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Felix Rubén García Sarmiento -tal era su verdadero nombre- nació en Nicaragua (1867). Sus padres se separaron al poco de nacer él y fue a vivir con una tía abuela a León (Nicaragua). Estudió con los Jesuitas y en el Instituto. Destacó en esta localidad por su precocidad en componer versos (pronto adoptó el nombre de Rubén Darío, un apodo familiar). Fue, según confesión del propio poeta, el niño prodigio de Centroamérica. En Managua consiguió un empleo en la Biblioteca Nacional, que le permitió familiarizarse con los clásicos españoles. En 1882 se trasladó a El Salvador y allí leyó a románticos y parnasianos franceses, en especial a V. Hugo, una influencia que perduraría en su obra. En 1885 entregó a la imprenta su primer libro, Epístolas y poemas, y al año siguiente, marchó de Managua a Chile. Los cuatro años de estancia en Valparaíso y Santiago fueron muy fértiles en su formación de escritor: amistad con Pedro Balmaceda (hijo del presidente), con quien profundizaría en sus lecturas francesas; labor periodística; publicación en 1887 de los libros Abrojos y Rimas y en 1888, Azul (su primer éxito), con prólogo de Eduardo de la Barra. Este libro, en que alternan poemas y cuentos de innovadora escritura (que en su momento supo estimar Juan Valera), inaugura el movimiento modernista hispanoamericano. Su actividad periodística se afianzó al ser nombrado corresponsal de La nación de Buenos Aires en 1889, año en que regresó a Nicaragua. Contrajo matrimonio en 1890, en El Salvador, con Rafaela Contreras (Stella, en su poesía), con la que apenas convivió, pues un golpe de estado le obligó a exiliarse a Guatemala y después a Costa Rica. En su mocedad adoptó posturas progresistas ante los problemas de América. En 1892, cuarto centenario del Descubrimiento, va a España, como secretario de la delegación nicaragüense y conoce a los principales escritores. Compone el Pórtico para un libro de Salvador Rueda. (Vuelve en 1899, ya como un ídolo, y comparte las amarguras del 98.) Regresó a su país, y al poco de morir su esposa, volvió a casarse con Rosario Murillo ("la garza morena") obligado por la familia de ella, de quien se separó en seguida. Tras un breve viaje a E.U.A. -donde conoció personalmente a José Martí- y a París -donde trató a Verlaine y a Moréas-, se trasladó a Buenos Aires (1893-1898), primero como cónsul de Colombia. Fue ésta otra estancia sumamente importante en su carrera: magisterio sobre los jóvenes escritores modernistas (Leopoldo Lugones, etc.), fundación con R. Jaimes Freyre de la 'Revista de América' y publicación en 1896 de dos de sus grandes libros, los poemas de prosas profanas y las prosas de Los raros. El primero es tal vez su obra poética más innovadora, piedra de toque de la escuela modernista; el segundo contiene semblanzas de algunos de los escritores fundamentales del fin de siglo, en especial, franceses. Cuando en 1898 viajó por segunda vez a España, Darío era ya un poeta reconocido entre los jóvenes (los hermanos Machado, Juan Ramón Jiménez, Francisco Villaespesa, etc.). Venía con el encargo de escribir para 'La nación' una serie de crónicas sobre la situación española tras el desastre nacional, recopiladas luego en el volumen España contemporánea (1901). Conoció entonces a Francisca Sánchez, quien compartió su vida y le dio varios hijos. Desde 1900, como diplomático, vive en París, en Madrid de nuevo, y viaja por Europa y América. Su fama creciente de escritor y la actividad social y diplomática apenas ocultaban la angustiada realidad del hombre, minado por la dipsomanía (necesidad irresistible de beber cualquier líquido. Se manifiesta de manera impulsiva, con intensidad periódica y precedida frecuentemente de un estado de tristeza. Tiene concomitancias con la psicosis maniaco-depresiva) y las desilusiones, entre ellas las que le proporcionó su intervención como director de las revistas parisienses 'Mundial' y 'Elegancias' en 1911. Por dos veces (1906 y 1913) buscó cierta paz espiritual en Mallorca: en la segunda escribió los capítulos de su novela autobiográfica El oro de Mallorca, que ofrecen una imagen a la vez literaria y arrepentida de sí mismo. Siempre un poco manipulado por amigos y empresarios, marchó a comienzos de la guerra mundial a E.U.A. para realizar una campaña pacifista; pero enfermó gravemente y, tras una estancia en Guatemala, murió en su país natal. Su vida fue intensa; los excesos y desarreglos de su vida de bohemio empedernido minaron su salud y le llevaron a una muerte prematura. Murió en León, la ciudad de su infancia, en 1916. Él logró la síntesis definitiva entre lo parnasiano, lo simbolista y otras tendencias. En él se hallan temas paganos, exóticos, legendarios, cosmopolitas... o la intimidad doliente. Su estilo ofrece variados tonos: lo frívolo, lo sensual, lo meditativo, la exaltación patriótica... Y siempre asombra su dominio de las más diversas formas. Sus deslumbrantes imágenes, su fuerza sensorial y su sentido de la musicalidad resultan proverbiales. Tras varias obras primerizas que ya he nombrado, en 1888 publica el también ya citado Azul. Su maestría es ya patente en los poemas a las cuatro estaciones o en sus sonetos escritos en alejandrinos, a la francesa. Muy famoso es el dedicado a Caupolicán. La consolidación de su estética se da con Prosas profanas (1896), su libro más brillante y vitalista. Rubén da aquí a la palabra prosas su sentido medieval de "poemas". Son inolvidables la Sonatina ("La princesa está triste. / ¿Qué tendrá la princesa?"), "Era un aire suave...", Divagación,... Y aparecen los motivos hispanos: Cosas del Cid, Al maestre Gonzalo de Berceo, etc. Otra cima de su obra son los Cantos de vida y esperanza (1905). Pero hay un cambio: junto a lo pagano o lo erótico, aparecen tonos graves, inquietud, amargura. Léanse los poemas "Yo soy aquel que ayer no más decía..." (que inicia el libro) y Melancolía. En la misma línea están dos Nocturnos, la Canción de otoño en primavera ("Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver!") o el sobrecogedor poema Lo fatal. Son ahora más los poemas de tema hispánico: Letanía de Nuestro Señor Don Quijote, poemas a Cervantes, Góngora, Velázquez, Goya... Y hay poemas políticos, nacidos de las consecuencias del "98": así, en Salutación del optimista manifiesta su fe en los pueblos hispánicos; en Oda a Roosevelt increpa a los Estados Unidos, cuya influencia creciente aparece también en estos versos de Los cisnes: ¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? / ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? / ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros? / ¿Callaremos ahora para llorar después? Aún publicó Darío otros libros, siempre interesantes. No se ha de olvidar que es también un admirable prosista dejando espléndidos cuentos y muchos artículos sobre temas diversos. El gran nicaragüense tiene un puesto de honor en la literatura. Así lo reconocieron ya los Machado o Juan Ramón Jiménez. Y los poetas de la "generación del 27" lo admiraron. Si en la posguerra decayó algo su estimación, en fechas más cercanas se le ha vuelto a valorar como uno de los grandes creadores. Y es que Rubén Darío ha sido uno de los poetas más egregios de la literatura hispana. Su influjo fue notabilísimo. Este poeta aportó a la poesía combinaciones métricas de admirable sonoridad y enriqueció el lenguaje con abundantes neologismos y fastuosas metáforas. De gran valor imitativo es, por ejemplo, la Marcha triunfal, en la que renueva los pies rítmicos de la poesía latina, convirtiendo este poema en uno de los más bellos y populares. Es, por sus procedimientos estilísticos, netamente modernista. Poema dinámico, de gran plasticidad y extraordinaria musicalidad onomatopéyica. Es un jubiloso poema de exaltación a los héroes vencedores de la guerra, a quienes el poeta, metafóricamente, llama cóndores y centauros. En la Marcha triunfal Rubén Darío usa los pies rítmicos del anfíbraco, consistente en una sílaba larga entre dos breves:
¡Ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines. La espada se anuncia con vivo reflejo; ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines. Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes, los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas, la gloria solemne de los estandartes llevados por manos robustas de heroicos atletas. Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros, los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra, los cascos que hieren la tierra y los timbaleros, que el paso acompasan con ritmos marciales. ¡Tal pasan los fieros guerreros debajo los arcos triunfales! Los claros clarines de pronto levantan sus sones, su canto sonoro, su cálido coro, que envuelve en un trueno de oro la augusta soberbia de los pabellones. Él dice la lucha, la herida venganza, las ásperas crines, los rudos penachos, la pica, la lanza, la sangre que riega de heroicos carmines la tierra; los negros mastines que azuza la muerte, que rige la guerra. Los áureos sonidos anuncian el advenimiento triunfal de la Gloria; dejando el picacho que guarda sus nidos, tendiendo sus alas enormes al viento, los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria! Ya pasa el cortejo. Señala el abuelo los héroes al niño: ved cómo la barba del viejo los bucles de oro circunda de armiño. Las bellas mujeres aprestan coronas de flores, y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa; y la más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores. ¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera; honor al herido y honor a los fieles soldados que muerte encontraron por mano extranjera! ¡Clarines! ¡Laureles! Las nobles espadas de tiempos gloriosos, desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros: las viejas espadas de los granaderos, más fuertes que osos, hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros. Las trompas guerreras resuenan; de voces los aires se llenan... A aquellas antiguas espadas, a aquellos ilustres aceros, que encarnan las glorias pasadas... Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas, y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros, al que ama la insignia del suelo materno, al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano, los soles del rojo verano, las nieves y vientos del gélido invierno, la noche, la escarcha, y el odio y la muerte por ser por la patria inmortal ¡saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha triunfal!...
Claros: limpios, puros; cortejo: personas que forman el acompañamiento en una ceremonia; paladín: caballero que en las guerras se distinguía por sus hazañas; Minerva: diosa de la guerra y de la sabiduría; Marte: dios de la guerra; cascos: uña del pie o de la mano de las bestias caballares; timbaleros: músicos que tocan el timbal (especie de tambor); marciales: (de Marte): guerrero; pabellones: banderas; mastines: perros (en el poema está en sentido figurado); azuza: incita (a los perros) para que embistan; advenimiento: llegada; cóndor: ave de rapiña de gran tamaño, que habita en la cordillera de los Andes (está en sentido figurado); bucles: cabellos ensortijados; panoplia: armadura de todas piezas; centauro: monstruo quimérico, mitad hombre y mitad caballo; trompa: instrumento músico de viento.
-Cantos de vida y esperanza (1905)- "Melancolía" A Domingo Bolívar Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía. Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas. Voy bajo tempestades y tormentas ciego de ensueño y loco de armonía. Ése es mi mal. Soñar. La poesía es la camisa férrea de mil puntas cruentas que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas dejan caer las gotas de mi melancolía. Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo; a veces me parece que el camino es muy largo, y a veces que es muy corto... Y en este titubeo de aliento y agonía, cargo lleno de penas lo que apenas soporto. ¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?
-Cantos de vida y esperanza (1905)- "Yo soy aquel que ayer..." Yo soy aquel que ayer no más decía el verso azul y la canción profana, en cuya noche un ruiseñor había que era alondra de luz por la mañana. El dueño fui de mi jardín de sueño, lleno de rosas y de cisnes vagos; el dueño de las tórtolas, el dueño de góndolas y liras en los lagos; y muy siglo diez y ocho, y muy antiguo y muy moderno; audaz, cosmopolita; con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo, y una sed de ilusiones infinita. Yo supe de dolor desde mi infancia; mi juventud... ¿fue juventud la mía?, sus rosas aún me dejan su fragancia, una fragancia de melancolía... Potro sin freno se lanzó mi instinto, mi juventud montó potro sin freno; iba embriagada y con puñal al cinto; si no cayó, fue porque Dios es bueno. En mi jardín se vio una estatua bella; se juzgó mármol y era carne viva; una alma joven habitaba en ella, sentimental, sensible, sensitiva. Y tímida ante el mundo, de manera que, encerrada en silencio, no salía sino cuando en la dulce primavera era la hora de la melodía... Hora de ocaso y de discreto beso; hora crepuscular y de retiro; hora de madrigal y de embeleso, de "te adoro", de "¡ay!", y de suspiro. Y entonces era en la dulzaina un juego de misteriosas gamas cristalinas, un renovador de notas del Pan griego y un desgranar de músicas latinas. Con aire tal y con ardor tan vivo, que a la estatua nacían de repente en el muslo viril patas de chivo y dos cuernos de sátiro en la frente. Como la Galatea gongorina me encantó la marquesa verleniana, y así juntaba a la pasión divina una sensual hiperestesia humana; todo ansia, todo ardor, sensación pura vigor natural; y sin falsía, y sin comedia y sin literatura si hay un alma sincera, ésa es la mía. La torre de marfil tentó mi anhelo, quise encerrarme dentro de mí mismo, y tuve hambre de espacio y sed de cielo desde las sombras de mi propio abismo. Como la esponja que la sal satura en el jugo del mar, fue el dulce y tierno corazón mío, henchido de amargura por el mundo, la carne y el infierno. Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia el Bien supo elegir la mejor parte; y si hubo áspera hiel en mi existencia, melificó toda acritud el Arte. Mi intelecto libré de pensar bajo, bañó el agua castalia el alma mía, peregrinó mi corazón y trajo de la sagrada selva la armonía. ¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda emanación del corazón divino de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda fuente cuya virtud vence al destino! Bosque ideal que lo real complica, allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela; mientras abajo el sátiro fornica, ebria de azul deslíe Filomela. Perla de ensueño y música amorosa en la cúpula en flor del laurel verde, Hipsipila sutil liba en la rosa, y la boca del fauno el pezón muerde. Allí va el dios en celo tras la hembra, y la caña de Pan se alza del lodo; la eterna vida sus semillas siembra, y brota la armonía del gran Todo. El alma que entra allí debe ir desnuda, temblando de deseo y fiebre santa, sobre cardo heridor y espina aguda: así sueña, así vibra y así canta. Vida, luz y verdad, tal triple llama produce la interior llama infinita. El Arte puro como Cristo exclama: Ego sum lux et veritas et vita! Y la vida es misterio; la luz ciega y la verdad inaccesible asombra; la adusta perfección jamás se entrega, y el secreto ideal duerme en la sombra. Por eso ser sincero es ser potente; de desnuda que está, brilla la estrella, el agua dice el alma de la fuente en la voz de cristal que fluye de ella. Tal fue mi intento, hacer del alma pura mía, una estrella, una fuente sonora, con el horror de la literatura y loco de crepúsculo y de aurora. Del crepúsculo azul que da la pauta que los celestes éxtasis inspira, bruma y tono menor -¡toda la flauta!-, y Aurora, hija del Sol -¡toda la lira!-. Pasó una piedra que lanzó una honda; pasó una flecha que aguzó un violento. La piedra de la honda fue a la onda, y la flecha del odio fuese al viento. La virtud está en ser tranquilo y fuerte; con el fuego interior todo se abrasa; se triunfa del rencor y de la muerte, y hacia Belén..., ¡la caravana pasa!
-Cantos de vida y esperanza (1905)- "Canción de otoño en primavera" A G. Martínez-Sierra Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer. Plural ha sido la celeste historia de mi corazón. Era una dulce niña, en este mundo de duelo y aflicción. Miraba como el alba pura; sonreía como una flor. Era su cabellera oscura hecha de noche y de dolor. Yo era tímido como un niño. Ella, naturalmente, fue, para mi amor hecho de armiño, Herodías y Salomé... Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro, y a veces lloro sin querer... La otra fue más sensitiva, y más consoladora y más halagadora y expresiva, cual no pensé encontrar jamás. Pues a su continua ternura una pasión violenta unía. En un peplo de gasa pura una bacante se envolvía... En sus brazos tomó mi ensueño y lo arrulló como a un bebé... Y le mató, triste y pequeño, falto de luz, falto de fe... Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro, y a veces lloro sin querer... Otra juzgó que era mi boca el estuche de su pasión; y que me roería, loca, con sus dientes el corazón. Poniendo en un amor de exceso la mira de su voluntad, mientras eran abrazo y beso síntesis de la eternidad; y de nuestra carne ligera imaginar siempre un Edén, sin pensar que la Primavera y la carne acaban también... Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro, ¡y a veces lloro sin querer! ¡Y las demás! En tantos climas, en tantas tierras, siempre son, si no pretextos de mis rimas, fantasmas de mi corazón. En vano busqué a la princesa que estaba triste de esperar. La vida es dura. Amarga y pesa. ¡Ya no hay princesa que cantar! Mas a pesar del tiempo terco, mi sed de amor no tiene fin; con el cabello gris me acerco a los rosales del jardín... Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro, y a veces lloro sin querer... ¡Mas es mía el Alba de oro!
-Cantos de vida y esperanza (1905)- "Leda" El cisne en la sombra parece de nieve; su pico es de ámbar, del alba al trasluz; el suave crepúsculo que pasa tan breve las cándidas alas sonoras de luz. Y luego, en las ondas del lago azulado, después que la aurora perdió su arrebol, las alas tendidas y el cuello enarcado, el cisne es de plata, bañado de sol. Tal es, cuando esponja las plumas de seda, olímpico pájaro herido de amor, y viola en las linfas sonoras a Leda, buscando su pico los labios en flor. Suspira la bella desnuda y vencida, y en tanto que al aire sus quejas se van, del fondo verdoso de fronda tupida chispean turbados los ojos de Pan.
-Cantos de vida y esperanza (1905)- "Divina Psiquis" ¡Divina Psiquis, dulce mariposa invisible que desde los abismos has venido a ser todo lo que en mi ser nervioso y en mi cuerpo sensible forma la chispa sacra de la estatua de lodo! Te asomas por mis ojos a la luz de la tierra y prisionera vives en mí de extraño dueño: te reducen a esclava mis sentidos en guerra y apenas vagas libre por el jardín del sueño. Sabia de la Lujuria que sabes antiguas ciencias, te sacudes a veces entre imposibles muros, y más allá de todas las vulgares conciencias exploras los recodos más terribles y oscuros. Y encuentras sombra y duelo. Que sombra y duelo encuentres bajo la viña en donde nace el vino del Diablo. Te posas en los senos, te posas en los vientres que hicieron a Juan loco e hicieron cuerdo a Pablo. A Juan virgen y a Pablo militar y violento, a Juan que nunca supo del supremo contacto; a Pablo el tempestuoso que halló a Cristo en el viento, y a Juan ante quien Hugo se queda estupefacto. Entre la catedral y las ruinas paganas vuelas, ¡oh Psiquis, oh alma mía! -como decía aquel celeste Edgardo, que entró en el Paraíso entre un son de campanas y un perfume de nardo-, entre la catedral y las paganas ruinas repartes tus dos alas de cristal, tus dos alas divinas. Y de la flor que el ruiseñor canta en su griego antiguo, de la rosa, vuelas, ¡oh, Mariposa!, a posarte en un clavo de Nuestro Señor.
-Cantos de vida y esperanza (1905)- "A Phocás el campesino" Phocás el campesino, hijo mío, que tienes, en apenas escasos meses de vida, tantos dolores en tus ojos que esperan tantos llantos por el fatal pensar que revelan tus sienes... Tarda en venir a este dolor a donde vienes, a este mundo terrible en duelos y en espantos; duerme bajo los Ángeles, sueña bajo los Santos, que ya tendrás la Vida para que te envenenes... Sueña, hijo mío, todavía, y cuando crezcas, perdóname el fatal don de darte la vida que yo hubiera querido de azul y rosas frescas; pues tú eres la crisálida de mi alma entristecida, y te he de ver en medio del triunfo que merezcas renovando el fulgor de mi psique abolida.
-Cantos de vida y esperanza (1905)- "Lo fatal" A René Pérez Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque ésta ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente. Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror... Y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida y por la sombra y por lo que no conocemos y apenas sospechamos, y la carne que tienta con sus frescos racimos y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, ¡y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!...
-El canto errante- "Vesper" Quietud, quietud... Ya la ciudad de oro ha entrado en el misterio de la tarde. La catedral es un gran relicario. La bahía unifica sus cristales en un azul de arcaicas mayúsculas de los antifonarios y misales. Las barcas pescadoras estilizan el blancor de sus velas triangulares y como un eco que dijera: "Ulises", junta alientos de flores y de sales.
-El año lírico- "Caupolicán" A Enrique Hernández Miyares Es algo formidable que vio la vieja raza: robusto tronco de árbol al hombro de un campeón salvaje y aguerrido, cuya fornida maza blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón. Por casco sus cabellos, su pecho por coraza, pudiera tal guerrero, de Arauco en la región, lancero de los bosques, Nemrod que todo caza, desjarretar un toro, o estrangular un león. Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día, le vio la tarde pálida, le vio la noche fría, y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán. "¡El Toqui, el Toqui!", clama la conmovida casta. Anduvo, anduvo. La Aurora dijo: "Basta", e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.
-Cantos de vida y esperanza (1905)- "Nocturno" Quiero expresar mi angustia en versos que abolida dirán mi juventud de rosas y de ensueños, y la desfloración amarga de mi vida por un vasto dolor y cuidados pequeños. Y el viaje de un vago Oriente por entrevistos barcos, y el grano de oraciones, que floreció en blasfemia, y los azoramientos del cisne entre los charcos, y el falso azul nocturno de inquerida bohemia. Lejano clavicordio, que en silencio y olvido no diste nunca al sueño la sublime sonata; huérfano esquife, árbol insigne, oscuro nido que suavizó la noche de dulzura de plata... Esperanza olorosa a hierbas frescas; trino del ruiseñor, primaveral y matinal; azucena tronchada por un fatal destino; rebusca de la dicha, persecución del mal... El ánfora funesta del divino veneno, que ha de hacer por la vida la tortura interior, la conciencia espantable de nuestro humano cieno y el horror de sentirse pasajero; el horror de ir a tientas, en intermitentes espantos, hacia lo inevitable, desconocido, y la pesadilla brutal de este dormir de llantos, de la cual no hay más que Ella que nos despertará.
Desfloración: desgaste, marchitamiento; Oriente: en el pleno Modernismo hay un gusto por todo lo oriental; cisne: ave representativa de la poesía de Rubén Darío; clavicordio: otro elemento reiterado en sus composiciones es el clavicordio dieciochesco; azucena: el esplendor primaveral, con el ruiseñor y la azucena (o flor de lis) son otros tantos motivos característicos del modernismo rubeniano -pero véase la nota amarga que introduce la expresión "tronchada por un fatal destino"-; Ella: la muerte. Los encabalgamientos que se suceden desde el verso 20 denuncian una voz entrecortada por la angustia. En este poema nos encontramos con el más hondo Rubén. El poeta evoca su anterior vida bohemia y "pagana", con alusiones a elementos muy característicos de su propia poesía; pero pasa a primer término la angustia presente, el horror a la muerte.
-Prosas profanas (1896)- "Sonatina" La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. La princesa está pálida en su silla de oro, está mudo el teclado de su clave sonoro; y en un vaso olvidada se desmaya una flor. El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales, parlanchina, la dueña dice cosas banales, y, vestido de rojo, piruetea el bufón. La princesa no ríe, la princesa no siente; la princesa persigue por el cielo de Oriente la libélula vaga de una vaga ilusión. ¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China, o en el que ha detenido su carroza argentina para ver de sus ojos la dulzura de luz? ¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes, o en el que es soberano de los claros diamantes, o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz? ¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, tener alas ligeras, bajo el cielo volar, ir al sol por la escala luminosa de un rayo, saludar a los lirios con los versos de mayo, o perderse en el viento sobre el trueno del mar. Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata, ni los cisnes unánimes en el lago de azur. Y están tristes las flores por la flor de la corte; los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte, de Occidente las dalias y las rosas del Sur. ¡Pobrecita princesa de los ojos azules! Está presa en sus oros, está presa en sus tules, en la jaula de mármol del palacio real; el palacio soberbio que vigilan los guardas, que custodian cien negros con sus cien alabardas, un lebrel que no duerme y un dragón colosal. ¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida! (La princesa está triste. La princesa está pálida.) ¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil! ¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe (la princesa está pálida, la princesa está triste) más brillante que el alba, más hermoso que abril! Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-, en caballo con alas, hacia acá se encamina, en el cinto la espada y en la mano el azor, el feliz caballero que te adora sin verte, y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, a encenderte los labios con su beso de amor!
Clave: instrumento de cuerda parecido al clavicordio, cuyas cuerdas eran tañidas con puntas de pluma o con láminas de cobre por medio de un teclado; banales: (galicismo), de poca importancia, insustanciales; bufón: individuo cuya misión era hacer reír a los reyes, señores, etc., en palacios y castillos; libélula: insecto llamado vulgarmente caballito del diablo; rueca: instrumento para hilar, compuesto de una vara delgada con un rocadero en la extremidad superior. (Es impropio decir que la rueca gira; el que gira es el huso.); halcón: ave de cetrería usada antiguamente; unánimes: de un mismo parecer; azur: azul oscuro; nelumbos: planta acuática, de hojas aovadas y flores blancas y amarillas, que sobrenada a flor de agua; tul: tejido delgado y transparente, de seda, algodón o hilo, de mallas poligonales; alabarda: lanza cuya moharra tiene una cuchilla transversal, aguda por un lado y en figura de media luna por el otro. Por su idealismo y ambientación, la "Sonatina" es un poema genuinamente modernista. En cuanto a su contenido, viene a ser un bonito cuento de hadas y de princesas. Nos presenta, en efecto, a una princesa que languidece y muere de pesar en su palacio, donde nada ni nadie de cuanto hay en él puede alegrar su triste existencia... Sueña la pobre princesa en un príncipe de lejano país. Y hacia aquel país ilusorio quisiera volar la princesa. Mas he aquí que el hada madrina le anuncia una feliz noticia: la llegada del príncipe soñado. La forma estrófica es netamente modernista y recibe el nombre de sextina modernista. Su lenguaje ofrece igualmente innovaciones muy propias de la escuela modernista, como: "vestido de rojo, piruetea el bufón". Poesía de contenido ideal, de armoniosos versos, de felices metáforas.
-Cantos de vida y esperanza (1905)- "Pegaso" Cuando iba yo a montar ese caballo rudo y tembloroso, dije: "La vida es pura y bella". Entre sus cejas vivas vi brillar una estrella. El cielo estaba azul, y yo estaba desnudo. Sobre mi frente Apolo hizo brillar su escudo y de Belerofonte logré seguir la huella. Toda cima es ilustre si Pegaso la sella, y yo, fuerte, he subido donde Pegaso pudo. ¡Yo soy el caballero de la humana energía, yo soy el que presenta su cabeza triunfante coronada con el laurel del Rey del día; domador del corcel de cascos de diamante, voy en un gran volar, con la aurora por guía, adelante en el vasto azur, ¡siempre adelante!
-Cantos de vida y esperanza (1905)- "Nocturno" A Mariano de Cavia Los que ocultasteis el corazón de la noche, los que por el insomnio tenaz habéis oído el cerrar de una puerta, el resonar de un coche lejano, un eco vago, un ligero ruido... En los instantes del silencio misterioso, cuando surgen de su prisión los olvidados, en la hora de los muertos, en la hora del reposo, ¡sabréis leer estos versos de amargor impregnados!... Como en un vaso vierto en ellos mis dolores de lejanos recuerdos y desgracias funestas, y las tristes nostalgias de mi alma, ebria de flores, y el duelo de mi corazón, triste de fiestas. Y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido, la pérdida del reino que estaba para mí, el pensar que un instante pude no haber nacido, ¡y el sueño que es mi vida desde que yo nací! Todo esto viene en medio del silencio profundo en que la noche envuelve la terrena ilusión, y siento como un eco del corazón del mundo que penetra y conmueve mi propio corazón.
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