Esta novela está basada en el libro del mismo autor, titulado “LA
COLINA DE LA MUERTE”, en el cual se narran las memorias y vivencias de unos
exiliados españoles durante el período de 1937 a 1945. El lector podrá apreciar
cómo las circunstancias de la época que les tocó vivir a los exiliados entre
los que se encontraban FERMÍN ARCE y su familia, les obligaron a sufrir un penoso e inolvidable calvario, y este
relato tiene por principal finalidad divulgar su conocimiento para que
situaciones similares no se repitan jamás. Sin pretender que por sí solo esa
ambición se logre, al menos en la esperanza del autor queda la satisfacción de contribuir a ello. Está basada en hechos
reales. E-mail: oslufe@hotmail.com
La historia comienza ya iniciada la Guerra Civil española, cuando
eran reclutados voluntarios, jóvenes que no habían hecho el servicio militar y
otros de la reserva. Entre estos últimos se encontraba Fermín Arce, de 36 años,
residente en el País Vasco. Era una persona de una cultura superior a la media
de aquella época y de un sentido ético muy profundo; sin creencias religiosas,
pero con un amor al prójimo excepcional, que era apreciado inmediatamente por
quienes le conocían.
( Reservados todos
los derechos)
CAPITULO
1º
Nos encontramos en un barrio de Las Arenas
(Romo), en el ático de una casita de la calle Caja de Ahorros, donde viven
Fermín Arce con su esposa Teresa Fernández y sus hijos José, Edmundo y Armando.
Fermín tiene treinta y seis años, Teresa treinta y cuatro y los hijos catorce,
doce y diez respectivamente.
Están todos en la cocina y Fermín y Teresa
ocupados en recoger algunos enseres colocándolos en una bolsa de viaje.
-Bueno, Tere, -le dice Fermín con aire
decidido- ya ha llegado el momento. Como hemos dicho tantas veces, yo no
puedo quedarme aquí, con los brazos cruzados esperando que acabe esta guerra.
Siempre he defendido la República y es hora de hacerlo más activamente.
-Fermín: -le responde su esposa, con aire
de no estar convencida de la conveniencia de tal decisión –entonces...
¿estás decidido? ¿ya te vas? ¿no cambias de opinión?
-¡No! No cambio de opinión. Voy a presentarme
voluntario hoy mismo. Si se perdiera la guerra, a mí me perseguirían
igualmente. Ten en cuenta que yo voy por convicción. Los jóvenes soldados que
la están defendiendo, lo hacen en su mayoría, sólo por obligación.
-Bueno. Aquí te he preparado lo que creo más
necesario –le contesta al mismo tiempo que va colocando algunas ropas en el
equipaje.
Sus hijos, José, Edmundo y Armando les
observan inquietos, sin entender lo que está ocurriendo.
José, el mayor de los tres, se dirige a su
padre y le pregunta:
-Papá ¿tardarás en volver?
El segundo, Edmundo, le dice:
-¿Irás lejos?
Y el pequeño, para no ser menos, tirándole de
la chaqueta le pregunta:
-¿Por qué te vas?
Así, acosado por estas y otras preguntas,
mientras siguen ordenando ropas en la maleta, les contesta:
-Mirad, hijos, no tengo respuestas para
vuestras preguntas. Pero tenéis que saber que papá debe ir a una guerra que no
debía haberse producido. Vosotros quedaos tranquilos, que pronto se acabará y
volveré a casa. Sed buenos y no hagáis enfadar a vuestra madre.
A lo que José comenta:
-Eso sí que es difícil, porque no se enfada
nunca...
Fermín y Teresa sonríen porque reconocen
que así es, ya que Teresa posee un carácter muy tranquilo y afable, y que sólo
en casos extremos es capaz de demostrar estar malhumorada. Se abrazan mientras
Fermín le dice en voz baja:
-¡Bueno! Ahora no llores, que no me va a pasar nada.
Pronto volveré.
Al despedirse ya en el descansillo de la
escalera, Teresa hace una pregunta que encierra una duda interna:
-¿Nos volveremos a ver?
Su marido se apresura a contestarle:
-¡Pues claro! Tú cuídate y cuida de los
peques.... ¡Adiós!
Abajo, en la calle, un grupo de milicianos le
esperan para montar en una camioneta que les conducirá hacia el frente.
Durante el viaje se paran varias veces para
recoger a otros voluntarios. Media hora más tarde ya han llegado a su destino,
un improvisado campamento del País Vasco, en el que están reclutando
milicianos voluntarios.
Al corresponderle
su turno, Fermín se acerca al oficial
que está sentado junto a un ayudante y rodeados
de unos soldados, cuyos uniformes eran todo menos “uniformes”.
Dirigiéndose a Fermín le dice
el oficial:
-O sea, que te llamas Fermín Arce Rioja, tienes 36 años
y estás casado.
-Sí, bueno... tengo mujer y tres hijos. El mayor de quince
años.
-¿Y qué sabes hacer... además?
-Soy ebanista
-Aquí eso no es muy
útil, ¿sabes leer y escribir?
-¡Ah! Eso sí. Yo suelo escribir panfletos de la CNT
-¡Hombre! Por fin alguien con cultura. Anarquista ¿no?.
Pues bien, desde ahora quedas nombrado reportero. Tú no
necesitas fusil. Ten este vale para que te entreguen una pistola.
Utilizarás sobre todo lápiz y papel.¡Ten!. La
Historia se hace con las armas pero se escribe con ellápiz.
Ahora dirígete a aquel almacén.
-¡Gracias, señor! Además a mí eso de matar no me agrada
en absoluto
-Ni a mí. Pero si hay que hacerlo, se hace.
-Yo haré siempre todo lo posible por España y nuestra
República.
-¡Vale! Yo no te voy a dictar todo
lo que deberás hacer
de
ahora
en adelante. Sólo te diré que nos acompañarás y
tomarás notas de lo que observes. Aquí tienes un carnet de
periodista, te será
de utilidad; guárdalo bien.
No dejes de auxiliar a tus camaradas si lo necesitan.
Cada semana más o menos entregarás tus
folios al Comisario
Político o al oficial donde te encuentres.
También
escribirás y transmitirás sus mensajes.
Si caes prisionero,
destruye antes lo que poseas.
-Pero ¿cómo?, ¿quemándolo?
-¡O comiéndotelo!. Esas preguntas ni se hacen. ¡Puede
retirarse!
-¡A la orden, señor! –respondió
Fermín con un saludo, dirigiéndose a continuación hacia el barracón que servía
de almacén, para recoger lo indicado en el vale.
El oficial seguía llamando
.... ¡A ver!.... el siguiente......
Mientras
Fermín se dirige hacia el almacén, otro de los que estaban en el grupo que le
acompañó se acercó al oficial, y entre tanto el grupo de compañeros de Fermín
se van reuniendo a la espera de ser conducidos a su destino.
Comienza un crudo invierno del año 1937.
Entre columnas de soldados milicianos, de
aspecto cansado, va Fermín, en dirección hacia Santander y Asturias, asediados
por las bombas, los obuses y disparos del ejército nacional. En uno de los
vehículos van escuchando un aparato de radio de campaña. Tienen sintonizada la
emisión en la que, desde Radio Sevilla, el General Queipo de Llano se dirige al
ejército republicano. Entre otras cosas, con el fin de desmoralizar a los
soldados republicanos, decía en su discurso:
-“Rojillos”, y ¿ahora, qué? ¿Por dónde
pensáis salvaros? ¿por la mar? ¡Cuidado, que está el agua muy fría y podríais
resfriaros, sobre todo en la época otoñal en la que estamos! ¿Y cuántos os
arrojaréis a ella? Seguramente que muy pocos por no decir ninguno. Y los que os
atreváis a hacerlo no olvidéis que fuera del puerto del Musel hay embarcaciones
que os harán el honor de recogeros para saldar las cuentas pendientes que
tenéis con nosotros. Bien sabéis que cuando todavía os quedaba terreno para
correr os avisaba con tiempo suficiente, diciéndoos que os atarais bien las
alpargatas para que pudierais correr más a gusto. Pero ahora ni eso puedo hacer
por vosotros. Estáis metidos en una ratonera de la que será muy difícil que
podáis salir. Y lo peor es que al perder vuestra Asturias (La Roja) perdéis
vuestra ridícula leyenda de “luchadores indomables”.
Al terminar, emitían interpretada por un coro
de soldados, la canción del Cara al Sol.
Después de permanecer varios días en la
provincia de Asturias, el batallón recibe la orden de dirigirse hacia
Madrid.
Estando en El Jarama en unas trincheras junto
con una compañía de transmisiones, tratando de protegerse del tiroteo enemigo,
Fermín y otros soldados más jóvenes, algunos de unos diecisiete años, se
agazapan como pueden para evitar la lluvia de piedras y metralla que se les
viene encima. Cerca de ellos, entre una nube de polvo, destaca la figura de un
Comisario Político, alto, enfundado en un largo abrigo, moviéndose con
ligereza. Se trata de Mauro Bajatierra, que presencia cómo un joven soldado cae
herido por un disparo. Se acerca a socorrerle.
-Señor, por favor, ayúdeme a rezar mi última
oración para morir, que solo no lo sé –balbucea el soldado.
El Comisario se quedó confuso y enternecido
ante aquella súplica.
-¿Qué oración quieres que te ayude a rezar,
hijo mío? –le preguntó Mauro.
-El Padrenuestro, señor. Pero hágalo en
seguida que me siento morir.
A pesar de sus ideas opuestas a las creencias
católicas, acercándose aún más al pobre soldado comienza a recitar:
-Padre nuestro, que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre.........
El joven había seguido y pronunciado las
primeras palabras. Luego, y como si aquellas solas le bastaban para estar
satisfecho con su conciencia, expira en silencio. El Comisario que le había
acogido entre su brazo y su pecho para que la sangre no le ahogara, dándose cuenta
del fin de aquella vida, le deposita con todo miramiento en el suelo al tiempo
que se desliza una lágrima por sus mejillas.
Un
capitán se acerca a ellos, y le dice:
-¿Qué es eso, Bajatierra, lloras?
A lo que Mauro, con toda sencillez le
contesta:
-Eso me pregunto yo, ¡No se puede ser
sensible en una guerra donde mueren tantos hombres cada día!
Fermín y sus compañeros han sido testigos de
la escena, y éste comenta:
-¿Hasta qué punto estaría convencido ese
chaval que su sacrificio merecería la pena? A sus años ¿qué sabría de política?
A lo que uno de los soldados de más edad le
responde:
-¡Qué razón tienes! Es para ponerlo en duda,
porque al menos nosotros luchamos con un convencimiento fruto de nuestra
experiencia... pero estos chavales.... ¿qué saben de la vida?
La mañana de este 5 de Mayo de 1937 ha
amanecido espléndida y apacible. Fermín y Carlos, un joven miliciano de unos
veinte años, van caminando presurosos por el borde de una carretera del País
Vasco, en las proximidades de un pueblo. Más lejos, a su izquierda, se ven los
muros de un cementerio.
Carlos le pregunta:
-Así que tienes que tomar notas de lo que ves
aunque parezca no tener importancia ¡Qué raro! ¿no?
-Pues sí, Carlos, pero eso no es todo.
También tengo que ayudar a los oficiales redactando y escribiendo sus mensajes
y partes. Y a menudo, hacer de mensajero. Es mejor que estar en el frente,
¿sabes?. Te aseguro, Carlos, que en primera línea y en las trincheras se pasa
muy mal. Piensas que en cualquier momento se van a acabar tus días. Aunque de todos modos nunca se sabe dónde estás
más seguro.
-Oye, Fermín ¿y tú crees que será posible que
esos militares insurrectos lleguen a ganar la guerra?
-Yo no lo veo nada fácil. Pero pienso que hay
regiones que no presentarán resistencia. Aquí, en el País Vasco no nos
derrotarán.. Nuestro Cinturón de Hierro parece que será una protección
inexpugnable.
-No ¡claro! Somos muchos a hacerles frente y
además el territorio tan montañoso es una de nuestras mejores protecciones.
Además Asturias, Cataluña, Valencia, Aragón y Madrid son regiones que también
sabrán defenderse.
-¡Hombre! Si los árabes no lograron
conquistarnos, no lo van a hacer ahora unos militares fanáticos.
-Y ¿qué me dices de esos comentarios que se oyen
sobre el apoyo que reciben de los alemanes e italianos? Y dicen además que
tienen aviación y barcos de guerra....
-Pues que son ciertos; pero ni aun así, ya
verás. Como dicen algunos, nosotros los republicanos somos tantos que hasta
sólo con piedras les venceríamos.
Su conversación se ve interrumpida
inesperadamente. Se oyen repicar las campanas del pueblo. Dirigen su mirada
hacia éste, fijando su vista en la torre de la iglesia con sus campanas
volteando.
Carlos exclama:
-¿Oyes, Fermín? están repicando las campanas
¿Qué pasará?
Fermín, nervioso, le responde:
-Que anuncian peligro de bombardeo.
Pongámonos a cubierto por si acaso, ahí, en esa acequia.
En su misma dirección y más adelante, una
mujer y un niño van recogiendo hierbas y plantas para alimentarse de las que
encuentran en el lindero de la carretera.
Cuando más interesados y atentos se
encuentran en la busca de esas hierbas, oyen las campanas de la torre de la
Iglesia del pueblo que comenzaron a voltear, anunciando la aproximación de los
aviones. Dirigen también sus miradas inquietas hacia la iglesia y a
continuación hacia el horizonte.
Mientras tanto Carlos y Fermín se han
protegido en la acequia ocultándose en
ella, pero asomando las cabezas para ver qué pasa.
Carlos observa el cielo y exclama:
-Tienes razón. Eran aviones. Mira, allí
vienen. Son cuatro.
-Voy a tomar notas. ¡Fíjate, Carlos! son
Junkers.
-¿Los conoces?
-Sí, no es la primera vez que los veo. Son
alemanes. Pero normalmente los utilizan para bombardeo, y aquí no hay nada que
les pueda interesar como objetivo militar. Irán de paso hacia las fábricas.
-¡Que no, dices! Pues mira lo que están
haciendo. ¡Vaya humaredas que se levantan!
Fermín saca un cuadernillo y un lápiz y
empieza a hacer anotaciones al tiempo que le dice:
-¿Te das cuenta por qué es importante que
tome notas de esto? Bombardean un pueblo. ¡Qué vil absurdo! ¡Si en él no quedan
más que ancianos, mujeres y niños!. Esto no lo había visto yo antes.
Se oye un enorme estruendo que hace temblar
la tierra, apareciendo una humareda negra en forma de espiral que se eleva
hasta el cielo. A esa explosión le siguen otras muchas, creando un ambiente
aterrador. Unas casas próximas aparecen envueltas en llamas. La madre y su hijo
quedan mudos de estupefacción.
-Oye Fermín, -le dice Carlos señalando
hacia el cielo- fíjate en ese avión que viene hacia aquí...
Se esconden más aún agachándose en la zanja, y continúa,
-¿Viste
aquella mujer y a un niño que nos precedían? Por Dios que salgamos todos
bien de esto.
Más adelante la madre y el niño, asustados,
se mueven nerviosos buscando dónde protegerse.
Aterrorizada, aquella madre grita a su hijo:
-¡Corre, hijo mío, corre a esconderte donde puedas, que ese avión
viene con intención de matarnos!
A lo
que su hijo le respondió, sin dejar de correr:
-Ya
corro, madre, pero ven tú también, aunque no veo otro lugar más que el
Camposanto para escondernos.
-Pues corre
hacia él y escóndete, que ya llegaré yo también.
De la escuadrilla de aviones uno se separa
del grupo dirigiéndose hacia ellos.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando una ráfaga de
ametralladora disparada desde el avión la hace caer a tierra, no sin antes
abrir la boca como para decir algo. Pero lo único que sale de ella es una bocanada
de sangre.
Su
hijo, al oír el tableteo de la ametralladora, instintivamente vuelve la cabeza
al mismo tiempo que su madre cae muerta
a tierra, y se para de correr en dirección al Camposanto; rápidamente se vuelve
para socorrer a la que le dio el ser.
Cuando llega a ella ve que está envuelta en
su propia sangre y sin vida. Las facciones de su rostro se contraen
terriblemente, pero de su boca no sale un solo lamento ni un quejido de dolor.
Se yergue al oír que aquel maldito avión
viene en dirección de donde él está. Levanta su brazo con el puño de su mano
cerrado, amenazador, mientras que con el índice de la otra mano señala el
cuerpo inerte de su madre.
Y
cuando llega de nuevo el avión a situarse casi a su nivel, vuelve a oírse el
tableteo de sus ametralladoras sembradoras de la muerte. Sus balas penetran en
aquel frágil cuerpo y le hacen tambalearse primero y caer sin vida después,
cercano al cuerpo de su madre, asesinada como lo ha sido él.
En la
cuneta, Carlos se dirige a Fermín y comentan:
-¿Oyes? Nos está ametrallando
-Yo creo que no es a nosotros, además no nos
han podido ver. Llevamos un rato en este escondite y al no habernos movido es
muy difícil que nos hayan visto.
-A nosotros no, pero a ¿la mujer y al
niño?...
Absorto por la situación, con el gesto
claramente irritado y nervioso le contesta:
-¡Y siguen disparando!...¡no lo entiendo!
Momentos después, aun con el susto en el
cuerpo y echando una ojeada hacia los alrededores, se deciden a salir.
Fermín, más tranquilo exclama:
-¡Uff! Ya se ha ido. Pero ¿Por qué disparaba
si estábamos solos y ocultos?
-¡Que no, que no estábamos solos!.... piensa
en la señora y el niño... y no los veo... se habrán escondido... quizás en el
cementerio ese. ¡Vamos, corre... ojalá estén bien!.
Entre tanto y dentro de aquel avión en el que
van un piloto alemán y un copiloto franquista, se desarrolla una discusión a
veces agria y a veces violenta entre los dos a causa de aquellas dos muertes.
El copiloto español le pregunta:
-Pero ¿por qué?, ¿por qué has hecho eso? ¿Qué
mal te hacían esa mujer y ese mozalbete que iba con ella, si no iban armados ni
nos hacían ningún mal?
A lo que el piloto alemán le responde en un
castellano bastante perfecto, aunque con un acento muy marcado y en términos
tajantes, demostrando un convencimiento evidente de su correcto cumplimiento de
las órdenes militares a las que obedecía.
-¿Por qué? Porque estos y otros actos
corresponden a una razón táctica bien determinada por nuestro Führer en caso de
guerra. Pero ya que la suerte o la desgracia nos ha hecho compañeros de esta
campaña de guerra quiero hacerte una pregunta antes de contestar a las tuyas.
-¡Dime, dime!.
-¿Por
qué tu conducta de hoy, lamentándote de la muerte de esa mujer y de aquel
mozuelo que supongo sería su hijo, no es igual a la que observabas el 26 de
Abril cuando bombardeamos Guernica, destruyendo más de la mitad de esa ciudad y
matando muchas personas que gozosamente tú me ibas comentando, ensañándote con
las que intentaban salvarse, hasta terminar con sus vidas?
-Porque Guernica simboliza a un pueblo, una
idea y una raza que hace muchos siglos vivía libre con sus costumbres
colectivas y modalidades de solidaridad entre ellos, en las montañas de los
Bajos Pirineos, de las que más tarde descendieron distribuyéndose entre
Guipúzcoa, Vizcaya, Alava y Navarra, creando así las provincias llamadas
Vascongadas, con su idioma y libertades.
-¿Y qué?
-Te explico: Que en 1876 y por haberse
solidarizado con los Carlistas, el gobierno del rey Don Alfonso XII, como
castigo, les suprimió casi todos los fueros e independencia administrativa que
hasta entonces gozaron los Vascos.
-¿Entonces?
-Nuestro odio contra ellos es porque piden la
separación de Euzkadi del conjunto español, y es precisamente en La Sala de
Juntas, establecida en Guernica, junto al Arbol que simboliza sus creencias,
donde se toman todos los acuerdos de la táctica a emplear por el Partido
Nacionalista Vasco, creado en el siglo XIX por Sabino de Arana y Goiri, y que durante
el comienzo de esta guerra, el Gobierno les concedió la Autonomía del Estatuto
para el País Vasco, que solamente Navarra no quiso aceptarlo.
-Me parece que empiezo a entenderlo
-Nosotros como españoles no podemos aceptar
nunca ese peligro de desmembramiento Nacional, que sería el principio del fin
de nuestra España. Por eso demostraba yo mi alegría de poder destruir Guernica
y sus habitantes. ¿Está claro? ¿Lo comprendes ahora?
-Francamente no: Es decir, comprendo que queráis destruir Guernica
y apoderaros del poder político y ejecutivo de toda España, pero lo que no
comprendo es que demuestres una gran alegría viendo morir a cientos de personas
y te entristezcas, hasta el grado de insultarme, por haber matado a una mujer y
un mozalbete....
¡Y aunque no me lo has dicho claramente, para
tus adentros me consideras un asesino por haber matado madre e hijo, cuando
olvidas intencionadamente que tú y yo, y muchos cientos de seres más, somos
todos unos asesinos!
-Tómalo como quieras porque el hecho ya no
tiene remedio. Pero si alguna vez comentas lo sucedido, quiero que tengas
presente que enemigos o no de los que has matado, yo también tengo una esposa y
un hijo de más o menos la edad que ellos tenían. Si un día llegara a sucederles
la misma desgracia, creo que me volvería loco de dolor, porque los dos forman
parte de mi propia vida.
-Y
los de Guernica, ¿no tenían padres, madres, hijos o hermanos? ¡Oh!, ¡los
españoles; siempre románticos como el Quijote! Sin embargo y como al principio
te lo prometí, quiero decirte algo fundamental que nos distingue en una guerra
de vosotros los españoles. Vosotros matáis por odio o rencor, en tanto que
nosotros lo hacemos a causa de una técnica bien concebida y determinada por
nuestro Führer: la de ganar la guerra a base de puntualidad y disciplina.
-¿Qué tratas de decirme?
-Que
es necesario cambiar las tácticas empleadas en las guerras hasta ahora
-¿De qué manera?
-Que
para ello debemos herir al enemigo en aquello que más estima tenga,
destruyéndole sus Museos, sus pueblos, sus centros de producción industrial,
sus depósitos de cereales, sus familias; no dejando un momento de reposo a los
soldados atrincherados, bombardeándoles o cañoneándoles día y noche sin
interrupción alguna, impidiendo que el suministro de comida caliente pueda
llegar hasta ellos, para que sus estómagos se vean afectados por malestares o
diarreas. Esto es la táctica totalitaria de nuestro Führer, o si lo prefieres,
una guerra total, porque todo cuanto te he enumerado merma la moral del enemigo
y nos permite acometerle cuando y como nos lo ordene el Estado Mayor. ¡Ya; ya
tendrás ocasión de apreciarlo por ti mismo muy pronto, si no nos mata algún
obús antiaéreo y si terminamos esta guerra entre españoles antes del verano de
1939!.
-Y dime, todo eso que acabas de explicarme,
¿está dispuesto.....?
-¡Por
nuestro Führer!, (contesta enorgullecido).
Mientras tanto en tierra, Fermín y Carlos llegan jadeantes donde
yacen inmóviles los cuerpos de la madre y el niño.
Carlos, palideciendo súbitamente, exclama:
-¡Oh, Dios mío, los han herido!....¡Qué
horror! Están muertos. Los han asesinado.
Gritando hacia el cielo, Fermín exclama:
-¡Cobardes!
¡Criminales....., asesinos!
Y
dirigiéndose a Carlos le dice:
-Venga, ven, vamos al pueblo a buscar ayuda,
seguramente serán conocidos o encontraremos familiares o amigos que se
encarguen de su entierro.
Carlos se arrodilla junto a ellos y acaricia
a ambos como para que se sientan acompañados. Las lágrimas corren por sus
mejillas y se encuentra incapaz de incorporarse. Fermín le toma del brazo y le
anima a seguirle.
-¡No Fermín!, déjame que les haga compañía.
Ve tú solo.
Fermín se queda un momento pensativo y por
fin le dice:
-Tienes razón. Quédate; enseguida vuelvo. No
tardaré.
Y se dirige presuroso hacia el pueblo,
volviendo la vista dos veces hacia ellos, como inseguro.
CAPITULO 5º
En su largo peregrinar por la geografía
española, vivió unos largos días en
Aragón, y tras la derrota de la batalla del Ebro, salió con su compañía hacia
Barcelona.
Por el camino, un día Fermín estaba
comentando las noticias con otros soldados, leyendo en voz alta:
-.... al parecer nuestro Jefe de Estado dirigiéndose
a otros gobiernos extranjeros les ha dicho entre otras cosas, y quejándose de
su postura de “no intervención” en nuestra guerra, que......“si sacrificando a
España a las exigencias del fascismo internacional, único país hasta ahora que
ha servido de muro de contención a su avance en Europa creéis que vais a evitar
que él se lance al asalto y conquista de ella, os equivocáis de medio a medio”.
-Y continúa diciendo:
“El fascismo para que sea admitido con
entusiasmo por las masas, necesita de conquistas y éxitos territoriales. Sin
ellos, no tiene razón de ser, ni vida. Porque, ¿qué queda detrás de España para
oponerse a ese avance? ¡Nada, o casi nada como fuerza verdadera! Y por vuestra
ceguera para haberlo evitado, sufrirán muchos pueblos la destrucción y
persecuciones a las que el fascismo está acostumbrado a aplicar cuando entra en
ellos de triunfador”.
Estas palabras venían a confirmar un
reconocimiento de la situación general de retirada y derrota del ejército
republicano. Algunos albergaban aún la esperanza de que Barcelona y la región
valenciana se hicieran fuertes, pero en general la moral decaía a la vista del
desgaste sufrido en las últimas batallas.
Ya por el camino, antes de llegar a
Barcelona, ven que los soldados que se encuentran están en franca retirada.
Cada cual piensa sobre todo en salvar su vida, y la mayor parte van decidiendo
unirse a los grupos que se desplazan con sus familias y los enseres que pueden
acarrear, camino de la frontera francesa. Un grupo entona con cierta rabia una
canción:
Si tus armas son mejores
Son el precio de tu venta,
Para matar a españoles
Que a tus amos les
molestan.....
CAPITULO 6º
Es una interminable caravana de familias
enteras. Van desaliñados y cargados con ropas, bolsas, enseres diversos...
Entre un grupo va Fermín con su esposa y dos de sus hijos. Se les ve entre preocupados,
cansados, contentos.
Teresa le comenta a Fermín:
-¡Qué
bien que al fin hemos podido reunirnos y que estés sano y salvo después de todo
lo que has recorrido, de batalla en batalla... No sabes lo preocupada que
estaba. ¡Cuánto nos acordábamos de ti!... Y ¿tú? ¿ya te acordabas de nosotros?
-¡Cómo no iba a acordarme, Tere! Sabiendo
además que os encontrabais en una de las provincias más castigada por la
aviación y por el continuo cañoneo de los barcos de guerra que os asediaban
desde las proximidades. Y dime, es cierto que nuestro hijo Edmundo está bien.
¿Por qué no ha venido con vosotros? ¡No me ocultarás algo!
-¿Cómo voy a engañarte? ¡No podría!. Ya te he
dicho que ha quedado con mi hermana Eulogia y con Luis en su casa de
Portugalete. ¿Te crees que iba a estar yo aquí contigo tan feliz si le hubiera
ocurrido algo? Así que ya sabes que está en buenas manos y que será atendido
como un hijo. Además cuentan con el apoyo del resto de la familia. Y Luis, ya
sabes, sigue trabajando en la botica y es una persona muy conocida y
considerada en el pueblo. Como estuvo de enfermero en el frente, no ha sido
perseguido.. Además mantiene buenas relaciones con toda la gente y aunque sea
ateo y de izquierdas, todos le respetan. Hasta el Párroco gusta de discutir con
él de religión.
-Y de mis hermanos y hermanas de Sestao
¿tienes noticias?
-No; de ellos no supe nada, -le contesta
Teresa, y a continuación, cambiando de tema le dice:
-¿Sabes? Mi hermana Eulogia ha tenido otro
niño. Nació el cinco de enero pasado. Intentaron ir en barco hacia Francia pero
un barco de guerra, el Cervera, les obligó a desembarcar.
-¿No le habrán puesto Juan Carlos, como al
nieto de Alfonso XIII, que también nació ese día?.
-¡Claro que no!. Se llama Oscar. ¿Es que no
conoces bien a mi cuñado?
-Tere, lo decía de broma. A ver si nosotros
llegamos bien a la frontera, porque ya ves que la cosa se pone fea.
-Lo que no entiendo es que siendo ateos como
son se casaran por la iglesia y que piensen que nosotros debíamos haber hecho
lo mismo. Como es obligatorio....
-Pues yo en eso no pienso cambiar. Si no creo
¡no creo! Entonces ¿por qué me tengo que ver obligado a participar en esas
pantomimas? Fíjate, los curas se sienten aún más orgullosos cuando ven que un
comunista se arrodilla en la iglesia o al paso de sus procesiones y no digamos
cuando además las esposas van a confesarse regularmente. Es un triunfo: les
humillan y además se enteran de todo. Mira, quienes realmente han ganado la
guerra, pues ya creo que la hemos perdido, han sido los curas y no Franco y sus
militares.
-Es cierto. Esos sí que tienen controlado al
pueblo. Su falsa humildad y todos sus preceptos y normas se cumplen mejor y
pesan más que los impuestos por las leyes civiles.
Mientras tanto siguen la comitiva con sus
hijos José y Armando, que algunas veces se distancian jugando o buscando frutos
secos de los árboles de los linderos. Hace frío y a veces la lluvia les obliga
a cobijarse como pueden.
Los lamentos se oyen más que las conversaciones. De tiempo en tiempo aparece
algún avión ametrallando a la multitud y a veces hasta lanzándoles a mano,
como proyectiles, objetos diversos.
Fermín comenta con desilusión: -¡Y nosotros que creíamos que Barcelona
resistiría y no la podrían vencer!
A lo que Teresa, queriendo ver la parte
positiva, le dice:
-Por otra parte hay que reconocer que al
declararla ciudad abierta se han evitado muchas muertes.
-De acuerdo, pero también esto quiere decir
que la guerra está definitivamente perdida.
-Mira, lo que ahora tenemos que pensar es en
pasar la frontera, y ya en Francia estaremos a salvo. ¿Tú crees que llegaremos?
-¡Pues claro! Y ya sabes que los franceses
son muy hospitalarios. Dentro de unos días nuestros sufrimientos pertenecerán
al pasado: ya verás.
-¡Vaya tres años que llevamos! A ver si en
este que estrenamos se acaban las calamidades.
De
vez en cuando se paran para atarse los zapatos, sentarse e intercambiarse los
equipajes, beber agua, comer algo, etc. En uno de esos momentos, la
conversación vuelve a ser orientada hacia el recuerdo de la familia de Vizcaya.
Fermín pregunta: -Y ¿qué me dices de Pío y de tu hermana
Damiana?
-Pues sobre todo que cada año aumenta la
familia. Y fíjate cómo son, a su última hija le han puesto por nombre Libertad.
No sé cómo Pío se atreve a mostrar tanto sus ideas nacionalistas, pues yo creo
que ahora son más perseguidos que los rojos, que ya es decir. ¡Ah! Han
conseguido que tres de sus hijos sean acogidos por unas familias en Bélgica. A
menudo reciben noticias de los “señores” como dicen ellos, y al parecer están
muy bien.
-Bueno, ya verás. Nosotros también lograremos
establecernos en Francia. Se dice que son muy hospitalarios. Yo podré trabajar
de ebanista o carpintero. Ya sabes, con un buen oficio se va a cualquier
parte.. Por el idioma no debes preocuparte. Ves, los catalanes también hablan
otro y les entendemos casi todo. En cambio el Vascuence nunca lograré
aprenderlo
-Pues yo prefiero el Vascuence al Francés.
Claro que en mi casa era lo que más se hablaba.
Durante su penoso peregrinaje siguen en
silencio atentos a la posibilidad de más amenazas de aviones. Teresa, tratando
de distraer los pensamientos, le dice:
-¿Sabes? A Carlos Luengo, primo de Luis, que es un joven de unos 18 años, le
nombraron Comisario Político
-En fin, ¡qué cosas!. No le conozco, pero por
muy listo que sea no es posible que tenga experiencia ni conocimientos
suficientes.
-Sí, ya ves. Muchos de estos soldados que
huyen también son unos críos, no tienen ni dieciocho años.
-¿Dices que se llama Carlos?
-Sí. ¿Por qué?
-No, por nada... es que me hace recordar....
-¿Qué?
-¡Bah! Nada. No tiene importancia; ya te
contaré otro día.. Ahora estate atenta a los niños y a ver si vemos algún
manantial cerca del camino, porque sin algo que beber esta caminata se está
haciendo insoportable para todos.
Teresa continúa, con aire preocupado y como
pensando en voz alta dice: -No
sé si me da más pena ahora el dejar España que hace unos días cuando salí del
País Vasco. Será porque entonces venía con la ilusión de encontrarte y que al
fin íbamos a estar juntos.
Los hijos, José y Armando, van andando junto
a ellos unas veces y otras, junto con otros niños y niñas de su edad, jugando y
hablando de sus cosas. A veces se acercan para preguntar cuándo van a comer, si
aun falta mucho, cuándo van a pararse a descansar, etc.
Así prosiguen su larga caminata rodeados de
muchos emigrantes.
Después de muchas calamidades consiguen
llegar a Francia. Los comentarios entre personas de los grupos de exiliados,
que están descansando sentados sobre unas piedras, comiendo algún bocadillo y
algunos tiritando de frío y curándose sus heridas de los pies, dan una idea de
su situación. Uno comenta:
-¡Uf! Por fin estamos en Francia. Aquí yaa estamos a salvo de los ataques de los
aviones.
Fermín, que
está leyendo un periódico les dice:
-Mirad lo que todavía dicen nuestros gobeernantes y concretamente el Jefe del
Gobierno Republicano: “Hasta mí han llegado rumores que hay quienes están
preparando la maleta para abandonar su puesto y marcharse al extranjero. Yo
tengo la obligación de decir a los que
de esa manera proceden, que ir al extranjero supone aceptar la pérdida de su
personalidad que no será respetada”
Otro del grupo interviene diciendo: -Pues también se comenta que somos más del
medio millón.
Las inquietudes que les asaltan son también
muy variadas.
Otro español pregunta: -¿Cómo creéis que el gobierno francés va a
resolver los problemas que les vamos a crear?
Fermín, compartiendo la opinión de la
mayoría, les dice:
-Yo pienso que habrá trabajo para todos, y
todos estamos dispuestos a hacer lo que
sea...
Interviene otro emigrante diciendo: -¡No!, los problemas los vamos a sufrir
nosotros. Para empezar ya nos han confiscado las armas y muchas de nuestras
pertenencias. Y el dinero que tenemos aquí no nos sirve: pocos lo aceptan.
-Parece ser que los gendarmes tienen órdenes
muy estrictas, pero ya veis, en general hacen la vista gorda –responde el
primero.
Fermín interviene nuevamente: -Lo que pasa es que les damos pena. Fijaros
cuántos heridos y enfermos nos acompañan. Y hambre y miseria tenemos todos. La
disentería es habitual y nuestros vestidos son verdaderos harapos. Las
medicinas escasean y a lo sumo nos dan aspirinas...
A lo que añade un señor de muy buena
presencia: -¡Quién me iba a
decir a mí que llegaría a esta situación con la buena posición que gozaba en
España!
Mientras mantenían esa conversación, se
acercó otro compañero al grupo, diciendo: -Se comenta que nos van a llevar
a unas playas.
Inmediatamente respondió uno: -Al menos tendremos agua.
A
lo que el recién llegado le contestó:
-Sí, pero salada. Ya veremos para qué noss va a servir.
Fermín tratando de tranquilizarles: -¡Hombre!, ya acondicionarán lo necesario.
Además en estas playas en verano pasan sus vacaciones los más pudientes.
El recién llegado no compartiendo ese
optimismo, repuso: -Mirad, en verano se está bien en cualquier
sitio, pero ahora estamos en invierno y a ver cómo nos protegemos.
Así continuó la enorme comitiva de personas
andando por carreteras costeras francesas, con el mar a su derecha,
aproximándose a unas playas, donde iban a ser concentrados. No se puede decir
que se tratara de campamentos habilitados para ellos, pues carecían de las
instalaciones mínimas necesarias para albergar a tanta gente. Tenían que dormir
sobre la arena y cubrirse con las escasas ropas y mantas que llevaban. Todos
estaban hambrientos y la mayor parte de ellos enfermos y heridos.
Ya en las playas las imágenes de la
muchedumbre de refugiados es deprimente. Van disponiendo mantas y ropas sobre
la arena para sentarse o acostarse y les llega la noche obligándoles a apiñarse
en grupos para resguardarse en lo posible del frío.
Al amanecer todos dirigen sus tristes miradas
hacia pequeñas comitivas que envueltas en lamentos forman los entierros de
aquellos familiares o amigos que no lograron sobrevivir. En los límites de la
playa unos soldados senegaleses custodian la muchedumbre de refugiados, para
impedir que salgan de ella. A veces se anuncia el reparto de algo de comida y medicinas, a las claras insuficiente para
satisfacer todas las necesidades.
Estas situaciones se convierten en rutinarias
durante semanas.
Todos se van desprendiendo paulatinamente de
sus objetos más valiosos y del dinero que todavía aceptan los franceses (sólo
determinados billetes) para procurarse a cambio lo indispensable.
Formando un pequeño grupo se encuentran
varias familias entre las que están nuestros protagonistas. Uno de ellos se
dirige a Fermín y le dice:
-¡Oye! Fermín: ¿has visto semejante
desfachatez? Andan por ahí unas fulanas y unos carteristas refugiados haciendo
el agosto.
-¡Qué vergüenza! ¡Lo que nos faltaba!.
¡Menuda imagen se van a hacer los franceses de los españoles.
A lo que otro responde irritado: -De momento la imagen que nos estamos
haciendo de ellos tampoco se corresponde con sus cacareados principios de
libertad, igualdad y fraternidad.
-No me lo repitas. Estoy oyendo eso mismo a
mi esposa a todas horas. Y lo malo es que tenéis razón.¡Qué equivocados
estábamos!
-Ya me dirás. Fíjate cómo nos vigilan esos
soldados senegaleses que han puesto para que nos custodien. Ni que fuéramos
malhechores encarcelados.
Otro de los del grupo, de origen andaluz, concluye
con su natural gracia y acento:
-O sea que salimos de Málaga y entramos een Malagón.
-¡Bueno,
bueno! En peores circunstancias nos hemos visto y aquí estamos –añadió
Fermín con aire optimista.
-¿Sí? Pues no tienes más
que mirar a nuestro alrededor. ¿Cuántos van muriendo? Si aquí los únicos que no
mueren son las pulgas y los piojos.
En esas discusiones estaban cuando se acerca
Teresa al grupo cortándoles la conversación: -¡Venga, venga!, venid a comer la sopa que he preparado y
dejaros de arreglar el mundo. Lo primero y principal ya sabéis que es oír misa
y almorzar, y si la misa tiene prisa se almuerza y se deja la misa.
-¡Sí sí, para misas estamos!. –Respondieron
a coro, entre risas.
El señor andaluz asiente, levantándose: -¡Ale, vamos! Bueno, esta Tere llama sopa a
un caldo de agua y no sé qué más....
pero hay que reconocer que si no fuera por ella ni eso tendríamos,
porque hay que ver lo que es capaz de preparar aunque sólo sea con nabos y
abadejo. Cuando pasan por sus manos los convierte en exquisitos platos...
Fermín, le responde al tiempo que también se
levanta, yendo hacia la mesa:
-Sí eso. Ahora arregla lo que has empezaddo a decir, ponderando su “cocina”.
-¡Vamos! ¡vamos!, -insistió Teresa,
haciendo un ademán para invitarles a seguirla hacia la mesa.
Así fueron pasando los días y las semanas, y los comentarios entre los refugiados reflejaban siempre la incertidumbre de lo que les pudiera sobrevenir en la idea de que fuera aun peor de lo que estaban padeciendo. La disentería, el hambre y los piojos eran los temas fundamentales, añorando de vez en cuando tiempos pasados en su tierra de antes de la guerra y rogando porque llegaran los “tiempos normales”.
De vez en cuando se producía algún comentario
anecdótico, así como espontáneas celebraciones en las que no faltaban los
cánticos y bailes. Un día, estando Fermín y su familia reunidos con un grupo de
compañeros charlando, fueron interrumpidos por otro compatriota que se acercó
sonriente: