El
Puma
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Una
de las especies más conocidas entre los félidos americanos
es el PUMA. Tiene el pelo espeso, corto y suave, más rico
en el vientre que en la parte superior del cuerpo. El color predominante
es un bello amarillo rojizo, un tanto oscuro, que aún se
oscurece más en el dorso; blanco rojizo en el vientre, se
aclara hacia el pecho y en la cara interna de las patas, hasta convertirse
en blanco en la región de la garganta, en la parte interna
de las orejas y alrededor de la boca. Por encima y por debajo de
los ojos aparecen dos pequeñas manchas blancas. Entre macho
y hembra no existe diferencia alguna en el color del pelaje; en
cambio sí la hay entre los adultos y los jóvenes,
pues estos últimos tienen manchas oscuras y la cola con anillos
amarillentos y negros alternados.
El área de dispersión de este félido es muy
amplia: desde Canadá, a través de toda América
del Norte y Central (excluyendo las Antillas) se extiende por América
del Sur, hasta la Patagonia. En algunas de estas regiones el puma
es abundantísimo, pero en otras puede considerarse casi extinguido.
Prefiere la selva a los terrenos abiertos, permaneciendo por lo
general en las lindes de los bosques o también en las llanuras
recubiertas de altísimas hierbas, donde emprende la mayor
parte de sus cacerías. Si es perseguido por el hombre busca
refugio en la espesura, escondiéndose con mucha habilidad
entre los arbustos. Pasa la mayor parte del día durmiendo
en los árboles, o entre los matorrales o las hierbas altas,
y por la noche sale en busca de sus presas.
En sus movimientos el puma se muestra ágil y decidido; se
dice que es capaz de dar saltos de hasta seis metros. Sus ojos son
grandes y serenos y su mirada se halla totalmente exenta de ferocidad;
ve mejor durante el crepúsculo y por la noche que a pleno
día. Tiene el olfato débil, pero el oído agudísimo.
Se muestra valiente tan sólo cuando la necesidad le obliga
a ello; por eso huye siempre ante la presencia del hombre o del
perro. Se dice que solamente ataca al hombre si ha sufrido hambre
durante mucho tiempo.
Encuentra su alimento entre los mamíferos de menor tamaño
o de menos fuerza que él, como coatíes, agutíes,
alpaca, ovejas, cervatillos, etc. Ni siquiera los monos, tan ágiles
y rápidos, ni los ligerísimos ñandúes
consiguen escapar a sus ataques, ya que el puma se mueve muy bien
tanto en el suelo como sobre los árboles.
Por lo general es un enemigo temible para los rebaños, aunque
raramente ataque a animales de mayor tamaño que las ovejas
(como caballos, terneros, toros y vacas). Los perros tampoco suelen
temerle. Este felino rompe inmediatamente el cuello de la presa
que ha logrado cazar y lame su sangre con gran avidez. No acostumbra
permanecer mucho tiempo en la misma zona, sino que prefiere vagar
sin descanso. Aunque sabe nadar muy bien, sólo en casos de
absoluta necesidad atraviesa los ríos y los cursos de agua.
El puma vive aislado; machos y hembras sólo permanecen juntos
en determinado período del año: en la época
del celo. Después de una gestación de unos tres meses,
la hembra da a luz dos o tres pequeños como máximo,
que nacen con los ojos cerrados y el pelaje manchado. Estas manchas
empiezan a palidecer hacia las diez o doce semanas después
del nacimiento, y en el otoño siguiente, cuando tiene lugar
la primera muda, el pelaje de los jóvenes pasa a ser igual
al de sus padres.
Si se capturan muy jóvenes, los pumas se convierten en poco
tiempo en domésticos y tranquilos. Viven en buena armonía
con perros y gatos, pero en cambio no consiguen reprimir sus deseos
de lanzarse contra los volátiles domésticos. Lo mismo
que los gatos, juegan durante horas y horas con pelotas de cualquier
tipo. Estos pumas domesticados pueden dejarse libres por toda la
casa. Buscan siempre a su guardián, al que lamen la mano
y demuestran su afecto de distintas formas. Si se les acaricia,
ronronean como los gatos.
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