan mientras
Fermín le dice en voz baja:
-¡Bueno! Ahora no llores, que no me va a pasar nada.
Pronto volveré.
Al despedirse ya en el descansillo de la
escalera, Teresa hace una pregunta que encierra una duda interna:
-¿Nos volveremos a ver?
Su marido se apresura a contestarle:
-¡Pues claro! Tú cuídate y cuida de los
peques.... ¡Adiós!
Abajo, en la calle, un grupo de milicianos le
esperan para montar en una camioneta que les conducirá hacia el frente.
Durante el viaje se paran varias veces para
recoger a otros voluntarios. Media hora más tarde ya han llegado a su destino,
un improvisado campamento del País Vasco, en el que están reclutando
milicianos voluntarios.
Al corresponderle
su turno, Fermín se acerca al oficial
que está sentado junto a un ayudante y rodeados
de unos soldados, cuyos uniformes eran todo menos “uniformes”.
Dirigiéndose a Fermín le dice
el oficial:
-O sea, que te llamas Fermín Arce Rioja, tienes 36 años
y estás casado.
-Sí, bueno... tengo mujer y tres hijos. El mayor de quince
años.
-¿Y qué sabes hacer... además?
-Soy ebanista
-Aquí eso no es muy
útil, ¿sabes leer y escribir?
-¡Ah! Eso sí. Yo suelo escribir panfletos de la CNT
-¡Hombre! Por fin alguien con cultura. Anarquista ¿no?.
Pues bien, desde ahora quedas nombrado reportero. Tú no
necesitas fusil. Ten este vale para que te entreguen una pistola.
Utilizarás sobre todo lápiz y papel.¡Ten!. La
Historia se hace con las armas pero se escribe con ellápiz.
Ahora dirígete a aquel almacén.
-¡Gracias, señor! Además a mí eso de matar no me agrada
en absoluto
-Ni a mí. Pero si hay que hacerlo, se hace.
-Yo haré siempre todo lo posible por España y nuestra
República.
-¡Vale! Yo no te voy a dictar todo
lo que deberás hacer
de
ahora
en adelante. Sólo te diré que nos acompañarás y
tomarás notas de lo que observes. Aquí tienes un carnet de
periodista, te será
de utilidad; guárdalo bien.
No dejes de auxiliar a tus camaradas si lo necesitan.
Cada semana más o menos entregarás tus
folios al Comisario
Político o al oficial donde te encuentres.
También
escribirás y transmitirás sus mensajes.
Si caes prisionero,
destruye antes lo que poseas.
-Pero ¿cómo?, ¿quemándolo?
-¡O comiéndotelo!. Esas preguntas ni se hacen. ¡Puede
retirarse!
-¡A la orden, señor! –respondió
Fermín con un saludo, dirigiéndose a continuación hacia el barracón que servía
de almacén, para recoger lo indicado en el vale.
El oficial seguía llamando
.... ¡A ver!.... el siguiente......
Mientras
Fermín se dirige hacia el almacén, otro de los que estaban en el grupo que le
acompañó se acercó al oficial, y entre tanto el grupo de compañeros de Fermín
se van reuniendo a la espera de ser conducidos a su destino.
Comienza un crudo invierno del año 1937.
Entre columnas de soldados milicianos, de
aspecto cansado, va Fermín, en dirección hacia Santander y Asturias, asediados
por las bombas, los obuses y disparos del ejército nacional. En uno de los
vehículos van escuchando un aparato de radio de campaña. Tienen sintonizada la
emisión en la que, desde Radio Sevilla, el General Queipo de Llano se dirige al
ejército republicano. Entre otras cosas, con el fin de desmoralizar a los
soldados republicanos, decía en su discurso:
-“Rojillos”, y ¿ahora, qué? ¿Por dónde
pensáis salvaros? ¿por la mar? ¡Cuidado, que está el agua muy fría y podríais
resfriaros, sobre todo en la época otoñal en la que estamos! ¿Y cuántos os
arrojaréis a ella? Seguramente que muy pocos por no decir ninguno. Y los que os
atreváis a hacerlo no olvidéis que fuera del puerto del Musel hay embarcaciones
que os harán el honor de recogeros para saldar las cuentas pendientes que
tenéis con nosotros. Bien sabéis que cuando todavía os quedaba terreno para
correr os avisaba con tiempo suficiente, diciéndoos que os atarais bien las
alpargatas para que pudierais correr más a gusto. Pero ahora ni eso puedo hacer
por vosotros. Estáis metidos en una ratonera de la que será muy difícil que
podáis salir. Y lo peor es que al perder vuestra Asturias (La Roja) perdéis
vuestra ridícula leyenda de “luchadores indomables”.
Al terminar, emitían interpretada por un coro
de soldados, la canción del Cara al Sol.
Después de permanecer varios días en la
provincia de Asturias, el batallón recibe la orden de dirigirse hacia
Madrid.
Estando en El Jarama en unas trincheras junto
con una compañía de transmisiones, tratando de protegerse del tiroteo enemigo,
Fermín y otros soldados más jóvenes, algunos de unos diecisiete años, se
agazapan como pueden para evitar la lluvia de piedras y metralla que se les
viene encima. Cerca de ellos, entre una nube de polvo, destaca la figura de un
Comisario Político, alto, enfundado en un largo abrigo, moviéndose con
ligereza. Se trata de Mauro Bajatierra, que presencia cómo un joven soldado cae
herido por un disparo. Se acerca a socorrerle.
-Señor, por favor, ayúdeme a rezar mi última
oración para morir, que solo no lo sé –balbucea el soldado.
El Comisario se quedó confuso y enternecido
ante aquella súplica.
-¿Qué oración quieres que te ayude a rezar,
hijo mío? –le preguntó Mauro.
-El Padrenuestro, señor. Pero hágalo en
seguida que me siento morir.
A pesar de sus ideas opuestas a las creencias
católicas, acercándose aún más al pobre soldado comienza a recitar:
-Padre nuestro, que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre.........
El joven había seguido y pronunciado las
primeras palabras. Luego, y como si aquellas solas le bastaban para estar
satisfecho con su conciencia, expira en silencio. El Comisario que le había
acogido entre su brazo y su pecho para que la sangre no le ahogara, dándose cuenta
del fin de aquella vida, le deposita con todo miramiento en el suelo al tiempo
que se desliza una lágrima por sus mejillas.
Un
capitán se acerca a ellos, y le dice:
-¿Qué es eso, Bajatierra, lloras?
A lo que Mauro, con toda sencillez le
contesta:
-Eso me pregunto yo, ¡No se puede ser
sensible en una guerra donde mueren tantos hombres cada día!
Fermín y sus compañeros han sido testigos de
la escena, y éste comenta:
-¿Hasta qué punto estaría convencido ese
chaval que su sacrificio merecería la pena? A sus años ¿qué sabría de política?
A lo que uno de los soldados de más edad le
responde:
-¡Qué razón tienes! Es para ponerlo en duda,
porque al menos nosotros luchamos con un convencimiento fruto de nuestra
experiencia... pero estos chavales.... ¿qué saben de la vida?
La mañana de este 5 de Mayo de 1937 ha
amanecido espléndida y apacible. Fermín y Carlos, un joven miliciano de unos
veinte años, van caminando presurosos por el borde de una carretera del País
Vasco, en las proximidades de un pueblo. Más lejos, a su izquierda, se ven los
muros de un cementerio.
Carlos le pregunta:
-Así que tienes que tomar notas de lo que ves
aunque parezca no tener importancia ¡Qué raro! ¿no?
-Pues sí, Carlos, pero eso no es todo.
También tengo que ayudar a los oficiales redactando y escribiendo sus mensajes
y partes. Y a menudo, hacer de mensajero. Es mejor que estar en el frente,
¿sabes?. Te aseguro, Carlos, que en primera línea y en las trincheras se pasa
muy mal. Piensas que en cualquier momento se van a acabar tus días. Aunque de todos modos nunca se sabe dónde estás
más seguro.
-Oye, Fermín ¿y tú crees que será posible que
esos militares insurrectos lleguen a ganar la guerra?
-Yo no lo veo nada fácil. Pero pienso que hay
regiones que no presentarán resistencia. Aquí, en el País Vasco no nos
derrotarán.. Nuestro Cinturón de Hierro parece que será una protección
inexpugnable.
-No ¡claro! Somos muchos a hacerles frente y
además el territorio tan montañoso es una de nuestras mejores protecciones.
Además Asturias, Cataluña, Valencia, Aragón y Madrid son regiones que también
sabrán defenderse.
-¡Hombre! Si los árabes no lograron
conquistarnos, no lo van a hacer ahora unos militares fanáticos.
-Y ¿qué me dices de esos comentarios que se oyen
sobre el apoyo que reciben de los alemanes e italianos? Y dicen además que
tienen aviación y barcos de guerra....
-Pues que son ciertos; pero ni aun así, ya
verás. Como dicen algunos, nosotros los republicanos somos tantos que hasta
sólo con piedras les venceríamos.
Su conversación se ve interrumpida
inesperadamente. Se oyen repicar las campanas del pueblo. Dirigen su mirada
hacia éste, fijando su vista en la torre de la iglesia con sus campanas
volteando.
Carlos exclama:
-¿Oyes, Fermín? están repicando las campanas
¿Qué pasará?
Fermín, nervioso, le responde:
-Que anuncian peligro de bombardeo.
Pongámonos a cubierto por si acaso, ahí, en esa acequia.
En su misma dirección y más adelante, una
mujer y un niño van recogiendo hierbas y plantas para alimentarse de las que
encuentran en el lindero de la carretera.
Cuando más interesados y atentos se
encuentran en la busca de esas hierbas, oyen las campanas de la torre de la
Iglesia del pueblo que comenzaron a voltear, anunciando la aproximación de los
aviones. Dirigen también sus miradas inquietas hacia la iglesia y a
continuación hacia el horizonte.
Mientras tanto Carlos y Fermín se han
protegido en la acequia ocultándose en
ella, pero asomando las cabezas para ver qué pasa.
Carlos observa el cielo y exclama:
-Tienes razón. Eran aviones. Mira, allí
vienen. Son cuatro.
-Voy a tomar notas. ¡Fíjate, Carlos! son
Junkers.
-¿Los conoces?
-Sí, no es la primera vez que los veo. Son
alemanes. Pero normalmente los utilizan para bombardeo, y aquí no hay nada que
les pueda interesar como objetivo militar. Irán de paso hacia las fábricas.
-¡Que no, dices! Pues mira lo que están
haciendo. ¡Vaya humaredas que se levantan!
Fermín saca un cuadernillo y un lápiz y
empieza a hacer anotaciones al tiempo que le dice:
-¿Te das cuenta por qué es importante que
tome notas de esto? Bombardean un pueblo. ¡Qué vil absurdo! ¡Si en él no quedan
más que ancianos, mujeres y niños!. Esto no lo había visto yo antes.
Se oye un enorme estruendo que hace temblar
la tierra, apareciendo una humareda negra en forma de espiral que se eleva
hasta el cielo. A esa explosión le siguen otras muchas, creando un ambiente
aterrador. Unas casas próximas aparecen envueltas en llamas. La madre y su hijo
quedan mudos de estupefacción.
-Oye Fermín, -le dice Carlos señalando
hacia el cielo- fíjate en ese avión que viene hacia aquí...
Se esconden más aún agachándose en la zanja, y continúa,
-¿Viste
aquella mujer y a un niño que nos precedían? Por Dios que salgamos todos
bien de esto.
Más adelante la madre y el niño, asustados,
se mueven nerviosos buscando dónde protegerse.
Aterrorizada, aquella madre grita a su hijo:
-¡Corre, hijo mío, corre a esconderte donde puedas, que ese avión
viene con intención de matarnos!
A lo
que su hijo le respondió, sin dejar de correr:
-Ya
corro, madre, pero ven tú también, aunque no veo otro lugar más que el
Camposanto para escondernos.
-Pues corre
hacia él y escóndete, que ya llegaré yo también.
De la escuadrilla de aviones uno se separa
del grupo dirigiéndose hacia ellos.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando una ráfaga de
ametralladora disparada desde el avión la hace caer a tierra, no sin antes
abrir la boca como para decir algo. Pero lo único que sale de ella es una bocanada
de sangre.
Su
hijo, al oír el tableteo de la ametralladora, instintivamente vuelve la cabeza
al mismo tiempo que su madre cae muerta
a tierra, y se para de correr en dirección al Camposanto; rápidamente se vuelve
para socorrer a la que le dio el ser.
Cuando llega a ella ve que está envuelta en
su propia sangre y sin vida. Las facciones de su rostro se contraen
terriblemente, pero de su boca no sale un solo lamento ni un quejido de dolor.
Se yergue al oír que aquel maldito avión
viene en dirección de donde él está. Levanta su brazo con el puño de su mano
cerrado, amenazador, mientras que con el índice de la otra mano señala el
cuerpo inerte de su madre.
Y
cuando llega de nuevo el avión a situarse casi a su nivel, vuelve a oírse el
tableteo de sus ametralladoras sembradoras de la muerte. Sus balas penetran en
aquel frágil cuerpo y le hacen tambalearse primero y caer sin vida después,
cercano al cuerpo de su madre, asesinada como lo ha sido él.
En la
cuneta, Carlos se dirige a Fermín y comentan:
-¿Oyes? Nos está ametrallando
-Yo creo que no es a nosotros, además no nos
han podido ver. Llevamos un rato en este escondite y al no habernos movido es
muy difícil que nos hayan visto.
-A nosotros no, pero a ¿la mujer y al
niño?...
Absorto por la situación, con el gesto
claramente irritado y nervioso le contesta:
-¡Y siguen disparando!...¡no lo entiendo!
Momentos después, aun con el susto en el
cuerpo y echando una ojeada hacia los alrededores, se deciden a salir.
Fermín, más tranquilo exclama:
-¡Uff! Ya se ha ido. Pero ¿Por qué disparaba
si estábamos solos y ocultos?
-¡Que no, que no estábamos solos!.... piensa
en la señora y el niño... y no los veo... se habrán escondido... quizás en el
cementerio ese. ¡Vamos, corre... ojalá estén bien!.
Entre tanto y dentro de aquel avión en el que
van un piloto alemán y un copiloto franquista, se desarrolla una discusión a
veces agria y a veces violenta entre los dos a causa de aquellas dos muertes.
El copiloto español le pregunta:
-Pero ¿por qué?, ¿por qué has hecho eso? ¿Qué
mal te hacían esa mujer y ese mozalbete que iba con ella, si no iban armados ni
nos hacían ningún mal?
A lo que el piloto alemán le responde en un
castellano bastante perfecto, aunque con un acento muy marcado y en términos
tajantes, demostrando un convencimiento evidente de su correcto cumplimiento de
las órdenes militares a las que obedecía.
-¿Por qué? Porque estos y otros actos
corresponden a una razón táctica bien determinada por nuestro Führer en caso de
guerra. Pero ya que la suerte o la desgracia nos ha hecho compañeros de esta
campaña de guerra quiero hacerte una pregunta antes de contestar a las tuyas.
-¡Dime, dime!.
-¿Por
qué tu conducta de hoy, lamentándote de la muerte de esa mujer y de aquel
mozuelo que supongo sería su hijo, no es igual a la que observabas el 26 de
Abril cuando bombardeamos Guernica, destruyendo más de la mitad de esa ciudad y
matando muchas personas que gozosamente tú me ibas comentando, ensañándote con
las que intentaban salvarse, hasta terminar con sus vidas?
-Porque Guernica simboliza a un pueblo, una
idea y una raza que hace muchos siglos vivía libre con sus costumbres
colectivas y modalidades de solidaridad entre ellos, en las montañas de los
Bajos Pirineos, de las que más tarde descendieron distribuyéndose entre
Guipúzcoa, Vizcaya, Alava y Navarra, creando así las provincias llamadas
Vascongadas, con su idioma y libertades.
-¿Y qué?
-Te explico: Que en 1876 y por haberse
solidarizado con los Carlistas, el gobierno del rey Don Alfonso XII, como
castigo, les suprimió casi todos los fueros e independencia administrativa que
hasta entonces gozaron los Vascos.
-¿Entonces?
-Nuestro odio contra ellos es porque piden la
separación de Euzkadi del conjunto español, y es precisamente en La Sala de
Juntas, establecida en Guernica, junto al Arbol que simboliza sus creencias,
donde se toman todos los acuerdos de la táctica a emplear por el Partido
Nacionalista Vasco, creado en el siglo XIX por Sabino de Arana y Goiri, y que durante
el comienzo de esta guerra, el Gobierno les concedió la Autonomía del Estatuto
para el País Vasco, que solamente Navarra no quiso aceptarlo.
-Me parece que empiezo a entenderlo
-Nosotros como españoles no podemos aceptar
nunca ese peligro de desmembramiento Nacional, que sería el principio del fin
de nuestra España. Por eso demostraba yo mi alegría de poder destruir Guernica
y sus habitantes. ¿Está claro? ¿Lo comprendes ahora?
-Francamente no: Es decir, comprendo que queráis destruir Guernica
y apoderaros del poder político y ejecutivo de toda España, pero lo que no
comprendo es que demuestres una gran alegría viendo morir a cientos de personas
y te entristezcas, hasta el grado de insultarme, por haber matado a una mujer y
un mozalbete....
¡Y aunque no me lo has dicho claramente, para
tus adentros me consideras un asesino por haber matado madre e hijo, cuando
olvidas intencionadamente que tú y yo, y muchos cientos de seres más, somos
todos unos asesinos!
-Tómalo como quieras porque el hecho ya no
tiene remedio. Pero si alguna vez comentas lo sucedido, quiero que tengas
presente que enemigos o no de los que has matado, yo también tengo una esposa y
un hijo de más o menos la edad que ellos tenían. Si un día llegara a sucederles
la misma desgracia, creo que me volvería loco de dolor, porque los dos forman
parte de mi propia vida.
-Y
los de Guernica, ¿no tenían padres, madres, hijos o hermanos? ¡Oh!, ¡los
españoles; siempre románticos como el Quijote! Sin embargo y como al principio
te lo prometí, quiero decirte algo fundamental que nos distingue en una guerra
de vosotros los españoles. Vosotros matáis por odio o rencor, en tanto que
nosotros lo hacemos a causa de una técnica bien concebida y determinada por
nuestro Führer: la de ganar la guerra a base de puntualidad y disciplina.
-¿Qué tratas de decirme?
-Que
es necesario cambiar las tácticas empleadas en las guerras hasta ahora
-¿De qué manera?
-Que
para ello debemos herir al enemigo en aquello que más estima tenga,
destruyéndole sus Museos, sus pueblos, sus centros de producción industrial,
sus depósitos de cereales, sus familias; no dejando un momento de reposo a los
soldados atrincherados, bombardeándoles o cañoneándoles día y noche sin
interrupción alguna, impidiendo que el suministro de comida caliente pueda
llegar hasta ellos, para que sus estómagos se vean afectados por malestares o
diarreas. Esto es la táctica totalitaria de nuestro Führer, o si lo prefieres,
una guerra total, porque todo cuanto te he enumerado merma la moral del enemigo
y nos permite acometerle cuando y como nos lo ordene el Estado Mayor. ¡Ya; ya
tendrás ocasión de apreciarlo por ti mismo muy pronto, si no nos mata algún
obús antiaéreo y si terminamos esta guerra entre españoles antes del verano de
1939!.
-Y dime, todo eso que acabas de explicarme,
¿está dispuesto.....?
-¡Por
nuestro Führer!, (contesta enorgullecido).
Mientras tanto en tierra, Fermín y Carlos llegan jadeantes donde
yacen inmóviles los cuerpos de la madre y el niño.
Carlos, palideciendo súbitamente, exclama:
-¡Oh, Dios mío, los han herido!....¡Qué
horror! Están muertos. Los han asesinado.
Gritando hacia el cielo, Fermín exclama:
-¡Cobardes!
¡Criminales....., asesinos!
Y
dirigiéndose a Carlos le dice:
-Venga, ven, vamos al pueblo a buscar ayuda,
seguramente serán conocidos o encontraremos familiares o amigos que se
encarguen de su entierro.
Carlos se arrodilla junto a ellos y acaricia
a ambos como para que se sientan acompañados. Las lágrimas corren por sus
mejillas y se encuentra incapaz de incorporarse. Fermín le toma del brazo y le
anima a seguirle.
-¡No Fermín!, déjame que les haga compañía.
Ve tú solo.
Fermín se queda un momento pensativo y por
fin le dice:
-Tienes razón. Quédate; enseguida vuelvo. No
tardaré.
Y se dirige presuroso hacia el pueblo,
volviendo la vista dos veces hacia ellos, como inseguro.
CAPITULO 5º
En su largo peregrinar por la geografía
española, vivió unos largos días en
Aragón, y tras la derrota de la batalla del Ebro, salió con su compañía hacia
Barcelona.
Por el camino, un día Fermín estaba
comentando las noticias con otros soldados, leyendo en voz alta:
-.... al parecer nuestro Jefe de Estado dirigiéndose
a otros gobiernos extranjeros les ha dicho entre otras cosas, y quejándose de
su postura de “no intervención” en nuestra guerra, que......“si sacrificando a
España a las exigencias del fascismo internacional, único país hasta ahora que
ha servido de muro de contención a su avance en Europa creéis que vais a evitar
que él se lance al asalto y conquista de ella, os equivocáis de medio a medio”.
-Y continúa diciendo:
“El fascismo para que sea admitido con
entusiasmo por las masas, necesita de conquistas y éxitos territoriales. Sin
ellos, no tiene razón de ser, ni vida. Porque, ¿qué queda detrás de España para
oponerse a ese avance? ¡Nada, o casi nada como fuerza verdadera! Y por vuestra
ceguera para haberlo evitado, sufrirán muchos pueblos la destrucción y
persecuciones a las que el fascismo está acostumbrado a aplicar cuando entra en
ellos de triunfador”.
Estas palabras venían a confirmar un
reconocimiento de la situación general de retirada y derrota del ejército
republicano. Algunos albergaban aún la esperanza de que Barcelona y la región
valenciana se hicieran fuertes, pero en general la moral decaía a la vista del
desgaste sufrido en las últimas batallas.
Ya por el camino, antes de llegar a
Barcelona, ven que los soldados que se encuentran están en franca retirada.
Cada cual piensa sobre todo en salvar su vida, y la mayor parte van decidiendo
unirse a los grupos que se desplazan con sus familias y los enseres que pueden
acarrear, camino de la frontera francesa. Un grupo entona con cierta rabia una
canción:
Si tus armas son mejores
Son el precio de tu venta,
Para matar a españoles
Que a tus amos les
molestan.....
CAPITULO 6º
Es una interminable caravana de familias
enteras. Van desaliñados y cargados con ropas, bolsas, enseres diversos...
Entre un grupo va Fermín con su esposa y dos de sus hijos. Se les ve entre preocupados,
cansados, contentos.
Teresa le comenta a Fermín:
-¡Qué
bien que al fin hemos podido reunirnos y que estés sano y salvo después de todo
lo que has recorrido, de batalla en batalla... No sabes lo preocupada que
estaba. ¡Cuánto nos acordábamos de ti!... Y ¿tú? ¿ya te acordabas de nosotros?
-¡Cómo no iba a acordarme, Tere! Sabiendo
además que os encontrabais en una de las provincias más castigada por la
aviación y por el continuo cañoneo de los barcos de guerra que os asediaban
desde las proximidades. Y dime, es cierto que nuestro hijo Edmundo está bien.
¿Por qué no ha venido con vosotros? ¡No me ocultarás algo!
-¿Cómo voy a engañarte? ¡No podría!. Ya te he
dicho que ha quedado con mi hermana Eulogia y con Luis en su casa de
Portugalete. ¿Te crees que iba a estar yo aquí contigo tan feliz si le hubiera
ocurrido algo? Así que ya sabes que está en buenas manos y que será atendido
como un hijo. Además cuentan con el apoyo del resto de la familia. Y Luis, ya
sabes, sigue trabajando en la botica y es una persona muy conocida y
considerada en el pueblo. Como estuvo de enfermero en el frente, no ha sido
perseguido.. Además mantiene buenas relaciones con toda la gente y aunque sea
ateo y de izquierdas, todos le respetan. Hasta el Párroco gusta de discutir con
él de religión.
-Y de mis hermanos y hermanas de Sestao
¿tienes noticias?
-No; de ellos no supe nada, -le contesta
Teresa, y a continuación, cambiando de tema le dice:
-¿Sabes? Mi hermana Eulogia ha tenido otro
niño. Nació el cinco de enero pasado. Intentaron ir en barco hacia Francia pero
un barco de guerra, el Cervera, les obligó a desembarcar.
-¿No le habrán puesto Juan Carlos, como al
nieto de Alfonso XIII, que también nació ese día?.
-¡Claro que no!. Se llama Oscar. ¿Es que no
conoces bien a mi cuñado?
-Tere, lo decía de broma. A ver si nosotros
llegamos bien a la frontera, porque ya ves que la cosa se pone fea.
-Lo que no entiendo es que siendo ateos como
son se casaran por la iglesia y que piensen que nosotros debíamos haber hecho
lo mismo. Como es obligatorio....
-Pues yo en eso no pienso cambiar. Si no creo
¡no creo! Entonces ¿por qué me tengo que ver obligado a participar en esas
pantomimas? Fíjate, los curas se sienten aún más orgullosos cuando ven que un
comunista se arrodilla en la iglesia o al paso de sus procesiones y no digamos
cuando además las esposas van a confesarse regularmente. Es un triunfo: les
humillan y además se enteran de todo. Mira, quienes realmente han ganado la
guerra, pues ya creo que la hemos perdido, han sido los curas y no Franco y sus
militares.
-Es cierto. Esos sí que tienen controlado al
pueblo. Su falsa humildad y todos sus preceptos y normas se cumplen mejor y
pesan más que los impuestos por las leyes civiles.
Mientras tanto siguen la comitiva con sus
hijos José y Armando, que algunas veces se distancian jugando o buscando frutos
secos de los árboles de los linderos. Hace frío y a veces la lluvia les obliga
a cobijarse como pueden.
Los lamentos se oyen más que las conversaciones. De tiempo en tiempo aparece
algún avión ametrallando a la multitud y a veces hasta lanzándoles a mano,
como proyectiles, objetos diversos.
Fermín comenta con desilusión: -¡Y nosotros que creíamos que Barcelona
resistiría y no la podrían vencer!
A lo que Teresa, queriendo ver la parte
positiva, le dice:
-Por otra parte hay que reconocer que al
declararla ciudad abierta se han evitado muchas muertes.
-De acuerdo, pero también esto quiere decir
que la guerra está definitivamente perdida.
-Mira, lo que ahora tenemos que pensar es en
pasar la frontera, y ya en Francia estaremos a salvo. ¿Tú crees que llegaremos?
-¡Pues claro! Y ya sabes que los franceses
son muy hospitalarios. Dentro de unos días nuestros sufrimientos pertenecerán
al pasado: ya verás.
-¡Vaya tres años que llevamos! A ver si en
este que estrenamos se acaban las calamidades.
De
vez en cuando se paran para atarse los zapatos, sentarse e intercambiarse los
equipajes, beber agua, comer algo, etc. En uno de esos momentos, la
conversación vuelve a ser orientada hacia el recuerdo de la familia de Vizcaya.
Fermín pregunta: -Y ¿qué me dices de Pío y de tu hermana
Damiana?
-Pues sobre todo que cada año aumenta la
familia. Y fíjate cómo son, a su última hija le han puesto por nombre Libertad.
No sé cómo Pío se atreve a mostrar tanto sus ideas nacionalistas, pues yo creo
que ahora son más perseguidos que los rojos, que ya es decir. ¡Ah! Han
conseguido que tres de sus hijos sean acogidos por unas familias en Bélgica. A
menudo reciben noticias de los “señores” como dicen ellos, y al parecer están
muy bien.
-Bueno, ya verás. Nosotros también lograremos
establecernos en Francia. Se dice que son muy hospitalarios. Yo podré trabajar
de ebanista o carpintero. Ya sabes, con un buen oficio se va a cualquier
parte.. Por el idioma no debes preocuparte. Ves, los catalanes también hablan
otro y les entendemos casi todo. En cambio el Vascuence nunca lograré
aprenderlo
-Pues yo prefiero el Vascuence al Francés.
Claro que en mi casa era lo que más se hablaba.
Durante su penoso peregrinaje siguen en
silencio atentos a la posibilidad de más amenazas de aviones. Teresa, tratando
de distraer los pensamientos, le dice:
-¿Sabes? A Carlos Luengo, primo de Luis, que es un joven de unos 18 años, le
nombraron Comisario Político
-En fin, ¡qué cosas!. No le conozco, pero por
muy listo que sea no es posible que tenga experiencia ni conocimientos
suficientes.
-Sí, ya ves. Muchos de estos soldados que
huyen también son unos críos, no tienen ni dieciocho años.
-¿Dices que se llama Carlos?
-Sí. ¿Por qué?
-No, por nada... es que me hace recordar....
-¿Qué?
-¡Bah! Nada. No tiene importancia; ya te
contaré otro día.. Ahora estate atenta a los niños y a ver si vemos algún
manantial cerca del camino, porque sin algo que beber esta caminata se está
haciendo insoportable para todos.
Teresa continúa, con aire preocupado y como
pensando en voz alta dice: -No
sé si me da más pena ahora el dejar España que hace unos días cuando salí del
País Vasco. Será porque entonces venía con la ilusión de encontrarte y que al
fin íbamos a estar juntos.
Los hijos, José y Armando, van andando junto
a ellos unas veces y otras, junto con otros niños y niñas de su edad, jugando y
hablando de sus cosas. A veces se acercan para preguntar cuándo van a comer, si
aun falta mucho, cuándo van a pararse a descansar, etc.
Así prosiguen su larga caminata rodeados de
muchos emigrantes.
Después de muchas calamidades consiguen
llegar a Francia. Los comentarios entre personas de los grupos de exiliados,
que están descansando sentados sobre unas piedras, comiendo algún bocadillo y
algunos tiritando de frío y curándose sus heridas de los pies, dan una idea de
su situación. Uno comenta:
-¡Uf! Por fin estamos en Francia. Aquí yaa estamos a salvo de los ataques de los
aviones.
Fermín, que
está leyendo un periódico les dice:
-Mirad lo que todavía dicen nuestros gobeernantes y concretamente el Jefe del
Gobierno Republicano: “Hasta mí han llegado rumores que hay quienes están
preparando la maleta para abandonar su puesto y marcharse al extranjero. Yo
tengo la obligación de decir a los que
de esa manera proceden, que ir al extranjero supone aceptar la pérdida de su
personalidad que no será respetada”
Otro del grupo interviene diciendo: -Pues también se comenta que somos más del
medio millón.
Las inquietudes que les asaltan son también
muy variadas.
Otro español pregunta: -¿Cómo creéis que el gobierno francés va a
resolver los problemas que les vamos a crear?
Fermín, compartiendo la opinión de la
mayoría, les dice:
-Yo pienso que habrá trabajo para todos, y
todos estamos dispuestos a hacer lo que
sea...
Interviene otro emigrante diciendo: -¡No!, los problemas los vamos a sufrir
nosotros. Para empezar ya nos han confiscado las armas y muchas de nuestras
pertenencias. Y el dinero que tenemos aquí no nos sirve: pocos lo aceptan.
-Parece ser que los gendarmes tienen órdenes
muy estrictas, pero ya veis, en general hacen la vista gorda –responde el
primero.
Fermín interviene nuevamente: -Lo que pasa es que les damos pena. Fijaros
cuántos heridos y enfermos nos acompañan. Y hambre y miseria tenemos todos. La
disentería es habitual y nuestros vestidos son verdaderos harapos. Las
medicinas escasean y a lo sumo nos dan aspirinas...
A lo que añade un señor de muy buena
presencia: -¡Quién me iba a
decir a mí que llegaría a esta situación con la buena posición que gozaba en
España!
Mientras mantenían esa conversación, se
acercó otro compañero al grupo, diciendo: -Se comenta que nos van a llevar
a unas playas.
Inmediatamente respondió uno: -Al menos tendremos agua.
A
lo que el recién llegado le contestó:
-Sí, pero salada. Ya veremos para qué noss va a servir.
Fermín tratando de tranquilizarles: -¡Hombre!, ya acondicionarán lo necesario.
Además en estas playas en verano pasan sus vacaciones los más pudientes.
El recién llegado no compartiendo ese
optimismo, repuso: -Mirad, en verano se está bien en cualquier
sitio, pero ahora estamos en invierno y a ver cómo nos protegemos.
Así continuó la enorme comitiva de personas
andando por carreteras costeras francesas, con el mar a su derecha,
aproximándose a unas playas, donde iban a ser concentrados. No se puede decir
que se tratara de campamentos habilitados para ellos, pues carecían de las
instalaciones mínimas necesarias para albergar a tanta gente. Tenían que dormir
sobre la arena y cubrirse con las escasas ropas y mantas que llevaban. Todos
estaban hambrientos y la mayor parte de ellos enfermos y heridos.
Ya en las playas las imágenes de la
muchedumbre de refugiados es deprimente. Van disponiendo mantas y ropas sobre
la arena para sentarse o acostarse y les llega la noche obligándoles a apiñarse
en grupos para resguardarse en lo posible del frío.
Al amanecer todos dirigen sus tristes miradas
hacia pequeñas comitivas que envueltas en lamentos forman los entierros de
aquellos familiares o amigos que no lograron sobrevivir. En los límites de la
playa unos soldados senegaleses custodian la muchedumbre de refugiados, para
impedir que salgan de ella. A veces se anuncia el reparto de algo de comida y medicinas, a las claras insuficiente para
satisfacer todas las necesidades.
Estas situaciones se convierten en rutinarias
durante semanas.
Todos se van desprendiendo paulatinamente de
sus objetos más valiosos y del dinero que todavía aceptan los franceses (sólo
determinados billetes) para procurarse a cambio lo indispensable.
Formando un pequeño grupo se encuentran
varias familias entre las que están nuestros protagonistas. Uno de ellos se
dirige a Fermín y le dice:
-¡Oye! Fermín: ¿has visto semejante
desfachatez? Andan por ahí unas fulanas y unos carteristas refugiados haciendo
el agosto.
-¡Qué vergüenza! ¡Lo que nos faltaba!.
¡Menuda imagen se van a hacer los franceses de los españoles.
A lo que otro responde irritado: -De momento la imagen que nos estamos
haciendo de ellos tampoco se corresponde con sus cacareados principios de
libertad, igualdad y fraternidad.
-No me lo repitas. Estoy oyendo eso mismo a
mi esposa a todas horas. Y lo malo es que tenéis razón.¡Qué equivocados
estábamos!
-Ya me dirás. Fíjate cómo nos vigilan esos
soldados senegaleses que han puesto para que nos custodien. Ni que fuéramos
malhechores encarcelados.
Otro de los del grupo, de origen andaluz, concluye
con su natural gracia y acento:
-O sea que salimos de Málaga y entramos een Malagón.
-¡Bueno,
bueno! En peores circunstancias nos hemos visto y aquí estamos –añadió
Fermín con aire optimista.
-¿Sí? Pues no tienes más
que mirar a nuestro alrededor. ¿Cuántos van muriendo? Si aquí los únicos que no
mueren son las pulgas y los piojos.
En esas discusiones estaban cuando se acerca
Teresa al grupo cortándoles la conversación: -¡Venga, venga!, venid a comer la sopa que he preparado y
dejaros de arreglar el mundo. Lo primero y principal ya sabéis que es oír misa
y almorzar, y si la misa tiene prisa se almuerza y se deja la misa.
-¡Sí sí, para misas estamos!. –Respondieron
a coro, entre risas.
El señor andaluz asiente, levantándose: -¡Ale, vamos! Bueno, esta Tere llama sopa a
un caldo de agua y no sé qué más....
pero hay que reconocer que si no fuera por ella ni eso tendríamos,
porque hay que ver lo que es capaz de preparar aunque sólo sea con nabos y
abadejo. Cuando pasan por sus manos los convierte en exquisitos platos...
Fermín, le responde al tiempo que también se
levanta, yendo hacia la mesa:
-Sí eso. Ahora arregla lo que has empezaddo a decir, ponderando su “cocina”.
-¡Vamos! ¡vamos!, -insistió Teresa,
haciendo un ademán para invitarles a seguirla hacia la mesa.
Así fueron pasando los días y las semanas, y los comentarios entre los refugiados reflejaban siempre la incertidumbre de lo que les pudiera sobrevenir en la idea de que fuera aun peor de lo que estaban padeciendo. La disentería, el hambre y los piojos eran los temas fundamentales, añorando de vez en cuando tiempos pasados en su tierra de antes de la guerra y rogando porque llegaran los “tiempos normales”.
De vez en cuando se producía algún comentario
anecdótico, así como espontáneas celebraciones en las que no faltaban los
cánticos y bailes. Un día, estando Fermín y su familia reunidos con un grupo de
compañeros charlando, fueron interrumpidos por otro compatriota que se acercó
sonriente:
-¿Sabéis? Esto os va a gustar: El nuevo
gobierno franquista ha anulado el valor del dinero republicano y han hecho
otros billetes.
-¡Qué vergüenza! Eso sí que es robar –afirmó
Fermín -¿Por qué supones que nos vamos a alegrar?
-Porque hace tiempo que no nos servía
aquí más que entre nosotros. Pero esto
ha hecho que las putas y los
rateros se hayan tenido que volver a
España después de haber “trabajado” gratis durante esta temporada. Lo que
habían conseguido no les servirá para nada.
-¡Ah, claro! ¡Qué bien les está!
Todos rieron haciendo gestos parodiando las
actividades de ellas y guardando el dinero de su “trabajo”
Uno de ellos comentó: -Eso sí que es volverse con el bolsillo
vacío y el rabo entre las piernas...
-Bien merecido lo tienen. Que vuelvan con los
franquistas. –Respondió uno de los andaluces del grupo.
Fermín, pensando en las consecuencias que
tales medidas podrían afectarles, les dijo: -Sí, pero ¿os dais
cuenta de las consecuencias económicas que esa medida producirá en Francia a
los empresarios que tenían relaciones con empresas españolas?.
-¿Y a nosotros qué nos importa? Seguro que
están mejor que nosotros –respondió otro del grupo
-Sí pero de rebote se reflejará en el trato
que el gobierno francés adopte para con los casi seiscientos mil españoles que
les hemos invadido –añadió Fermín.
Estos
comentarios fueron interrumpidos por la llegada de Teresa haciendo girar la
conversación: -¡Ale, Ale!
dejar ese tema que no llegaréis a resolver nada y no hacéis más que añadir
preocupaciones.
Con aire resuelto Teresa cogió a Fermín del
brazo y se despidieron del grupo.
Al cabo de un corto paseo se acercaron a
unos andaluces conocidos que estaban en plena conversación. En ese grupo están
Juan y Casimiro con otros jóvenes. Al acercarse a ellos oyeron lo que comentaban,
cuando Juan le decía a Casimiro: -¡Oye! Casimiro: ¿pero por qué nos han
traído a estas playas donde no encontramos más que humedad, frío, piojos y
hambre? ¿Es justo esto?
-¡Qué ha de ser, hombre, qué ha de ser! Mira,
Juan: Esto se explica porque los políticos desean que conozcamos cómo es el
invierno en este país y que gocemos del viento, la lluvia y de esos animalitos
a los que hacías mención, que van absorbiendo poco a poco nuestra sangre. Así,
para que cuando llegue el verano, si es que antes no nos hemos muerto de alguna
pulmonía, sepamos apreciar toda la belleza y bienestar que él nos reserva. ¿No
te gusta el programa?
-Hombre...... que me guste o no ya no tenemos
más remedio que pasar aquí la vida matando estos endiablados animalitos, como tú
les llamas, que no nos dejan de picar a cada instante. ¡Y si tan siquiera
tuviéramos algún recipiente en el que meter nuestras ropas para cocerlas, a ver
si de esa forma, al cocerlas, morían definitivamente y nos dejaban tranquilos!
-Pero...Juan, ¿tú crees sinceramente que morirían si se les cuece?
-Naturalmente que sí. ¿No dicen que el fuego todo lo quema y
purifica?
-Sí, eso
dicen. ¡Pero míralos la fuerza y vida que tienen para hacer mover la camisa que
has dejado al sol para ver si se marchan de ella instigados por el calor! A lo
mejor quieren llevársela a la sombra para esconderse mejor entre sus costuras y
seguir mordiendo como ellos solos saben hacerlo!....
-¡Ahora
comprendo por qué decía aquel andaluz facha que los “rojos” teníamos más vida
que los piojos!
-Hombre, eso nunca me lo habías contado,
Juan. ¿Por qué fue y cómo pasó?
-Tú sabes tan bien como yo, que los fachas
antes de lanzarse al asalto de nuestras posiciones las bombardeaban durante una
hora o más, por medio de la aviación o de la artillería, y cuando creían
habernos exterminado, lanzaban su infantería al asalto. Pues bien, en una de
estas operaciones en la que nuestras trincheras habían sido bombardeadas de
esta manera, pero en la que por estar bien pertrechados nos habían ocasionado
muy pocas bajas, al lanzarse al asalto y encontrarse conque les estábamos
aguardando vivitos y dispuestos a darles una dura corrección, un sargento
andaluz que iba en cabeza de su pelotón al darse cuenta de ello, les gritó con
un notable acento andaluz: “¡Cuidiau, muchachoz, que eztoz tioz tien maz vida
que loz piojoz!.
-¡Es que el andaluz ése era un buen conocedor
de esos animalitos; menudos picotazos le habrían dado para decir eso!
-Pues amigo, como sigan picándonos como hasta
ahora y no nos den un avituallamiento mejor organizado y regular que hasta hoy,
no nos quedará otra solución que o intentar escapar de esta maldita playa
desafiando los fusiles de esos soldados senegaleses, o morir de hambre, frío y
mordeduras de los piojos.
-Pues con el sistema de control alimenticio
que intentan imponernos para normalizar nuestro avituallamiento, puedo afirmar
de antemano que el que no tenga vergüenza –y de estos hay muchos- comerá hasta
hartarse, mientras que los pobres de espíritu y decisión se irán muriendo de
hambre poco a poco.
-¿Es que lo dices por mí?
-No, amigo. Porque mientras estemos juntos no
permitiré que mueras de esta manera impropia de un hombre que se precie de tal,
aunque reconozco que te sobra honradez y te falta decisión para hacerte
respetar.
-Pues, ¿por qué decías eso?
-¿Lo ves? Ni siquiera te has enterado de que
intentan que entre nosotros formemos un grupo de cien personas y entre ellas el
Delegado que ha de representar al grupo se hará cargo diariamente del
avituallamiento para repartirlo después equitativamente.
-¿Y cómo vamos a encontrar esas cien
personas, es decir, noventa y ocho que nos faltan, si no conocemos más allá de
veinte, incluyendo a estos vascos y sus amigos e hijos? –al tiempo que señalaba
a Teresa y Fermín que llegaban seguidos de los peques
-¿Y eso te asusta a ti, hombre de pluma y
cuentas?
-Claro que sí, porque ¿De dónde las vamos a
sacar o cómo las vamos a encontrar para formar un grupo tan numeroso?
-Por eso no te preocupes, hombre. Dame papel y
lápiz y verás qué pronto lo resuelvo.
El amigo se fue donde tenía la mochila
militar y sacó de ella un bloc, arrancó de él tres hojas, juntó a ellas un
lápiz y, volviendo donde le esperaba su amigo, le dijo: -Toma, zaragatero. Aquí tienes las hojas y el lápiz que me has
pedido, pero lo que no quiero es que me mezcles en tus trapisonderías.
-Descuida, amigo. Y para demostrártelo voy a
alejarme unos metros de ti.
Al cabo de media hora volvió donde estaban
Juan y la familia Arce.
-Toma, aquí tienes ya las cien personas del
grupo.
Todos quedaron sorprendidos a la vista de
aquellas páginas llenas de nombres. El amigo Juan echa una ojeada a las hojas
que le ha entregado y le falta poco para desmayarse.
-Pero, oye, cara dura; lo que nos piden son
cien personas y no esta mezcolanza de toreros, artistas de teatro, cantantes y
hombres políticos que has puesto en esta lista. ¿Y encima pretendes que vaya a
presentarla?
-¡Qué has de ir, hombre; qué has de ir! Si
nada más verte la cara de palomino atontado que tienes van a conocer que todo
es falso!. No, quien irá será “El Peleles”. En cuanto a los nombres de toreros,
artistas, cantantes y políticos que he puesto en esa lista, no te preocupes,
que si los españoles les conocemos los franceses no. Y en su nombre tendremos
sobradamente que comer. Iré a encontrar a “El Peleles” y en cuanto le explique
de lo que se trata, con lo decidido que él es, mañana a primera hora ya estará
en Intendencia a buscar el suministro.
Fermín se dirigió a Teresa en voz baja para decirle: -Lo que yo no me explico es
por qué le pusieron de nombre “Casimiro” con la vista especial que tiene él
para salir airoso de todas las trapisonderías y engaños en que se mete para
comer bien y no dar ni golpe.
Mientras tanto Juan, que no veía nada claro el asunto, le
preguntaba a Casimiro: -¿Y vas a confiar en el “Peleles”?.
-Y ¿en quién mejor que en otro tan
trapisondista como yo?
CAPITULO 10º
Han pasado ya muchas semanas sin que la
situación de los exiliados mejore: más bien al contrario, pues la mayor parte
sufre de disentería y rara es la familia que no tiene entre los suyos algún
enfermo grave o que ha visto morir alguno de los suyos. Por fin, un amanecer
los altavoces situados en postes por diversos sitios de la playa interrumpen la
música y noticias que regularmente emitían, para anunciarles que iban a ser
trasladados a diferentes pueblos y ciudades donde se les dará alojamiento
adecuado y se les buscará un trabajo remunerado.
“...¡Atención! En primer lugar serán
trasladadas las personas que estén enfermas acompañadas de sus familiares.
Después irán los demás”.
Cumpliendo las instrucciones que les van
anunciando, todos se disponen a recoger sus escasos enseres y durante el día
van saliendo por grupos en camiones y autobuses diversos. La esperanza de su
inminente traslado a pueblos donde poder ser alojados adecuadamente se aprecia
en los semblantes de todos.
Dirigiéndose a Teresa, le dice Fermín: -¡Vaya! Por fin han pensado
en nosotros. Esto de tener inactiva a tanta gente era absurdo.
-Sí, pero la mayor parte lo que necesitan son
atenciones médicas.
-Afortunadamente nosotros estamos resistiendo
bien
Tanto ellos como todos los demás van
recogiendo lo que les quedaba de sus cosas y montan en el autocar que les
habían designado. Así comienzan un largo viaje hasta su destino, que en su caso
era la ciudad de Anguleme.
Cuando llegan a esa ciudad, ya al anochecer,
son recibidos por personal del ayuntamiento que les acompañan a las viviendas
donde temporalmente iban a ser acogidos. A Fermín, Teresa y sus hijos los
alojan en una vieja casita al parecer abandonada, donde se acomodan para pasar
la noche. También les facilitan comida y algunas ropas. En los días siguientes
todos los españoles refugiados allí se han ido acomodando en los locales de
acogida.
CAPITULO 11º
Así comienzan una nueva etapa de su vida.
Todas las tardes se reúnen en los cafés de los alrededores y comentan sus
necesidades.
Los franceses contratan españoles para formar
grupos de trabajadores, unos destinados a trabajar en los campos, otros en
minas y canteras, otros para construir fortificaciones, etc. etc.
Una tarde estaban en un bar Fermín y varios
españoles sentados alrededor de una mesa, y éste les iba traduciendo las
noticias del periódico.
-Escuchad, os voy a decir lo que entiendo que
leo aquí: Al parecer ayer, uno de septiembre de 1939, las tropas alemanas por
el oeste y los rusos por el este han entrado en territorio polaco, arrasándolo
todo a su paso.
-¡Ahí va! –exclamó uno -Pues si
Polonia ha sido atacada, Francia va a tener que participar en su apoyo. Los
tratados que tienen les obligan.
-¿Y cómo van a hacerlo? –exclamó otro
inmediatamente -¿invadiendo
Alemania? ¡Bah! No pueden hacer nada. Por tierra no podrían llegar y por mar
tampoco, y como apenas si tienen aviones...
-No sé por qué me parece que las cosas van a
evolucionar muy mal –advirtió otro -Franco por una parte, Hitler por
otra, Los italianos, o sea, Mussolini que también es como ellos... Y de los
rusos ya no se puede saber cuál va a ser su comportamiento. Como países capaces
de hacerles frente sólo quedan en
Europa Inglaterra y Francia.
-Pues yo pienso –observa Fermín -que a
Hitler no se le van a quitar sus ideas de conquista y además están muy bien
equipados de armamento. Poseen buena aviación y sus submarinos de “bolsillo”
están muy bien diseñados.
-Y sobre todo hay que tener en cuenta su alta
disciplina y fanatismo.
-Efectivamente, en eso son muy superiores a
los franceses. Y técnicamente, no digamos...
-¿A que nos toca seguir la guerra en este
país?.
-Yo no soy tan pesimista. Creo que nadie
quiere que la guerra se extienda, y menos aún que se convierta en otra Europea
o Mundial.
Estas y otras muchas reflexiones se producían
entre los reunidos aquel día, y sus rostros empezaban a reflejar la expresión
de un pesimismo, mezcla de los recuerdos de la guerra vivida en España y de una
duda cada vez más evidente de verse inmersos en otra guerra de mayores
dimensiones.
-¡Se sabe cómo se empieza, pero nunca cómo se
va a terminar! –continuó Fermín como hablando consigo mismo -Hay más
países en el mundo que no permitirán que el fascismo se extienda.
-O sea, que podría complicarse más.
-¡Quién sabe!
Ese día no hubo más temas de conversación y
los días siguientes todos los españoles acudían a su habitual tertulia tratando
de conseguir o aportar las últimas noticias y con una inquietud creciente ya
generalizada sobre sus consecuencias.
CAPITULO 12º
A pesar de todo, el grupo de refugiados
seguía con sus actividades tratando de acomodarse lo mejor posible, a pesar del
inconveniente añadido debido a que la mayor parte desconocían totalmente el
idioma francés, lo que motivaba un mayor acercamiento entre ellos, llegando a
constituir una verdadera colonia española. No existía por parte de la población
francesa un marcado rechazo, sino más bien una
curiosidad mezclada con cierta compasión.
Fermín se destacaba por mantener buenas
relaciones con los organismos oficiales y ponía todo su empeño para que el
grupo de compatriotas conservara la armonía.
Un buen día llegó a casa con la alegría
marcada en su rostro:
-¡Tere!
¡Tere! ¡Mira qué noticia te traigo!
-¡Uyuyuy...! ¿Buena o mala?
-¡Buena, mujer, buena! ¿No ves que llego contento?
-¿Sí?, bueno, venga, di, que me tienes preocupada.
-¿Sabes? En la oficina del ayuntamiento en la que colaboro
para regularizar papeles y situaciones de nuestros
compatriotas
tenían una máquina de escribir retirada.
Es vieja pero aun puede
funcionar. Me la regalan.
-Bueno ¿y qué? Para qué queremos nosotros una máquina
de
escribir ¿Es que ahora vas a poner la oficina en casa?.Anda
que
no tienes más cosas que hacer. ¡Si casi no te queda
un minuto libre! Aunque por otra
parte sería la forma de
que estuvieras a mi lado más tiempo.
-¡Que no, Tere! No son esas mis ideas.
-¡Ah,! ¿no? Entonces.....
-Pues ya verás. Siéntate y escucha, después ya me dirás
lo que te parece.
Después de tomar asiento empieza a explicarle
cogiéndole
las manos
-He estado pensando mucho en el grupo de españoles tan
numeroso
que
estamos en este barrio y que podemos hacer
algo
más que
reunirnos algunas tardes en el bar para jugar
a las
cartas y contarnos nuestras lamentaciones, Tenemos
que
hacer algo más. Y pienso crear un
verdadero club de
españoles con
actividades diversas, donde estemos obligados
en
cierta
medida a aportar nuevas ideas y a desarrollarlas,
para nuestro propio entretenimiento.
Para eso es necesario que exista verdadera comunicación y
que no
nos limitemos a las reuniones en pequeños grupitos.
O sea, que hay que empezar por editar unos panfletos a modo
de “periódico de los
refugiados españoles” o algo así.
-No veo donde quieres ir a parar
-Espera que aun no he terminado. Mira, esa hoja en
principio la haré yo. Tengo ya ideas para los contenidos
de las primeras, con las que animaré a la participación de otros.
Estoy convencido que entre los que conocemos, varios de
ellos colaborarán de buen grado. Después su desarrollo será
más fácil. Tendrá hasta su
sección de anuncios y sugerencias.
-¡Ya, claro! Pero eso requerirá que se hagan muchas copias
y se necesitará papel ¿pero quién lo va a comprar? Nosotros
no
podemos hacer gastos superfluos. No me llega ni para que
podamos
comer todos los días, ya lo sabes.
-Lo del papel ya lo tengo resuelto. Utilizaré las hojas que
normalmente se tiran en la oficina, ya usadas por una cara o de impresos inútiles. Pero escucha y verás cuál es mi
proyecto inicial.
Sin duda alguna más adelante surgirán más
ideas y ahora no puedo decirte hasta dónde podremos llegar.
-Ya estás echando las campanas al vuelo. ¡Cuidado que eres
soñador! Pero reconozco que imaginación y ganas de trabajar
no te faltan. Y eso me gusta de ti.
Venga, sigue sorprendiéndome, que me
tienes con la boca
abierta escuchándote como una pava.
Todavía más animado, prosiguió:-Pues después esos temas
los comentaríamos en las
reuniones y yo iré recopilando
notas de los puntos de vista
y de las cosas que digan.
Me serán de utilidad para otras cosas que
escriba.
También para empezar lo que voy a proponer es
crear una
pequeña compañía de espectáculos y de teatro.
-¡Hala.....! ¿y las obras de teatro de dónde las sacamos?
-¡No, no! Las escribiré yo mismo. Tengo suficientes ideas
en
la cabeza y he conocido muchas historias que bien
ordenadas
serían suficientes para entretener a la gente
durante media
hora o más.
-Eso sí que creo, porque cuando te pones a hablar te
quedas
solo. No quiero decir que sea porque se marchen
los oyentes
¡no! Muy al contrario.
¡Hay que ver cómo te escuchan! Creo
que se lo pasan muy
bien oyéndote.
Incluso pienso que es
una pena que lo que les
dices no quede escrito y se pierda
en la memoria.
-¿Ves? Pero también son importantes las reflexiones y los
comentarios de los demás. Por eso, si las mismas historias o
historietas las conocen muchos, el número de comentarios
será mayor y por lo menos nos servirán para distraer
nuestras preocupaciones, aunque no nos quiten el hambre.
Algunos de esos
comentarios se pondrán en esas “hojas”.
Espero conseguir
colaboradores para repartir el trabajo.
Y hay más....
En el ayuntamiento
están dispuestos a cedernos unos
locales, bueno un pabellón
abandonado ahora, que habilitado
con unos bancos corridos y lo que podamos ir añadiendo, nos
servirá como club de los españoles.
Podremos hasta organizar fiestas, etc.
-¡Anda que tú!... Si te dejan eres capaz de cualquier cosa
Pero por ahora esto se parece más al cuento de la lechera..
-Por favor, no me hagas esa comparación que me enfado.
Espera a ver los resultados y después ya me dirás
-De momento ya sé lo que voy a ver. A un marido que lo
poco que esté en casa no tendrá ojos ni manos mas que para el lápiz y la máquina de escribir.....
-¡Ya estamos!; pero ademáss seguro que te gustará escuchar
antes que nadie todas mis historias y hasta estoy seguro
que me ayudarás a completarlas ¿A que sí? ¡Si ya sé que a
ti también te
gusta la idea. ¿O no?
-A decir verdad sí que me gusta
-Pues vamos a comer que a continuación me pondré manos
a la obra, que estas cosas no deben dejarse para más tarde
Días más tarde Fermín se decide a presentar
sus ideas a los compañeros asistentes a sus reuniones en el bar. Cuando
consideró que el ambiente y el número de los presentes era suficiente para
iniciar la exposición de su propuesta, se dispuso a llamar la atención de todos
haciendo sonar repetidamente su vaso golpeándolo con una cucharilla. Acto
seguido se puso en pie para dirigirse a toda la concurrencia:
-¡A ver, amigos! Os repartiré luego unas
hojas, las primeras de una especie de gacetilla que estoy empeñado en editar,
de una forma periódica, donde se irán recogiendo y exponiendo diversos temas
que merezcan el interés de todos. Quiero que iniciemos un cambio importante de
nuestra forma de entretenernos o de aburrirnos, o sea, de pasar el rato, que
hasta ahora tenemos. Deseo que seamos un grupo ejemplar de orden y diversión,
unidos en nuestra desgracia pero con espíritu de superación. Y para eso es
necesario levantar el ánimo de todos.
Uno de los asistentes le interrumpió,
levantando la mano, para preguntar:
-¿Y los que no sabemos leer, qué?
-Seguro que algún compañero os lo leerá.
Además tal vez os anime también a aprender a leer, y si lo lográis veréis lo
beneficioso que es... Pero eso no es todo. Voy a seguir: Estoy terminando de
escribir una pequeña obrita de teatro que quiero tener ultimada para antes de
un mes. Los que quieran trabajar en ella como actores que me den luego sus
nombres. No se necesitan más que unos pocos, porque aquí mi esposa y mis hijos ya
quieren encabezar la lista de voluntarios. Los textos habrá que aprenderlos,
pero serán muy cortos y además como en todas las obras de teatro habrá un
apuntador que irá leyendo los textos a los actores. Tranquilos, el apuntador ya
está elegido: seré yo mismo. Ya veréis cómo nos divertimos todos.
Se pudo oír el comentario que una señora le
hacía a su marido: -Este
Fermín es terrible. ¿Qué nos tendrá preparado?
Mientras tanto Fermín proseguía: -También yo mismo indicaré a los actores lo
que conviene que hagan en escena. Como la primera parte ya la tengo escrita,
pronto podremos empezar los ensayos. Bueno, todavía no porque aun me faltan
actores y local acondicionado, pero seguro que algunos sí estaréis dispuestos a
apuntaros.
Algunos levantaron la mano pidiendo que les
tomara en cuenta. A continuación surgieron numerosos y animados comentarios y
sugerencias como las de:
-¿Y habrá cante? ¿y música, y baile? Porque a
nosotros los andaluces organizar veladas de esas se nos da muy bien.
-Claro que sí; porque no os lo he dicho
todavía, quería daros también esta sorpresa: he conseguido en el ayuntamiento
que nos den permiso para que podamos utilizar un garaje que está abandonado.
Allí organizaremos todo esto. Será nuestro refugio, nuestro club.
Sin haberse terminado la reunión ya hubo
numerosos aplausos, y quienes gritaban:
-¡Viva! ¡viva!...¡Viva San Fermín!.
Acompañados de risas y de gestos y
comentarios de asentimiento.
Durante unos cuantos días en aquella parte de
comunidad de españoles se apreció una agitación especial. Había muy diversos
comentarios, y la colaboración en el proyecto de Fermín empezaba a notarse.
Muchos habían aportado maderas y utensilios al local y participaban en su
acondicionamiento. Las reuniones se empezaban a realizar en el mismo y el
entusiasmo que ponían en sus tareas hacía prever el éxito de su empresa.
Así, un día recibió otra propuesta más para
darle otras utilidades al local. Una maestra española de unos treinta años
llamada Julia, le dijo:
-Oiga, Fermín: entre el grupo de españolees que estamos en este barrio se ha
comentado la necesidad de ayudar a los niños en sus estudios. Como yo soy
maestra me han pedido si yo pudiera controlarles y orientarles al hacer sus
ejercicios. ¡Claro! Necesitamos un local y hemos pensado que podría servirnos
el mismo que nos han cedido para el club. Los niños lo ocuparían por las tardes
al salir de sus clases y yo estaría con ellos más o menos desde las cinco y
media hasta las siete. Teniendo en cuenta que ustedes lo van a utilizar a
partir de esa hora y los fines de semana y festivos, pensamos que no tendrán
inconveniente.
-¡No, claro! Me parece muy buena idea, la
única pega que veo es que no disponemos todavía de muebles y mesas suficientes.
Creo que pronto conseguiremos algunos. También que disponemos de poca luz y no
hay servicios; sólo hay un grifo.
-Por eso no se preocupe, que entre todas las
madres lo iremos acondicionando poco a poco.
-Pues adelante. Estoy seguro que todos
apoyarán la idea y tratarán de colaborar.
Así, constantemente, diversos grupos
heterogéneos de españoles estaban ocupados haciendo arreglos en el local y
aportando tablas, bancos, etc. Ya empezaba a cobrar otro aspecto cuando se
iniciaron las clases con la presencia de diversos niños y niñas acudiendo para
hacer sus deberes. La señorita Julia les atendía y de vez en cuando les daba
sus explicaciones. Uno de esos días, al dirigirse al improvisado encerado, les
decía: -O sea que os han
enseñado el teorema de Pitágoras. Mirad, yo os lo voy a poner aquí,
gráficamente.
Dibujó en el encerado un triángulo rectángulo
y dirigiéndose a un alumno, le dijo:
-Esto es un triángulo rectángulo. A ver, tú, Felipe, ¿por qué se llama así?
-Porque tiene tres lados y uno de los ángulos
es recto.
-Muy bien. Pues fijaros: si sobre cada lado
dibujo sendos cuadrados así (lo hizo en la pizarra al mismo tiempo que
continuaba explicando)....la suma de las áreas de los dos cuadrados más
pequeños es exactamente igual al área del más grande, o sea, del que tiene por
lado la hipotenusa. Entonces si ésta es de seis metros y el de este otro lado
es de cinco metros, ¿qué me-di-rá el o-tro ca-te-to?
Preguntó
marcando las sílabas para lograr una mayor atención de los alumnos. Un alumno
se animó y levantó la mano.
-A ver, sí Julito... ¿tú sabes qué-me-di-rá?
-¡Nada! -le contestó aquél muy resuelto.
-¿Cómo que nada? –volvió a preguntarle la
maestra un tanto sorprendida
-Pues eso..., ¡nada!. No le dirá nada, porque
ese “cateto” no habla; los que sí hablan son los del pueblo de éste donde todos
son unos “catetos” (respondió señalando a su compañero)
Los demás alumnos soltaron una carcajada y
Julia, paciente y sonriendo les pidió silencio.
-¡Cuidado que eres bruto, Julito! ¿No sabes
que a los lados del triángulo que forman el ángulo recto se les llama catetos?
¡Si ya lo he dicho antes! Es que no prestas atención. Y además llamárselo a una
persona puede interpretarse como un insulto, así que no lo hagáis.
En ese momento entraron al local Fermín y
otro compatriota
-¡Buenas tardes a todos!... Señorita Julia,
no queremos interrumpir, solamente venimos para decirles que mañana tendremos
que disponer del local a partir de las seis de la tarde, para el ensayo
general.
-Bien, éstos seguro que se alegrarán.
-Y ¿Qué tal las clases?
-Bien, bien. Creo que ha sido un acierto,
porque todos necesitan que se les ayude. El idioma ya es un gran inconveniente
para ellos, aparte de los temas que estudian. Pero van avanzando.
-¡Bueno! Pues nada más, ya nos vamos. Y
vosotros, peques a estudiar mucho para que lleguéis a ser hombres y mujeres de
provecho. ¡Adiós a todos!
-¡Adiós!
¡adiós!...-les contestaron a coro.
Fermín
y su compañero salieron y se alejaron hablando entre ellos de los preparativos
de los ensayos.
Al día siguiente iban llegando poco a poco
los componentes del grupo de “artistas”. Todavía el interior del local estaba
pobremente habilitado, equipado con bancos corridos y algunos taburetes
diversos, su iluminación era escasa y una especie de plataforma en el extremo
del local hacía las veces de escenario. Estaba situada a un nivel como de metro
y medio sobre el suelo, sobre caballetes, en el que a modo de concha se había
dispuesto una banqueta rodeada en parte por cartones. Debajo de ésta había una
silla destinada al apuntador. Los espectadores podían ver esos bajos del
escenario; habían dejado para más adelante cubrir esa parte. Como telón
dispusieron una sencilla cortina hecha de sábanas que tampoco llegaba a ocultar
el escenario completamente. La puerta de acceso al local estaba al fondo, en un
costado del escenario, donde la plataforma no llegaba hasta la pared lateral.
Fermín se encontraba arriba y le acompañan dos chicos y dos chicas. En los
bancos estaban sentados, como espectadores, sus hijos. Fermín les estaba
orientando sobre lo que les corresponderá hacer.
-Vamos a ver, en esta parte de la obra tú
Sofía y tú Begoña estaréis ahí sentadas de cara al público. Estáis esperando la
llegada de los obreros que van a colocar una lámpara muy delicada en el techo.
Ellos serán un tanto torpes, porque se trata de crear una escena un tanto
cómica.. Como quieren destacar sus habilidades de trabajadores y dejar a las
mujeres como inútiles, el saludo que le harás tú Alberto a Sofía, que permanecerá
sentada, será una o dos extravagantes reverencias. Queremos que el público se
ría. Después entrará José arrastrando una lámpara de techo que ya sabéis, la
alzaréis con cuidado sujetándola entre ambos con la varilla que le hemos
puesto. Tú Alberto eres el encargado de entrar con la escalera y Sofía te
abrirá la puerta cuando llames. El diálogo ya lo sabéis. No os alejéis nunca
demasiado de la concha para que me oigáis. Si lo veis conveniente os acercáis
con disimulo, y hablad despacio, sin
nervios. Ya me habéis entendido, queremos entretener y no tiene demasiada
importancia si sale bien o mal: nuestro esfuerzo será sin duda reconocido...
Aquel día, después de haber repetido las
situaciones varias veces, salieron satisfechos del ensayo, con la promesa de no
comentar a nadie los detalles de la obra, para que no perdiera interés.
Llegó el día de la representación y todo
transcurría más o menos como era de esperar. La gente se divertía, y sus risas
muchas veces eran motivadas más por la torpeza de los actores que por el
contenido de la obra. Pero todos lo estaban pasando bien, reconociendo sobre
todo la buena voluntad de aquellos jóvenes improvisados actores.
Incluso desde fuera se oían las carcajadas y
algunos lugareños que pasaban por allí hicieron comentarios como molestos al
escuchar esa algarabía
En el escenario estaban, en el momento en que
llaman a la puerta los obreros, Sofía y Begoña. Son las únicas en escena y
están sentadas en un sofá.
-Ve a abrir Begoña que serán los obreros que
esperamos.
Begoña
se levantó, fue hacia la puerta para abrirla, entrando Alberto con una pequeña
escalera de mano.
-¡Buenos días!, veníamos a colocar la
lámpara...
-Buenos días. Pasen, pasen.
Alberto,
interpretando su papel se dirigió con sorna a Sofía que seguía sentada:
-Señora Marquesa... somos los técnicos que
vamos a instalar esta lámpara maravillosa....
Le hizo entonces la reverencia, de espaldas
al público, con la mala fortuna que el pantalón se le descosió por detrás
dejando sus nalgas a la vista. La carcajada del público fue general, y él, que
no entendía bien por qué, repitió la reverencia, por lo que las risas ya eran
histéricas. Nadie más se dio cuenta de lo que pasaba, cuando entró José en la
escena arrastrando la delicada lámpara. Las risas eran cada vez más fuertes y
ambos parecía que pensaban que era porque lo estaban haciendo muy bien.
Mientras tanto, en el exterior del local, se
habían juntado algunas señoras y un matrimonio, acompañados de un gendarme al
que le señalaban la barraca, con ademanes que denotaban sus quejas por las
molestias que les producían aquellos extranjeros.
-¿Lo oye Sr. Agente? –le decía la señora
al policía- ¿ve cómo es cierto que ahí dentro pasa algo que seguramente no
es nada decente? Estos españoles nos han invadido y no respetan nuestras
costumbres. No tienen educación y siempre hablan a gritos. ¡Ni que fueran
sordos! Ustedes deben prohibir que semejantes reuniones tengan lugar en estas
barracas. No se puede hacer ni idea del jaleo que arman constantemente con sus
cánticos y gritos.
-¡Bien,
bien! ¡Calma! Entremos a ver qué pasa - le contestaba el agente dirigiéndose
a la puerta de entrada, abriéndola y pasando en primer lugar. Les recibió un
joven indicándoles por gestos que hablaran bajito y que pasaran a tomar
asiento, pensando que venían como espectadores. Pero el gendarme, con aire
autoritario y en un español bastante claro le increpó: -A ver, ¿Quién es el
responsable aquí?.
-El Sr. Fermín, que es ése que está ahí –contestó
el joven al tiempo que señalaba hacia la parte del cuerpo de Fermín que era
visible por debajo del entarimado.
Fermín
entonces, para que deje de molestarle el que le tira del pantalón, dice enérgico y en voz alta:
-¡Estate quieto!
Y
José, en escena, al oírle, creyendo que se lo está “apuntando” repite:
-¡Estate quieto!.
Los espectadores empiezan a darse cuenta de
lo que pasa debajo del entarimado del escenario y algunos señalan hacia allí,
aumentando las risas.
Alberto, al
oír esa expresión a su compañero, extrañado, se para casi arriba de la escalera
y volviéndose a José, recordando que en el guión no era así la frase, le dice:
-Pero ¿qué dices?... ¿Por qué?
Mientras tanto los tirones a Fermín se
repiten y éste mueve sus pies
molesto y exclama:
-¡Que te estés quieto! ¡Suelta!
Por lo que José en el escenario repite en voz
muy alta:
-¡Que te estés quieto!... ¡Suelta!
Alberto echa una mirada al público, pero
aunque está sorprendido por la orden recibida, suelta la barra, con lo que cae
ésta y la lámpara, haciéndose añicos. El público, que ha comprendido en parte
lo que está pasando estalla en unas carcajadas que hasta se contagian a los
demás actores. Pero mientras tanto, los esfuerzos de Fermín por zafarse y los
tirones que le da el gendarme le hacen caer de la silla. Entonces, arriba,
Alberto y José, no sabiendo que hacer, se dirigen hacia la improvisada concha en busca de ayuda
diciendo a un tiempo:
-¿Y ahora qué hacemos, Fermín?
Se miran entre sí y se asoman a la concha.
-¡Ahí va! Si no está. ¡Se ha ido! –exclamó
Alberto con aire contrariado
Entonces José, al mirar hacia Alberto, que se
ha agachado de espaldas a él para recoger la lámpara, se da cuenta de que éste
está enseñando a todos su trasero y se troncha de la risa.
Debajo, Fermín incorporándose como puede se
dirige al Gendarme:
-Pero ¿qué hace? ¿No ve que estamos
interpretando una obra de teatro?
-Disculpe señor ¿se ha hecho usted daño?
La señora siguió insistiendo en sus quejas,
dirigiéndose al gendarme: -Lo
ve usted, ¿se da cuenta del alboroto que arman?
Y el gendarme, un tanto confuso, trataba de
pedir disculpas: -Mire señor
Fermín, estos señores se han quejado del ruido que se oye desde el exterior y
tenía que comprobar a qué se debían.
-Pues ustedes pueden verlo, ¡no hacemos nada
malo!; simplemente tratamos de divertirnos lo mejor que podemos, y si ustedes
lo desean también están invitados a participar cuando gusten.
El público no cesaba de reír; los actores no
sabían qué hacer, y Fermín y los otros se dirigieron hacia la sala para
encontrarse más cómodos hablando ya en buena armonía.
Así
terminó la anécdota del primer día de representación y que dio motivos para que
hubiera más comentarios durante bastante tiempo.
Lo que había comenzado como un grato
entretenimiento se transformó, como no podía ser de otro modo, en una
dedicación constante para Fermín y el grupo de colaboradores. Fermín siguió
preparando piezas de teatro de su inventiva, en las que se plasmaban recuerdos
de su tierra. Así escribió una que tituló “LA LECHUZA” (entre otras) y la titulada “BRILLO QUE CIEGA” que podría enviar a quien me la solicite (E-mail: oslufe@hotmail.com)
En una reunión en el habilitado club, en el que ya
tienen instalado una especie de bar y algunas mesas y sillas se encuentran
matrimonios de españoles, jugando, leyendo, bebiendo...
-¿Os dais cuenta? –dice uno -Sólo hace
poco más de un año que salimos de España y algunos meses de cuando comentábamos
la ocupación de Polonia por rusos y alemanes y la guerra ya se ha generalizado
en Europa. Los alemanes están invadiendo todo. Pronto los tendremos aquí.
-Esperemos que Inglaterra pueda resistir –comentaba
Fermín -Tiene la ventaja de ser una isla y poseen buena aviación. A Rusia
no es probable que la ataquen y han firmado pactos de no agresión. Aunque la
ambición de Hitler no tiene límites.
-Y qué me decís del comportamiento de los
franceses con nosotros -apuntaba otro- Nos están haciendo trabajar en lo
peor. Nos explotan sin ninguna consideración.
El ambiente creado por la colonia de
españoles fue contagiando también a los franceses que ya les veían con cierta
simpatía y admiración. Pero la situación en Europa y en concreto en Francia
había cambiado notablemente. Francia fue invadida por los alemanes, y éstos se
habían adueñado de todos los organismos oficiales. A partir de entonces las
autoridades francesas estaban sometidas a su control al igual que toda la
población. Muchos jóvenes habían huído hacia otras zonas que aun presentaban
alguna resistencia y muchos españoles se habían enrolado en el “maquis”. La
intranquilidad se había apoderado de los españoles que en cierto modo eran
considerados por los alemanes como enemigos en potencia, puesto que en su mayor
parte, si estaban refugiados, era porque sus ideales políticos no coincidían
con los del general Franco.
Durante la sobremesa, mientras tomaban una
taza de café, comentaba Teresa:
-Oye
Fermín: tengo la impresión de que esos rumores que se extendían sobre que los
alemanes nos llevarán a trabajar a otros sitios pueden ser ciertos.
-Quizás sí, y no creas que no estoy
preocupado pero ¿qué podemos hacer? Nos tienen totalmente controlados y no
permiten que nadie se vaya de aquí. Si alguno intenta escapar lo buscan por
todas partes y lo castigan cruelmente o lo abaten a tiros. El castigo al que
desobedece sus órdenes no puede ser más inhumano. Yo creo que es prácticamente
imposible escapar de su vigilancia. El que se marche de aquí ¿dónde puede
esconderse? Si existieran montes como en Vizcaya, aún.
-Así es, y de los franceses tampoco podemos
fiarnos. Incluso con ellos tampoco se andan con contemplaciones. Para los
alemanes todos somos sus enemigos.
-Hasta las autoridades francesas –le
contestó Fermín asintiendo con la cabeza -que siguen en sus puestos
dependen de sus órdenes, y como ellos conocen mejor a la gente, terminan siendo
sus mejores colaboradores y chivatos
-Total, que estamos metidos en una ratonera
-Ya ves. Ahora aunque quisiéramos volver a
España, tampoco podríamos o seríamos tratados como criminales. Al fin de
cuentas Franco y Hitler primos hermanos.
-Sería una locura -prosiguió Teresa,
terminando de echar un vistazo a una carta que habían recibido de su familia de
España -Y las noticias que nos llegan de allí no son nada buenas. Fíjate,
ellos creen que están peor que nosotros, dicen que pasan mucha hambre y que
están muy perseguidos. De mi familia varios están en prisión; parece que
continuamente saben de fusilamientos en las cárceles y en los pueblos, sin
motivo alguno..
-Bueno, por lo menos ahora no estamos tan
expuestos a bombardeos. Llevamos unas semanas de una cierta tranquilidad. De
momento estos alemanes están más preocupados en terminar con los guerrilleros
que no dejan de hostigarles. Y la mayor parte de los guerrilleros son españoles
republicanos. Tu cuñado he oído que también está con ellos en el maquis.
-Ya ves, salieron de una guerra y cayeron en
otra. Hay que ver qué valientes. Yo creo que hasta están convencidos que
llegarán a vencerles.
-Yo no me atrevo a juzgarles. Ellos tienen
sus convicciones y motivos no les faltan. Los comunistas tienen principios muy
sociales, radicalmente opuestos a los fascistas. En la batalla del Ebro junto
con los anarquistas demostraron su valentía. Además los maños son todos muy
tozudos, y tu cuñado es de allí.
-Pero estos nazis alemanes, cabezas
cuadradas, ni son democráticos ni piensan por ellos mismos. Parecen máquinas.
-Sí, máquinas de matar
Teresa dirigiéndose a Fermín -Vaya
vida ésta! Llevamos dos meses pasando más hambre que nunca y la ayuda social
del ayuntamiento ya no existe.
-¿Te acuerdas lo que decíamos? –le
recordaba Fermín- Los franceses han sido incapaces de detener el avance de los
alemanes.
-¿Y tú qué crees, que ha sido mejor o peor?
Al menos así no ha habido tantas bajas.
-Es cierto, pero llevan camino de apoderarse
de toda Europa. Aunque una cosa es invadir Francia y otra cosa es que puedan
mantener la ocupación sin que se produzcan reacciones de guerrilleros. Hay
muchos republicanos españoles que se han unido a la Resistencia. Esto no ha
hecho más que empezar.
Sin parar de hacer sus labores en la cocina,
murmura Teresa:
-¡Empezar, empezar! Para nosotros ya empeezó hace cuatro años. ¡A ver cómo y
cuándo acaba! ¡Vaya Navidades que hemos pasado!
CAPITULO 20º
Es invierno y hay pocas personas por las
calles de Anguleme, salvo soldados alemanes patrullando constantemente. En un
banco de un jardín están Fermín y Teresa. Esta, un tanto preocupada le dice: - Oye Fermín, tengo la
impresión de que esos rumores que se extendían sobre que los alemanes nos
llevarán a trabajar a otros sitios pueden ser ciertos.
-Y ahora que empezábamos a entender el
francés llegan éstos con su idioma que no hay quien les entienda.
Fermín continúa sus reflexiones -Sí
que es una raza diferente, no cabe duda. Deben creer que somos sordos. Hablan a
gritos.
Dicen que llevan a los jóvenes a trabajar a
sus fábricas-le comenta Teresa
-No lo creo. Estos no se fían de los
conocimientos de los latinos. En todo caso los utilizarán en los trabajos más
duros.
Mientras vuelven de su paseo hacia la
vivienda pasan unos vehículos militares alemanes provistos de altavoces
anunciando a los españoles:
“¡Atención, atención! Todos los españoles
deberán dirigirse el día 20 de este mes de agosto a la estación del ferrocarril
portando sus enseres. Serán embarcados a las dos de la tarde. Si alguno no
cumple esta orden será castigado severamente”.
-¿Ya oyes, Fermín? Los alemanes van a
obligarnos a abandonar nuestra casa. ¿A dónde nos llevarán?
-¡Yo qué sé! Tampoco creo que nos lo digan,
pero casi seguro que a realizar trabajos para ellos.
-¡Claro! Con sus hombres luchando necesitarán
mano de obra para sus fábricas y minas.
-Es lógico –asiente Fermín- Pero en
fin. No nos queda más remedio que obedecer, así es que ahora lo mejor será
preparar las maletas y empaquetar lo de más valor y lo más necesario para el
viaje.
-Bueno, pero sólo con la ropa nuestra y la de
los peques y alguna otra cosilla ya vamos a ir bien cargados.
CAPITULO 21º
Durante la mañana del día veinte, familias
enteras con sus enseres a cuestas se dirigen por las calles de Anguleme hacia
la estación del ferrocarril, mientras soldados alemanes inspeccionan las casas
y les hacen apresurarse. Por medio de altavoces amenazan con severos castigos a
quienes se retrasaran o intentasen escapar.
En
los andenes de la estación desfila una enorme muchedumbre. Los soldados alemanes les
hacen pasar por unos mostradores donde les entregan un bocadillo de sardinas
en conserva como alimento para el viaje. Un tren de mercancías espera con todas
las puertas de sus vagones abiertas. A Fermín y su familia les hacen montar en
uno que tiene escrito con tiza el número quince. Los vagones poseen un
ventanillo con barrotes. Dos soldados se encargan de hacerles entrar en el
vagón mientras cuentan cuántos van. Los bultos son amontonados en el fondo de
la derecha y las mujeres y los niños en la parte izquierda. Hacen entrar hasta
que ya casi es imposible cerrar la puerta corredera. Cuando los soldados
cierran ésta, colocando los cerrojos; en el interior apenas si existe claridad.
Suena el silbato del jefe de la estación y lentamente arranca el tren
Un joven, llamado Andrés, inicia la
conversación mostrando su preocupación -Esperemos que el viaje no sea muy
largo, porque así, como vamos, no va a ser posible ni sentarse.
-¿Y adónde nos llevarán? –le pregunta su
amigo Jacinto.
-A trabajar para ellos, sin duda alguna -le
responde Andrés.
¡Qué ajenos estaban todos ellos a la suerte
que les esperaba! ¡Cómo se iban a imaginar cuáles eran las verdaderas
intenciones de los militares alemanes, cuando ni siquiera aquellos soldados
conocían su destino; simplemente se limitaban a cumplir las órdenes que
recibían!
-Mira que bien, ahora vamos a recorrer mundo
–exclama un joven con aire optimista.
Sí, -comenta otro llamado Félix que
tendría uno veintidós años -pero desde aquí no lo vamos a ver. Y en medio
de esta penumbra ni siquiera se puede leer algo
-¿Por qué no cantamos algo? –propuso un
asturiano, que al oir algunas respuestas de aprobación, sin dudarlo un instante
se puso a cantar. Algunos más se unieron a él formando un agradable coro.
Minutos después un anciano preguntaba: -¿Habéis pensado que aquí
va a ser difícil respirar dentro de poco? Los que estáis cerca del ventanillo
retiraros un poco por favor, para que entre más aire.
-Tiene usted razón, -asintió una señora
llamada Angela -y además yo pido que a nadie se le ocurra fumar hasta que
lleguemos a nuestro destino. Sería muy molesto para los demás y especialmente
para los niños.
-¡Qué calamidad! –Se lamentaba la que
estaba a su lado, llamada Felipa -Nosotros hemos traído de todo menos
comida y bebida. ¡Con la sed que dan las sardinas!
El joven, llamado Félix, hablando en voz baja
y mirando a su alrededor dijo:
-Yo ya tengo ganas de orinar....
Se fue haciendo de noche y el tren seguía
lentamente su marcha.
-Quizás sea conveniente –propuso Fermín
-que hagamos turnos para tratar de dormirr, quedándonos unos de pie mientras
otros se recuesten como puedan.
A
todos les pareció bien y se fueron acomodando lo mejor posible.
-No sé qué es peor: el hambre, la sed, el
sofoco por lo mal que se respira, el cansancio o la incertidumbre de dónde nos
llevan –se oyó decir a otro, en medio de un cierto barullo de
conversaciones entre unos y otros y del monótono chacachá de los vagones en su
ruidosa marcha.
-Mamá,- se quejó un niño -tengo mucho
calor.
Su pobre madre que nada podía hacer para
evitarlo y que conocía la causa por la que se quejaba su pequeño, le respondió:
-¡Ay, hijito, más vale tener calor que no
frío! Anda, súbete sobre mi alda a ver si estás mejor.
Y el pequeño hizo lo que su madre le pidió,
callándose.
-¡Mamá!. -Se quejaba otro -Tengo mucha
sed. Quiero beber agua.
Aquella demanda de su pequeño la dejó
confusa, porque no sabía cómo convencerle que no la había.
-Ten paciencia, hijo mío. Mira, cuando pare
el tren bajaremos y beberemos.
-¡Mamá!, quiero hacer caca.-decía una niña
que no tendría cinco años
-¿Pero hija de mi alma, dónde si no tenemos
sitio ni para matar una pulga?
-A ver, amigos, -propuso Andrés
-hacedle un pequeño espacio, para que la niña haga sus necesidades.
-Muchas gracias, señor. –Dijo la madre
-Yo no me atrevía a pedirles tanto. Pero ¿cómo va a hacer caca, señor, en el
vagón? Si tan siquiera tuviéramos una hoja de periódico....
Entonces una señora llamada Mercedes,
dirigiéndose a su marido le dijo:
-Ya lo oyes, tú, Juan. Te piden una hoja de ese periódico que estás leyendo con
tanta atención.
-Pero Mercedes, si esto no puedo dárselo. Es
decir, me da vergüenza.-Le contestó Juan, que aproximado a una rendija del
vagón por la que pasaba intermitentemente alguna claridad, había estado
ojeando como a hurtadillas aquella revista.
-Y ¿por qué, si es que puedo saberlo?
-Porque en todas sus páginas tiene
fotografías de mujeres desnudas –le contestó bajando la voz.
-¡Pues dale una hoja y así irán en ella
envueltas dos porquerías! –dijo ella con cierto mal genio
-Bueno, mujer, si tú te empeñas....-y
arrancando una hoja se la entregó a la madre de la niña -Señora, aquí tiene
usted una hoja.
-Muchas gracias, señor. -Cogió la hoja y
se quedó mirándola -¡Ay, qué indecencia, señores! Si estas señoras están
enseñando las tetas y el culo....
El pobre hombre fue invadido por un
calor.... el de la vergüenza. Al darle aquella hoja creyó que todo pasaría
desapercibido y ahora todos se enteraban que era aficionado a leer cosas
pornográficas. La intervención de su esposa, de imaginación fértil, lo arregló
todo.
-¡Bah! Angela, no hagas tantos aspavientos ni
escrúpulos por tan poca cosa, que quién sabe si durará mucho este viaje y
entonces, si nos faltan periódicos, también nosotras estaremos obligadas a
enseñar el nuestro. Pónsela a la niña y que haga sobre ella sus necesidades.
-Mamá, yo quiero pan –pedía otro niño
entre sollozos.
-¡Pero hijo de mi vida, si no tenemos para
darte ni una pizca!
-¡Pues yo quiero pan! –insistía el niño.
-Mira, hijo, -contestó malhumorada la
madre -si no hubieras sido tan tragón ayer, que te lo comiste todo y
hubieras dejado algo para hoy, tendrías ahora para comer, pero así no podemos
hacer otra cosa que esperar a que nos traigan algo de comer esos señores que
nos llevan no sé a dónde....
-Mamá,-balbuceaba otro niño -quiero
agua.
-¡Ay, hijo! Pero si no tenemos una sola gota,
¿cómo quieres que te de agua? Espera a que se pare el tren en la próxima
estación y beberás toda cuanto quieras.
Así continuamente se escuchaban las
peticiones de los niños pidiendo comida, bebida o hacer sus necesidades.
-Mamá, quiero hacer “pipï” -y una madre
que respondía:
-Vete, hijo mío a donde está aquel joven y
que te ponga al lado de la rendija del vagón, sacas el “pitilín” y orinas por
entre ella. ¡Oiga, joven!, -gritó aquella madre al joven que antes había
designado, -haga el favor de poner a mi hijo a que orine por la rendija del
vagón... ¡Gracias!
-¿Y ustedes de dónde son?
-Somos de Santander. Mi marido es periodista –repuso la señora
– Yo me llamo Cecilia...
- Encantado, señora. Esta es mi esposa Teresa
y estos son dos de nuestros hijos... y, ¡qué casualidad! yo también he hecho
algo de periodista, pero mi profesión no es ésa. Mi esposa, es de Vizcaya y yo
nací en Logroño. Nuestros hijos se
llaman José y Armando. Tenemos otro que sigue allí con la familia.
-Nosotros no tenemos hijos, todavía.
-Me parece que este viaje –apuntó su
marido -va a ser muy interesante desde mi punto de vista profesional. Estoy
intrigado por saber hacia dónde nos dirigimos. Tengo esta pequeña brújula que
estoy observando cada poco y en general me indica hacia el Este y hacia el Sur.
En el vagón viajan también varios matrimonios
de distintas regiones de España que se van relacionando con los demás y
contando de dónde son, sus aventuras, sus profesiones, edades, etc.
-Ahora, -decía en voz alta el periodista
observando su pequeña brújula -nuestro tren se dirige hacia el Norte. Quizá
sea allí donde nos lleven a trabajar....
-¡Oiga! –le preguntó un tal Antonio
-¿A qué Norte se refiere usted, al de Esppaña, al de Francia o al de Alemania?
Porque yo no estoy muy seguro de la sinceridad con que procede esta gente con
nosotros. Para mi forma de pensar, señor, cuando se lleva a las gentes a
trabajar a donde sea, no se las lleva encerradas en vagones de transporte de
bestias como a nosotros, ni se las tiene sin comer durante veinticuatro horas,
sin venir a verlas si están muertas o vivas, como lo están haciendo; sino que
se les transporta en otras condiciones mejores para que puedan dar el
rendimiento de trabajo que se necesita cuando lleguen al lugar fijado para su
destino.
-¿Y cómo crees tú que nos debían llevar, en
primera clase y con restaurante? –le preguntó una joven de su edad que iba a
su lado.
El joven, un tanto apesadumbrado por el tono
agresivo y contradictorio que había empleado la joven a la que más quería y
cuya actitud debía estar motivada porque habían tenido una disputa banal y
hacía tres días que no se hablaban respondió:
-Yo no he querido decir eso. Pero viendo que
vienen niños entre nosotros podían mostrarse un poco más humanos siquiera con
ellos.
-Tiene usted razón, joven. –Intervino
Fermín -Lo inhumano de su conducta es censurable. Pero ya que no dan
muestras de serlo y la función nuestra, por desgracia, es la de estar de pie
hasta que no podamos más, no nos queda otro medio para combatir nuestras penas
que la de hablar de lo que sea para que vayan pasando las horas.
-Jamás hasta hoy –se lamentaba otro
compatriota -había hecho el Tancredo de la forma forzada en que tenemos que
hacerlo, y ahora comprendo el porqué hasta los toros se niegan a acometerlos en
esa postura incómoda y estatuaria.
-Bueno, -se excusó el joven -yo no he
querido herir a nadie con mis palabras expresadas con sinceridad y buena fe,
pero si hay alguien que crea lo contrario que me excuse y perdone. Sólo que....
-¿Qué?, -preguntó la joven morena, su
novia, con la misma agresividad.
-Que como no vengan pronto nuestros
guardianes, y no lo digo por mí, sino por estas pobres criaturitas, y nos
traigan agua y algo de comer, viviremos horas de angustia y quizá de
desesperación, sobre todo sus padres y ellas mismas.
Como si la verdad de la situación
acompañara a las palabras del joven, uno de aquellos niños también dijo a su
madre:
-Mamá, quiero hacer caca.
-Pero, ¿dónde vas a hacerlo, mi vida, si ya
no tenemos papel para envolverla?
-Por eso no se apure, señora –le contestó
Félix -De tanto ir de un lado para otro mi maleta está medio destrozada,
pero el papel que cubre su interior puede servir para que su pequeño haga sus
necesidades en él.
-¿Lo ves, hijo de mi vida, cómo hay siempre
personas generosas para ofrecernos lo que necesitamos? ¡Muchas gracias, joven,
por este favor!
Y en menos tiempo del que se emplea para
decirlo, después de tanto rodar de un lado para otro en su viaje desde España,
quedó la pobre maleta convertida en esqueleto.
-Tome usted, señora -Y le alargó el papel
un poco basto pero limpio, que hasta entonces había forrado el interior de
aquella maleta, ahora desnuda e inservible.
El
joven Félix entregó lo que quedaba de su maleta a su amigo del ventanillo para
que la arrojara por entre los barrotes a la vía murmurando:
“-Adiós,
amiga. Como tú nos quedaremos poco a poco todos nosotros”.
Y a continuación, dirigiéndose a su amigo:
-Toma, Julián, tira por el ventanillo lo que
queda de mi maleta, que siempre me acompañó a todas partes y ya no me acompañará
más. ¡Lo único que deseo es que no hagan con nosotros lo que yo he hecho con
ella: que nos destrocen y luego nos arrojen por otro ventanillo por
inservibles!.
Su amigo Julián, deformando como pudo la
maleta, la tiró por entre los barrotes del ventanillo exclamando con cierta
pena: -Amén
La señora, envolviendo la caca de su niño le
preguntó: -¿Dónde tiramos esto, señor?.
-Démela, señora, que irá a hacer compañía a
la maleta.
Y
haciendo como que la sopesaba antes de arrojar aquella caca bien envuelta,
dijo:
-Excúseme usted señora, y no se enfade, pero
es que en el pueblo donde nací, en casos como el nuestro suelen decir: “Comer,
no comerá, pero el perfume es bastante fuerte”.
Todos
rieron de buena gana por el dicho.
Así van pasando las horas de la mañana hasta
el mediodía.
-Mamá,
quiero agua
Iban pidiendo repetidamente los niños a sus
madres.
-¡Tengo sed! -insistía
-Ay, hijito, ten un poco de paciencia a ver
si el tren para en la próxima estación, nos dejan bajar y entonces beberás toda
la que necesites.
A las lágrimas y ruegos de las madres se
unen las blasfemias y amenazas inútiles de los hombres, al no poder derrumbar
la puerta, ni a fuerza de empujones, patadas, ni lanzando sus cuerpos contra
ella.
Llega la noche. Ya las quejas de las
enloquecidas madres sólo son como furtivos susurros que habían perdido su
fuerza de tanto haber gritado durante el día. Reina el cansancio, el hambre, la
sed, la falta de esperanza. Los padres ya no blasfeman, ni dicen nada. Junto a
mí están dos de ellos, mudos de dolor y lívidos. Alguna lágrima se desliza de
vez en cuando por sus mejillas. Su mirada se pierde hacia el techo del vagón,
terriblemente fría y dura. Diríase que en ella reconcentraban todo el rencor y
odio que un ser puede albergar dentro de sí contra los que les producían todo
aquel daño, incomprensible, sin sentido, ni motivo, ni provecho...
Y tras de pasar la noche más terrible y
pesada de nuestra vida, la luz del tercer día de viaje en aquel vagón, penetra
por el ventanillo, comienza a eclipsar
las sombras de la noche para dar forma de vida a nuestras personas, aunque
la luz como la ventilación fueran insuficientes. El tren aminora aun más su
marcha, se oyen algunos pitidos de la locomotora y vimos que entrábamos en una
estación de nombre conocido
Félix, Que no dejaba de
mirar por el ventanillo, exclamó:
-¿Sabéis? Estamos llegando a Munich. A ver si es aquí donde nos
quedemos.
Todos quisimos asomarnos para ver los letreros de la estación de MUNICH y las primeras imágenes de aquella gran ciudad tan conocida.
Paró el tren, nos abrieron las puertas;
salimos a empellones, muchos buscando sitios donde hacer sus necesidades,
mientras los soldados nos vigilan impidiendo la dispersión.
Nos llevaron a los comedores de Asistencia
Social de la misma estación y nos dieron de comer arroz con patatas,
abundantemente, lo que reconfortó nuestros desfallecidos estómagos, haciendo
renacer en nosotros la alegría de vivir.
Terminada nuestra comida, otra vez nos
condujeron hasta los vagones y volvimos a montar cada uno en el que habíamos
venido, que aun conservaba un olor nauseabundo a pesar de haber permanecido con
las puertas abiertas. Las volvieron a cerrar
y echaron los cerrojos.
El silbato del Jefe de la Estación dándole la
salida y el de la locomotora respondiendo en señal de asentimiento, hizo que
empezara andar el tren al tiempo que oíamos el altavoz deseándonos buen viaje.
Pero en nuestras mentes se reiniciaban ideas semejantes a las del comienzo de
nuestro penoso viaje.
Haría poco más o menos una hora que se había
puesto en marcha el tren, cuando un niño dirigiéndose a su madre pidió hacer
caca.
-Sí, mi vida. Ahora ya tenemos hasta periódicos
para que lo hagas en uno.
Cuando terminó el nene de hacer sus
necesidades, la madre dijo al
joven que iba al lado del ventanillo:
-Joven, discúlpeme, pero le ruego que tire
este paquetito por el ventanillo.
-Con mucho gusto, señora –asintió Julián
cogiéndolo y haciendo como que lo sopesa en su mano.(el gesto de su cara
reflejaba todo menos “gusto”)
-¡Oh!, desde que el nene ha comido parece que
este paquetito pesa más.
La
carcajada es general. Fermín, aprovechando aquel ambiente de buen humor preguntó
al auditorio si querrían que les contara algo relacionado con esa necesidad.
-Si me lo permitís, y para pasar el rato, me
gustaría contaros una historieta originaria de Bilbao que estas situaciones me
traen a mi memoria.
Inmediatamente contestaron varios a un
tiempo: -Sí, sí,
cuéntenoslo!
Y Fermín comenzó a contarles.....
“-No hace muchos años llegó un ricachón de
nacionalidad inglesa, en calidad de turista, a Bilbao, que se encontraba en
fiestas. Era el mes de agosto y cuantos aman las corridas de toros saben que el
público de Bilbao es muy exigente con los toreros. Viene a ser Bilbao como una
cátedra de tauromaquia, en cuya plaza si su actuación es buena se consiguen
muchas contratas, en particular las de mayo o en otras plazas de toros de España.
Nuestro inglés quiso visitar todo lo que de artístico, histórico o popular
tiene Bilbao.
En el funicular subió a Archanda,
admirando el Parque de Atracciones y desde allí fue a visitar la Basílica de
Begoña, bella entre las bellas, cuyo reloj, al dar las horas, lo hace con
variados sonidos musicales.
Después se fue a ver el lugar donde, en
La Peña y durante el año 1917, hicieron descarrilar el tren cayendo máquina y
vagones fuera de la vía y que puso de manifiesto la pericia y competencia del
jefe de montadores, el señor Balanzategui, de la Fábrica de Altos Hornos de
Vizcaya, de Sestao, para encarrilarlos en un tiempo record.
Asistió a dos corridas de toros en la
Plaza de Vista Alegre, contagiándose con el público gritando el clásico ¡Olé!,
cuando éste jaleaba las buenas faenas hechas por los toreros.
Visitó el Parque, San Mamés, la plaza
donde está levantada la efigie del Sagrado Corazón de Jesús y las famosas Siete
Calles, siempre muy frecuentadas por el público, a pesar de ser estrechas y donde se encuentran multitud de comercios.
Posteriormente asistió a varios conciertos
que la Banda Municipal dio en el Kiosko del Arenal y fue a ver en el Teatro
Arriaga la magnífica obra “La Tempestad” puesta en escena por una prestigiosa
compañía.....”
-Al grano, que la paja no nos interesa
–le interrumpió Antonio
-A eso voy llegando. Como a nuestro inglés se
le terminaban las vacaciones y estaba hospedado en el Hotel Carlton, uno de los
mejores de Bilbao, recomendó al vigilante de noche que al día siguiente le
despertara a las siete de la mañana, con tiempo suficiente para coger el tren
que salía de la Estación del Norte para Barcelona, a las nueve de la mañana.
Desgraciadamente a eso de las cinco y media
de la mañana a una turista que se encontraba encinta se le adelantó el parto y
el vigilante, con los ajetreos de llamar al doctor y a la partera y ordenar
cuanto para estos menesteres se necesita tener preparado, se olvidó de
despertar al inglés, que, confiando en que le despertarían a la hora prevista,
dormía a pierna suelta, como vulgarmente se dice.
Se despertó a las nueve menos cuarto y
comprendió que por mucho que hiciera nunca llegaría a tiempo para coger el tren
de las nueve, y se afeitó y acicaló con esmero y calma y bajó al comedor a
desayunar.
Cuando terminó de hacerlo sintió necesidad de
hacer “caca”. En el hotel y en el hall había tres cabinas de W.C. pero todas
ellas estaban ocupadas. Como “aquello” le pedía hacerlo urgentemente, cogió un
periódico y subió a su habitación. Lo extendió cuidadosamente y después de la
descarga lo envolvió en el periódico muy cuidadosamente, pensando que podría
echarlo en alguna parte desierta. Pero tanto anduvo que llegó hasta donde por
fiestas se instala el circo, las barracas y otras atracciones, alegría y
diversión de chicos y grandes. Y entre todo aquel bullicio que forman el
público, los barquilleros con el recipiente lleno y la ruleta que señala los
que se ganan por tirada, incitando a la glotonería de los chicos; el vendedor
de los helados “Riancho”, el vendedor de ronchas de melón a 5 céntimos la
roncha, y el presentador de los números del circo explicando la importancia de
cada uno de ellos, sobresalía la voz del vendedor ambulante: “¡Agua de
Iturrigorri, dulce y fresca!” que forma el todo en las fiestas de Bilbao.
-Me parece que su historia va a ser más larga
que nuestro viaje –musitó el periodista.
-Lo que pretendo es que el viaje se les haga
más corto.... o más entretenido –se justificó Fermín.
-Siga, siga, por favor –reclamó Félix,
interesado por la historieta - Además no tenemos nada mejor que hacer, y si
alguien cree que conoce alguna otra historia interesante, que la cuente
después.
-Bueno, pues
entonces sigo:
“Junto a este maremagnum había que agregar
la atracción que representan los “Charlatanes” que venden toda clase y variedad
de artículos de relojes, carteras, plumas estilográficas, tirantes, hojas de
afeitar, etc....
Entre ellos se contaba el más simpático y
engañador de todos: León Salvador, algunas veces millonario y otras tantas
venido a menos, a causa del maldito vicio del juego. Ese día vendía pesos que
no podían pesar más que un Kilo.”
“-Señoras y señores, decía. Con este peso de
bolsillo, si es que van ustedes a comprar un kilo o menos de lo que sea, no hay
miedo a que el comerciante les engañe, porque
sacan
ustedes el peso, pesan lo que han comprado, y, si no llega al kilo, saben los
gramos que les dan de menos. ¡Y sólo cuesta CINCO pesetas! ¿Hay quien lo
compre? ¿No? Y León Salvador metía la mano en una caja de hojalata en la que tenía el dinero, la removía y
sacaba de ella el puño cerrado. ¡He dicho que el peso cuesta CINCO pesetas,
pero al peso agrego el dinero que encierro en la mano! ¿Hay quien lo quiere?”
Por curiosidad nuestro inglés se acercó a
aquel grupo en el preciso momento que una señora había “picado” aceptando la
compra del peso más lo que había dentro de la mano de León Salvador.
Este vio al inglés que llevaba el “paquetito”
todavía debajo del brazo, y le dijo:
“-¡Eh! Señor, ¿tiene la amabilidad de dejarme
su paquete para demostrar a esta señora que no ha perdido las cinco pesetas que
cuesta el peso que me ha comprado por la exactitud que tiene mi peso?”
Como el inglés se hizo el sordo, uno de los
del grupo, un atrevido, le arrebató el “paquete” de debajo del brazo y se lo
entregó a León Salvador.
“-Gracias, señor, dijo León Salvador. Ahora
vamos a ver si el comerciante que le ha vendido el género que este señor ha
comprado, ha sido honrado o no. ¡Ya lo decía yo, señores!, ¡le han robado cien
gramos!
-Que se vea el género, dijo uno. Que se vea,
dijeron varias voces. León Salvador deshizo el paquete con la intención de
apreciar la cuantía del robo y quedó estupefacto al ver lo que contenía.
-Que se vea, que se vea, gritó el público.
León Salvador lo mostró con cierta repugnancia .
Una sola voz salió de las gargantas de todos
aquellos curiosos: ¡MIERDA!
-¡Tío cochino!, dijo uno dándole un bofetón.
¿Es que lo llevabas tan bien empaquetado debajo del brazo para facturárselo a
tu familia demostrándoles cómo se defeca en Bilbao?
El pobre inglés que no llegaba a comprender
el porqué pretendían maltratarlo, se escabulló como pudo y llegó a la Estación
del Norte, deseoso de coger el tren para Barcelona, donde debía embarcar para
Glasgow, en donde residía.
Al llegar, su familia le estaba esperando en
el desembarcadero. Su padre después de abrazarle, le preguntó:
-¿Qué tal te ha ido por Bilbao? ¿Es cierto
que es bonito y que sus mujeres son guapas y graciosas?
-¡Oh, sí! Papá. Bilbao no tiene más que dos
inconvenientes, pero es bello. El primero es que sus hermosas residencias están
negras por el humo de sus fábricas. El segundo es más grave, porque si no haces
un kilo cuando hagas tus necesidades, te insultan o abofetean”.
Al terminar su cuento se desarrollaron
algunos comentarios y Julián apuntó:
-Por ese lado, salvo los paquetes de los nenes, hacemos honor a lo que ese
inglés decía; todos pasan de un kilo, y sobre todo, después de que hemos
llenado nuestros estómagos con la comida que nos han dado en la estación de
Munich.
Entonces Andrés propuso: -A ver si hay alguien que se anima a
distraernos otro rato contando otra historia.
Así se iniciaron algunos otros relatos y
anécdotas, con lo que se les pasó el tiempo más distraídos y relajados.
Llegada la noche y por vez primera, Fermín se
quedó dormido un instante, después de más de cuarenta horas que no había pegado
ojo.
Está amaneciendo. Fermín se despierta
sobresaltado y se excusa ante el compatriota que su hombro había servido de
almohada para que reposara la cabeza en él.
-¡Oh! Perdona. Me había quedado dormido.
-No es nada grave. También yo he debido
quedarme dormido un momento y eso me ha hecho bastante bien después de dos
noches que llevamos sin dormir.
Fatigados de estar tantas horas de pie,
contaba en sus memorias mi tío Fermín, vimos llegar las primeras luces del alba
del nuevo día. Como solamente lo veíamos a través del ventanillo, no podíamos
afirmar si hacía bueno o mal tiempo.
-Estamos llegando a una estación –anunció
Julián- y parece que se va a detener el tren.
Félix, pesimista, le contestó: -También se ha detenido otras veces, y ha
seguido después como si nada. ¿Y cómo se llama esta estación?
-Son casi las once de la mañana –puntualizó
Fermín - ¿Se ve el nombre del pueblo?
-Sí ya lo veo: se llama Mauthausen –gritó
Julián
-¡Qué nombre más raro!. Parece como si
quisiera decir algo de muerte –comentó Félix.
-Parece que sí se detiene –confirmó el
periodista- Aunque su nombre sea feo a mí empieza a gustarme. A ver si
salimos de una vez de esta maldita jaula. Nunca me había parado a pensar lo
bueno que es poder hacer nuestras necesidades a gusto.
Al entrar el tren en que veníamos, frenando
hasta pararse en la vía muerta de aquella estación llamada MAUTHAUSEN,
Félix, que estaba junto a Fermín, exclama:
-¡Qué nombre tan lúgubre
han puesto a esta estación, MAUTHAUSEN!, aunque no comprendo el alemán me da al
corazón que tiene alguna relación con algo así como de muerte.
-Pues mira Félix, como
no nos expliques en qué te fundas para hablar así nos quedamos igual que como
estábamos antes de venir aquí.
-¿Y
qué queréis que os diga, si no sé ni yo mismo lo que significa esa palabra? Lo
que sí sé es que ha salido involuntariamente de mi boca como reflejo de mi
imaginación.
En esas estábamos cuando descorrieron el
cerrojo de nuestro vagón y abriéndonos la puerta nos invitaron por señas a que
bajáramos de él. A una distancia prudencial y formando un círculo del que
supusimos que no podríamos salir, estaban como una treintena de soldados de
esos de la calavera llamados S.S. con el fusil debajo del brazo y el dedo en el
gatillo, dispuestos a hacer fuego sobre nosotros si intentáramos desobedecer
aquella orden.
Al bajar del vagón y
dando prioridad a mujeres y niños, cada uno de nosotros fue en busca del agua
bienhechora que nos permitiera lavarnos manos y rostros, beber la que
necesitábamos y después buscar entre los vagones un lugar discreto para hacer
nuestras necesidades.
De esta forma pasamos quizá más de una hora y
media sin que intervinieran para nada los oficiales de aquella tropa.
Cuando comprendieron que todos habíamos hecho
nuestras necesidades, nos ordenaron subir cada uno a nuestro vagón y volvieron
a encerrarnos en ellos.
Fermín se dirigió a Félix: -¡Vaya!
Pensábamos que aquí terminaría el viaje, pero por lo visto no es así. Y esta
vez ni siquiera se han dignado darnos algo de comer.
-Al menos hemos podido
beber agua y hacer nuestras necesidades. Además de estirar las piernas y
respirar aire más puro.
-Como bien dices, más
puro. Pero en cuanto a los olores la verdad es que fuera tampoco huele nada
bien ¿no lo habéis notado?
-Sí. Como a cuerno
quemado. Mientras dure esta maldita guerra me parece a mí que el olor a quemado
va a ser general en toda Europa.
Serían aproximadamente
las dos de la tarde cuando nos volvieron a abrir para darnos una ración de
comida compuesta de arroz y patatas a medio cocer que provenía de los
habitantes civiles, pero que a pesar del hambre que teníamos, difícilmente era
comestible.
Bajamos del vagón y sentados en el suelo,
formando un grupo de unos diez metros de frente, próximos al vagón, nos
dispusimos a comer.
-Como se suele decir –decía
Fermín a su esposa e hijos- no existe mejor condimento que el hambre,
porque de otro modo, en este ambiente de malos olores y con esta porquería que
nos han servido, sería preferible quedarnos en ayunas.
-Si al menos lo hubieran
cocido un poco más... –criticaba Teresa, mientras comía con apetito pero a
disgusto aquella ración que les había correspondido
-Por lo que parece han
sido las personas del pueblo las encargadas de prepararnos el rancho.
Seguramente les ha cogido de sorpresa.
Su hijo José,
dirigiéndose a ella, le dijo: -A ver si te contratan a ti de cocinera y
les enseñas cómo con cualquier cosa se puede hacer un buen cocido.
El pequeño Armando
observó: -¿Habéis visto? Algunos han tirado la comida entre las vías.
-Pues que no tengan que
arrepentirse algún día –le contestó su padre -Esos seguro que no han
pasado tanta hambre como pasamos nosotros en las playas. Vosotros comed, que
aunque no esté muy bueno, el cuerpo lo sabrá aprovechar.
Su madre intervino
entonces: -Así es. Haced caso a vuestro padre, porque no sabemos cuándo
nos darán otra comida ni dónde terminará nuestro viaje.
Mientras tanto, el vagón se ventilaba de
nuevo, llegando hasta nosotros el mal olor acumulado en él, mezclado con el del
ambiente.
Algunos de nosotros
haciendo de tripas corazón, como vulgarmente se dice, conseguimos terminar con
cierta repugnancia, lo que nos habían dado para comer. Otros, al no poderlo
masticar ni sacar sabor agradable a aquella comida, la arrojaron por entre los
raíles de la vía muerta, lo cual, visto por el jefe de los soldados les puso
fuera de sí, y llamando al intérprete que habían traído consigo, le ordenó que
nos tradujera sus palabras:
Este nos dijo:
“El jefe de esta tropa me ordena que os diga que ni como soldado ni como
alemán, está dispuesto a tolerar que arrojéis despreciativamente la comida que
la población civil se ha privado de comer, por dárosla a vosotros.”
Y como si fuera una
punición o castigo por lo hecho, nos hicieron entrar de nuevo y nos encerraron
en el vagón, corriendo todas las puertas de los vagones, dejándonos con
nuestros propios pensamientos y comentarios sobre lo sucedido. Los hubo para
todos los gustos. Los unos opinaban que, a pesar de no estar bien cocida la
comida que nos dieron, debiéramos haber cerrado los ojos y no hacer caso a los
sentidos y haberla comido sin dar lugar a ponernos a mal con la población y con
aquellos soldados.
Los otros opinaban que no se nos debía exigir
el que todos tuviéramos las mismas apetencias para tener que comer lo que no
nos agrade, porque cada uno nace con sus gustos y acondicionamiento de estómago
y depende de unas costumbres.
Y comentando todo lo que se derivaba de estos
hechos estábamos hasta que como media hora después se abre la puerta del vagón,
y subiendo a él un oficial y dos soldados que, sin despegar los labios (y ¿para
qué, si ninguno sabíamos alemán?) empezaron a hacer una selección entre los
jóvenes de más de 14 años, obligándoles a que descendieran junto con los
hombres y formaran de cinco en cinco, en una especie de explanada que había en
la estación, a unos cien metros del convoy.
Fermín, al ver que delante de él el oficial hacía descender
al hijo menor, Armando, que no tiene
todavía 14 años, se interpuso y con ademanes y mímica le hizo comprender que le
dejaran con su madre. Gritando y acompañado de enérgicos gestos le decía:
-¿Pero no ven que es un niño? Sólo tiene trece años.
Como respuesta recibió un empujón para que
descendiera del vagón inmediatamente, pero dejaron a su hijo Armando, con su
madre, mientras que al hijo mayor, José, le agregaron a cuantos habían
seleccionado.
-¡Adiós! ¡No te separes del Peque! –le
gritaba Teresa desde el interior del vagón
-¡Adiós!... ni tú de Armando. No le dejes
solo.
A Teresa sólo le dio tiempo para preguntar: -¿Nos volveremos a ver?
-¡Pues claro! Tú cuídate y cuida de los
peques... ¡Adiós!
-gritaba
Fermín en medio del vocerío y lamentos de todos los demás deportados.
Inmediatamente les cerraron puerta del vagón.
Todo este proceder era de una infalible
acción de prontitud que deja sorprendidos y sin reacción a los interesados y a
los familiares que vienen con ellos.
Es decir que no operaban
más que de vagón en vagón, sin que los otros pudieran ver lo que sucedía en el
resto del convoy, hasta que les correspondía su turno y lo veían por ellos
mismos.
Después, sí. Después los gritos, los golpes a
las puertas para que les dejaran compartir nuestra suerte, junto con los
llantos y maldiciones les invadía sin que ni los oficiales ni los soldados
hicieran gran caso de ellos, continuando impávidos su trabajo de selección.
Cuando terminaron esta operación en todos los vagones, nos contaron varias
veces como si para aquella tropa lo más fundamental era contarnos cada hora,
para saber cuántas personas llevaban detenidas porque, efectivamente, nosotros
éramos sus presos.
Pero, ¿a dónde nos llevaban? Y ¿quién
podía responder a nuestra pregunta, si ni ellos nos comprendían ni nosotros a
ellos? ¿El intérprete? Aquella vez lo habían dejado en la cárcel ya que por el
traje rayado que vestía, se deducía que estaba sufriendo condena en alguna
prisión controlada por aquellos soldados. Pero, y nosotros, ¿qué delito
habíamos cometido para que sin juzgarnos ningún tribunal, nos llevaran a una
cárcel o penal?
Mientras estábamos aguardando a que nos
ordenaran marchar sin saber a dónde, el viento glacial que azotaba nuestros
rostros y cuerpos iba penetrando en ellos como un cuchillo a pesar de
encontrarnos en el mes del año que más calor hace, era el 24 de agosto de 1940,
e íbamos desprovistos de ropa de abrigo adecuada para hacerle frente.
Aquel día triste y gris hacía deprimir mucho
más nuestro decaído ánimo, al repercutir en lo más profundo de nosotros mismos
la amargura de vernos separados brutalmente de nuestros familiares dejados en
aquellos vagones.
Mi hijo José me preguntó: -¿Dónde
crees que nos llevarán?
-Ya,
¡claro! Porque a los niños y a las mujeres los han vuelto a embarcar.
¿Los volverán a llevar a Francia?
-Quizás sí, porque para ellos son una carga.
Como no les son de utilidad para trabajar...
En todas nuestras mentes nos invadían las
dudas y nos hacíamos idénticas preguntas. ¿A dónde los llevarían después? ¿Los
volveríamos a ver algún día?
Mientras esto pensábamos de ellos vimos que
una vez más nos volvían a contar como si aquellas gentes sufrieran de
fragilidad de memoria para olvidar el resultado del recuento anterior.
Como eran dos a contarnos, al terminar de
hacerlo consultaron sus respectivos resultados y por la satisfacción que
reflejaban sus semblantes comprendimos que coincidía el uno con el otro.
Acto seguido nos ordenaron marchar hacia el
pueblo de MAUTHAUSEN bien formados. Al entrar en él pude observar, y creo que
los demás también, que las escasas personas con las que nos cruzamos,
mirándonos furtivamente como si fuera un delito mirarnos de frente, mostraban
una pena inmensa, sobre todo por los jóvenes que venían con nosotros, que eran
casi unos chiquillos la mayoría de ellos, con lo que nuestras sospechas y
temores venían a sumarse al deprimido
ánimo en que ya nos encontrábamos.
Y si lástima denotaron por nosotros las pocas
personas encontradas en nuestro camino, la misma compasión leímos en los
rostros de las personas que furtivamente y a través de las celosías o cortinas
de sus ventanas nos observaban pasar entre los fusiles de los soldados,
conducidos como si fuéramos unos forajidos o gente criminal.
¿Qué significaba todo aquel conjunto de
misterios? Nosotros suponíamos y con razón que los civiles que nos miraban
pasar sabían a dónde nos llevaban.
Al llegar a una bifurcación entre la calle
general del pueblo y un camino vecinal de pronunciada cuesta, nos ordenaron
adentrarnos por él.
CAPITULO 25º
No habríamos andado doscientos metros por
aquel camino vecinal en cuesta, cuando los oficiales y soldados S.S. que hasta
entonces se habían comportado correctamente con nosotros, empezaron a gritarnos
y a empujarnos con el cañón de sus fusiles y otras veces a darnos alguna que
otra patada o puntapié por lo que empezamos a subirla lo más a prisa que
podíamos, siempre amenazados y maltratados.
-¡Los, los, sakrament, komunists!,-nos
gritaban los soldados, al tiempo que nos daban con el cañón de sus
fusiles haciéndonos daño en cualquier parte del cuerpo para que marcháramos más
deprisa todavía, obligándonos a iniciar una carrera cuesta arriba, que nos
sofocaba y nos impedía respirar normalmente.
Dábamos la sensación del rebaño de ovejas que
para evitar el palo del pastor o la mordedura en las patas de los perros obedientes al amo para
hacerlas correr más aprisa sin descarriarse ninguna y hostigados así, corríamos
alocados a pesar de las dificultades de la ascensión.
Recuerdo perfectamente, comentaba años más
tarde Fermín, que pasamos por delante de una casa de campo situada a la
izquierda del camino, mientras que a la derecha había un ermita en cuya fachada
se veía la escultura de una Virgen con sus manos juntas en piadosa plegaria y
su mirada dirigida al infinito como si implorase piedad por cuantos como
nosotros, habían subido la cuesta brutalizados como se nos maltrataba a
nosotros.
Como esta ermita yo había visto otras en
muchos pueblos de la Península Ibérica, en las que al menos una vez por año y
según la importancia que los creyentes de sus milagros la atribuirían, acudían
a venerarla no sólo los vecinos del propio pueblo, sino las gentes de los
alrededores.
Yo creo que en Mauthausen ocurriría lo mismo
con esta ermita que vimos al subir de aquella manera violenta por el camino
vecinal.
Así llegamos a la cúspide donde se extendía
una gran explanada, muy a punto del fin de nuestras fuerzas. Pero también
ellos, aquellos oficiales y soldados S.S. que nos habían impuesto aquel paso
gimnástico, estaban fatigados, porque no tenían otro remedio que seguirnos,
aunque lo que para nosotros representaba un esfuerzo especial, para ellos era
un entrenamiento casi diario.
Llegar al alto nos hizo mucho bien. Nos ayudó
a recuperar nuestras propias fuerzas, desapareciendo el sudor que cubría
nuestros rostros y el de nuestros cuerpos, que había empapado nuestra ropa
interior.
Lo que no nos permitieron fue romper nuestra
formación, teniendo que estar a pie firme. Cuando el oficial que mandaba a los
soldados consideró suficiente el descanso, volvió a contarnos y constatando que
habíamos dado el mismo número de presentes que en el recuento anterior, nos dio
la orden de marchar por el camino hecho por los camiones y tránsito personal.
Por él llegamos a una barrera muy similar a
las de los pasos a nivel y que llamaban “CONTROL”. Sin la autorización de
aquellos soldados nadie podía pasar más adelante.
Se adelantó el oficial, le hizo ver algo,
levantaron la barrera y notamos que según pasábamos nos iban contando.
Así continuamos marchando hasta un recodo del
camino. Al pasarlo vimos surgir ante nosotros dos cosas que helaron la sangre
de nuestras venas. A todo lo largo y ancho del camino había un inmenso terreno
que varios presos con trajes rayados verticalmente y gorro del mismo color y
rayas, fondo blanco y rayas grises, laboraban la tierra vigilados por soldados
S.S. con el dedo en el gatillo dispuestos a disparar el fusil contra ellos si
intentaban huir o desobedecer la orden de trabajar sin descanso.
Más hacia la derecha se elevaba una fortaleza
de aspecto siniestro que provocó en nuestros cerebros la angustia y confusión
presumible.
-¿Pero con qué derecho
nos traen a estos lugares sin habernos juzgado ni condenado ningún tribunal, ni
haber cometido ningún delito?
-¿Qué mayor delito que
amar la libertad y haberla defendido contra quienes atentaron contra ella en
España?
-le
contestaba el que iba a su lado
-Recuerda lo que dicen
las escrituras: -apostillaba Andrés en voz baja- cuando Pilatos
dio a elegir al pueblo entre Barrabás, vulgar ladrón sin sentimientos humanos,
y Jesús de Nazaret, hombre que predicaba el amor entre los hombres, el pueblo
aceptó la libertad de Barrabás que no la merecía y condenó a Jesús de Nazaret a
morir crucificado. ¡Esto fue lo absurdo que sucedió y esto es lo que sucederá
con nosotros!
Años después Fermín me contaba así sus
recuerdos imborrables sobre su llegada al Campo de Concentración. Al igual que
le pasó a él, otros supervivientes también recordaban esos momentos anteriores
a su internamiento, pasando a continuación a contar las experiencias vividas
dentro del Campo. Denotaban en sus conversaciones por una parte lo marcados que
habían quedado por las experiencias sufridas y por otra parte una necesidad
constante de relatar sus padecimientos,
con la esperanza de que se les creyera, insistiendo en que todo aquello sucedió
y que fue cierto, aunque muchas personas se atrevieran a ponerlo en duda.
“Absorto en estas reflexiones no me di cuenta
del camino recorrido sino que ya habíamos llegado frente a la puerta de entrada
de aquella fortaleza. (Continuaba Fermín en sus memorias).
Hicimos alto y mi curiosidad hizo que
extendiera mi vista y vi sobre mi derecha y entre unos árboles frondosos una amplia
jaula y dentro un águila llamada imperial, que es el emblema alemán de su
poder. Sobre la izquierda había una pancarta con grotescos presos marchando al
paso gimnástico y un letrero que decía:
“CARACHO WEG” (marchad
deprisa, era nuestra interpretación, pero su traducción debiera ser más correctamente: camino del infierno o camino maldito)”.
Enseguida se corrió la voz de que aquel
sitio al que habíamos sido conducidos, Mauthausen, era conocido por la gente
del pueblo como “LA CASA DEL ASESINATO” y que también lo llamaban “LA COLINA
DE LA MUERTE”.
“Obedeciendo a los gritos, empujones y golpes
que nos propinaban los soldados, e instigados por los perros que amagaban
continuamente con mordernos, penetramos en el Campo de Concentración, donde
íbamos a soportar y a ser testigos de atrocidades que nos marcarían a los
supervivientes para el resto de nuestros días”.
Años más tarde de su liberación, Fermín me confió sus memorias y me pidió que tratase de reflejar éstas en un libro, (el cual ha sido ya editado con el título de “LA COLINA DE LA MUERTE” y que se envía contra reembolso a quien lo solicite, puesto que no se encuentra normalmente en librerías, siendo su precio de 18€) con objeto de que el mundo conociera lo que fueron sus padecimientos dentro del Campo de Exterminio de MAUTHAUSEN.
FIN