
¿Y esa consigna de no "demonizar" al Islam, como si los atentados del
11 de septiembre y los del 11 de marzo no hubieran sido realizados en su nombre? ¿No es
Bin Laden y
sus sahid quienes lo demonizan ofreciendo una imagen de salvajismo e
inhumanidad? Arma suprema de los islamo-fundamentalistas, lo islámicamente
correcto sitúa como postulado que el ‘verdadero Islam’ no puede ser más
que ‘tolerante’ y ‘pacífico’ puesto que el Corán es un ‘texto de paz
y amor’. Muhamad Alí, el boxeador Casius Clay, lo proclamó en el homenaje a
las víctimas: "el Islam es la paz". Esta especie de consigna rechaza
cualquier análisis argumentado para desentrañar las raíces coránicas y teológicas
del islamismo radical, del terrorismo suicida, como "intolerancia
racista". En vez de exorcizar el desviacionismo de los terroristas suicidas
se sataniza la crítica. Los atentados se convierten en un acto de propaganda de
¡un Islam limpio de todo pecado! El fanatismo y el oscurantismo islámico
justifican por tanto, en el nombre de Dios, la lapidación de las mujeres en Irán,
Sudán o Mauritania, el exterminio de los cristianos en Indonesia, la degradación
de las mujeres en Afganistán o la liquidación de los blasfemos y los católicos
en Pakistán, muestras todas ellas de tolerancia, paz y amor, hasta el punto de
que lo coherente sería pedir la aplicación de la sharia en nuestras naciones
occidentales. ¿Por qué tanto silencio ante las flagrantes lesiones a los
derechos humanos en las naciones islámicas "moderadas"? ¿Es una
excepción cultural, una manifestación de una cultura distinta, satanizar el
sexo, hasta lapidar a las adúlteras? ¿La no discriminación por razón de sexo
es acaso una costumbre occidental? Afganistán, ese "régimen
vomitivo" donde la mujer ha de morir sin recibir atención sanitaria, y ¿Arabia
Saudí, donde tienen prohibido conducir? ¿Estaba entonces bien aquello de la
mujer con la pata quebrada? El imán de Fuengirola publicó un libro
recomendando los castigos corporales a la mujer, como, por otra parte,
recomienda el Corán. ¿Dónde queda lo del terrorismo doméstico? ¿Alguien se
imagina la justa indignación nacional si un párroco católico saliera por
donde el imán de Fuengirola? Pues ese señor es quien selecciona a los
profesores y profesoras, nunca los sexos juntos, de las clases de musulmán en
los colegios de Málaga. La postmodernidad, el estructuralismo y los políticamente
correcto han acostumbrado a las gentes a esa doble moral, a ese relativismo ético,
consecuencia directa del cultural. Al margen de tanto tópico, las razones de la
violencia tienen raíces muy profundas en El Corán. Es un texto asequible, de fácil
estudio, ¿por qué mantener que el Islam es la paz cuando una de cada dos
azoras chorrea sangre?.
MAHOMA, CAUDILLO MILITAR
Mahoma fue al tiempo un líder espiritual y un caudillo militar. Bajo su
mandato, los islamitas fueron perseguidos y perseguidores. De forma similar al
pueblo hebreo en su éxodo y su toma de posesión de la tierra prometida, los
islamitas combatieron y se impusieron sobre sus adversarios por las armas. Ese
ambiente bélico, de violencia y propaganda, impregna el Corán.
Exiten sobre Mahoma prolijas biografías en donde se reseñan sus hechos más
notables y sus cualidades de estadista, pues en la última etapa de su vida fue
básicamente un organizador. Dotó a las tribus de la península arábiga de una
férrea unidad y una misión, que se tradujo a las pocas décadas de su muerte
en una impresionante expansión por Asia y África del Norte hasta la península
ibérica. Mahoma, "el alabado", nació alrededor del año 580. Huérfano
desde joven, casó con la rica Jadicha, que lo doblaba en edad y a quien ayudó
en la administración comercial de sus bienes. Del matrimonio nacieron cuatro
hijas y varios hijos varones, muertos a corta edad. A Mahoma no le sobrevivió
ningún hijo varón de sus quince mujeres, como reseña El Corán. La actual
Arabia Saudí era entonces una fragmentada colección de tribus –él pertenecía
a los hachemitas, un clan prestigioso, pero de poder reducido-, con religiones
politeístas relacionadas con cada clan, con centro religioso y comercial en La
Meca, donde se veneraba la Kaaba, una piedra negra a la que se supone un
aerolito, rodeada de ídolos de las numerosas divinidades adoradas por los
beduinos. Convivían también comunidades de dos religiones monoteístas, la
hebrea y la cristiana, y había seguidores de credos asiáticos como el de
Zoroastro.
Fue en el año 610 cuando recibió su primera revelación en el monte Hira. Según
Tabari, historiador musulmán (839-923), comunicó a su mujer "Oh Kadija,
temo volverme loco. ¿Por qué?, preguntó ella. Porque veo en mí los signos de
un poseído: cuando camino oigo voces que vienen de cada piedra y de cada
colina, y por la noche veo en sueños un ser enorme que se presenta ante mí, un
ser cuya cabeza alcanza al cielo y cuyos pies tocan la tierra". Un lunes se
le apareció un ángel de Dios, Gabriel. "Se presentó ante él y le dijo:
¡La bendición sea contigo, oh Mahoma, apóstol de Dios! Mahoma se asustó y se
puso de pie pensando que había perdido el juicio. Se dirigió hacia la cumbre
para matarse arrojándose desde lo más alto. Pero Gabriel le tomó entre sus
alas, de modo que no podía avanzar ni retroceder. Y entonces le dijo: ¡Oh
Mahoma, no temas, porque tú eres el profeta de Dios, y yo soy Gabriel, el ángel
de Dios!. Mahoma permaneció inmóvil entre las dos alas, y Gabriel continuó:
¡Oh, Mahoma recita: en nombre de tu Señor, que ha creado todo, que ha creado
el hombre a partir de un coágulo de sangre!". Gabriel le entregó la
primera sura del Corán, denominada Iqra, el credo musulmán: "La
alabanza a Dios, Señor de los mundos. El Clemente, el Misericordioso, Rey del Día
del Juicio. A ti adoramos y a ti pedimos ayuda. Condúcenos al camino recto,
camino de aquellos a quienes has favorecido, que no son objeto de tu enojo y no
son los extraviados".
"Mahoma descendió de la montaña. Fue invadido de un fuerte temblor y
volvió a casa, repitiéndose a sí mismo las palabras del ángel. Estas le
daban confianza, pero temblaba con todo el cuerpo debido al temor y al terror
que le había inspirado Gabriel. Ya en la casa dijo a su mujer: el mismo que se
me había aparecido de lejos se me ha presentado hoy delante. ¿Qué te ha
dicho?, le preguntó Jadicha. Me ha dicho: Tú eres el profeta de Dios y yo soy
Gabriel, y me ha recitado esta sura. Jadicha, que había leído viejas
escrituras y conocía historias de profetas, sabía también el nombre de
Gabriel. Mahoma fue dominado acto seguido por un agudo frío, inclinó la cabeza
y dijo a su mujer: ¡Cúbreme, cúbreme!. Ella le cubrió con un manto, y él se
durmió".
El Corán prácticamente no da detalles de las revelaciones de Mahoma, luego
enriquecidas literariamente por sus seguidores. Con frecuencia se trataba de
locuciones intelectuales difíciles de determinar, acompañadas por fenómenos físicos
descritos por la tradición: palidecía, su frente se llenaba de sudor y entraba
en un estado de semiinconsciencia. A veces caía en tierra, como fulminado de
una irrupción que no se juzgaría natural. "Para Teófano todos estos síntomas
no eran más que el reflejo externo de un ataque de epilepsia".
"Quienes consideran los hechos desde fuera de la tradición musulmana
mantienen, como es de esperar, una postura escéptica sobre el origen último de
las iluminaciones experimentadas por Mahoma. Ha habido autores que las han
atribuido a un psiquismo patológico, pero de gran brillantez y originalidad.
Otros han hablado de alucinaciones, mientras que algunos piensan que estamos
ante una mente que no consigue siempre distinguir entre lo imaginario y lo
real". En cualquier caso, Mahoma siempre creyó con gran fuerza en su
misión y en la veracidad de los mensajes.
En un primer momento, "no quiere crear una nueva religión", sino
lanzar un mensaje monoteísta, llamando a pedir perdón por los pecados mediante
letanías cristianohebreas, denunciando algunas prácticas aberrantes como el
asesinato de niñas recién nacidas. Todo ello para volver a la antigua pureza
del hombre piadoso o hánif, cuyo primer representante es el profeta
Abraham. Los primeros seguidores en su círculo familiar pronto fueron objeto de
amenazas, ridiculizaciones y persecuciones. Mahoma llegó a temer por su vida,
volviéndose a la intercesión de algunos ídolos, de lo que pronto se arrepintió,
no volviéndose a separar del monoteísmo. La muerte de su esposa y de su
protector Abu Talib, le sumió en una situación de desaliento de la que salió
tras "la visión del viaje nocturno", que la tradición musulmana sitúa
en Jerusalén.
En medio del fracaso de su predicación, fue reclamado por los habitantes de
Medina "para que fuese a vivir entre ellos como árbitro supremo de las
tribus de Aws y Jazrach, divididas por viejas rivalidades que dos años antes
habían conducido a la guerra". Su posición monoteísta le hacía también
un interlocutor respecto a importantes clanes judíos como los Banu Qurayza,
Qaynuqa y Nadir. Esto marca un cambio radical en Mahoma, de predicador religioso
a figura política. Según Vernet, "Mahoma, que hasta entonces jamás había
pensado que su doctrina pudiera teñirse de un matiz político cualquiera, cambió
de opinión ante la contumacia de sus compatriotas". La huida o hégira de
La Meca, con alrededor de ciento cincuenta seguidores, a Madinat al-nabí (la
ciudad del profeta) se produjo el 16 de julio del año 622, donde se sitúa el
origen del calendario musulmán.
La introducción en la política de Mahoma dio un giro importante en su mensaje
y en sus revelaciones, pues estas no sólo se refieren a aspectos religiosos
sino también a la justificación de las decisiones como dirigente político y
como jefe militar. Primero sigue una estrategia conciliadora. Fue aceptado por
las diversas facciones, aunque con reservas por los que denominará hipócritas.
Buscó el acercamiento a los judíos. Para ello situó como día de ayuno de sus
seguidores el mismo que el del yom kippur o de la purificación
hebraico y prescribió la orientación en las oraciones hacia Jerusalén, aunque
mantuvo la oración pública el viernes. Pero entraron en una intensa polémica.
Mahoma siempre tuvo un conocimiento de segunda mano de la Biblia y no fue
aceptado como profeta. La disputa derivó en un odium theologicum, una
de las formas históricamente más intensas de repulsa.
Mahoma culpó a los judíos de haber suprimido fragmentos de las escrituras y
haber añadido otros. Por otra parte, esta serie de diálogos habían dado lugar
a formas sincretistas de religiosidad. Procedió a incrementar la diferenciación
y a reforzar su poder. En el plano religioso tomó decisiones fundamentales.
Intensificó el carácter nacional de su mensaje. político. Sustituye el ayuno
de la asurá (yom kippur) por el del mes de ramadán. Las
oraciones pasaron a orientarse hacia La Meca, considerada ciudad sagrada, cuyo
santuario –supuestamente fundado por Abraham y su hijo Ismael- debía ser
purificado de los dioses idólatras, pero había de ser objeto de peregrinación
de los musulmanes. Rompió, de esa forma, uno de los motivos de oposición a su
mensaje, pues los comerciantes de La Meca veían en peligro su influencia y su
fuente de ingresos. Al tiempo marcó un objetivo político: la comunidad de
creyentes o umma pasa a ser ejército. Mahoma se presentó desde
entonces como el último Profeta, tras Moisés y Jesús, y al tiempo resaltó
una relación directa con Abraham, que no fue "ni idólatra, ni judío, ni
cristiano".
LA VERDAD SE JUSTIFICA POR LA GUERRA
"La guerra –según explica Julio Vernet- constituía el ideal supremo de
Mahoma, puesto que con ella iba a infligir a los incrédulos mequíes, por
propia mano, el tormento con que reiteradamente les había amenazado".
Sin embargo, "sus partidarios se mostraban reacios a admitir la predicación
por medio de la espada" pues representaba "luchar contra
hermanos". Mahoma reforzó su poder personal, haciéndose jurar fidelidad,
y el providencialismo. La desobediencia a sus mandatos lo es al propio Alà. Así
en la azora II 212 señala "se os prescribe el combate, aunque os sea
odioso". Primero sus seguidores desarrollan operaciones de estricto
pillaje poniendo en riesgo el comercio de La Meca. Una operación de castigo fue
enfrentada por Mahoma consiguiendo la victoria de Badr, cuyo botín mejoró la
posición de los musulmanes hasta entonces dependientes de la generosidad de los
habitantes de Medina. "El alabado" presentó el éxito militar como
una prueba del poder y la supremacía de Alá. Tras ello pasó a eliminar
disidencias atacando a los hipócritas y a los clanes judíos. Al año
siguiente, contra otro ejército superior en número, sufrió la derrota de
Ohod. Desde el creciente providencialismo, la interpretación se establece en
una prueba de Dios, que premia a los constantes, en términos de triunfo y
aniquilación. "Estos días los hacemos suceder entre los hombres, a fin
de que Dios sepa quiénes creen y escoja, entre vosotros, testigos -¡Dios no
ama a los injustos!-, con el fin de probar a Dios a quienes creen y aniquilar a
los infieles". Esta derrota dio alas a los descontentos en Medina, pero
Mahoma cortó la rebelión –expulsando a los judíos- e intensificó las
medidas diferenciadoras de sus seguidores estableciendo barreras de comunicación
con otras comunidades: prohibió la bebida y el juego.
Como jefe político y militar demostró una voluntad de poder y de dominio que
no existía en sus adversarios, dispersos y divididos. Los comerciantes de La
Meca se mostraron a favor de terminar con una guerra que sólo les causaba
perjuicios. Además, el giro nacionalista de Mahoma les permitía mantener su
posición. Tuvo, sin embargo, que vencer en la batalla de Hunayn para ser el señor
de la Arabia central, pero no consiguió dominar la norte al ser derrotado en
Muta. En esta etapa, cuando empezó a vislumbrar el triunfo, intensificó los
elementos teocráticos, y estableció la imposibilidad de pactos salvo entre
iguales, o sea entre los creyentes, mientras que los miembros de las religiones
del libro –judíos y musulmanes- podían ser tolerados en situación de
inferioridad con impuestos especiales.
En el año 10 tras la hégira hizo la peregrinación solemne a La Meca, presentándose
al tiempo como el profeta de una nueva religión para los árabes y "como
restaurador de la religión de Abraham"]. En el año 11 diversas tribús
se sublevaron afirmando contar entre sus miembros a nuevos profetas. Preparando
la campaña de castigo murió Mahoma de fiebres el 8 de junio de 632.
El lenguaje bélico de El Corán es de inusitada violencia, establecida como
voluntad de Alá. "Yo estoy con vosotros. ¡Consolidad en sus puestos a
quienes creen! Arrojaré el pánico en el corazón de quienes no creen! ¡Golpeadlos
encima del cuello! ¡Golpeadlos en la yema de los dedos!". Hay un ensañamiento
genocida: "No es propio de un Profeta tener prisioneros hasta que haya
encubierto la tierra con los cadáveres de los incrédulos". Hay con
frecuencia una exaltación de la venganza y escasos sentimientos humanitarios
como cuando exclama "¡Dios los mate!" con referencia explícita a los
judíos y los cristianos. "¡Profeta! ¡Combate a los infieles y a los
hipócritas! ¡Sé duro con ellos". Todo en una ambientación de subido
tono providencialista: "si cesáis en la lucha, será mejor para vosotros;
si la reanudamos, la reanudaremos; no os servirá de nada vuestro número aunque
sea grande: Dios está con los creyentes".
EL EXTERMINIO O LA CONVERSIÓN
El Antiguo Testamento está lleno también de batallas y de intervenciones bélicas
providencialistas con exterminio como contra los moabitas. Hay una diferencia en
esa violencia divinal –execrable en cualquiera de los casos-, pues en el caso
hebreo está relacionada con la tierra, con una promesa, restringida a un
territorio, y como preservación del pueblo elegido, pero en el caso de Mahoma
está relacionada con la fe. Apenas si contempla otra forma de conversión que a
través de la imposición violenta y se trata de un designio universal: "¡Combatid
a quienes no creen en Dios ni en el último Día ni prohiben lo que Dios y su
enviado prohiben, a quienes no practican la religión de la verdad entre
aquellos a quienes fue dado el Libro! Combatidlos hasta que paguen la capitación
personalmente y ellos estén humillados". "No hay ciudad a la que
nosotros no aniquilemos o atormentemos con terrible tormento antes del día de
la Resurrección. Eso está en el Libro, escrito". La santificación
de la guerra, en el sentido comúnmente entendido, es un estado permanente.
¿Sobre qué sustenta Mahoma la autoridad de su posición religiosa? Sobre la
violencia. La suya es una teología de la guerra: es ésta la que justifica en sí
el mensaje y es, a la vez, lo fundamental de él. Alá es grande y Mahoma su
profeta, porque dan la victoria final sobre los incrédulos. Al contrario que
los profetas anteriores, en cuya estela se sitúa como culminador, Mahoma no
hizo milagros. De alguna manera asume los de sus predecesores, pero en su caso
las pruebas de la fe son la espada y el libro.
AUTORITARISMO EXTREMO
Por supuesto el argumento fundamental es que se trata de una verdad revelada. El
principio de la existencia de una revelación se acompaña con frecuencia del
criterio de que esa verdad es manifiesta, de manera que la ausencia de
reconocimiento –la falta de fe, la incredulidad- constituye un pecado, una
perversión, un yerro moral que con frecuencia es consecuencia de una depravación
de la conducta. A esa cuestión apunta la diferencia establecida por San Pablo
entre el hombre viejo y el hombre nuevo, o la aseveración de que el hombre
carnal no puede conocer las verdades divinas. La consideración de la
incredulidad como una especie de ataque al contenido de la fe es habitual en las
religiones, pues se considera que pone en cuestión el carácter manifiesto,
obvio, de la verdad en sí. Este argumento ha llevado con frecuencia a fórmulas
autoritarias por las que se trata de someter al incrédulo o de eliminarlo,
considerando que la unidad en la creencia confirma su veracidad. Ese fue uno de
los resortes con los que funcionó durante siglos la Inquisición de la Iglesia
católica o en nombre del que se llevaron a cabo las guerras de religión
europeas en los siglos XVI y XVII. También ha sido el principio de persecución
de los disidentes en los países comunistas, considerando, por ejemplo, que
quienes rechazaban el marxismo eran dementes, pues su verdad era manifiesta, una
forma de revelación secular, y aún de mayor fuerza que las de las religiones,
pues se trataba de una verdad científica.
Sin embargo, a título de ejemplo, la apologética cristiana establece tres
pruebas en su favor, a modo de principios de contrastación: milagros, profecías
y belleza moral del mensaje. Los milagros, como suspensiones momentáneas de las
leyes de la naturaleza, manifiestan el poder divino y respaldan la revelación.
Son observados por testigos. En el mismo sentido funciona el cumplimiento de
profecías, de augurios establecidos sobre sucesos futuros. Estas pruebas,
incluida la belleza moral del mensaje, buscan una armonización entre fe y razón.
No resultan concluyentes para quien no tiene fe, pero implican, en su misma
enumeración, un respeto a la autonomía de la racionalidad, un principio de
tolerancia. Por supuesto, esa tolerancia se ha roto con frecuencia a lo largo de
los siglos, pero el cristianismo, por muy diversas, curiosas y extravagantes que
sean las costumbres de sus diversas corrientes y sectas, ha demostrado ser
compatible con la tolerancia.
TEOCRACIA ABSOLUTA
Esa diferencia entre fe y razón no existe en el texto canónico islámico.
Aunque El Corán abunda en dicotomías excluyentes, sin zonas intermedias de
neutralidad, casi todas ellas se basan precisamente en el hecho de que la única
razón posible es la fe. De forma poética y algo elíptica el arabista francés
Louis Massignon decía que al judaísmo le caracteriza la esperanza, al
cristianismo la caridad y al islamismo la fe. La fe lo es todo. Entendida como
obediencia. De hecho, no hay humanidad fuera de la fe. El no musulmán no
pertenece a la especie humana. "La idolatría es peor que el
homicidio". "Matadlos hasta que la idolatría no exista y esté en
su lugar la religión de Dios". La apologética de Mahoma se basa en la
violencia y en la belleza del Corán. Es una religión cuya coherencia es un
autoritarismo circular, no deja resquicio para la tolerancia. Ibn Warraq
describe bien este blindaje hacia la crítica que fundamente el totalitarismo
islámico: "La verdad ha sido revelada de una vez por todas, imposible
discutirla, relativizarla o incluso reflexionar sobre ella. El Corán se
pretende eterno. Cada uno debe obedecer con cuerpo y alma, pues por el contrario
las sanciones serán terribles. En estas condiciones, intentad exponer la menor
ironía, el menor espíritu crítico, la menor puesta en duda de orden histórico
o filológico...".
Mahoma y el Corán rechazan cualquier contrastación. Por de pronto rechazan,
contra la evidencia, cualquier historicidad. El libro santo del Islam no es obra
de Mahoma, sino recopilación posterior. Está formado por ciento catorce azoras
o capítulos, dividido en aleyas rimadas o versículos. Los capítulos están
ordenados de mayor a menor número de aleyas, sin orden cronológico. En vida de
Mahoma los comentarios de sus revelaciones eran aprendidos de memoria por sus
seguidores. Con el tiempo, la muerte de estos recitadores hizo ver la
conveniencia de poner por escrito esos pensamientos. Esa labor fue encargada por
el siguiente califa, Abu Bakr a Zayd b. Tabit. Se trata, pues de una recopilación.
En ese sentido resulta acumulativa. Incluso resulta piadoso el comentario de que
"hay en el libro mucha palabra superflua, así como innumerables
reiteraciones". La historia de Moisés está contada más de cincuenta
veces, sin variaciones resaltables. La de Noé, veinticinco. Y eso sucede con
numerosos sucesos del antiguo y del nuevo testamento. La eliminación de las
reiteraciones reduciría de manera sensible el Corán. La regulación de la vida
de los musulmanes es incoada, pero sobre todo se encuentra en los hadiz
o dichos, por los que mediante la fórmula alguien dijo que había escuchado al
Profeta se concreta un contenido que en el Corán es vago. De hecho, la sharia,
el código penal islámico, principal reivindicación integrista, vigente en
numerosos países, no se encuentra en el Corán sino en tales comentarios
recopilados por generaciones posteriores.
EL PEOR PECADO ES LA TOLERANCIA
La tradición musulmana con base en el propio Corán ha deificado el libro situándolo
como la copia del que se encuentra en el paraíso. Es decir, mientras judaísmo
y cristianismo consideran sus libros inspirados, a través de autores humanos,
causas segundas, la autoría del Corán se establece directamente divina. Con
estos precedentes, es de todo punto lógico que el texto coránico resulte
obsesivo respecto a la incredulidad. Como si se sintiera amenazado sobre bases débiles,
toda disidencia pone en riesgo a la verdad manifiesta y al edificio de los
creyentes. Ese sentido de la verdad manifiesta, sólo negable por una depravación
moral, está llevada hasta el extremo: "Las peores bestias, ante Dios, son
los infieles". Negada la racionalidad de los discrepantes, la verdad
resulta incuestionable. Conviene precisar que, según ese esquema, los preceptos
morales islámicos quedan reducidos a los límites de los creyentes. Por
ejemplo, por supuesto la vida es sagrada, como en las otras religiones monoteístas.
Así: "no mataréis a una persona si no es como justicia. Dios os lo ha
prohibido", pero bien entendido que sólo es persona el creyente y sólo
hay vida en la fe.
El Corán muestra una constante obsesión de Mahoma por no ser creído, e
incluso un intenso resquemor por ser ridiculizado. En estos puntos es muy explícito.
Son frecuentes las referencias a quienes le acusan de hacerse eco "de
leyendas de los antiguos" o de "haber recibido la revelación de un
mortal". Esa obsesión va pareja al odio contra los incrédulos y un insano
deseo de venganza. Las referencias ofrecen, de esa forma, verosimilitud al
mensaje de cara a los creyentes, pues resultan la explicitación de una conjura
o de una mentalidad conspirativa. Esto es frecuente en la idea de la verdad
manifiesta, pues la increencia es el fruto de una maldad congénita. Quienes no
creen no son, en ningún caso, neutrales, sino que se oponen a la fe y conspiran
contra ella. La justificación de la fe en Mahoma es la guerra, la eliminación
del infiel o el impío, pues sólo de esa forma puede ponerse fin a tal
conspiración. Si todos creen, la verdad es, en sentido pleno, manifiesta. La
ausencia de todo disidente es, de hecho, la parusía islámica, cumplida por el Madihd,
personaje que vendrá al final de los tiempos, y que algunos musulmanes
especulan con que será Jesús, conjuntando de esa forma la profecía evangélica
del segundo advenimiento.
Conviene precisar que tal grado de autoritarismo se compagina con una teología
sencilla de cuerpo doctrinal escaso. La unicidad de Dios es prácticamente el único
dogma. Es una reafirmación del monoteísmo hebraico. No hay novedad, ni
creatividad religiosa, tampoco en las postrimerías, bien explícitas en el
cristianismo, salvo en la descripción de un paraíso sensual, con jardines
recorridos por ríos subterráneos, donde son lícitos algunos placeres
prohibidos en la tierra, como licores que no embriagan, y donde hay mujeres de
ojos rasgados, vírgenes, no tocadas por hombres ni demonio. En el Corán en sí
no queda claro si las mujeres se salvan, pues las huríes parecen fruto de una
creación ulterior no bien explicada.
Aunque los politeístas son blanco de las iras, y si bien el Corán ni contempla
ni se plantea la increencia agnóstica o el ateísmo, el pecado mayor es la
apostasía. Lógico desde el autoritarismo extremo de la verdad manifiesta en el
que se sitúa Mahoma. No tanto, como suelen decir algunos de sus seguidores,
porque rompa la fortaleza interna (la solidaridad se diría ahora) de la umma,
sino porque rechaza la verdad. Ésta es tan manifiesta que después de haberse
sostenido el daño producido por la negación sólo puede resolverse con la
muerte. Aunque para cualquiera de los impíos (la impiedad es sinónimo de
incredulidad) las penas del infierno serán dolorosas, la apostasía ha de ser
perseguida con preferencia mediante el ajusticiamiento o asesinato del apóstata.
Algunos escritores e intelectuales de naciones musulmanas conocen bien los
efectos prácticos de este designio en nuestros días. Ese fue el sentido de la fatwa
contra Salman Rhusdie o la persecución de la escritora pakistaní Taslima
Nasrin. Como resalta Ibn Warraq, "el problema de la ley divina es que
excluye toda aproximación serena y racional. Donde la sharia encuentra
su aplicación, sea donde sea, dos grupos son sistemáticamente las víctimas:
las mujeres y los no musulmanes. Estos últimos son considerados como inferiores
y los apóstatas merecedores de la muerte".
La idea de tolerancia es por completo extraña al Corán. Es, de hecho, su
negación. Un pecado. "No hay tolerancia islámica: cuando el Islam ha
crecido lo ha hecho a través de la espada, destruyendo la cristiandad en
Oriente o la cultura persa secular, no dejando del pasado otra cosa que
ruinas". Ese es el sentido de la destrucción de los Budas de Bamiyan por
la tiranía talibán. ¿No hay tolerancia, como se repite en abundancia, hacia
las religiones del Libro, hacia judíos y cristianos? No, salvo que se entienda
por tal la obligación de llevar vestimentas distintas, de pagar impuestos
especiales y de no poder tener bajo su mando a musulmanes. Esas medidas tratan
de resaltar la superioridad del creyente y forzar la conversión, pero en
cualquier caso están justificadas porque la verdad es manifiesta, y por ende
los infieles han de ser infelices y tener un status inferior.
Mahoma trata más de vencer que de convencer. La suya es una teología de la
guerra. Pues la verdad es manifiesta, debe imponerse. Pues la verdad es
manifiesta, la existencia de una sola persona que la niegue representa la negación
absoluta de su contenido. La eliminación de los infieles por los creyentes está
presente de continuo en el Corán. La venganza es una virtud, de la que
participa Dios: "Han considerado falsa la verdad cuando ésta les ha
venido; les vendrán noticias de lo que se han burlado. ¿No han visto a cuántas
generaciones hemos aniquilado antes que a ellos?". La tolerancia
contradice el principio musulmán y su finalidad.
La argumentación, en ese sentido, es circular, cerrada. El Corán no acepta la
crítica, porque niega la posibilidad de yerro, incluso cuando cae en
contradicción. Contradicciones prácticas como el cambio de la alquibla cuando
de la orientación hacia Jerusalén se pasó a La Meca. La explicación es
meramente voluntarista y se remite a Dios: "Dirán los insensatos: ¿Qué
les hizo girarse respecto de su alquibla, aquella que tenían? Responde: Oriente
y Occidente pertenecen a Dios; Él guía a quien quiere hacia el buen camino
(...) Fue grande la perplejidad excepto para aquellos a quienes Dios guía, pues
Él no os haría perder vuestra fe". Las contradicciones entre las
propias aleyas del Corán es resuelta mediante la ley del abrogante y el
abrogado, de forma que la última aleya tiene validez sobre la anterior. Hay una
contradicción esencial. En principio Mahoma predica una religión nacional para
un pueblo elegido, los árabes. Como señala V.S. Naipaul, premio nobel de
Literatura 2001, "en sus orígenes, el islam es una religión árabe.
Cualquiera no árabe que sea musulmán es un converso. El islam no es
simplemente una cuestión de conciencia o de creencias, pues tiene exigencias
imperiales. Cambia la visión del mundo del converso. Sus lugares sagrados están
en tierras árabes; su lengua sagrada es el árabe. La idea sobre la historia
cambia también para el converso. Rechaza la suya, y le guste o no, pasa a
formar parte de la historia árabe. Las sociedades experimentan un enorme
trastorno, que puede seguir sin resolverse incluso al cabo de mil años; la
separación tiene que renovarse una y otra vez. Las personas construyen fantasías
sobre quiénes y qué son, y en el islam de los países conversos existe un
elemento de neurosis y nihilismo. Estos países pueden entrar en ebullición fácilmente".
Y, sin embargo, esta esencia árabe se hace compatible con el principio
universalista de los hanif, los hijos de Abraham, por el que todos los seres
humanos nacen musulmanes, pero son luego educados como infieles. Esto, en el
fondo, implica un principio larvado de apostasía y justifica el designio de
dominio completo.
LA GUERRA ES SANTA
La jihad no es contemplada como un esfuerzo o en el sentido de la
ascesis cristiana de perfeccionamiento interior, sino en el bélico, tal como se
entiende comúnmente. La financiación de la guerra está bendecida. La muerte
en ella es premiada con el acceso al paraíso. Hay, sin embargo, apuntes en la
dirección de contemplar, al menos como posibilidad, una coexistencia pacífica,
entre comunidades, no dentro de la musulmana, que situaría la jihad en
términos de respuesta a agresión externa, caso en el que concurrir a la guerra
santa es una obligación para todos los varones. La idea de concordia se
encuentra en la azora 60: "Es posible que Dios establezca la concordia
entre vosotros y quienes son vuestros enemigos. Dios es poderoso, Dios es
indulgente, misericordioso. Dios no os ha prohibido el ser buenos y equitativos
con quienes no os han combatido ni os han expulsado de vuestras casas por causa
de la religión. Dios ama a los equitativos. Dios sólo os ha prohibido,
respecto de quienes os combatieron en la religión, os expulsaron de vuestras
casas y cooperaron en vuestra expulsión, que los toméis por amigos. Quienes
los tomen por tales, éstos son los injustos". En algunos momentos se anima
a la predicación –"Llama a la senda de tu Señor con la sabiduría y la
bella exhortación. Discútelos con aquello que es más hermoso"-, pero
siempre desde la preeminencia del Islam y sin descartar nunca la guerra y la
violencia como el camino de ganar adeptos: "Cuando llegue el auxilio de
Dios y la victoria y veas entrar a las gentes, a bandadas, en la religión de
Dios, entona el loor de tu Señor y pídele perdón. Él es remisorio".
La negación de toda discrepancia sitúa al islamismo originario, desde su texto
canónico, en un fanatismo estricto. Entonces, ¿en dónde sostener ese mito de
la tolerancia islámica? Hay de nuevo que referirse al choque de tiempos. El
estatuto de dinim, el impuesto de capitación de judíos y cristianos, podía
ser comprensible, y aún avanzado, en los siglos primeros de la Edad Media. En
la España cristiana los judíos venían obligados a pagar un impuesto por
persona y en algunos lugares uno recordatorio de las treinta monedas cobradas
por Judas a cambio de su traición. Pero no puede hablarse en términos de
tolerancia, tal y como la concebimos desde la Ilustración hasta nuestros días.
Como recuerda el historiador César Vidal, la principal fuente de ingresos
de los Omeyas de Córdoba, tenidos por el sumum de la tolerancia, era la trata
de esclavos. En las conquistas nunca se respetaron, como hemos visto recordar a
Naipaul, las culturas anteriores. Por el contrario, Amin Maalouf recuerda la
impresión de fanáticos que dejaron los cruzados. Por ejemplo, en la toma de
Jerusalén en la primera cruzada reseña la escena narrada por comentaristas
musulmanes: "es cierto que los caballeros de Occidente son famosos por su
bravura, pero su comportamiento ante los muros de Jerusalén es algo
desconcertante a ojos de un militar avezado. Iftijar espera verlos construir,
nada más llegar, torres móviles y diversos instrumentos de asedio, y cavar
trincheras para precaverse de las salidas de la guarnición. Sin embargo, lejos
de dedicarse a estos preparativos, han empezado por organizar en torno a los
muros una procesión encabezada por sacerdotes que rezan y cantan a voz en
grito, antes de lanzarse como posesos al asalto de las murallas sin disponer de
la menor escala. Por más que al-Afdal le ha explicado que estos frany querían
apoderarse de la ciudad por razones religiosas, un fanatismo tan ciego lo
sorprende".
Desde entonces, sin embargo, han cambiado poco las cosas en el Islam. Como
apunta el filósofo Javier Hernández Pacheco, no hay en el islamismo un proceso
similar a la Ilustración: "Hay en el Islam múltiples valores religiosos y
humanos que se podrían incorporar a una comprensión compartida del mundo tan
pronto el oriente islámico realice históricamente la depuración humanista de
su ideal religioso. Eso fue para Occidente la Ilustración, desde la que el
atentado terrorista es un horror incomprensible, mientras que es pura lógica
para una comprensión religiosa que tiene esa Ilustración todavía
pendiente". La cuestión no es transferir la voluntad de cambio, sino
interrogarse y buscar explicaciones para el inmovilismo. La proscripción de
todo debate, la exigencia de "sumisión" no favorece, podría decirse
que imposibilita, la evolución en el mensaje, anquilosado en el tiempo. El Corán
no es un libro para meditar, sino para recitar. No se reflexiona sobre él, se
memoriza. Hay por supuesto escuelas y tendencias diversas, como los sunníes y
los chíies. O la extinguida tendencia jarachí, que sólo concede validez al
Corán, negándoselas a los hadiz. Los sufíes, llamados así por las gruesas
chaquetas de lana que vestían, desarrollaron una tendencia mística y
espiritual, a la búsqueda de un trato personal con Dios, en una religión en
que la unicidad de Alá tiende a situarlo como una abstracción. La tendencia
sufí ha sido prácticamente sofocada. Es hoy en día cuestión literaria
occidental, más que realidad musulmana. Averroes, el racionalista aristotélico,
de tanta influencia en el cristianismo medieval, cuyos Comentarios dominaron por
siglos la Sorbona y fundamentaron la escolástica, es considerado un simple
hereje.
El Corán tiene un contenido consuetudinario, relacionado con el contexto de la
época. La esclavitud o la poligamia podrían ser interpretadas como meros
criterios de tolerancia a instituciones preexistentes, pero tal criterio,
sostenido por algunos autores musulmanes, no se tiene en cuenta, porque el texto
coránico pretende ser asumido por completo sin evolución posible. Las
interpretaciones alegóricas o analógicas, tan fundamentales en la teología
cristiana, son consideradas heréticas, y han sido condenadas por sistema por la
universidad de Al Azhar. La falta de una autoridad central ha tenido, en ese
sentido, un efecto perverso pues cualquier grupo o ulema se ha sentido
con capacidad en las últimas décadas para emitir fatwas con
declaraciones de kafir o impío, reclamación directa al asesinato. Fue
el caso del intelectual egipcio Farag Foda por oponerse a la imposición de la
sharia, o de Nasr Abu Zeid, profesor universitario que se vio obligado a
refugiarse en Europa cuando fue "divorciado" por un tribunal, pues un
"apóstata" no podía seguir casado con una musulmana. O del premio
Nobel de Literatura, Naguib Mahfuz, apuñalado, tras numerosas amenazas, por
considerar sus novelas indecentes.
El fundamentalismo está seriamente instalado en el Corán. La insistencia en la
verdad manifiesta y la justificación de la violencia abren un riesgo permanente
de intensificar el rigorismo de la ortodoxia y emprender el camino de las armas,
o a través del terrorismo o de la guerra. La idea integrista de que "el
Islam es un sistema completo y total" no se compadece mal con el texto coránico
en el que no existe diferenciación ninguna entre política y religión.
La concepción de la verdad manifiesta no sólo legitima el autoritarismo, lo
precisa. Esa verdad ha de imponerse por el poder político, sin resquicios para
la autonomía personal, ni espacio para la discusión, mediante la adhesión a
la ortodoxia. De esa manera, una de las materias tradicionalmente prohibidas en
el mundo islámico es el derecho político. Ya hemos visto como la escisión chíi
se produjo por una discusión sobre la esencia del poder islámico, por
considerar necesario la continuidad carismática de los herederos del Profeta.
La concepción del poder islamista es teocrática. Pero si los chíies
resolvieron su derrota y contradicción mediante la curiosa forma mesiánica de
que Alí y aún más su hijo Husein, se "ocultaron" en vez de morir, y
reaparecerán en otro momento de la historia, el islamismo en su conjunto vive
en una contradicción más profunda, intensificada desde la desaparición del
califato otomano en 1924, último vestigio de poder central. La idea de
Hutginton de un Estado central capaz de aglutinar a la "civilización islámica"
no es musulmana, pues el poder ha de ser personalizado, como lo fue la relación
de Mahoma, jefe político y religioso, con Alá. Ese vacío enervante alimenta
las fantasías de los islamistas. Tahar ben Jelloun, escritor marroquí, ganador
del Premio Goncourt, en relación con la situación actual, afirma: "es
verdad que los árabes, que los musulmanes están a la búsqueda de un líder".
La recreación en el integrismo de la umma como proyecto político
comunitarista no ha resuelto, en ningún caso, el problema ni la contradicción.
Ha producido dictaduras como la sudanesa. Pero el misticismo islamista, político-religioso,
alimenta las expectativas del surgimiento de un califa, un líder carismático,
señor de la guerra, tras cuyo imaginario no es difícil percibir el sueño
iluminado de Osama bin Laden.

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