He descubierto
hace poco que uno de mis amigos es muy guaperas. Siempre ha tenido novia y
nunca me había planteado que su aspecto tuviera algo de particular. Sin
embargo, recientemente ha quedado desparejado y desde entonces ir de fiesta con
él es una experiencia curiosa, con todas esas chicas pretendiéndole. Cuando le
comento algo sobre su éxito, mi amigo –lo llamaremos, digamos, Javi- es
demasiado modesto como para mencionar cuan afortunadas resultan ser sus
facciones o de lo encantador que es. Solo me habla de su condición física. Javi
no es el típico cachas, pero está delgado y tiene cierto porte atlético.
-Es que con los años hay que ir cuidándose cada vez más –me dice-. Juego al fútbol tres días a la semana y los otros cuatro me voy a correr –para luego añadir con toda naturalidad-. Y hago trescientos abdominales al día.
Ante mis gestos de espanto e incredulidad,
apostilla:
-Hombre, en tres series de cien.
Entiéndanme. A mi ya me resulta agotadora
la idea de contar del uno al trescientos (o peor aún, por ser más monótono, del
uno al cien tres veces). En su momento me las ingenié para no salir de casa
durante los dos días que los ascensores de mi edificio estuvieron rotos. Tengo
básicamente dos posiciones: sentado y tumbado, y en ambas suelo estar comiendo.
Correr todos los días. Trescientos abdominales. Santo Cielo, pues claro que
prefiero estar gordo.
Para promocionar el deporte se suele utilizar la frase
“mente sana en cuerpo sano”, normalmente en latín (yo no soy tan osado, vaya).
En mi caso supongo que es justo lo contrario. Porque lo cierto es que se sigue
insistiendo en que practicar deporte es saludable, cuando es evidente que los
más entusiastas deportistas siempre están lesionados y con problemas físicos.
Por no hablar de las vidas que cuesta... cuando escribo este artículo está
reciente el fallecimiento del jugador de baloncesto Ernesto de la Torre,
jugador profesional de 20 años, perfectamente entrenado y bajo control médico
que cayó fulminado en mitad de un partido. Por supuesto, las bajas entre los
amateur son incontables. Sin embargo, se siguen haciendo campañas
institucionales en favor del deporte, este asesino que tantas vidas se lleva,
hasta el punto de ser asignatura obligatoria en el colegio. En lugar de
prevenir contra el deporte, se fomenta... en curioso contraste con la alarma
social que produce el ocasional fallecimiento de un joven tras haber tomado
pastillas (lo cual es casi anecdótico si tenemos en cuenta la enorme cantidad
de gente que consume con asiduidad y de manera irresponsable en la mayoría de
los casos estos fármacos cuya composición no está controlada y suele constituir
una incógnita).
Y si evito prudentemente los deportes, digamos, tradicionales, no hablemos de otros más arriesgados. Lo más parecido a un deporte de riesgo que practico es ponerme a cortar jamón cuando llegó de fiesta todo ciego.
Pero pese a mi rechazo al deporte, he de
confesar que como espectador sí me gusta
–al igual que cualquier otra actividad de ocio que se pueda practicar
sentado y tomando una cerveza-, y sigo más o menos a los equipos de los
diferentes deportes mayoritarios de mi ciudad.
Ir a un campo de fútbol resulta cuando menos poco
edificante. Yo personalmente disfruto en esa celebración del embrutecimiento
que supone ir a los partidos, pero aquí sí que deberían prohibirle la entrada a
los niños y no en los peep shows. Tanta gente va con sus hijos al estadio a
demostrarles lo descerebrados que pueden llegar a ser los adultos... no creo
que sea la mejor forma de educación. Aunque siempre será preferible al muy
detestable tenis; no porque sea monótono hasta la náusea y esté lleno de pijos
sino es que, vamos a ver, qué clase de deporte es ese en el que no se puede ni
decir hijoputa al árbitro, en el que en general hay que estarse calladito.
En las gradas de los pabellones de
baloncesto suele encontrar uno cierto término medio entre el fútbol y el tenis,
y personalmente es donde me siento más cómodo. Pero lo que realmente me gusta
del baloncesto es que es un deporte para freaks. El chico larguiducho o
acromegálico del que en principio todos se burlarían y sería socialmente
marginado puede lucir con orgullo su anomalía viéndose reflejado en las
estrellas de este deporte. Personas de estatura grotesca que sin el basket lo
habrían tenido difícil para llevar una vida profesional o personal cercana a la
normalidad, se hacen ricos y son muy admirados. No hay mejor forma de
integración para los grotescamente altos, del mismo modo que los grotescamente
gordos se pueden convertir en héroes populares en Japón.
La mejor película que jamás se ha hecho
sobre baloncesto (Teenwolf, con Michael J. Fox) es un perfecto ejemplo de lo que digo. El protagonista, Scotty, cuando
es una persona normal es un jugador pésimo, pero cuando se convierte en un
monstruo (hombre lobo en este caso en particular) no solo a nadie le sorprende
demasiado verlo en la cancha sino que se convierte en una estrella.
Así pues, deberían promocionarse nuevos deportes en los que
supusiera una importante ventaja ser feo, prematuramente calvo, extremadamente
tímido o enfermo de vitíligo. Yo, con mi eterna aspiración de convertirme en
benefactor de la humanidad estoy desarrollando varios deportes en esa línea, de
los que ya hablaré en su momento, cuando los tenga registrados. De modo que este artículo... continuará.