Concursos de Televisión   por forteano.

 

I. De preguntas y respuestas  

 

Cuando a uno le hablan de Concursos de Televisión, es en estos en los que uno piensa en principio. Pero como todo en televisión y, si me apuran, en la vida, lo de los concursos de preguntas y respuestas va por modas. En estos momentos, simplemente, no están de moda; pese a ello, tienen una presencia en la programación más allá de los testimonial. Es decir, aunque no sea “lo que se lleva”, casi todas las cadenas tienen al menos uno.

 

     En TVE1 está ese que participa de los otros puntos que tocaremos en este artículo: la japonización de los concursos y el efecto “Gran Hermano”. Aparte de la gastada fórmula de siempre, la supuesta novedad es que los contrincantes deciden entre ellos quién queda eliminado, y sobre todo que la presentadora –una actriz con pinta de señorita Rottenmayer- les dice tontolhaba a los que se equivocan y hace comentarios más o menos ingeniosos (los guiones son de Carlos Alsina) acerca de los errores de los concursantes, humillándoles un poquito. Así, va un poco más allá que ese concurso de Tele 5 de hace unos meses, en el que el que fallaba su pregunta se caía a un hoyo... aquí intentan hacerlo un poquito más personal, que duele más. Es una fórmula que con pequeñas variaciones triunfa en todo el mundo. Pues este tipo de concursos de preguntas de cultura general, todos iguales cambiando la mecánica del juego con pequeñas aportaciones y ocurrencias más o menos afortunadas, no parecen poder crearlo las productoras de aquí y la casi totalidad de estos programas de los últimos años han sido comprados. Y de hecho, los pocos originales inventados en España han resultado ser de los menos exitosos.

Pero, volviendo a “El Rival Más Débil”, lo más llamativo de este concurso es que de los ocho concursantes que empiezan cada programa siete se vuelven a casa sin nada y el ganador se lleva un premio no muy grande, alrededor de los mil euros.

     Sorprende especialmente si recordamos que hace algo más de un año triunfaba con grandes audiencias un concurso llamado “Audacia”, en el que se podía ganar hasta 100 millones de pesetas. Nadie se llevó el gran premio, pues la mecánica del concurso no invitaba a ello, siendo relativamente sencillo llevarse unos pocos millones de pesetas que a nadie apetecía arriesgar. Y esto para desesperación de la productora, que teniendo un seguro sobre el premio gordo no perdían nada dándolo y ganaban audiencia y fama pues habría sido la mayor cantidad económica jamás entregada en la televisión española (por eso en 50x15 se preocuparon muy mucho de sí dar el premio de 50 millones). La cuestión es que en “El Rival Más Débil” no es preciso entregar grandes premios porque el público disfruta lo suficiente viendo cómo insultan a los supuestos empollones, no necesita ver la cara de bobo que se les queda al fallar y perder una millonada como por ejemplo en “Audacia”. Si recuerdan, en este concurso también había unas curiosas reglas con respecto a los concursantes. Aunque no se conocían entre ellos antes del programa y en parte tenían que competir entre ellos, la cuestión era que si erraba su respuesta uno de ellos todos quedaban eliminados. Los responsables del programa velaban tanto por que no hubiera pactos previos, que en el día de la grabación la gente que iba a participar quedaba encerrada en habitaciones con otros concursantes que no iban a estar en su mismo grupo, una azafata y una redactora (casi exclusivamente son chicas); e incluso para que no se pudiera coincidir en los baños, establecían turnos y se comunicaban las redactoras entre sí mediante el típico “pinganillo”.

     En estos grupos de concursantes previa grabación se establece una complicidad muy peculiar. Son gente de la más diversa procedencia y edad y pasan un montón de horas juntos sin nada que hacer excepto esperar, y con el obvio nerviosismo derivado de ir a salir ante las cámaras en breve sin estar acostumbrado a ello y, más que nada, la posibilidad de ganar bastante dinero en un ratito o volver a casa con las manos vacías. Así, se llegan a establecer divertidas relaciones de pseudoamistad de un solo día llegando a oírse intimidades y confesiones realmente sorprendentes.

Aunque se suministra un catering abundante no se permiten las bebidas alcohólicas, salvo alguna cerveza –y solo si no se abusa-. Gracias a Dios siempre hay algún tipo lo bastante avispado como para haber saqueado el minibar del hotel y poder servir una ronda de cubatas cuando la redactora no mira.

     El conductor de “Audacia” era Jordi Estadella, un tipo poco simpático de penoso historial como presentador (No te rías que es peor; El semáforo; Un, Dos, Tres) y que es algo así como un simulacro de Constantino Romero de poca monta. Tienen en común una cierta similitud física y de voz, así como que ambos trabajan con frecuencias como dobladores de cine, pero las diferencias son obvias, tanto en la forma de comportarse ante las cámaras como en su trato con los concursantes. Si bien Estadella ni se acerca a ellos en ningún momento ni les dirige la palabra más allá de lo que se está grabando, Constantino Romero siempre trata de ser lo más amable posible. Antes de la grabación les da la mano a los concursantes e intercambia unas frases cordiales con ellos, y en los momentos en los que no se está grabando procura gastar bromas y aliviar la tensión en lo posible. Como sabe que nos encanta a todos, dice frases de Clint Eastwood, aunque con una honestidad que le honra no dice la más famosa y la que más juego da, “Alégrame el día”, pues en los tiempos de Harry el Sucio no era él el doblador. Así se conforma con películas más recientes, como Sin Perdón: “¿quién es el dueño de esta pocilga?”. La cuestión es que la sensación de tener a Eastwood al lado es estremecedora; algo parecido pasa al hablar con Ramón Langa.

 

     En TVE 2  hay dos de estos concursos ahora mismo, siempre coincidiendo con los telediarios de la primera. A la hora de comer está el de superempollones “Saber y Ganar”, en el que las preguntas son algo más difíciles que lo habitual y, aunque se gana poco por programa la posibilidad de seguir concursando casi indefinidamente sin mucha dificultad hace que se entreguen premios respetables... siempre y cuando uno tenga un trabajo que le permita ir a Barcelona un par de días a la semana a grabar. Este concurso tiene muchos incondicionales y lleva la tira de años en antena. Yo, sin embargo, encuentro difícil de tragar los chistes y las fundas de los dientes de Jordi Hurtado. El otro programa no tiene nombre fijo, pues ha cambiado varias veces, pero siempre está presentado por Paco Vegara. Algo menos popular que el anterior, aquí la gracia reside casi exclusivamente en los comentarios, canciones y loquerío del showman Vegara. O se le quiere o se le odia, como se suele decir. Aunque desgraciadamente la mayoría sencillamente se limita a ignorarlo.

 

     En Tele 5 no hay ninguno actualmente. Tras los buenos resultados de hace unos años, con Paula Vázquez y su euromillón triunfando a la hora de comer y, sobre todo, la inmensa popularidad de 50x15 no han vuelto a dar en el clavo y ni uno solo ha durado. Ahora mismo que, como hemos dicho, el tema no está de moda, parecen preferir esperar tiempos mejores. Resulta difícil precisar el porqué del éxito arrollador de ese programa (50x15), y no solo en España. El presentador no era muy atractivo ni popular, solo nos sonaba su cara de haberlo visto en Al Salir de Clase, aunque después de eso se ha aburrido de hacer películas, anuncios e incluso hacer de psychokiller en una obra de teatro. Y el que un programa de televisión gane dinero con las llamadas recibidas a un número 906 que ahora es tan habitual, empezó con este concurso. Todo el mundo llamaba, todos querían participar... los premios no estaban mal y no era muy difícil conseguir ganar algo, pero aún así sigo sin entender que fuera para tanto.

 

     En Antena 3 lleva tiempo y con éxito Pasapalabra. Silvia Jato es guapa y simpática, y además cuenta con el aliciente de que participen personajes famosos. Siempre es más divertido ver meter la pata a alguien rico, guapo y popular que a un pobre tipo anónimo, además de que estos famosos suelen fallar con más frecuencia, a veces hasta límites bochornosos. En cualquier caso en este concurso de lo que más se precisa es de cultura crucigramera para ganar.

 

     Pero si hay un concurso de preguntas y respuestas en el que tener cultura es algo superfluo o incluso directamente un inconveniente, ese era el Precio Justo. Concurso estrella de mi infancia, cuando lo presentaba Joaquín Prats (nota para los más jóvenes, sí, es el tristemente fallecido padre de la tipa esa que hace el mono en la isla esa de Antena 3), últimamente tenía una versión más modesta en las tardes de TVE 1. Aparte de que ya de base el programa era discutible (el precio justo, sí, pero ¿dónde? ¿en el Corte Inglés? ¿en el Lidl?), esta nueva versión apestaba a cutrerío, sobre todo comparado con otros concursos. En lugar de ir a avión a Madrid o Barcelona, moverte en taxi, ir a buenos hoteles, pasar una o dos noches en la ciudad y comer en restaurantes a costa del concurso, en El Precio Justo la cosa era muy distinta para los concursantes. Un autobús cogía a 50 personas de tu ciudad –aquí no había tantos castings como en otros concursos, eso sí, y afortunadamente podías ir con amigos- y viaje hasta Madrid. Allí bocadillos y botes de refrescos sentados en una escalera y una interminable tarde grabando dos programas. Luego, ya de noche y con los premios que cupieran en el maletero del autobús, vuelta al lugar de precedencia, con humor desigual según le hubiera ido a cada uno. Aquella experiencia dejaba agotado a cualquier veinteañero, con lo que uno no podía evitar preocuparse por el estado de los ancianos que iban, alguno de ellos de aspecto ciertamente decrépito. Sin embargo, y para mi sorpresa, solían llevarlo muy bien y estar de lo más frescos. No cabe duda de que los viajes del Inserso están endureciendo a nuestros abuelos.

     Porque era ciertamente agotador. Una vez allí el director del programa elegía a los que iban a participar en el concurso de las 150 personas que iban. Se decantaban por todo aquel que resultara más llamativo, ya fuera por macarra, por un buen escote, por tener un grupo de amigos particularmente bullicioso o por ser una vieja. Después se grababa durante un tiempo interminable en el que había que aplaudir, reír y estarse atento y calladito. Y sobre todo sentado.  Para controlar a tanta gente aburrida y ociosa en los ratos de parón de la grabación había un animador, un actor llamado Vicente del que todo el mundo acababa lógicamente hasta los mismísimos cojones. El presentador, como saben, era Carlos Lozano, eso sí, antes de esos acontecimientos que cambiaron radicalmente su vioda, como fue participar en una película ganadora del Oscar, quitarse la verruga de la cara y presentar Operación Triunfo. No osó imitar la frase de Joaquín Prats que aún se sigue recordando (“¡A Jugarrrr!”), pero para tener una seña de identidad propia al principio de cada programa salía haciendo una chorrada nueva. Cuando Lozano se fue de allí, el programa tuvo una efímera continuación presentado por el que antes se dedicaba a la locución del programa, Guillermo Romero, actor de doblaje y que hizo de malo en “Al Salir de Clase”  (¿pero es que todo el mundo ha pasado por Alsa?). Y como azafatas estaban una rubia que estaba buena, una morena que estaba aún más buena y que se ligó el presentador y un negro cachas.

     Unos personajes que descubrimos en El Precio Justo era el de público profesional. Como siempre fallaban unos cuantos de los 150 concursantes previstos por día, llamaban a una gente –siempre los mismos, eran conocidos por la gente del programa y si uno se fijaba aunque los ponían en los sitios más inhóspitos del plató se les podía reconocer en la tele día tras día- que no optaban a concursar pero estaban allí haciendo bulto, aplaudiendo y demás, y por ello les pagaban. Incluso había una viejecita inglesa que o no sabía nada de español o estaba senil perdida. Probablemente las dos cosas, pero allí cumplía como una campeona. Una conversación oía al azar entre dos de estos profesionales: ¿cuándo acabemos vas a casa o nos quedamos hasta el programa de debata ese que empieza a las 11 y media?.

 

 

     Y ya que antes hablé de lo absurdo de algunas mecánicas de concurso, no me resisto a comentar –para acabar esta parte- una circunstancia que se daba en el concurso de Antena 3 de hace unos años “Alta Tensión”. Aparte de los 3 concursantes del plató que optaban a dinero y un cochecito, había una persona que concursaba desde casa con un panel especial y un modesto premio (un televisor o una lavadora o algo así). Pero la cuestión es que el programa era grabado, de modo que este supuesto concursante telefónico lo hacía por teléfono, sí, y viéndolo por televisión, pero en una habituación contigua al plató. Así, tenía que perder el día, hacer el viaje en avión y con frecuencia pasar noche en hotel para ganar (o no) el pequeño electrodoméstico (que por supuesto no costaba ni la cuarta parte de los gastos que ocasionaba el concursante que en teoría estaba llamando por teléfono desde casa). El por qué les dio por añadir esa prueba es algo que se me escapa. El presentador, Constantino Romero, probablemente divertido con lo absurdo de la situación, siempre comprometía a la pobre señora preguntándole desde dónde llamaba, qué tal tiempo estaba haciendo allí, etc.       

 

 

II. A la manera japonesa

En Buenos presagios (la divertida novela de Terry Pratchett y Neil Gaiman que es una mezcla de la Profecía con las novelas de Richmal Crompton solo que en lugar de Guillermo jugando a los contrabandistas aparece el Anticristo jugando a ser Charles Fort) uno de los personajes es un diablo que se confiesa responsable de la programación televisiva, mostrándose particularmente orgulloso de los concursos.

 

     En España se ha ido produciendo en los últimos años una progresiva niponización de los concursos de televisión. Por algún motivo especialmente en verano, y siempre siendo responsable Antena 3, se han puesto en marcha concursos de este tipo. Creo que fue hace un par de años cuando se emitió uno (no recuerdo su nombre, lo lamento) que era la más pura esencia de lo que en España se considera un concurso japonés: había que aguantar martirios físicos, vencer las más innatas fobias y comer guarrerías; aunque de algún modo a mí no resultaba tan repugnante como aquel otro de la misma cadena (sí, esa que inventó la figura del “Defensor del espectador”) que presentaba un Bertín Osborne al que se le veía en su salsa con muchos billetes en la mano y en el que los concursantes y el público en general le mendigaban para que le diera algo.

Si no me equivoco, la última aportación de Antena 3 a la galería de los concursos demenciales es El Show de los Records, en el que el premio consistía  en salir en un libro... lo cual parecería una insignificancia de premio pues todo el mundo sabe que es mucho más importante salir en televisión, lo cual constituye una recompensa en sí mismo. Pero es que hay que tener en cuenta que de lo que estamos hablando no es de un libro cualquiera (para eso ya salimos en la guía de teléfonos) sino de uno de los libros más prestigiosos, populares y vendidos año tras año, ese voluminoso catálogo de tontifreaks que es el Guiness.

Este concurso, el Show de los Records, consiguió uno de esos momentos que ya han pasado a la historia de la televisión. El protagonista fue un tipo con aspecto de brutote (bueno, qué esperaban) que pretendía alcanzar su momento de gloria levantando con una oreja el mayor peso que ningún humano había conseguido alzar ante notario. Desgraciadamente el buen hombre puede que no acudiera al programa con la debida preparación, o quizá los clásicos nervios del directo y la falta de concentración que provocan el público y las cámaras hicieron que sus fuerzas flaqueasen, pero la cuestión es que perdió una de sus orejas en el intento, pasando esta a glosar la lista de ilustres pabellones auriculares desprendidos de su correspondiente cabeza... la oreja de Van Gogh, la de Terciopelo Azul, la de Reservoir dogs y ahora la del show de los Records.

 

     Creo que la primera vez que vi uno de esos concursos de japoneses sufriendo fue cuando nos lo mostraba Mayra Gómez Kemp en el un, dos, tres diciéndonos en un tono que oscilaba entre la risa y el espanto hay que ver lo que hacen estos orientales, qué raritos que son. Obviamente no imaginaba a ningún españolito pasando por ahí, que eso era muy diferente a decir por 25 pesetas objetos que puedes encontrar en un cuarto de baño. Luego, en la primera temporada de Videos de primera Alfonso Arús confesaba sus preferencias por los videos de niños japoneses... presumo que porque eran visiblemente los más bestias, en los que los golpes y caídas parecían más peligrosamente cercanos a provocar lesiones irreversibles y en donde los padres resultaban sospechosamente poco diligentes a la hora de auxiliar y consolar a sus maltrechos hijos.

Luego la cosa se fue haciendo más popular, sobre todo cuando Tele 5 compró un concurso japonés de éxito (no muy diferente a estos que hacen ahora en verano en TVE enfrentando a pueblos, en realidad), pero no para hacer una versión en España ni para emitirlo doblado (como se hizo con otros concursos como el de los gladiadores americanos), sino para que uno o varios guionistas españoles escribieran cosas ingeniosas y divertidas sobre el concurso y los concursantes, con un par de comentaristas haciendo las veces de narradores y traductores ficticios. Bueno, Woody Allen intentó una cosa parecida y el resultado no fue lo que se dice brillante. Imagínense pues lo que era esto.

Aquí lo titularon “Humor Amarillo” (o humol amalillo)  En realidad el concurso se llamaba Takeshi´s Castle y el tal Takeshi que tenía el castillo no era otro que, sí, lo han adivinado, el ubicuo Takeshi Beat Kitano. Pero aquí se quedaban con eso del chino cudeiro (chiste privado que teníamos que aguantar los espectadores) y en fin, teniendo en cuenta el tipo de comentarios que se hacían en el programa no es muy aventurado suponer que tal vez el guionista español de humor amarillo acabara trabajando en selección de personal de los supermercados Sánchez Romero.

 

 

 

III. De Gran Hermano, O.T. y similares

 

Aunque en principio no era mi intención hablar de este tema, supongo que este artículo no estaría completo si no hiciera un comentario sobre los programas de moda de los últimos años, es decir, Gran Hermano y Operación Triunfo.

 

     Un año después de que se estrenara el show de Truman y  sobre todo esa estupidez titulada ED tv empezaron a proliferar este tipo de concursos. La idea era criticar la televisión basura pero al parecer lo único que lograron fue dar ideas.

 

     La traducción más ajustada para Big Brother es  Hermano Mayor, pero sin embargo en España en todas las ediciones que conozco del libro 1984 se hizo una traducción literal y no demasiado correcta, de ahí vino lo de Gran Hermano. Supongo que por eso fue más acertado titular así el concurso en España, pues todos estábamos ya familiarizados con eso tan inquietante de: El Gran Hermano Te Vigila.

 

     Aunque obviamente el título hacía referencia a la novela de Orwell a mí el programa siempre me recordó un cuento de Brian Aldiss titulado El Exterior, y que empieza con esta frase: Nunca salían de la casa.

En el cuento, tres hombres y tres mujeres viven encerrados en una casa, sintiéndose vagamente observados. De vez en cuando la despensa aparece por la mañana llena de alimentos y en ocasiones incluso aparece alguna novedad, como un piano para que aprendan a tocarlo o barajas para jugar a las cartas. Mientras, mantienen una vida rutinaria plagada de intrascendentes conversaciones banales que a lo más que pueden llegar es a alguna leve disputa por pequeñeces como la comida... les suena familiar, ¿verdad? No les cuento cómo acaba el relato por si lo quieren leer, pero ya imaginarán por dónde van los tiros.

     No me quiero extender mucho porque sobre este programa ya se ha escrito mucho en otras webs donde comentan las incidencias (?), les ponen motes a los concursantes y esas cosas. Pero sí voy a mencionar algunas cosas que me han llamado la atención, sobre todo del primer GH que fue el único que seguí con cierta regularidad.

     Sé que es una obviedad, pero como se sabe de las seis o siete chicas que participaron dos eran prostitutas (una ejercía tal oficio de manera ocasional y la otra como principal fuente de ingresos), y estoy convencido que ese no es el porcentaje de prostitutas que hay en este país. De modo que en las pruebas de casting había algo (ignoro qué) que ciertamente concedía ventaja a estas profesionales. O eso o simplemente querían que hubiera una o más putas en la casa para animar el cotarro. En cualquiera de los dos casos ese hacho dice mucho de las intenciones del programa. El resto de los concursantes pues eran otros estereotipos (ya hemos dicho que uno era el de la puta). Estaba el intelectual... un tipo que preparaba el MIR y tenía cara de pánfilo, y cuando este se fue de la casa entró el intelectual suplente, un chico que estudiaba arquitectura y parecía tan tonto como los demás solo que con perilla, gafas de pasta y diciendo ante cualquier situación que resultaba “kafkiano”; también estaba el bufón, un tipo gordo que había estado en Bosnia como soldado y que parecía sufrir severos trastornos mentales... este también acabó largándose de la casa por un motivo u otro y fue sustituido por un desaseado border line aún más gordo; y así con todos. Incluso uno de ellos llegó a decir que había estado en la cárcel por pedofilia, aunque según dijo luego había sido una broma. Encantador sentido del humor. 

 

De los otros tres Gran Hermano poco puedo decir porque no los vi. La norma es que fueran tediosos y que ganaran finalmente los personajes más grises. El de Pepe Navarro tuvo el interés de verlo aburrirse de meter la pata, pero vamos, poco puedo añadir. Lo siento, si tienen especial interés seguro que en la red encuentran información y opinión de sobra sobre el tema.

 

     Y en cuanto a Operación Triunfo pues qué quieren que les diga, que me alegro de que a esos chicos les vaya bien. Un concurso cuyo premio es algo tan kitsch como representar a España en el festival de Eurovisión tenía que resultarme simpático indefectiblemente. Y qué decir de la imagen de las amas de casa cincuentonas disfrutando de los conciertos con sus hijas, comportándose como quinceañeras histéricas. Las niñas se forran la carpeta con fotos de David Bisbal y Bustamante (no confundir con Julio, el cantautor levantino) y las madres se ponen en el monedero una foto de Tenorio. En fin, esto de crear estrellitas para vender discos antes se hacía con más pudor; ahora no se oculta nada y además se tiene más éxito. Son los tiempos que corren. La segunda edición está acabando y parece ser más de lo mismo... yo sinceramente apenas veo diferencia entre unos y otros, pero bueno, nuestro favorito de siempre ya saben quien es, Juan Camus. ¡Vamos, Juan, estamos contigo!

 

El primer programa pseudoclónico de OT, una cosa con actores que emitió fugazmente Antena 3 resultó un fracaso. Ya no sé para qué se molestan los de esta cadena, si siempre les pasa igual (como habrán notado ni he mencionado ese gran hermano en autobús que hicieron, pues no sé ni cómo iba aquello). Mi humilde sugerencia es que prueben a organizar un Operación Triunfo literario, con una docena de jóvenes con gafas aspirantes a escritores leyéndose poemas y la gente votando como locos con el móvil. Las galas semanales las podían hacer en cafés teatro y todas las semanas sacar un nuevo librito a la venta en kioscos y librerías. Aunque en este caso se agradecería que fueran poemas originales y no versiones. A no ser que la presentadora del concurso fuera Ana Rosa Quintana, claro. Tras el muy relativo éxito de confianza ciega, ahora apuestan por la isla de los famosos.

 En lugar de esperar que nos aprendamos los nombres y las peculiaridades de unos desconocidos, que quieran que no, supone cierto esfuerzo, nos lo dan ya hecho, concursando gente ya conocida aunque no pasen por horas altas –si no de qué se iban a meter en esos fregados-; además, siempre da más gusto ver sufrir a tipos guapos, con dinero y popularidad y básicamente ociosos que a anónimos pobres diablos como usted o como yo. Aquí también tenemos ya nuestra preferida, María José Besora. Aunque acaba de incorporarse al concurso esperamos mucho de ella .

 

     Y sobre Pop Stars, que se me olvidaba, lo único que puedo recordar ahora mismo es las minifaldas que le ponían a las niñas. No les ha ido particularmente bien ni a las ganadoras ni a las demas, ¿verdad? Espero que la cosa se arregle y triunfen, chicas al poder.

 

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