Freud en Almíbar, una novela por entregas (II)    por Froda.

                              

                                                                   (si no ha leído el primer capítulo pinche aquí)

 

 

 

 

 Mi hermana Inés:

           Vive en otro mundo. Ya sé que suena muy típico, como una frase hecha por los mayores, pero es que en este caso es verdad. Ella es feliz. Vive en la felicidad plena, porque a pesar de las penas que acogen a los mayores al perder la felicidad, nosotros los pequeños sabemos que la FELICIDAD no es infinita, pero se puede vivir de forma plena como la vive Inés.

        Es una gran dramaturga, consigue el estado de felicidad plena tan fácilmente como el estado de tristeza. Pero por eso nos caracterizamos los niños, por nuestra volatilidad. Sin embargo a los mayores les cuesta más pensar que van a llegar a ser tan felices como aquella vez... siempre hay alguien que te va a contar lo bien que se lo pasó en aquella relación, o lo bien que se sentía antes... pero no es así, es si en realidad escribieran un diario, verían que aquel viaje a Elbsandsteingebirge no fue tan bonito como reflejan las fotos a las que miras con añoranza, sino que en realidad te comieron los mosquitos y tuviste que arrancarte las garrapatas de tus pliegues más íntimos; ni tu relación con tu antiguo novio era tan buena y tan idílica como recuerdas. A nosotros nos cuesta menos entender la finitud de las cosas, sobre todo si has ido a un colegio religioso estricto.

 

Y es que el amor atonta, sino que se lo digan a mi hermana Inés que vive creyéndose la princesa encarcelada en su torre que espera a su príncipe azul (o blanco, qué más da) y cuando éste llega lo abraza amorosamente y hacen monadas.

 

Ella es tan dramática que a veces me revienta, porque por el mero hecho de faltarle la goma de borrar para el día siguiente, le supone una catástrofe por la que se derrumba y le desbordan lágrimas y lágrimas por las que se ha ganado el mote de dramática a pulso.

Menos mal que Sole le ayuda con los deberes y le da un empujoncito de autoestima, que siempre le hace falta. El otro día Inés, como siempre, se hacía la víctima y afirmaba que el examen de CONO (lo que para mi madre era Ciencias sociales y naturales) le iba a salir muy mal (típica estrategia que ponen los niños cuando quieren que les den la razón, te lo presentan como negación y tu afirmas cual borrego sin darte cuenta) pero Sole le dijo que no, que le había tomado la lección y se la sabía muy bien, lo iba a hacer bien, sin embargo ella asintía con esa cara de cordero degollao.

Aparte de aprender el mundo de Inés vamos a hacer un repaso de las estrategias que usábamos de pequeños y que ahora tenemos olvidadas.

Así se ve el mundo por los ojos color tierra de Inés, mucho más divertido que mi mundo, claro, ella no es la hermana mayor de tres mocos, ni tiene que ser la primera en intentar alargar las horas de calle de las salidas de las tardes con las amigas, o la primera en anunciar que le ha venido la regla... o la primera que ha de invitar al novio de turno a las reuniones del abuelo octogenario que tienen un gran significado de amor y unión familiar.

 

No sabía que su sentimiento de culpa era tan grande, no sabía que el accidente la había trastornado tanto. Ella le contó a Sole, que esa noche nos cuidaba y vio que Inés lloraba dramáticamente en su cama, que tenía miedo de Antonio (ahora lo llama así, desde el accidente no lo llama papá) porque es bajito y feo y no sé dónde había leído que los hombres bajitos están acomplejados, esto significa que actúan de forma sesgada por este COMPLEJO (sentimiento que te fuerza de forma inconsciente a realizar actos repulsivos contra otras personas). Así que la teoría de que los bajitos tienen que imponer su voluntad sino en casa, en el trabajo y viceversa, podría explicar muchos eventos en la historia de la humanidad. No sólo podríamos explicar el comportamiento de los varios dictadores (hecho que hizo cambiar el mundo occidental en forma de II Guerra Mundial –factor intensidad-), sino la actitud de numerosos jefes gruñones bajitos que no paran de detenerse en minucias del servicio, siendo éstas (como su nombre indica) irrelevantes, en vez de proponerse una incentivación tanto de los médicos adjuntos, como de los residentes y estudiantes.

 

Desde que buscó en el diccionario la palabra complejo, lo entendió todo. Como Nana decía, nunca te fíes de los bajitos.

 

Ella es la culpable, afirmaba, si no hubiera hecho rabiar a Marina en el coche, papá no habría chillado, ni habría acelerado tanto como para salirse de la curva, justo lo contrario de lo que ocurrió, nos salimos de la curva y el coche dio varias vueltas de campana, pero gracias a la inercia, la fuerza de dirección contraria al vector velocidad, que nos mantuvo pegadas al sillón del coche, a nosotras las niñas no nos pasó nada. La columna de papá se chafó porque el coche cayó boca abajo y se dio un golpe en la cabeza contra el suelo. Creíamos que se quedaría tetrapléjico, luego parapléjico... y por fin sólo se ha quedado cojo, lo cual es un mal menor, pero sigue siendo un factor aditivo y paralelo al ser bajito, esto es: aumenta sus COMPLEJOS.

 

Así que este sentimiento de culpabilidad es responsable de que Inés no se queje de nada delante de Antonio, aguante como la mejor sus bromas pesadas, sus regañinas, sus castigos y lo seguirá siendo como no cambiemos el mundo a base de educar a nuestros bajitos. No puede ser así, ese sesgo ha de desaparecer para que las familias, hijos, hijas, mujeres, ayudantes, adjuntos, residentes o estudiantes a su cargo, trabajadores que estén por debajo de ellos, no se les encoja el corazón al ver venir una silueta no más alta de metro sesenta y pico por el pasillo.

 

Es el sentimiento de culpa que aplana la maravillosa personalidad de mi hermana Inés, el que me ha llevado a escribir este episodio, es el culpable de poner en duda la idea que yo tenía en contra de la idea que tienen los mayores, y es que: “La felicidad puede ser arrebatada incluso de aquellas personas que genéticamente están predispuestas genéticamente a ser felices”, como es el caso de Inés, yo ya sé que no soy así, pero el mundo visto por los ojos de Inés es maravilloso y no voy a dejar que un cojo bajito le arrebate esa visión tan idílica a mi hermana pequeña y nos prive a los demás de la satisfacción poder leer sus cuentos o de tener la cara sonriente de Inés con el brillo de sus ojos color tierra navegando por los cuentos de hadas en los que ella vive y se desarrolla.

 

 

CONTINUARÁ... aquí

 

 

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