Corinne
Antonio Galindo
Aquel
extraño DNI llevaba días dando tumbos por la redacción, si no semanas, flotando
sobre otros papeles, de un montón a otro, en una mesa normalmente desocupada.
Por el tamaño y otros detalles no podía ser un documento español. Si uno se
fijaba (casi nadie lo hacía) sobre fondo verde llevaba las letras “Rèpublique
Francaise. Carte Nationale d´Identitè”. Corinne Berthier cumple este año los
37, no sabría decir cuándo : ¿en Francia tienen también esa costumbre anglosajona?,
quiero decir, ¿nació el seis de diciembre o el doce de junio? Nada llamaba la
atención en su cara, no sabría decir si era guapa o fea: ojos algo rasgados, de
un color claro indefinido, pelo castaño y nariz alargada y más bien aguileña,
como obedeciendo a un modelo inequívocamente francés.
¿Qué
habría llevado ese DNI extranjero hasta aquí?, nos preguntábamos la mayoría.O
quizá sólo me lo preguntaba yo, quizá sólo yo me preguntaba qué habría llevado
a Corinne Berthier hasta aquí. No solemos entrevistar a ciudadanos extranjeros
anónimos, que es lo primero que me parecía aquella habitante del primer
distrito de París, de metro setenta de estatura, de la que no se mencionan su
profesión ni su estado civil, siguiendo esa Directiva de Bruselas, aséptica y políticamente
correcta.
Mis
compañeros y yo echábamos algún vistazo de pasada al documento, siempre sin
cogerlo, sólo viendo el anverso, cuando nos sentábamos no más de diez segundos
ante esa mesa de nadie, cuando ningún otro papel lo tapaba. El anverso mostraba la firma: no soy grafólogo, pero diría que no denotaba
ningún rasgo especial de la personalidad, era una firma muy normal,... como hay
pocas, si uno se para a pensarlo. ¿Quién sería esa francesa? Un compañero
comentó que quizá sería interesante hacer un reportaje con el tema, como hace
meses, respondí yo, un reportero de guerras volvió a buscar otra vez a la niña
afgana de ojos salvajes de hace 17 años. Con la misma indiferencia que me
parecía que Corinne miraba a la cámara, con una indiferencia que podía ser
desesperanza, pasaron pocos días hasta que una noticia de agencia hablaba de
una turista francesa. De entre 35 y 40 años, desaparecida en la costa
levantina, se supone que había sido asesinada, lo cual sólo sería cuestión de
semanas el que se confirmase, tras el correspondiente hallazgo.
Esa
podía ser Corinne, se me ocurrió después de varias horas, cuando el DNI volvió
a asomar debajo de algunos folios, sin que nadie lo buscase, sin que a nadie se
le ocurriese relacionar. Pobre chica, si es verdad que era ella. Ese fue el
segundo pensamiento que tuvimos mi compañero de redacción y yo. El primero era
que el reportaje había adquirido un repentino interés y que había que hacer
algo. El DNI de Corinne Berthier seguía girando sobre la mesa de nadie. Sólo
faltaban unos minutos para que entrase por el fax una foto de la chica
desaparecida, pero teníamos la convicción de que iba a ser ella. El fax estaba
a punto de empezar a funcionar, y eché otro vistazo al DNI de aquella pobre
desgraciada, y me sentía culpable mientras me frotaba las manos. Por encima de
la firma de Corinne había un detalle que no había observado: una palabra
estampada con una especie de sello : “specimen”, que equivale al español
“facsímil”. Maldición, pensé, con una mezcla de alivio y culpa. Me fijé mejor
en la foto: el que había pegado el cabello sobre el rostro, compuesto a su vez
de rasgos de varias personas, había dejado a Corinne sin oreja izquierda,
tendría que haberme fijado mejor en vez de preocuparme tanto. El reverso, que ni
siquiera yo me había molestado en mirar, no era más que un trozo de cartulina
blanca, sin plastificar. A veces uno prefiere el misterio antes que el absurdo.
Corinne era tan culpable como los otros de los que se suelen hacer
retratos-robot. Y se confirmó: Corinne Berthier ya no estaba viva.