II


VERÓNICA
La Leyenda de la piscina

 

"Deseando que tanto tú como los tuyos os halléis perfectamente, paso sin más preámbulos a relatarte esta sorprendente historia que, seguro estoy, tú habrás de saber emplear con mayor fortuna de lo que yo lo hice.
Te informaré de que, desde hace ya varios años, pasamos los veranos en un cámping cercano a Madrid. Ya sabes, un establecimiento de esos con sus caravanas, remolques y tiendas de campaña. Una manera nueva, si quieres, de tener una segunda residencia; más modesta que un chalet, pero mucho más divertida.
¿Cómo y cuándo empezó todo? Difícil sería precisarlo... Tan sólo recuerdo que una noche, tras una de las habituales francachelas en el bar, subíamos la pedregosa cuesta y, al pasar frente de la piscina, se me ocurrió decir:
- ¡Anda que si ahora se nos apareciera Verónica!
- ¿Quién es Verónica? - preguntó una de las mujeres.
- Verónica... Pues, ¡Verónica! - contestó José Vicente, que iba bastante cargado de alcohol. Y añadió: - ¡La chica de la piscina!
La oscuridad de la noche nos envolvía hermética, apenas si desvelada a lo lejos por las tenues luces de emergencia de los pabellones de los servicios. A nuestra derecha, los avances de las caravanas aparcadas dibujaban extrañas y singulares formas, como pequeñas casitas ubicadas por un travieso duendecillo en su afán de construir una ciudad con sus carritos de juguete. Y le había salido torcida.
A la izquierda, los chopos recién plantados, minúsculas sus ramas y frágiles sus troncos de débiles arbolillos, parecían alzarse hacia el cielo, umbrosos y gigantescos, como lo habrían de hacer al cabo de los años.
Aunque estábamos muy juntos, apenas si vislumbrábamos algo más que nuestros perfiles. La Luna se había ocultado detrás de unas muy negras y espesas nubes, precursoras de las cercanas lluvias del otoño. No hacía demasiado frío y aún menos con nuestros estómagos atiborrados de una pesada mezcla de vinos y licores consumidos en exceso.
Pero, de súbito, a todos nos recorrió un repeluzno húmedo y helado que nos dejó la carne de gallina...
Nuestras miradas se dirigieron, una tras otra, lentamente, hacia las aguas de la piscina que, más que verse, se adivinaban por su negrura.
- Sí. Ahí se ahogó hace un año... - insistió, terca, la voz ebria de José Vicente - ¡Ahí, en el centro!
- ¡Tonterías! - exclamó otro del grupo - Yo fui el primero en venir a este cámping, antes de que se abriera la piscina, y nadie se ha ahogado en ella nunca.
- Entonces, ¿por qué siempre se habla de Verónica? Algo de verdad habrá en ello, digo yo... - aseguró un tercero.
- ¡Siempre os estáis haciendo los graciosos con la misma historia! - protestó la mujer de José Vicente - ¡Parece que tuvierais ganas de que fuera verdad!
- Y verdad pudo ser - aseguré - Imaginad que hubiera ocurrido en los primeros días de la apertura del cámping. Todo nuevo, todo preparado para recibir clientes, sin un duro en las arcas, sin permiso oficial para abrir la piscina... Y ¡zas!, de repente se les ahoga una chica. ¿Os imagináis lo que hubiera ocurrido? La ruina...
- Por ello, precisamente, ocultaron el hecho, claro está...
- Pero yo estuve, como he dicho, desde el principio - insistió Alberto - y no me enteré. ¡Tenía que haberlo sabido!
- ¿Tú de que te vas a enterar? ¡Si siempre estás como ahora, borracho! - aseguró, riendo entre hipidos, José Vicente.
- ¿Yo borracho? Y tú, ¿qué?
- Verónica se ahogó durante la noche - aseguré yo, interrumpiendo la discusión - Había Luna llena y la muchacha, con sus dos amigos, saltó la valla y, aprovechándose de la claridad, se metió en el agua. De repente, la Luna quedó oculta por las nubes, cuando ella estaba sumergida. La oscuridad la envolvió y no supo dónde estaban el arriba y el abajo, la superficie y la profundidad. Al querer subir, lo que hizo fue descender... Perdió el control, se asustó y, tal vez, el corazón le jugó una mala pasada. Sus amigos, que estaban al otro extremo de la piscina, la perdieron de vista y, cuando la claridad volvió a iluminar las tranquilas aguas, ya no volvieron a verla. Estuvieron buceando largo rato, pero nada encontraron...
- ¿Cómo sabes todo eso? - preguntó mi esposa.
- Bien pudo ser así - sonreí - Los dos chicos, asustados, corrieron en busca de ayuda. Acudieron los dueños del cámping, buscaron, dragaron y hasta, incluso, al siguiente día, vaciaron la piscina. Pero el cuerpo no apareció en la pileta de la misma.
- ¿Qué pasó? ¿Se había ido por el sumidero?
- No seas absurdo, Alberto. Por el sumidero no hubiera cabido. Simplemente... no estaba.
- ¡Es cierto que, a los pocos días de estar yo aquí, cerraron la piscina y la vaciaron, alegando que le ocurría algo al agua, que si unos gérmenes! - aseguró - Pero, entonces, ¿dónde estaba Verónica?
- ¿Dónde iba a estar? ¡Ahí! - señaló José Vicente.
Sobre las tranquilas aguas, solamente agitadas por una leve ráfaga de aire, vimos flotar una cosa blanca...
Las mujeres gritaron y se asieron a sus maridos. Incluso, yo, no pude evitar un escalofrío. Pero me rehice.
- Cariño - dije a mi mujer - a ver si dices a tus hijos que no dejen las toallas en la piscina, que luego se caen al agua y... ¡mira!
Cogí una piedra, la lancé y, efectivamente, por la blandura del golpe del guijarro contra la felpa, todos comprendieron que se trataba de la mencionada prenda que estaba a medio sumergir entre las aguas.
- ¡La madre. ! ¡Qué susto! ¡Bien que nos has sabido meter el miedo en el cuerpo!
- No hay por qué - aseguré - Únicamente se la ve si se desea verla. Por eso, vosotros habéis creído que una toalla olvidada por un niño y caída al agua por Dios sabe cuales razones, se convertía en vuestras mentes en una aparición. Y vuestros ojos también la han visto, no solamente vuestro cerebro...
El incidente de la piedra había aliviado un poco la atmósfera de inquietud. Por ello, Pilar, la mujer de Alberto, preguntó:
- Sigue, ¿qué pasó después?
- Pues... sencillo y trágico, a la vez. A la otra tarde, sus dos amigos, italianos también, tomaron el coche para acercarse al pueblo y denunciar la desaparición de la chica, ya que los del cámping no lo habían hecho ni estaban por la labor de hacerlo... Sería el miedo que llevaban o serían las tres o cuatro copas que se tomaron para animarse... El hecho cierto es que, al llegar al cruce, no se detuvieron ante el STOP. Venía un camión y... Nada se pudo hacer por ellos, murieron en el acto. La Guardia Civil levantó el correspondiente atestado y se comprobó su estancia en estas instalaciones. Se supuso que iban hacia Madrid, de juerga, ya que la autopsia demostró que habían bebido más de la cuenta. Se retiraron sus efectos, entre ellos la tienda de campaña donde dormían y en la cual se hallaron prendas de mujer, a lo que Espinosa, el director, respondió que podían corresponder a una muchacha llamada Verónica Rossi, natural de Milán, como los chicos, y cuyo pasaporte tenía en Recepción pero que se había ausentado el día anterior y no había vuelto. Se estuvo esperando su retorno durante algún tiempo y, al final, la Policía pensó que habría regresado a su país por otros medios...
- Entonces..., ¿el pasaporte existe?
- Sí, claro que existe. Y si quieres verlo, pídeselo mañana a Espinosa. Pero te advierto que se enfadará, ya que él sabe que la muchacha no viajó a Italia, sino que se quedó ahí, en el fondo de la piscina.
- Y, cuando ésta se vacía en invierno, ¿cómo es que no aparece? - insistió Alberto.
- Al igual que antes hemos creído ver lo que no había... ¿no puede ser que, a veces, no veamos lo que sí hay? - respondí.
- ¡Bah, todo eso son historias. ! Historias de aparecidos, consejas de iluminados... ¡En mi caravana tengo whisky! ¿A quién le apetece?
Un grito de júbilo rasgó el silencio nocturno y la pandilla de alegres bebedores reanudó su camino. Llegamos al avance de Tomás, el que nos había invitado, y nos acomodamos en las sillas de lona.
Éramos cinco matrimonios con edades que oscilaban entre mis cuarenta años y los treinta de José Vicente y su esposa. Todos éramos alegres, sobre todo después de unas copas de licor. Demasiado alegres a veces...
- Pues, a mí - aseguró el anfitrión después de haberse metido entre pecho y espalda un buen trago, sin hielo ni agua, a pelo como él decía - esa historia me ha impresionado, para qué voy a negarlo. Pero, ¿existe algún fundamento o es un invento del personal?
José Vicente se reía.
- ¡Sí, sí, invento! ¡Vamos, díselo! - me animó.
- Cuando yo llegué, que fue poco después que Alberto, ya todo había sucedido. Como él mismo nos ha dicho, nadie se había enterado de nada. Pero aquel primer invierno, cuando veníamos los sábados, a veces sin querer y otras queriendo, se empezó a hablar por las noches, cuando nos refugiábamos del frío, como ahora... Se empezó a hablar, insisto, sobre el tema. Hasta se dio el caso de uno que aseguró haberla visto una noche. Pero cierto, de verdad. No como nosotros antes, cuando la toalla... Aquel hombre era Policía Municipal, compañero de esos otros que hay en la parte de arriba del cámping.
Guardé un instante de silencio mientras apuraba mi copa, la cual me fue rápidamente repuesta por Tomás, ansioso de oír cuanto les contaba.
- Una noche tenía que ir a prestar un servicio a deshora y, para no despertar a nadie, dejó el coche en el aparcamiento de la entrada. Cuando todavía las sombras cubrían el camino, bajó andando para irse y, al parecer, la claridad de una pálida Luna se abrió paso entre las nubes. Algo creyó ver. Se subió al coche, encendió los faros y alumbró con ellos hacia la piscina: saliendo del agua, subiendo por la escalerilla, vio a una chica desnuda. La muchacha, al verle, le miró y, sonriendo, se llevó un dedo a los labios, como rogándole silencio, que no lo dijera a nadie. Después salió y, atravesando la verja del recinto, a su través digo, sin saltarla, marchó por el campo, flotando sus pies sobre la pradera, ligera como el viento. Y se perdió en la noche.
- ¿Dónde está ese tipo? ¡Quiero que me lo cuente!
- Imposible - afirmé.
- ¿Por qué? - preguntó Tomás.
- Al otro día lo comentó con sus compañeros y todos se quedaron muy extrañados. Decidieron ponerlo en conocimiento de la Dirección del cámping, pero después se les olvidó a sus amigos debido a lo que sucedió.
- ¿Y qué ocurrió?
- Oye, Tomás, enciende la estufa - solicitó su mujer - Empieza a hacer frío...
- ¡Frío! ¿No será miedo?
Todos se sonrieron, en una risilla de labios para afuera. Y bebieron más whisky.
- ¡Que qué pasó, te he dicho!
- Esa mañana hubo un atraco en Alcorcón y nuestro vecino se vio envuelto en un tiroteo. Tuvo mala suerte. Dos balas le atravesaron el corazón.
- ¡Qué bestias!
- Entre los atracadores había una mujer joven, morena, que - según los testigos - fue quién, precisamente, efectuó los disparos sobre el guardia...
- ¡Verónica! - exclamó José Vicente.
- ¡Calla, chalado! Sigue - rogó Alberto.
- La policía pudo detener a todos los delincuentes excepto a la mujer en cuestión. Parecía que se la hubiera tragado la tierra. Lo curioso del caso es que las balas que mataron a nuestro hombre no procedían de las armas de los detenidos. Y estos aseguraron que con ellos no iba ninguna muchacha. No se les pudo obligar a delatar a su desconocida compañera. ¡Y aquí se acaba la historia!
Otra vez una sombra de inquietud se había cernido sobre los presentes en el interior del avance.
- Pero... ¿crees, de veras, que ella pudo volver, trasladarse a aquel sitio y acabar con la vida del desdichado?
- Desde el momento en que le había rogado discreción y él no le hizo caso... - vacilé.
- Eso sería como... una conspiración del silencio - aseguró Tomás- Una aparecida que no desea que se conozca su presencia y que castiga a quien la proclama. Todo lo contrario de la chica de la carretera...
- Eso es - confirmé.
- ¿Qué es eso de la chica de la carretera? - preguntó una mujer.
- ¡Tonterías! Esos que dicen que en cierto lugar se encuentran una chavala haciendo autostop. Paran, la suben y, cuando van a llegar a una curva, la chica les dice: - Tenga cuidado, en esta curva me maté yo - ¡Y luego no hay nadie al lado del conductor!
- ¡Pero eso lo he leído yo en varias revistas! - aseguró mi esposa.
- Sí, se ha repetido en diversos lugares, en distintos años. Puede ser o no ser cierto, pero el hecho está ahí... Sin embargo, Verónica es todo lo contrario. Ella desea que nadie conozca su existencia o, al menos, que nadie la difunda.
- Y tú, ¿cómo lo sabes? - me preguntó Tomás - ¿Es que la has visto?
Sonreí, quizás con una mueca demasiado triste para llamarla sonrisa. Apuré mi vaso y le contesté:
- ¿Tú crees que, después de lo que les pasó al guardia y al carnicero, te iba a confesar que la había visto? Estaré un poco loco, ya sé que lo pensáis. También que bebo demasiado... Pero aún tengo la cabeza sobre los hombros. ¡Y quiero conservarla!
- ¿Qué le pasó al carnicero? - preguntó José Vicente - ¿Quién era?
- Uno que estaba acampado detrás mío - explicó Alberto - Se fueron el verano pasado a un cámping de la costa y, estando allí, se les incendió la cocina de gas, nadie sabe cómo. Murieron todos abrasados. ¡Fue horrible!
- Sí - dije - Y todo después de explicar en el bar de aquel cámping, a voces, que había visto a Verónica. Por cierto, que entre la gente que acudió a intentar apagar el fuego se encontraba...
- ¡No sigas! - me interrumpió Tomás - ¡Una chica morena!
- No - le expliqué, riendo - ¡No seas tan crédulo! Se encontraba Paco, el de ahí arriba, que había coincidido también en aquel sitio y que, claro está, era el único de los que allí había que podía conocer la historia de Verónica y de qué cámping hablaba el carnicero. Los demás, todos de otras partes, no le hubieran dado importancia a los cuentos de un borracho...
- ¡Y por eso, Verónica le mató! - exclamó José Vicente.
- Tal vez. Tú lo has dicho. Y, por favor, no me atribuyas ideas que no son mías.
- Así que... si algún día la vemos, lo mejor es callarnos - pensó en voz alta la esposa de Tomás.
- Al menos, sería lo más prudente. Que sea un secreto a voces pero que nadie, siquiera, lo susurre.
- ¿Y por qué ocurrirá así? ¿No será casualidad?
- ¡Puede ser! - afirmó José Vicente - Pero yo, por si las moscas, no lo diría ni aún estando borracho... y, señores, ¡la botella se acabó, es muy tarde y yo estoy que me caigo de cansancio!
- ¿De cansancio o de la melopea que llevas encima? - le reprochó su mujer.
- Bueno, pues que sea de lo que quieras. ¡Pero me voy a acostar!
Y se levantó, tambaleándose, dirigiéndose a la puerta. Todos, con más o menos ganas, fuimos también dejando nuestros asientos.
José Vicente había abierto las cremalleras de la puerta y se había asomado al exterior. La noche se había tornado muy fría y el contraste con el calorcillo del interior era intenso. Sobre la limpia atmósfera del campo, majestuosa, brillaba pálida y lechosa una hermosa Luna que había surgido de entre las nubes.
De repente escuchamos un grito que nos dejó helados.
- ¡Mirad! ¡Mirad! ¡Allí, en la piscina! Y me mira... ¡Es Verónica! ¡La he visto!
Y José Vicente, después de dar estos gritos, rodó por el suelo, como un muñeco de trapo al que le fallan los hilos. Quedó tendido en el césped, boca abajo, con la mano derecha extendida y su dedo índice señalando la piscina.
Todos corrieron a su lado. Yo llegué el último. Antes de mirarle, dirigí la vista hacia el lugar que señalaba el desdichado.
- ¡Está muerto! - gritó Tomás. E intentó sostener a la esposa del infeliz, que había caído junto a él, abrazándole y sollozando.
- Sí, está muerto - aseguré, sin tan siquiera haberme agachado a comprobarlo.
Al día siguiente, después de que el Juez levantara el cadáver y le practicaran la autopsia, conocimos el diagnóstico: congestión cerebral por intoxicación etílica en grado superlativo y cambio brusco de temperatura, fallo cardíaco, etc...
Pero ninguno de los que estábamos aquella noche en aquel sitio tuvimos la menor duda. Y yo, menos que nadie.
Nuestro amigo había cometido excesos, uno tras otro. Quizás su salud no fuera buena, pero todos estábamos seguros de que al pobre José Vicente le había asesinado la doncella de la piscina: Verónica.
Bien convencido estuve de ello cuando, transcurrido casi un mes de los hechos, volvimos al cámping. Ya parecía que todo se había olvidado y que la vida continuaba como siempre. Nuestros amigos nos recibieron cordialmente y ninguno hizo alusión a lo pasado.
Aquella noche, cuando todos dormían, quedé en mi soledad, fumando un cigarrillo. No podía dormir y tampoco deseaba hacerlo.
Arrastrado por Dios sabe qué pensamientos, eché a caminar y salí de mi parcela. Mis pasos, inconscientes quizás, me llevaron por la cuesta abajo, camino de la piscina. La Luna lucía nuevamente en el cielo limpio, esplendorosamente pálida y brillante.
Estaba seguro de que iba al encuentro del misterio y de la fantasía, pero todavía quería dudar y no pensar en ello.
Me detuve al borde de la verja. Cerré los ojos. Recité una especie de verso, soñé... Y cuando mis párpados se abrieron lenta, mágicamente, allí estaba, como yo había esperado... Su cuerpo desnudo bañado en plata, su pelo largo tremolando al suave viento de la noche y su dedo, besado por los labios, rogando que callara...
¡Y claro que callé! Aun cuando estaba atónito, me adelanté hacia ella y ella vino hacia mí, la sonrisa en su rostro y el amor en su talle.
Nos amamos una noche y otra. Yo guardé silencio. A nadie dije nada y vivimos nuestra pasión en silencio.
Fue una semana de ensueño. Todas las noches, su amor me transportaba a las quiméricas esferas en donde el espíritu bulle juguetón y alegre sin pensar en el mañana. Las tardes las pasaba contemplando las aguas de la piscina, rodeado de la algarabía infantil y sintiendo mi cuerpo acariciado por unos intangibles dedos que buscaban mi placer, que también era el suyo.
Pero todo termina cuando los astros giran. Aquella noche la pálida Selene comenzó su ocaso. Yo bajé, como siempre, y aguardando me sorprendió la claridad del alba. Me despertó el vigilante.
- Pero, ¡hombre de Dios! ¿Qué hace durmiendo aquí?
- ¿Durmiendo? No. Tan sólo soñaba.
Seguro que el hombre no me entendería. Se alejó rezongando cualquier cosa y yo me quedé absorto en mi sueño.
Durante toda la semana continué con mis inútiles veladas. Desesperado, me sumí en una profunda tristeza, bañándola en el vino de la soledad. Pero fue inútil. Verónica ya no surgió de aquellas aguas.
Y esta tarde, abandonado a mis recuerdos, he decidido trasladar al papel ésta tan sorprendente historia, tal como la viví, tal como las cosas sucedieron.
He terminado mi relato. Ya las teclas de la máquina han guardado silencio. La noche envuelve tenebrosa todo mi derredor. He salido al porche para fumar un último cigarro y he mirado al cielo oscuro, impenetrable.
De súbito, abriéndose camino lentamente entre aquellas nubes cerradas, la Luna se ha asomado brillante, bañando con su claridad todo el contorno. He mirado hacia las próximas aguas y allí la he visto. Mi corazón se ha alegrado, he querido llamarla pero, al ver su seña de silencio, su rictus de amargura, he recordado estos folios escritos, he corrido a romperlos y, en ese momento, la Luna se ha ocultado tras el tupido velo del cielo cubierto. Mis ojos se han cegado, mis manos han temblado y, a rastras, como he podido, me he refugiado en mis escritos.
Estoy escribiendo estas últimas líneas casi a ciegas. Ignoro si podré concluirlas. Mañana, cuando mis amigos las lean, imagino que serán más inteligentes o menos poéticos que yo... ¡que nunca debí de escribir la historia de Verónica, porque ella misma me exigió que le guardase el secreto!"

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