Universidade de Santiago de Compostela

-Cursos de Verano 2002-

 

 

PRIMER FORO NACIONAL SOBRE HOSTIGAMIENTO MORAL EN EL TRABAJO

 

 

 

FUSTRIGAMENTO MORAL NO TRABALLO:

UNHA EPIDEMIA DO SÉCULO XXI

 

15 ó 19 de xullo

 

 

 

Acoso moral, violencia de guante blanco:

lenta y silenciosa alternativa al despido

 

por

 

 

 

Antonio Blánquez Corral

Técnico de la Administración Universitaria

Doctor en Derecho

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Julio de 2002


 

 

 

Acoso moral, violencia de guante blanco:

lenta y silenciosa alternativa al despido

por Antonio Blánquez Corral

 

 

1. Justificación

 

            Aparte de la obvia razón de haber sido invitado por el Director del Curso, cuyo gesto agradezco públicamente, es para mí realmente extraño hallarme en este lugar hablando de Acoso Moral en el Trabajo, sobre todo cuando hace apenas dos años y medio ni siquiera sabía bien que fuera tal cosa y mucho menos que la tal cosa era la causa de una serie de circunstancias adversas que conformaban lo que yo pensaba que podía ser una “mala racha” (demasiado larga, eso sí), o un declive profesional cuya causa no acababa de entender, pues en aquellos momentos una mirada hacia los últimos años vividos me permitía constatar que cuanto más me había esforzado y mejor habían salido los proyectos afrontados, peor me iba todo.

 

            Antes de entrar en la exposición, quiero hacer una referencia al título de la misma, pues una parte de esa denominación la he visto repetida en distintos momentos y lugares: “lenta alternativa al despido”[1], reiteración que no es gratuita ni casual, pues esa es la última (o la primera) razón que activa los perversos mecanismos de los que nos ocupamos en este curso. 

           

 

2. ¿De qué hablamos?

 

A pregunta tan simple, cabe una respuesta, al menos aparentemente, igual de sencilla, hablamos de “acoso moral”, “psicoterror laboral”, “hostigamiento”, “assetjament”, “frustigamento”, “asedio”, “harcelement”, “mobbing”, versiones diferentes en distintas lenguas de un fenómeno común y cotidiano que Leymann, psicólogo (sueco o alemán según la fuente) estudió en Suecia y tras comparar ciertas conductas humanas con las de algunos animales, le llevó a unas conclusiones hoy ampliamente aceptadas; lo que  básicamente se refleja en la Nota Técnica de Prevención “NTP-476” del Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo, de la que son autores los psicólogos Martín Daza y Pérez Bilbao[2] y [3]

 

Se ha constatado la existencia en las empresas de trabajadores sometidos a un hostigamiento psicológico tal, que presentan síntomas psicosomáticos y reacciones anormales hacia el trabajo y el ambiente laboral. Muchas de estas manifestaciones se ajustan a la definición de mobbing, término empleado en la literatura psicológica internacional para describir una situación en la que una persona o un grupo de personas ejercen una violencia psicológica extrema (en una o más de las 45 formas o comportamientos descritos por el Leymann Inventory of Psychological Terrorization, LIPT), de forma sistemática (al menos, una vez por semana), durante un tiempo prolongado (más de 6 meses), sobre otra persona en el lugar de trabajo, según definición de H. Leymann. En castellano, se podría traducir dicho término como “psicoterror laboral” u “hostigamiento psicológico en el trabajo”.

 

El hecho de que en este mismo curso tengan comprometida su participación excelentes especialistas en la materia, que nos ilustrarán sobre diversos aspectos científicos de la “lacra social” que nos preocupa, me libera de profundizar en temas en los que no soy experto, aunque la mera cortesía me obliga a declarar que ni los pocos conocimientos que tengo me pertenecen, por lo gustoso comparto las fuentes con todas aquellas personas que deseen apagar su sed de conocimiento en el manantial mismo, así me remito a los libros de Hirigoyen[4], Piñuel Zabala[5] y González de Rivera[6], citados en el orden que los conocí, sin que sea nada desdeñable el contenido de numerosos artículos publicados en distintos lugares, de los que daré las referencias más accesibles, me refiero a los de autores tales como Barón Duque, Blanco Barea, Molina Navarrete o Scialpi (citados por orden alfabético) y aún así es inevitable dejar de citar a otros muchos autores especializados o a aquellos periodistas[7] que en un momento dado han sabido dar a la noticia concreta un matiz certero, contribuyendo a descubrir los  fantasmas que se hallan morando en la tenebrosa oscuridad desde la que nos amedrentan.

 

 

2.1. La importancia de lo accesorio

 

Dicho ya que se dejan a los especialistas los aspectos más profundos del tema, aquellos que constituyen su propia esencia, trataré de apuntar sobre otros que me he encontrado en la larga travesía de un desierto inacabable, aquellos que después de intensas cavilaciones nos dejan aún más perplejos de lo que estábamos, ya que después de tanto darle vueltas a las cosas buscando respuestas razonables, se descubre que esa es una de las grandes dificultades: tratar de dar explicaciones razonables a algo que no lo es, por lo que, por esa vía “ordinaria”, resulta imposible encontrar soluciones a los problemas con los que nos hemos encontrado.

 

En numerosas ocasiones ha sido algo trivial lo que ha desencadenado todo un proceso de acoso, una palabra mal medida, una broma mal planteada o mal entendida, un éxito mal digerido por otros o tantas y tan diversas cuestiones que conforman un panorama abierto y disperso, en el que lo que abundan son las variables: los sujetos  acosados son distintos entre sí, los acosadores son distintos, las circunstancias son distintas, de tal modo que cada caso es distinto y ello sin embargo nos obliga a buscar factores comunes, que desde luego que los hay y precisamente y eso es lo que quiero señalar, no están tan lejos de nosotros, ni son tan difíciles de entender: una cerilla puede prender una llama y ello producir un incendio devastador, poco importa que la cerilla estuviera en manos de un incendiario psicópata, de un niño curioso que inocentemente juega a descubrir cosas nuevas o en las manos de un imprudente campista, pero, en cualquier caso, dos factores son dignos de consideración: el daño causado y la estupidez del origen.       

 

2.2. Una simplificación caricaturizada del fenómeno

 

Puede parecer poco serio hablar de caricaturas de un fenómeno tan doloroso, pero hasta para quienes, como yo, somos incapaces de dibujar casi nada, podemos percibir en una caricatura y con una sola mirada aquilatar la dimensión global del personaje al que representa, pues apreciamos sus rasgos principales destacados grotescamente, así, entre otros, podemos señalar algunos de esos rasgos del acoso moral y sus oficiantes:

 

·        Corrupción

·        Estupidez

·        Impostura

·        Incompetencia

·        Soberbia

 

No estamos sólo ante una serie ordenada alfabéticamente de palabras aptas para descalificar a personas que no nos caen bien, sino, como trataré de explicar más adelante, ante fuerzas irresistibles que nos arrastran hacia una irremediable perdición: la espiral de la violencia[8].

 

 

3. Un caso muy próximo

 

La preocupación que me embargaba en el año 2000, por unos hechos incomprensibles, me llevaron a hacer numerosas reflexiones y quizás por una desviación profesional traté de trasladar la situación al papel, donde sobre un eje de coordenadas examiné por una parte la “evolución” de dos variables: formación académica y puestos de trabajo desempeñados a lo largo de los últimos veinticinco años (1975-2000), apreciándose cierto paralelismo entre ambas variables: obtención de grados académicos y mejora  de niveles de los puestos de trabajo, de forma alternativa y paulatina, de tal modo que en 1975 con titulación de Bachiller desempeñaba puestos de trabajo de nivel medio, que,  superando nuevas oposiciones, mejora en 1986, unos años después de obtener el grado de Licenciado en Derecho; posteriormente evolucionan con normalidad durante unos cuantos años más, pero en 1996, al obtener el grado de Doctor en Derecho, no sólo no mejora nada mi situación (tampoco era ese el objetivo que pretendía, pues me hubiera bastado con “quedarme como estaba”) sino que mi estatus profesional caía en picado, como pude apreciar al analizar otras cinco variables.

 

Se da la circunstancia de que en 1993, con 18 años de servicio a la Administración Universitaria, después de haber superado cuatro procesos selectivos por oposición a distintos cuerpos y escalas, cursando estudios de doctorado, después de haber participado en el desarrollo con éxito de proyectos de cierta importancia como la puesta en funcionamiento de una Universidad, asumiendo notables cuotas de responsabilidad, me hallaba en plena madurez profesional e intelectual.

 

Seis años más tarde, a finales del año 1999, la representación gráfica de otras variables con incidencia en mi carrera profesional desde 1987, reflejaban con nitidez la incertidumbre del momento, como continuación de una serie de altibajos, anomalías y precariedad en la prestación de servicios. Las variables que analicé, con valor puramente orientativo, fueron: Dirección Administrativa, Dirección de Recursos Humanos, superficie de los despachos ocupados, Gestión de Gastos y Gestión de Ingresos, presentando todos progresivas caídas tan significativas que llegan a cero, salvo en lo que se refiere al despacho que simplemente se reduce a una superficie en la que ya no cabe una mesa de reuniones como había tenido en los últimos quince años, pero al fin y al cabo ya no la necesitaba pues ni tenía con quien reunirme ni de que tratar, quizás por pura “casualidad” todo se había agudizado en 1996 coincidiendo con la obtención del grado de Doctor.

 

Aquellos gráficos, recogían variables con diverso significado, en algunos casos puramente anecdótico, pero con el valor de poder compararse con la de cualquier otra persona, funcionaria o no, y de permitir su contraste con variables no laborales, de carácter personal, como el estado de salud u otros indicadores de bienestar.

 

Es decir que la simple contemplación de aquellos valores me llevó a hacer un autodiagnóstico sobre mi carrera profesional que entonces identifiqué como: politraumatismo, fracturas y contusiones múltiples que afectan a las funciones básicas de distintos órganos, manteniéndose las constantes vitales. Pronóstico reservado.

 

Tan lamentable estado no era precisamente el que debería corresponder con una carrera profesional de veinticinco años, siempre desarrollada por la senda que marcan las normas jurídicas y demás reglas del juego social y, cuando había sido necesario, en justa y limpia competencia[9].

 

No me guardé aquellos resultados, sino que al contrario los di a conocer a la superioridad, porque ante una situación como la descrita cabía la pretensión de que se determinaran las causas y el porqué se había producido esa situación, quiénes la causaron y, en su caso, qué responsabilidades se derivaban de las conductas que produjeron los hechos, su relación con el entorno y las circunstancias concurrentes.

 

No hubo respuesta, o dicho con mayor precisión, no hubo respuesta razonable, sino una reacción agresiva mayor, más intensa, a sabiendas del estado de debilidad emocional en que me hallaba, se produjo lo que pudo ser la agresión definitiva, pues tiraron a dar o a rematar, y desde luego, como mínimo consiguieron que una persona que durante 25 años no había tenido ni una sola baja, pasara casi diez meses de baja laboral y lleve a estas fechas más de quince meses en tratamiento médico, atiborrándose de fármacos para mantenerse en pie.

 

3.1. Antecedentes

 

Cuando, en el año 2000, hice el análisis de la situación a que me he referido antes, y lo di a conocer a las autoridades que deberían haberlo resuelto, aún teniendo plena consciencia de que desde hacía tiempo el marco de la legalidad había sido ampliamente desbordado, precisamente por esas autoridades que tenían el deber de garantizarlo, desde un planteamiento que hoy me parece absolutamente ingenuo no renuncié a ningún intento de diálogo que en todo punto resultó imposible, pues una de las características de este tipo de violencia, como los de cualquier otro, es que se ejerce con soberbia.

 

En un esfuerzo por comprender las conductas causantes de los daños recibidos acudí al estudio de ciencias como la política, la sociología, la psicología o la antropología y al consejo de personas de reconocido prestigio en distintos campos y así es como hoy puedo entender racionalmente tales conductas[10], aunque de esa comprensión se desprenda la certeza de haber sido una víctima (en la acepción exacta de persona que padece daño por culpa ajena o por causa fortuita), con independencia de la intencionalidad de los causantes[11] o del objetivo que hubieran pretendido alcanzar quienes produjeron las acciones u omisiones.

 

            En la situación y contexto del análisis de referencia, ya actuaba como la víctima en que se me había convertido, eligiendo el término víctima, en la acepción exacta ya referida, con los riesgos que ello lleva aparejados, pues, de una parte, los expertos saboteadores del diálogo acusan inmediatamente de victimismo a quienes así se presentan, esgrimiendo ese escudo y pretendiendo de ese modo deslegitimar la queja; de otra parte, reconocerse como víctima, en una sociedad falocrática como la nuestra, se interpreta como signo de debilidad, pero sobre todo, la mayor carga emocional que acompaña a esta decisión es la de hacer saber, a quienes han promovido y producido el daño[12], que han conseguido sus objetivos.

 

Asumidos esos riesgos y otros más, también tuve que pasar el momento indecible en que uno, aunque reconozca su sufrimiento, no se atreve realmente a imaginar que ha habido violencia y agresión y desde luego también surge la duda ¿no seré yo quien inventa todo esto como algunos me lo sugieren? Hoy sé que, como tantas otras personas, me he topado con una violencia probada, aunque se mantenga oculta, que tiende a atacar la identidad del otro y a privarlo de toda individualidad[13], sin importar que tal violencia se haya producido consciente o inconscientemente.

 

No debe olvidarse que por las condiciones en que había desarrollado mi trabajo con anterioridad, por la responsabilidad que había tenido atribuida o simplemente porque era mi deber realizar bien mi trabajo, fueron numerosas las innovaciones que se habían puesto en funcionamiento, algunas de ellas pioneras en su ámbito o con proyección de futuro, sin apenas coste, es decir realizadas con eficiencia hasta el punto de que el conjunto de todos esos proyectos contribuyó notablemente a la obtención de algún premio para la Institución, aunque luego de cara a la galería se lo atribuyeran otros en exclusiva y hacia el interior, desgraciadamente, sirviera para hacer realidad, una vez más, la afirmación cuasi apodíctica de que el éxito engendra fracaso[14] en contra de lo que pudiera pensarse[15].

 

3.2. Errores.

 

Es difícil separar los aciertos profesionales de los errores, pues ciertas conductas que objetivamente son correctas a otros puede no parecérselo o no interesarle su aceptación.

 

            De todas formas señalaré algunos: el primer error, o al menos el más importante, que cometí, pero que prácticamente era imposible de evitar, fue trabajar denodadamente desde el convencimiento de que ese esfuerzo sería beneficioso para la sociedad y de que, en el orden interno, atendiendo al pasaje bíblico, no me importara quién ni cómo fuera aquél que se enseñorearía de todo mi trabajo[16], es decir que pecando de incauto mantuve “baja la guardia”.

 

Otro error, también imposible de prevenir desde los principios de honradez y buena fe, lo cometí al confiar en que la creación de una institución pública por la voluntad política de los órganos legítimos (Parlamento) no implicaría conductas violentas, sobre todo cuando se estaba trabajando para hacer acopio de logros y avances que serían entregados pacíficamente a quien legítimamente correspondiera gestionarlos, con lo que no era previsible  que fueran tomados al asalto, y mucho menos que fueran maltratados aquellos que los consiguieron.

 

3.3. Situación actual

 

Al día de hoy el conflicto que no se quiso resolver por la vía del diálogo está sometido al dictamen de la Administración de Justicia, por lo que lo que aún habiendo ya una Sentencia en la que se declaran probados una serie de hechos constitutivos de “psicoterrorismo laboral”, está abierta para las partes condenadas la vía de la suplicación ante el correspondiente Tribunal Superior de Justicia y por un elemental sentido de respeto a la Administración de Justicia se evitará hacer ciertas referencias a determinados hechos, de tal modo que salvo las referencias de este epígrafe 3., las que se contienen en otros apartados del trabajo no pertenecen necesariamente a la esfera de la experiencia personal del autor.

 

4. Los lugares y los hechos

 

Si, como ya he señalado antes, las variables son prácticamente innumerables en cuanto conciernen a los agentes implicados, cabe decir casi otro tanto de los hechos con que se manifiesta y conforma cada caso de violencia laboral, pero, sin embargo, si hay una notable aproximación a los lugares, los escenarios, donde se representan en vivo estas tragedias de nuestros días:

 

·        Pequeñas y medianas empresas.

·        Grandes empresas.

·        Instituciones públicas.

 

4.1. Pequeñas y medianas empresas

 

Son escenarios en los que el acoso moral está directamente relacionado con las características de los patrones, básicamente con las características más nefastas de los seres humanos, pues sólo viles razones o malos instintos pueden llevar a convertir en verdaderos infiernos la vida laboral y por lo tanto la vida en general de unos empleados que suelen estar físicamente próximos a los empleadores y siendo los entornos reducidos las posibilidades de denuncia suelen ser escasas ante la dificultad de aportar pruebas, con lo que la salida acaba en un despido encubierto por un abandono voluntario en que el empleado o empleada si tienen ocasión de buscar otro empleo lo hacen generalmente con gran alborozo al resultar “liberados” de un estado de semiesclavitud y el empleador se ahorra unos mezquinos céntimos, poniendo así precio a su propia catadura moral. El problema se agrava cuando el sector productivo de que se trate es poco flexible o reducido territorialmente o el estado de necesidad del acosado o acosada no le permite cambiar honrosamente de empresa.

 

En cualquier caso el marco jurídico aplicable para la resolución de estos conflictos está determinado por el derecho laboral, con la tutela de la Inspección de Trabajo y en último extremo el sometimiento a la Jurisdicción Social.

 

4.2. Grandes empresas

 

            Con el mismo marco jurídico que las pequeñas y medianas empresas, presentan la característica derivada de su propia naturaleza de sociedades anónimas, en la mayoría de ocasiones. Lo que de inmediato supone un distanciamiento del patrón, generalmente invisible y sustituido por directivos y gestores profesionales que obedecen a directrices de órganos colegiados.

 

En este grupo de actividad laboral, entran ya a formar parte del fenómeno de acoso laboral las deformaciones profesionales, las imposturas y las incompetencias técnicas, muchas veces adquiridas paradójicamente en cursos de formación[17], que producen un efecto multiplicador en aquellas personalidades proclives a un desarrollo soberbio y estúpido de su vida.

 

La estructura empresarial y organizativa del trabajo tiene, al menos teóricamente, medios para combatir el acoso laboral, pues dispone de  herramientas de tipo preventivo, con normas tales como la Ley de Prevención de Riesgos Laborales y sus Reglamentos de aplicación, además de tener tamaños suficientes para permitir cierta movilidad y ajuste de puestos de trabajo cuando surgen conflictos interpersonales de carácter esporádico.

 

Los problemas surgen cuando el acoso moral se utiliza como herramienta para, por ejemplo, reducción de plantillas, procedimiento tan salvaje como la eliminación física de los trabajadores que sólo se le ocurriría a alguien que no estuviera en su sano juicio.

 

La solución en estas entidades se producirá de forma paulatina y de hecho ya se está produciendo un avance positivo, pues la sociedad, los Consejos de Administración y los buenos gestores ya se han dado cuenta del fraude de que han sido objeto por parte de los falsos profetas de una inexistente modernidad, pues la práctica del acoso moral, como se verá en otras exposiciones de este mismo curso tiene unos costes sociales, evaluables económicamente[18], tan grandes que sólo son comprensibles desde la estupidez de quien lanza piedras  sobre su propio tejado, máxime cuando además apedrea el tejado de los vecinos y el de los locales públicos: las Mutuas[19] y las arcas del Estado.

 

4.3. Instituciones Públicas

 

No hallamos ante un sector de actividad laboral con una serie de características propias que lo diferencia notablemente de los demás sectores, aunque tenga en común los efectos nocivos que en el mismo se producen para sus empleados.

 

El marco jurídico aplicable en estas instituciones, básicamente, es el establecido en el artículo 103 de la Constitución, que en su apartado 1. dice: “la Administración Pública sirve con objetividad los intereses generales y actúa de acuerdo con los principios de eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación con sometimiento pleno a la Ley y al Derecho”.

 

Tal declaración, implica como mínimo la exigencia de una base formativa en todos los empleados públicos suficiente para entender lo que ese precepto significa, objetivo básico que tiende a conseguirse mediante procedimientos selectivos en los que se requiere la acreditación de esos y otros conocimientos, pero el problema viene cuando quienes tienen que velar por el cumplimiento de esas normas, no sólo no las conocen sino que se vanaglorian de su ignorancia o aún conociéndolas ponen por encima de ellas sus intereses particulares y sus voluntades caprichosas, como en los casos ya juzgados de los ex-alcaldes de Marbella, Burgos o Santander, dando lugar a conductas prevaricadoras y otras asociadas, bien sea en las relaciones con los empleados, como con los bienes, aunque suelen darse juntas, ya que, al fin y al cabo en eso consiste la corrupción[20].    

 

Ciertamente, en contra de todo lo que pudiera pensarse, esos casos son los menos, pero no son pocos porque uno sólo ya sería inicuo y excesivo, pero, aún, esos “pocos”, tienen una nocividad extrema, enturbian el clima social, fomentan las practicas corruptas y quitan credibilidad a colectivos enteros, son como esas ínfimas pilas de “botón” que son capaces de contaminar hectólitros cúbicos de agua[21].

 

Pero es que si en las sociedades anónimas hemos visto ya una distancia importante entre el empleado y empleador, la tradición socio-política española con tan mal concepto de sus gobernantes ha trocado el concepto de “cosa pública” por el de “cosa de nadie”, cuando justamente es lo contrario, la cosa pública es de todos.

 

En el ámbito de las instituciones públicas, muchas de ellas acaban convertidas en objeto de la codicia y de la rapiña a la que son sometidas por ciudadanos que se han preparado concienzudamente para ese fin. Desde que pude percibir esta realidad dolorosa de nuestras Administraciones Públicas, revivió en mí una experiencia de juventud que me dejó marcado: en los años de estudiante, con cierta frecuencia compartía mesa en los comedores universitarios con un ciudadano de un país del África Ecuatorial, gracioso él y con mucho desparpajo no carente de una extraña “ingenuidad” un día declaraba eufórico la próxima finalización de sus estudios y su próximo retorno a la patria que le costeaba los gastos de formación, lo que no he podido olvidar nunca fue su declaración: “estoy deseando volver a mi país porque con lo incultos que son allí, me voy a forrar…”, he visto luego, sin ir tan lejos, que algunas personas con conocimientos adquiridos a costa de la Administración (es decir del erario público) los han utilizado para exprimir a esa misma Administración (el erario público) en beneficio propio y es que tengo que unir la anterior experiencia a otra como estudiante de oposiciones, cuando aprendí que Óscar Wilde había dicho que “un empleado público, ante todo, tenía que ser un ‘gentleman’ y que si no lo era cuanto más supiera peor”[22].

 

Y es que las Administraciones Públicas, lejos de la monstruosidad intrínseca que se les atribuye, son como los aparatosos mascarones, de gigantes y cabezudos, que tratan de animar nuestras fiestas populares, representando figuras, unas veces adustas, otras graciosas, casi siempre grotescas, y siempre vacías e inanimadas, que adquieren el ritmo que le impelen los portadores que las ocupan, portadores que pueden ser permanentes -como los funcionarios-, u ocasionales -como los políticos-; unos y otros pueden desempeñar, bien o mal, sus cometidos y unos y otros deben responder de la calidad de las funciones que deben desempeñar en relación con las que desempeñan, por lo que es preciso que se regenere el concepto de responsabilidad, tanto política como profesional o personal, pues aquí entra ya en juego el factor corrupción.

 

Dada la incidencia que el acoso moral tiene en el ámbito de las Administraciones Públicas, seguirá siendo éste el campo de atención preferente, pues al fin y al cabo es de ahí de donde tiene una mayor información quien esto escribe.

 

5. Los buenos y malos ejemplos 

 

Uno en la medida de su escasa capacidad de transformación de los hechos que le rodean tiene que aceptarlos como un mal irremediable, al menos por una larga temporada, aceptando igualmente lo de agua que no has de beber déjala correr, lo que además se hace con gusto cuando aquélla hiede.

 

De todos modos, poco importa aquí el estado en que se encuentre la Administración Pública en general o alguna en particular, puesto que los hechos se asientan sobre conductas humanas comunes a cualquier otro ambiente y es de ellos de los que vamos a abordar algunos.

 

5.1. Poder y autoridad

 

Una de las críticas más absurdas que se suelen hacer a los responsables de la dirección y gestión de las administraciones públicas o de las empresas privadas es que son “estructuras de poder”, precisamente cuando eso es lo normal, si bien en las sociedades civilizadas el ejercicio del poder se lleva a cabo apelando a la autoridad. La existencia de esa estructura no sólo es necesaria, sino que en ámbitos como la Administración Pública es obligatoria.

 

Los animales luchan entre sí por una de dos razones: para establecer su dominio en una jerarquía social, o para hacer valer sus derechos territoriales sobre un pedazo determinado de suelo. Algunas especies son puramente jerárquicas, sin territorios fijos. Otras, son puramente territoriales, sin problemas de jerarquía. Otras, tienen jerarquías en sus territorios y han de enfrentarse con ambas formas de agresión. Los humanos pertenecemos al último grupo: las dos cosas nos atañen. Como primates, heredamos la carga del sistema jerárquico. Éste es un elemento básico[23].

 

Establecida la naturalidad del poder, conviene conocer las formas de acceder al mismo.

 

5.2.   Las reglas del juego

 

La forma de acceder al poder, en sociedades como la nuestra, están reguladas por el ordenamiento jurídico y el ordenamiento de la convivencia socialmente aceptado, existiendo además una serie de normas específicas totalmente claras, como existen para que ese poder se ejerza convertido en autoridad legítima[24].

 

Pero, las cosas no siempre fueron así, pues las normas de comportamiento del ser humano son bastante complejas y difíciles y, desde sus orígenes, el Homo sapiens, al adquirir nuevos y elevados móviles, no perdió ninguno de los más viejos y prosaicos. Esto es, frecuentemente, motivo de disgusto para él; pero sus viejos impulsos le han acompañado durante millones de años, mientras que los nuevos le acompañan desde hace unos milenios como máximo...[25]

 

Desde la Edad del Bronce[26], se tiene comprobado que el nacimiento de una élite no tiene nada que ver con el bien común y que las ventajas que para el común se derivan de las actividades de gestión y redistribución llevadas a cabo por sus dirigentes podrían haberse llevado a cabo con un coste menor (como hoy mismo para los casos que nos ocupan).

 

En las sociedades primitivas ya se constituyeron grupos en los que imperaba la regla de la reciprocidad, aunque en ciertos lugares y épocas surgieran otros en torno a la de redistribución. La diferencia entre ambas es que en la segunda se acepta el liderazgo que quebranta de manera flagrante los preceptos de modestia que rigen en el intercambio reciproco.

 

El intercambio redistributivo, va asociado a proclamaciones públicas de la generosidad del distribuidor y de su calidad como abastecedor. La jactancia fue llevada a su grado máximo por los kwakiult,  habitantes de la isla de Vancouver, durante los banquetes competitivos, donde los jefes redistribuidores decían cosas como:

 

Soy el gran jefe que avergüenza a la gente [...]. Llevo la envidia a sus miradas. Hago que las gentes se cubran las caras al ver lo que continuamente hago en este mundo. Una y otra vez invito a todas las tribus a fiestas de aceite [de pescado...], soy el único árbol grande. Tribus, me debéis obediencia [...]. Tribus, regalando propiedades soy el primero. Tribus, soy vuestra águila. Traed a vuestro contador de la propiedad, tribus, para que trate en vano de contar las propiedades que entrega el gran hacedor de cobres, el jefe.[27]

 

   Sin embargo, la obra que más deslumbra a quienes tienen voluntad o necesidad de ejercer el poder, generalmente sin mala intención, es, sin duda alguna, El Príncipe de Maquiavelo, y, con menor influencia, otros de épocas también próximas que llaman al ejercicio de la prudencia, como: “todo está ya en su punto, y el ser persona en el mayor, más se requiere hoy para un sabio que antiguamente para siete y más es menester para tratar con un sólo hombre en estos tiempos que con todo un pueblo en los pasados”[28].

 

5.3.  Algunas aplicaciones

 

Ciertas Administraciones Públicas, como los Ayuntamientos o las Universidades, en el ejercicio de una mal entendida autonomía, son terreno abonado donde dejarse llevar con frecuencia por la aplicación directa o derivada de la asimilación consciente o inconsciente de las mal aprendidas lecciones de Maquiavelo, especialmente al socaire de los cambios políticos en la Dirección [29].

 

Decía el florentino que algunos príncipes, para mantener seguros sus estados, desarmaron a sus súbditos; otros mantuvieron divididas las tierras que habían sometido; otros alimentaron enemistades entre banderías...[30], de todo lo cual ha quedado una huella difícil de borrar en aquellas instituciones que se utilizaron como campo de maniobras[31].

 

Sin embargo, los consejeros de aquella época decían que no había peor cosa en el mundo que la superficialidad, porque los hombres superficiales están siempre dispuestos a adoptar toda decisión, por maligna, peligrosa y perniciosa que sea y recomiendan que se les huya como se haría del fuego[32].

 

Tanto la versión original de El Príncipe, como la comentada por Napoleón con sus 769 notas[33], en las que pretende enmendar la plana original, como las múltiples adaptaciones al mundo moderno, contienen sin embargo una serie de cautelas para evitar la ruina de los Estados (léase para hoy Empresas y/o Instituciones) gobernados por los príncipes, que habitualmente no se suelen tener en cuenta, por ejemplo:

 

·                    Una de las virtudes del líder nato es la equidad. Es necesario ser escrupulosamente justo, porque una decisión justa siempre merecerá respeto... la crítica debe ser objetiva, basada en los hechos y no en los rumores de aquellos con ambiciones propias[34].

 

·                     Los verdaderos líderes, necesitan tener sentido de la historia[35].

 

·                    Nunca, ni por desesperación, se debe engañar a otro para obtener una ventaja[36].

 

·                    En los cambios de Dirección, es muy importante que se reafirme la dignidad de aquellos que permanecieron en la empresa[37].

 

Pero sobre todo, se suelen cometer errores más graves al no hacer otros análisis que afectan a los contextos de validez y eficacia de la obra de Maquiavelo:

 

·                    Maquiavelo, fue un fracasado[38].

 

·                    Napoleón, acabó en el destierro y, como se acaba de saber no hace mucho, murió envenenado.

 

·                    Las monarquías absolutas de Europa, cuando no fueron pasadas por la prueba de la guillotina, tuvieron que reformarse para sobrevivir.

 

·                    Los “príncipes” de las Administraciones, no son soberanos absolutos, están sometidos al poder de un imperio: el de la ley[39], aunque esté lejos y aparentemente debilitado.

 

·                    En la actualidad El Príncipe tiene aplicación, con cautelas y adaptaciones para lo positivo, pero sólo en el ámbito de la empresa privada, siempre que lo utilice el dueño o un accionista mayoritario[40], en las sociedades anónimas con capital repartido no funciona, en las Administraciones Públicas menos.

 

Pero la tentación es irresistible[41], la vigencia de un sistema jurídico ordenado, que regula el acceso civilizado al poder[42], a la autoridad, para adquirir competencias y funciones, realmente es algo aburrido y sin emoción, además de que podría presentar algún pequeño escollo socialmente insalvable[43], pero también, erróneamente creo yo, se piensa que tienen mayor valor quienes conquistan el poder por la fuerza[44] que quienes lo reciben pacíficamente, pues podría pensarse que éste da menos lustre.[45]

 

También es emocionante para los cargos neófitos, los que por primera vez entran a palacio, para quienes se establece la superación de ciertos ritos de guerra, presentar al príncipe victorias personales[46], obtener prisioneros, vencer en aparente combate o fuera de él, el cómo no importa: “el enemigo a la cuneta” es la consigna que he oído repetir con profusión y convencimiento en los recintos “privados” de los lugares públicos...

 

5.4. Enemigos y mentiras

 

El gran problema surge cuando no hay enemigos, en ese caso sencillamente se buscan, se crean y para eso se cultiva toda mata de cizaña[47] que haya, por insignificante que sea, ya crecerán y ¿dónde encontrar a esos enemigos?, donde sea, preferiblemente se buscan entre quienes hayan tenido alguna significación en otro momento, así se obtiene el doble de éxito, el de la victoria y los que tuviera acumulados de antes el nuevo enemigo de diseño, que además se puede hacer todo lo malo que se quiera[48].

 

Entre las herramientas más útiles para construir un buen enemigo, la mejor, sin duda, es la mentira[49], ya está experimentada; un ministro nazi de propaganda decía que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad[50] y lo hizo y así justificó el holocausto, aunque algunos sobrevivieron para contarlo y ¿qué mentira es más eficaz? acusar de mentiroso al otro[51] antes de que los descubran[52], lo escribirán si es necesario, y aunque nunca puedan probarlo[53], habrán robado a la víctima una buena porción de su honor[54], eso que a nadie le vale y tanto necesita cada uno para sí mismo.

 

De ese modo, poco a poco[55], se va consumando el abandono a que se somete a la víctima, lo justificarán de mil maneras[56], ante terceros, mucho antes ante sí mismos, pero jamás se dará la oportunidad de defenderse[57], ni de saber de qué se le acusa[58], sencillamente porque no pueden sustentar una acusación de algo que pueda ser consistente, si lo encuentran la pulverizan, pero el derecho a la defensa es de los más elementales[59], hasta los cazadores honrados le conceden un poco a sus posibles piezas antes de abatirlas[60].

 

Por cierto, supe no hace mucho que abandono viene de bando. El abandono no es dejar a alguien por imposible, sino declararle sin valor, puro cuerpo, de suerte que cualquiera puede hacer con él lo que quiera. El abandono es la suspensión de la ley, vivir, pues, expuesto a la decisión arbitraria del poder...[61]

 

5.5. De víctimas y verdugos

 

Acosados por la sed llegaron a cierto arroyo un lobo y un cordero.

Púsose a beber éste en lo más bajo de la corriente;

aquél, por lo contrario, fuése a lo más alto.

«¿Por qué has enturbiado el agua mientras yo bebía?

dijo el lobo, buscando así un pretexto de riña.

- ¿Estás loco? repuso el inocente cordero; si el agua corre hacia mí

desde donde tú te encuentras; ¿cómo, pues, he de enturbiarla yo?»

A tal argumento hubo de callar y morderse los labios el lobo.

Pero reponiéndose un tanto, añadió al poco:

 «Pues has de saber que hace seis meses me llenaste de injurias.

- ¡Seis meses!... contestó el infeliz cordero; ¡pues si no tengo más que cinco!

Bien; entonces sería tu padre...»,