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LÁGRIMAS DE ALABANZA
J.C. Sánchez
Todas las luces de la ciudad estaban apagadas. La negrura de la
noche parecía haberse tragado la ciudad.
Pero nadie dormía.
Era una parodia de guerra, lo había sido desde su comienzo, y el
soberano lo sabía, y Draco lo sabía, e Iris lo sabía, pero ninguno lo
demostraría abiertamente, y no lo harían porque si ellos se
desmoronaban, lo harían todos los demás, uno tras otro. Si el país
resistía era gracias era gracias a la triste convicción de las tropas
hacia su rey, Listret, y por ende a su general Draco y también a la
Suma Sacerdotisa del Dios Blanco Iris, mujer de mediana edad y
plateados cabellos.
La capital del antaño esplendoroso reino era ahora un pozo de
negrura encasquetado a la ribera de un río en las montañas, bajo la
tenue iridiscencia de los astros que rielaban en el firmamento.
Las huestes del Mal -así llamadas por los atacados, aunque en
realidad nadie era realmente bueno o malo, sino tan solo humano- se
habían apoderado ya de casi la totalidad de la nación. Y esa noche
había sido elegida por los hados para el ataque a la ciudad, La Ciudad
de las Nieves, la llamaban, pues era una joya incrustada en el albino
manto de las montañas.
Antes siquiera que los rayos de sol alcanzaran a rozar las
cumbres de la cordillera sonó desde todos los ángulos el retumbar de
tambores, preludio que anticipa una hecatombe.
Y una hecatombe aconteció.
Verdaderos ríos de jinetes de negra armadura, tanto que se
confundían con la noche descendían en oscuras cataratas por las laderas
hacia las imponentes murallas, e irónicamente igualmente impotentes,
de la ciudad.
Draco esperaba aquello, obviamente. Sus recursos en esos
tiempos eran escasos pero sabía utilizarlos, y había infiltrado un par
de soldados en las filas enemigas. Uno se había dejado llevar por un
terror inusitado y se había dado muerte. El otro había mantenido su
sangre fría y comunicado a través de un aterrorizado campesino los
planes enemigos a Draco. Un mensaje manchado de sangre, pues el segundo
soldado, llevado por la desesperación, el temor o el Dios Blanco sabe
qué se había suicidado.
Y Draco, conociendo el ataque por anticipado, había apostado
sus mejores arqueros en las almenas, había preparado a las milicias y
había evacuado a la ciudad civil en barcos río arriba, donde no
correrían riesgos.
Los arqueros lanzaron flechas, cuyas puntas de labrado metal
relucían con las primeras luces del alba. Las flechas alcanzaron unos
pocos objetivos que cayeron de sus monturas entre convulsiones, el
resto se perdió en la infinita blancura de varios palmos de nieve.
Las puertas, fuertemente atrancadas, cedieron.
Los primeros rayos de sol, brillando en las armas de asedio,
anunciaban el inminente ocaso de una civilización.
Cruelmente fueron asesinados los arqueros, vilmente atacados en
escaramuzas las milicias y los caballeros valerosos que habían
preferido quedarse a defender la ciudad.
Draco estaba al mando de una pequeña comitiva de caballeros en
la Gran Plaza, ante el grueso del ejército invasor, portando la capa
rojo sangre que denotaba su elevado rango y mirando inexpresivamente al
adalid rival.
Éste dio un paso al frente.
-Reconozco, general, que tu valor me asombra. -susurró como
para sí.
Por toda respuesta obtuvo el desenvainar de una espada, y ambos
contendientes se enzarzaron en igualada liza, silbando sobre sus
cabezas las flechas de una y otra fuerza en mismo combate. Y no solo
estaba en juego el destino de una guerra, sino también el del orgullo y
la valentía.
En la terraza de una torre que dominaba la ciudad entera Iris
rezaba para sus adentros por Draco, y su fe se vio recompensada cuando
la espada de Draco traspasó de una limpia estocada las defensas del
otro general incrustándose en su corazón.
Retiró la espada, y el cuerpo sangrante cayó envuelto en su rojo velo.
Y las flechas volvieron a ser disparadas, pero esta vez sus
puntas, ahora de madera, se dirigieron todas a hacer mella en un
mismo objetivo.Cruelmente fueron asesinados los arqueros, vilmente
atacados en escaramuzas las milicias y los caballeros valerosos que
habían preferido quedarse a defender la ciudad.
Y desde la torre Iris lloró su pérdida, pues en el fondo de su
alma había sabido siempre que su relación con aquel hombre no era sólo
familiaridad, ésta se había transformado hacía tiempo en tierno amor.
Y la ciudad ardió en llamas de un infierno abrumador, despojada
de sus riquezas tras su meticuloso saqueo y de su belleza con el incendio.
Y río arriba, contemplando el humo negro, negra efigie de la
batalla, zapateros se abrazaban a granjeros, leñadores a nobles, y
todos lloraron , compartiendo su pesar, compartiendo su ahora forzado
exilio. Y en su fuero interno el rey bendijo a Draco, porque había
luchado para salvarlos, porque había hecho a los rivales olvidar su
presencia.
Y el rey sollozó en silencio, alumbrado por el sol en su cenit
del mediodía.
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