LA FLOR PLATEADA
Sergio Sánchez
Había sido una niña consentida y mimada y, desde siempre, había tenido todo lo que hubiera deseado. Su padre tuvo un importante puesto como mercader en el también importante puerto de Sial Nereth controlando toda la mercancía que pasaba de los países isleños del mar hasta el continente o viceversa. Su madre fue exploradora y siempre estuvo de viaje en el Mundo Este donde se estaba haciendo importantes descubrimientos arqueológicos. Así, Lyvvor pasó toda su infancia bajo el cuidado de una tía huraña y quisquillosa mientras sus padres le mandaban dinero para pagar
su manutención y la visitaban una vez a la semana o al mes.
Su madre murió cuando ella tenía doce años en un naufragio en las aguas del Mar Central a causa de una impetuosa tormenta. La mala suerte la acompañó durante los años siguientes en los cuales su padre adquirió una mortal enfermedad de la que estuvo convaleciente durante tres años y cuatro meses hasta que murió. Lyvvor estuvo cuidándole rogando a los dioses cada día que salvara a su padre.
Al morir su padre, los ingresos que recibía desaparecieron y tuvo que ponerse a trabajar para poder comer. Eso fue un duro golpe para ella, tan acostumbrada a los lujos y las ropas limpias. Trabajó en varias casas como criada pero en ninguna era satisfactorio su trabajo y era siempre despedida. Por ello, su irritable tía la echó de su casa de muy mala manera.
Sola y sin techo, estuvo deambulando por las calles de Sial Nereth como
mendiga esperando las limosnas de los transeúntes. Al fin obtuvo un
trabajo consistente en lavar la ropa a algunos mozos que cuidaban los
caballos del Comendador de Adama, de manera que empezó a frecuentar las
caballerizas. Al cabo de una temporada lavando las sucias ropas de los
mozos del Comendador, éste la conoció y le ofreció trabajo en su propia
mansión para lavar sus ropas y las de sus hijos. Le dio cobijo en su casa
y como era viudo, la pidió en matrimonio. Sin embargo, Lyvvor rechazó
la petición del viejo Comendador y éste, ofuscado, intentó violarla.
Tras golpearle con un jarrón que encontró a mano, huyó de la casa. Se
encontró de nuevo en la calle, pero como había ahorrado un poco de dinero,
alquiló una casilla.
Montó una taberna a la que llamó la Taberna del Guanaco, una amplia
estancia muy bien iluminada y muy bien decorada con algunos candelabros y
escabeles de roble. El negocio le fue bien y pronto consiguió terreno
para cultivar ella su propia cebada para la cerveza. Rápidamente, ésta
adquirió una gran fama. También elaboró, con una antigua receta, un
exquisito brebaje al que llamó el Cóctel del Guanaco, que se extendió por
la región y también por las islas.
Pero mientras este cóctel era imitado y adquiría gran popularidad,
principalmente en los países isleños, el local de Lyvvor cayó en quiebra y
tuvo que venderlo.
Tras una larga temporada ganándose la vida como tejedora, aceptó la
oferta de una amiga que había conocido en sus años como tabernera y, con
los ahorros que aún conservaba, entró como socia en la antigua Orden de
la Lanza, encargada de saberes ocultos y conocimientos milenarios. Esta
orden además del estudio particular de sus miembros, se encarga de
organizar cursos donde enseñaban a realizar productos artesanales mediante
antiguos conocimientos y también prácticos conjuros.
Los años en la Orden, le proporcionaron a Lyvvor la estabilidad tantos
años buscada y pronto se volvió muy autoritaria y huraña. Éste carácter
y su amor por un poderoso banquero ocasionó la disolución de la orden.
El banquero la impulsaba a quedarse con una gran parte de los ingresos
que la orden percibía, todo a escondidas de los otros socios, pero esto
se descubrió en una reunión mensual. Lyvvor tuvo que abandonar el país
para evitar que fuera encerrada por el delito cometido.
Consiguió que un muchacho que la pretendía desde algunos años le
ayudara. Huyeron hasta la tierra seca y yerma de un país vecino. En el
camino, ambos fueron atacados por unos hombres salvajes que, en una desigual
pelea, mataron a su amigo. Ella no pudo huir y fue raptada. La llevaron
hasta una aldea cercana donde la vendieron como esclava a un sórdido
mago que vivía en un pequeño y derruido castillo construido en una alta y
escarpada colina. Maud, el mago, la sometió a miles de torturas y
depravaciones obligándola a hacer las más ruines tareas. Sólo rodeada por
montañas, la joven no podía pedir ayuda y pensó en morir. Sabía que había
llegado al fin de su camino y que aquellos serían los últimos días de
su mísera existencia, pero resistió como pudo hasta que un día al cabo
de varios años halló su oportunidad. Ante un descuido de su amo, escapó.
Descalza y dolorida, anduvo por las escarpadas y yermas tierras durante
varios días hasta que al fin atisbó la playa. Una esperanza iluminó su
rostro y bajó como pudo hacía la orilla del mar porque en ese momento
un barco se disponía a zarpar. Desesperada, se dispuso a correr para no
dejar escapar el braco pero tropezó y cayó rodando en la arena de la
playa. De la caída, quedó inconsciente y el barco partió sin ella.
Un hombre se encontró con ella y viendo que aún vivía la llevó hasta su
casita en una aldea cercana. La curó y, días más tarde, cuando se
disponía a marcharse, le pidió en matrimonio pues era viudo y tenía una
niñita a la que cuidar. Lyvvor aceptó y se casaron. Pero las cosas no
fueron muy bien. Ella enfermó dos años después y no se pudo hacer nada por
salvarla. Le agradeció aquellos años de amor al pescador y a la hija a
la que había criado como si fuera su hija, le regaló un colgante que
desde niña había llevado en su cuello. La joven hija del pescador observó
maravillada la brillante joya que su madrastra le ofrecía, era una
hermosa flor plateada con un bello rubí en el centro.
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