Rutina por Goio
Uno sabe que las cosas son ciertas porque nadie le dice que son verdad.
Vamos, que lo cierto de cada hecho estriba en la indescifrable capacidad de
falsedad que todo conlleva hasta que no se demuestra lo contrario. O lo que es
lo mismo, que los marcianos no son verdes por ser marcianos, sino que lo son
porque naranjas serian horribles, mas nadie puede confirmar que no sean
púrpuras. Bueno, si, los bakaladeiros de mierda. Pero esos todo lo ven púrpura.
Ellos sabrán...
El caso es que la vida transcurre en un devenir de relatos
cuestionables. Desde el mismo nacimiento, todo es relativo, y mas con el paso
de los años, que todo lo férreo se vuelve mas odioso y aburrido. Y en esas
estamos, todos, pobrecillos, cuales presas del tedio, al acecho del reloj, que
si acaso no marcara nuestras vidas si se encargaría de motivar, como motiva,
las de aquellos que nos rodean. Despertarse, comer, echarse la siesta... La
rutina, en fin, pero elevada al cubo, penoso cúmulo de clichés avejentados que
requiere, ya mismo, una visión objetiva que nos ayude a liberarnos de la ardua
tarea de cumplir con lo establecido.
Y es que la rutina no es solo de horario, sino de pensamiento. Porque
todo empieza por ahí, claro, por el pensamiento. Y es normal, claro, pues el
pensamiento rutinario es cómodo, cálido, bienintencionado y gloriosamente
celebrado. Y volvemos a los marcianos, que no son un icono gay sabe dios por
que... Bueno, si, vale, para los bakaladeiros de mierda si que lo son...
La rutina encuentra su extremo en el conflicto, en la contraposición de
lo incorrecto, que pasa por ser la representación de lo contrario, el choque
directo de lo incierto contra lo asumido. Por ejemplo, una historia.
Cualquiera, no digo que me vaya a poner yo ahora a contar historias. Pero a lo
que iba, se coge una historia, y se cuenta al revés. ¿Qué queda? Efectivamente,
una historia contada al revés. Esto, por desgracia, ya casi podría considerarse
como rutina, pero no, aun existen ciertos márgenes de duda, que marcan la fina barrera
que separa lo mayoritario de lo... De lo nada, claro, porque si hay quien lo
asimila como posible, no deja de ser rutinario.
Antitesis de rutina hay pocas. O mas bien ninguna, porque la rutina
conlleva la excelsa normalidad, y requiere para ello la mas aburrida de los
convencionalismos en que se convierte el pensamiento paralelo. Y es que
el pensamiento paralelo se da siempre que dos personas comparten perversiones,
por mas que sean dos en todo el mundo y miles de kilómetros los separen. Son
dos, y ya es suficiente. Se comprenden y se asimilan, se reconocen, y no seria
rara, pues, la extravagancia de uno para/con el otro.
Por supuesto, la rutina no es universal. Esta fragmentada, dividida, y
no tiene porque ser comprensible a los ojos de los demás. Un claro ejemplo es
el del tiempo, las horas, que, bien es sabido, no coinciden a nivel mundial,
aunque lo mismo son las 5 de la tarde aquí que en la Conchinchina (eso existía
más allá del dicho, ¿no?). Pero, claro, a uno lo despiertan después de 5 horas
de viaje y le dicen que vuelve a ser primera hora de la mañana..., y ajo y
agua, porque se asume una nueva rutina, y tan contentos. O de nuevo el caso de
los marcianos, que siempre han sido verdes, pero que nos los vende púrpuras y
los aceptamos, porque son mas simpáticos gracias al mal gusto de los
bakaladeiros de mierda...
Hay que plantearse, entonces, si es realmente necesaria la rutina. Y si,
lo es, pero no imprescindible. Porque necesario e imprescindible no es lo
mismo, aunque a veces vayan cogidos de la mano. La necesidad de compartir
siempre es relativa, y no hay porque coincidir con el entorno de cada uno. Al
contrario, una cierta diferencia siempre es grata, pero quien pasa por
excentrico en el barrio en que vivimos sigue compartiendo una serie de normas,
pues el sol sale por la mañana y se pone por la noche, lo que implica, de forma
necesaria, la existencia de una rutina compartida, que nos une como hermanos en
este mundo de Dios en que nos encontramos. Y es posible salvar este escollo?
Si, claro, con el pensamiento vertical, prescindiendo de la realidad y
olvidándonos de la existencia de la gravedad; asumiendo con gracia y regocijo
el concepto ultimo de los cínicos, esa máxima no escrita de que cada cual haga
lo que le de la gana. Algo imposible, claro, solo al alcance de desviados y
toxicómanos adinerados.
En definitiva, el reloj sigue marcando las horas, y poco podemos hacer.
Más allá de una concepción primigenia del termino, procuremos desviar la mirada
al tedio de lo cotidiano, que se suele traducir en trabajos aburridos, estudios
poco gratos o desempleo coñazo. Mejor olvidarse de la existencia de realidades
paralelas y unipersonales, y abandonarse al placer de pervertir lo conocido,
que al final no es sino la ultima oportunidad de mofarse de las ataduras de la
realidad con una cierta tranquilidad. Aunque, eso si, los marcianos seguirán
siendo verdes, a pesar de los bakaladeiros de mierda..., y estos últimos
seguirán siendo unos mierdas, por mas que decirlo sea una rutina.