LA OLA DEL MAL
kcelerian
Prólogo: Sed de gloria
Unos pasos se oyeron en al corredor. Un hombre vestido con armadura negra hacía chocar la planta de sus botas metálicamente reforzadas sobre el pétreo suelo. Bajo unas espesas cejas dos ojos profundos bailaban perdidos sobre un semblante dorado, perdidos en memorias del pasado que enfurecían sus sentidos. Subió unas escaleras de caracol intentando parecer lo más regio posible. Accedió a otro pasillo, más adornado que el anterior, con imágenes que rememoraban tiempos de gloria para su estirpe,
los amurem. Desvió la vista fugazmente hacia numerosos tapices
expuestos en ambas paredes, pero se paró en uno especialmente grande. En él figuraba un dragón de las tinieblas dirigido por un hombre corpulento que guardaba su cara tras un yelmo en forma de cabeza de dragón. Era el único obstáculo que se interponía entre Skull y la identidad de su abuelo. Se quedó allí, pensativo, rememorando hazañas de su abuelo, el ultimo marenûr, señor de los dragones del Mal. Perdió la noción del tiempo, y
sólo pudo sacarle de su ensimismamiento un sarbulio que se dirigía a la sala principal.
-Señor, ¿no debería estar en la Gran Sala?
Skull giró la cara hacia quien la hablaba. Era un ser de casi dos metros de estatura, con piel putrefacta y ojos enormes. Podía haber pasado como un hombre alto si no tuviera en las sienes unas astas de toro que se extendían hacia atrás, como si se hubiesen expuesto a una gran velocidad.
El marenûr asintió, agradeciendo que el sarbulio le hubiese avisado.
Continuó su ascenso a través de escaleras esculpidas sobre la entrañas de la montaña hasta alcanzar el nivel superior de la gruta.
Se hallaba en una sala de enormes proporciones, cuyos extremos apenas se podían divisar por las numerosas columnas de la habitación, entre las cuales numerosos siervos del Mal realizaban experimentos de nigromancia. Avanzó por el pasillo central lentamente, dándose importancia y mirando con arrogancia a todo el que le mirase.
Cuando llegó a un claro del bosque de columnas, todos los presentes miraban con impaciencia al Señor del Reino Oscuro, al mandatario de Nûr’Daron. Skull se aseguró de que todos le miraran para comenzar la operación.
- Amigos míos- comenzó Skull- todos sabemos por qué estamos aquí. Estamos aquí porque queremos ver el comienzo de nuestra nueva gloria, una gloria que conseguiremos gracias a el resultado de nuestro esfuerzo. ¡Y aquí está nuestro triunfo!
La sala se sumió en un sepulcral silencio, maravillándose con la
plataforma que caía mágicamente sobre el claro donde se encontraba Skull. No se había visto mayor obra en toda la segunda edad del mundo, exceptuando a los Cristales, y los magos que allí estaban no cabían en sí de felicidad.
Sobre la plataforma había una mole enorme, de un color negro como la noche, y despedía rayos desde todos sus vértices.
Se plantó suavemente sobre la marmórea superficie, haciendo únicamente ruido al tomar contacto con el suelo. Al lado del artefacto había un clérigo de Abmus, Rey de las tinieblas y la noche. El clérigo lucia una túnica negra a conjunto con su acompañante inerte. Sus ojos rezumaban sabiduría y severidad. Los pocos rayos que despedía el artefacto eran reflejados en una patética calva que le quitaba algo de honor a su nombre.
- Amigo Godur- murmuró Skull- ¿Cómo te ha ido en tus noches en vela a la espera de que Abmus le diera la bendición a Él?
- Un par de días no significan nada en comparación con la gloria que se nos ha concedido, Skull- en cada una de sus palabras se veía el cansancio que Godur había tenido que soportar.
- Ahora que has cumplido tu misión, ve y descansa hasta que te
recuperes.
Hizo llamar a un par de sarbulios para que acompañaran a Godur a sus aposentos.
Una vez se hubo retirado el regio clérigo, Skull se concentro en lo que tenia frente a él. Debía de conducirlo hasta la Torre, pero no estaba seguro de lo que allí acontecería, así que sólo le quedaba una opción: ir y averiguarlo.
Atravesó Nûr’Daron desde Ejrogh’Zenemin hasta Cezwor, donde se halla la Torre de los magos del Mal, Kurin’Xelà, sobre la cual extenderían su poder más allá de Corsoparth y el mundo que conocen. La entrada de Skull en la ciudad fue de lo más triunfal. Cientos de personas le esperaban, alzando sus cantos de júbilo hasta las esferas del cielo. Atravesó la ciudad sin apenas rezagarse para llegar a su destino.
En la Torre, la bienvenida no fue como la del pueblo, sino fría y protocolaria. Ni siquiera en las bromas se asomó una sonrisa en los allí
congregados.
Uniendo las fuerzas de todos los nigromantes presentes, elevaron el arma hacia la cúspide, donde descansaba el Cristal Negro, emblema del Mal en la balanza de los dioses. Habían hecho un hueco para el nuevo emblema. Se le había hecho un soporte lo bastante grande para soportar su base, pero el cuerpo sobresalía.
Tardaron algo más de una hora en encajar el artefacto a la cúspide, pero el esfuerzo valió la pena. Nada mas se hubo puesto sobre la Torre, éste provoco una honda expansiva demostrando su poder.
No había ser en todas las proximidades que no hubiese notado la
explosión. A los niños se les cayeron los juguetes, a las madres algún plato, los herreros habían desviado su golpe hacia su dedo y a los yukos se les habían erizado las plumas de sus enormes alas.
-Alcanzaré la gloria- se dijo Skull- llegare a ser un marenûr más grandioso que tú, abuelo. Nadie sabe nada de esto y Corsoparth lo lamentará. Todo caerá ante mí y seré el dueño de este poderoso continente.
Skull estaba saboreando la futura victoria sin saber que no solo habían notado la explosión los habitantes de Nûr’Daron, sino que hubo alguien más que notó la explosión mientras Skull murmuraba “La antigua gloria”.
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