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En la tumba
que es ahora mi memoria la veo a ella, a la que amé más que a nadie, más que
al mundo, más que a Dios, más que a mis propias carne y sangre. La veo
pudrirse en ella, en esa sanguinolenta herida de amor, tan próxima a mí que no
podría distinguirla de la propia tumba. La veo luchar para liberarse, para
limpiarse del dolor del amor, y sumergirse más con cada forcejeo en la herida,
atascada, ahogada, retorciéndose en la sangre.
Veo la horrible expresión de sus ojos, la lastimosa agonía muda, la
mirada del animal atrapado. La veo abrir las piernas para liberarse y cada
orgasmo es un gemido de angustia. Oigo las paredes caer, derrumbarse sobre
nosotros y la casa deshacerse en llamas. Oigo que nos llaman desde la calle, las
órdenes de trabajar, las llamadas a las armas, pero estamos clavados al suelo y
las ratas nos están devorando. La tumba y la matriz del amor nos sepultan, la
noche nos llena las entrañas y las estrellas brillan sobre el negro lado sin
fondo.
Pierdo el recuerdo de las palabras, incluso de su nombre que pronuncié
como un monomaníaco. Olvidé qué aspecto tenía, qué sensación producía, cómo
olía, mientras penetraba cada vez más profundamente en la noche de la caverna
insondable. La seguía hasta el agujero más profundo de su ser, hasta el osario
de su alma, hasta el aliento que todavía no había expirado de sus labios.
Busqué incansablemente a aquella cuyo nombre no estaba escrito en ninguna
parte, penetré hasta el altar mismo y no encontré… nada.
Me enrosqué en torno a esa concha de nada como una serpiente de anillos
flameantes, me quedé inmóvil durante seis siglos sin respirar, mientras los
acontecimientos del mundo se colaban y formaban en el fondo un viscoso lecho
lleno de moco. Vi el Dragón agitarse y liberarse del dharma y del karma, vi a
la nueva raza del hombre cociéndose en la yema del porvenir. Vi hasta el último
signo y el último símbolo, pero no pude interpretar las expresiones de su
rostro. Sólo pude ver sus ojos brillantes, enormes, luminosos, como senos
carnosos, como si yo estuviera nadando por detrás de ellos con los efluvios eléctricos
de su visión incandescente. (…)
Así caminamos, dormimos y comimos juntos, los gemelos siameses a quienes
Dios había juntado y a quienes sólo la muerte podría separar. Caminábamos
con los pies para arriba y las manos cogidas. Ella se vestía casi
exclusivamente de negro, salvo algunos parches purpúreos, de vez en cuando. No
llevaba ropa interior, sólo un vestido de terciopelo negro saturado de perfume
diabólico. Nos acostábamos al amanecer y nos levantábamos justo cuando estaba
oscureciendo. Vivíamos en agujeros negros con las cortinas cerradas, comíamos
en platos negros, leíamos libros negros. Por el agujero negro de nuestra vida
nos asomábamos al agujero negro del mundo. El sol estaba oscurecido
permanentemente, como para ayudarnos en nuestra continua lucha intestina.
Nuestro sol era Marte, nuestra luna Saturno; vivíamos permanentemente en el
cenit del averno. La Tierra había dejado de girar y a través del agujero en el
cielo colgaba por encima de nosotros la negra estrella que nunca destellaba. De
vez en cuando nos daban ataques de risa, una risa loca, de batracio, que hacía
temblar a nuestros vecinos. De vez en cuando cantábamos, delirantes,
desafinados, en puro trémolo. Estábamos encerrados durante la larga y oscura
noche del alma, período de tiempo inconmensurable que empezaba y acababa al
modo de un eclipse. Girábamos en torno a nuestros propios yoes como satélites
fantasmas. Estábamos ebrios con nuestra propia imagen, que veíamos cuando nos
mirábamos a los ojos. Entonces, ¿cómo mirábamos a los demás? Como el animal
mira a la planta, como las estrellas miran al animal. O como dios miraría la
hombre, si el demonio le hubiera dado alas. Y, a pesar de todo, en la fija y
estrecha intimidad de una noche sin fin, ella estaba radiante, alborozada.
Tenía dos cañones, como una escopeta, era un toro hembra con una
antorcha de acetileno en la matriz. Cuando estaba en celo, se concentraba en el
gran cosmocrator, los ojos se le quedaban en blanco, los labios llenos de
saliva. En el ciego agujero del sexo, valsaba como un ratón amaestrado, con las
mandíbulas desencajadas como las de una serpiente, con la piel erizada de
plumas armadas de púas. Tenía la lascivia insaciable de un unicornio, el
prurito que provocó la decadencia de los egipcios.
¿Qué era la vida en la tierra sólida para nosotros que estábamos
decapitados y unidos para siempre por los genitales? La vida era un joder
perpetuo y negro en torno a un poste fijo de insomnio. La vida era escorpión en
conjunción con Marte, en conjunción con Mercurio, en conjunción con Venus, en
conjunción con Saturno, en conjunción con Plutón, en conjunción con Urano,
en conjunción con el mercurio, el láudano, el radio, el bismuto. (…)
La razón por la que es difícil contarlo es porque recuerdo demasiado.
Recuerdo todo, pero como un muñeco sentado en las rodillas de un ventrílocuo.
Me parece que durante el largo e ininterrumpido solsticio conyugal estuve
sentado en su regazo y recité el discurso que ella me había enseñado. Me
parece que debió ordenar al fontanero jefe de Dios que mantuviera brillando la
negra estrella a través del agujero en el techo, debió de mandarle que
derramase una noche perpetua. ¿Imaginé simplemente que ella hablaba sin cesar,
o es que me había convertido en un muñeco tan maravillosamente amaestrado, que
interpretaba el pensamiento antes de que llegara a los labios?
Tenía el don de la transformación, era casi tan rápida y sutil como el
propio diablo. Después de la de la pantera y la del jaguar, la transformación
que mejor se le daba era la de ave: la de garza salvaje, la de ibis, la de
flamenco, la de cisne en celo. Tenía una forma de bajar en picado de repente,
como si hubiera avistado un cadáver maduro, lanzándose derecho a las entrañas,
arrojándose inmediatamente sobre los bocados preferidos –el corazón, el hígado
o los ovarios- y remontando el vuelo de nuevo en un abrir y cerrar de ojos. Si
alguien la descubría, se quedaba quieta como una piedra n la base de un árbol,
con los ojos no del todo cerrados, pero inmóviles, con esa mirada fija de
basilisco. Si la aguijoneaban un poco se convertía en una rosa, una rosa
intensamente negra con los pétalos más sedosos y de una fragancia
irresistible.
¡Qué apacible nuestra vida de paloma y buitre en la oscuridad!
Exceptuando el alucinante agujero en el techo, una vida en el útero casi
perfecta. Pero allí estaba el agujero –como una fisura en la vejiga- y no había
orina que pudiera pasar con una sonrisa. Mear larga y libremente, sí, pero ¿cómo
olvidar la grieta en el campanario, el silencio no natural, la inminencia, el
terror, la fatalidad del “otro” mundo? Comer hasta hartarse, sí y mañana
otro hartazgo, y mañana y mañana, y mañana… pero al final ¿qué? ¿Al
final? ¿Qué era el final?
¿Un cambio de ventrílocuo,
un cambio de regazo, un desplazamiento del eje, otra grieta en la bóveda… qué?
¿Qué?
I
Vivo
en la Villa Borghese. No hay ni pizca de suciedad en ningún lado, ni una silla
fuera de su lugar. Aquí estamos todos solos y estamos muertos.
Anoche Boris descubrió que tenía
piojos. Tuve que afeitarle los sobacos, ni siquiera así se le pasó el picor.
¿Cómo puede uno pescarse piojos en un lugar tan bello como éste?. Pero no
importa. Puede que no hubiéramos llegado nunca a conocernos tan íntimamente
Boris y yo, si no hubiese sido por los piojos.
Boris acaba de ofrecerme un resumen de
sus opiniones. Es un profeta del tiempo. Dice que continuará el mal tiempo.
Habrá más calamidades, más muertes, más desesperación. Ni el menor indicio
de cambio por ningún lado. El cáncer del tiempo nos está devorando. Nuestros
héroes se han matado o están matándose. Así que el héroe no es el tiempo,
sino la intemporalidad. Debemos marcar el paso, en filas cerradas, hacia la
prisión de la muerte. No hay escapatoria. El tiempo no va a cambiar.
Estamos ahora en el otoño de mi
segundo año en París. Me mandaron aquí por una razón que todavía no he
podido desentrañar.
No tengo dinero, ni recursos, ni
esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses,
creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura
se ha desprendido de mí. ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios.
Entonces, ¿éste?. Éste no es un
libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido
ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, es un escupitajo a la
cara del arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo,
al Amor, a la Belleza... a lo que les parezca. Cantaré para ustedes,
desentonando un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras la palman, bailaré
sobre su inmundo cadáver.
Para cantar primero hay que abrir la
boca. Hay que tener dos pulmones y algunos conocimientos de música. No es
necesario tener un acordeón, ni una guitarra. Lo esencial es querer cantar. Así,
pues, esto es una canción. Estoy cantando.
II
Ahora
sólo hay una cosa que me interesa vitalmente, y es consignar todo lo que se
omite en los libros. Que yo sepa, nadie está usando los elementos del aire que
dan dirección y motivación a nuestras vidas. Sólo los asesinos pueden extraer
de la vida, en grado satisfactorio, lo que le aportan. La época exige
violencia, pero sólo estamos obteniendo explosiones abortivas. Las revoluciones
quedan cegadas en flor, o bien triunfan demasiado deprisa. La pasión se consume
rápidamente. Los hombres recurren a las ideas, come d´habitude. No se
propone nada que pueda durar más de veinticuatro horas. Estamos viviendo un
millón de vidas en el espacio de una generación. Obtenemos más del estudio de
la entomología, o de la vida en las profundidades marinas, o de la actividad
celular.
El teléfono interrumpe esta reflexión,
que nunca habría podido llevar a término. Alguien viene a alquilar el piso...
Parece que mi vida en Villa Borghese ha
acabado. Bien, tomaré estas páginas y me largaré. Siempre pasan cosas. Parece
que dondequiera que voy hay un drama. Las personas son como los piojos: se te
meten debajo de la piel y se entierran en ella. Te rascas y te rascas hasta
hacerte sangre, pero no podes despiojarte permanentemente. Donde quiera que voy
las personas están echando a perder sus vidas. Cada cual tiene su tragedia
privada. La lleva ya en la sangre, infortunio, hastío, aflicción, suicidio. La
atmósfera está saturada de desastre, frustración, futilidad. Rascarse y
rascarse... hasta que no quede piel. No obstante, el efecto que me produce es
estimulante. En lugar de desanimarme, o deprimirme, disfruto. Pido a gritos cada
vez más desastres, calamidades mayores, fracasos más rotundos. Quiero que el
mundo entero se descentre, que todo el mundo se rasque hasta morir.-
III
Cielo
azul y despejado de nubes lanudas, árboles macilentos que se extienden hasta el
infinito, con sus oscuras ramas gesticulando como un sonámbulo. Árboles sombríos,
espectrales, de troncos pálidos como la ceniza de un habano. Un silencio
supremo y enteramente europeo. Postigos echados, tiendas cerradas. Aquí y allá
una luz roja para señalar una cita. Fachadas abruptas, casi repulsivas;
inmaculadas, salvo por los manchones de sombra proyectadas por los árboles. Al
pasar por la Orangerie, recuerdo otro París, el París de Maughan, de Gauguin,
el París de George Moore. Pienso en aquel terrible español que sobrecogía al
mundo entonces con sus saltos de estilo a estilo. Pienso en Spengler y en sus
terribles pronunciamientos, y me pregunto si no se habrá perdido el estilo, el
estilo elegante. Digo que esos pensamientos ocupan mi mente, pero no es cierto;
hasta después, hasta que no he cruzado el Sena, hasta que no he dejado atrás
el carnaval de luces, no dejo jugar a mi mente con esas ideas. Por el momento no
puedo pensar en nada... excepto que soy un ser sensible apuñalado por el
milagro de esas aguas que reflejan un mundo olvidado. A lo largo de las orillas,
los árboles se inclinan pesadamente sobre el espejo empañado; cuando el viento
se levante y los llene con un murmullo rumoroso, derramarán algunas lágrimas y
se estremecerán, mientras pase el agua en torbellinos. Eso me corta el aliento.
Nadie a quien comunicar ni siquiera parte de mis sentimientos...
IV
"Soy
un hombre que desearía vivir una vida heroica, hacer el mundo más soportable a
su vista. Si en algún momento de debilidad, de relajación, de necesidad, me
desahogo dejando escapar un poco de cólera ardiente cristalizada en palabras
-un sueño apasionado, envuelto y atado eeen imágenes- entonces... tómenlo ó déjenlo...
¡pero no me molesten!"
"Soy un hombre libre... y necesito
mi libertad. Necesito estar solo. Necesito meditar sobre mi vergüenza y mi
desesperación en soledad; necesito el sol y los adoquines de las calles sin
compañía, sin conversación, cara a cara conmigo mismo, con la compañía
exclusiva de la música de mi corazón.
¿Qué quieren de mí?. Cuando tengo
algo que decir, lo digo. Cuando tengo algo que dar lo doy.
¡Su inquisitiva curiosidad me revuelve
el estómago! ¡Sus cumplidos me humillan! ¡Su té me envenena!. No debo nada a
nadie. Sólo sería responsable ante Dios... ¡Si existiera
V
Caminé
entre los altos edificios hacia el frescor del río y vi las luces elevarse como
cohetes entre las costillas de los esqueletos. Si yo era verdaderamente un gran
ser humano como ella decía, en ese caso, ¿Qué significaba esa idiotez
babeante que me rodeaba?. Era un hombre con cuerpo y alma, tenía un corazón
que no estaba protegido por una bóveda de acero. Tenía momentos de éxtasis y
cantaba con chispas ardientes.
Cantaba al Ecuador, a sus piernas de
plumas rojas y a las islas que se perdían a la vista. pero nadie oía. Una bala
de cañón disparada a través del Pacífico cae en el espacio porque la tierra
es redonda y las palomas vuelan patas para arriba.
La vi mirarme a través de la mesa con
ojos apesadumbrados; la pena, extendiéndose hacia adentro, se aplastaba la
nariz contra su espina dorsal; la médula batida hasta la piedad se había
vuelto líquida. Era tan ligera como un cadáver flotando en el Mar Muerto. Los
dedos le sangraban de angustia y la sangre se convertía en baba.
Con el húmedo amanecer llegó el
repique de campanas y por las fibras de mis nervios las campanas tocaban sin
cesar y sus badajos me martilleaban en el corazón y retumbaban con férrea
malicia.
Era extraño que las campanas repicaran
así, pero más extraño todavía el cuerpo que revienta, esa mujer convertida
en noche y sus palabras como gusanos royendo el colchón. Seguí adelante bajo
el Ecuador, oí la espantosa risa de la hiena de mandíbulas verdes, vi el
chacal de cola sedosa y pom-pom y el leopardo moteado, todos olvidados en el
Jardín del Edén. Y entonces su pena se dilató, como la proa de un acorazado y
el peso de su hundimiento me llenó los oídos. Aluvión de légamo y zafiros
deslizándose, vertiéndose, por las neuronas alegres y el espectro empalmado y
las bordas sumergiéndose.
Oí girar las cureñas con la suavidad
de una pata de león, las vi vomitar y babear: el firmamento se hundió y las
estrellas se volvieron negras. El negro océano sangrando y las estrellas
meditabundas engendrando pedazos de carne fresca e hinchada, mientras por encima
revoloteaban los pájaros y del alucinado cielo caía la balanza con mortero y
pistadero y los ojos vendados de la justicia. Todo lo que aquí se cuenta se
mueve con pies imaginarios por los paralelos de globos muertos; todo lo que se
ve con las cuencas vacías se abre como hierba en flor. De la nada surge el
signo del infinito; bajo las espirales eternamente ascendentes se hunde
lentamente el agujero profundo. La tierra y el agua asociados hacen versos, un
poema escrito con carnes y más fuerte que el acero o el granito. a través de
la noche infinita, la tierra gira hacia una creación desconocida.
VI
Hay
cosas, ciertas cosas relativas a mis viejos ídolos, que me hacen venir lágrimas
a los ojos: las interrupciones, el desorden, la violencia, sobre todo, el odio
que despertaron. Cuando pienso en sus deformidades, en los monstruosos estilos
que eligieron, en la pomposidad, el tedio de sus obras, en todo el caos y la
confusión en que se revolcaron en los obstáculos que acumularon a su
alrededor, me siento exaltado. Todos ellos estaban hundidos en sus propios
excrementos. Todos ellos hombres que se explayan exageradamente. Tanto es así,
que casi siento la tentación de decir: "¡Muéstrenme a un hombre que se
explaye exageradamente y les mostraré a un gran hombre!". Lo que se
considera su "exageración" es mi debilidad, es la señal de la lucha,
es la propia lucha con todas las fibras adheridas a ella, el aura y ambiente
mismo del espíritu disconforme. Y cuando me muestren a un hombre que se exprese
perfectamente, no diré que no sea grande, pero si que no me atrae... Echo en
falta las cualidades que me sacian.-
VII
Cuando
pienso en la tarea que el artista se asigna implícitamente es la de derrocar a
los valores existentes, convertir el caos que lo rodea en un orden propio,
sembrar rivalidad y fermento para que, mediante la liberación emocional, los
que están muertos puedan ser devueltos a la vida, entonces es cuando corro
gozoso hacia los grandes e imperfectos, su confusión me alimenta, su tartamudez
es música divina para mis oídos. Veo en las páginas bellamente ampulosas que
siguen a las interrupciones, las tachaduras de las intrusiones mezquinas, de las
sucias pisadas, por decirlo así, de los cobardes, mentirosos, ladrones, vándalos,
calumniadores. Veo en los músculos hinchados de sus líricas gargantas el
asombroso esfuerzo que hay que realizar para hacer girar la rueda, para reanudar
el paso donde te has detenido. Veo que tras las molestias e intrusiones diarias,
la vil y reluciente malicia de los débiles y los inertes se encuentra el símbolo
del poder frustrante de la vida, y quien quiera crear orden, quien desee sembrar
rivalidad y desacuerdo, porque esté imbuido de voluntad, ese hombre ha de ir a
parar una y otra vez a la hoguera y a la horca. Veo que, tras la nobleza de sus
gestos se oculta el espectro de la ridiculez de todo ello... que no sólo es
sublime, sino también ridículo.
VIII
En
un tiempo pensé que ser humano era el objetivo más alto que podía tener un
hombre, pero ahora veo que estaba destinado a destruirme. Hoy me siento
orgulloso al decir que soy "inhumano" que no pertenezco a los hombres
ni a los gobiernos, que no tengo nada que ver con credos ni principios. No tengo
nada que ver con la maquinaria crujiente de la humanidad: ¡Pertenezco a la
tierra!. Digo esto con la cabeza reclinada en la almohada y siento los cuernos
que me brotan en las sienes. Veo a mi alrededor a todos esos antepasados míos
bailando en torno a la cama, consolándome, incitándome, flagelándome con sus
lenguas viperinas, sonriéndome y mirándome de reojo con sus siniestras
calaveras. ¡SOY INHUMANO!. Lo digo con una sonrisa demente, alucinada y voy a
seguir diciéndolo aunque lluevan cocodrilos. Tras mis palabras se encuentran
todas esas calaveras siniestras que sonríen y miran de reojo, unas muertas y
sonriendo hace mucho tiempo, otras sonriendo como si tuvieran trismo, otras
sonriendo con la mueca de una sonrisa, el sabor anticipado y las consecuencias
de lo que ocurre siempre. Más clara que nada veo mi propia calavera sonriente,
veo el esqueleto bailando al viento, serpientes saliendo de la lengua podrida y
las ampulosas páginas de éxtasis sucias de excrementos. E incorporo mi lodo,
mi excremento, mi locura, mi éxtasis al gran circuito que circula a través de
los subterráneos de la carne. Todo ese vómito espontáneo indeseable, de
borracho, seguir manando sin cesar, a través de las mentes de los que han
de venir, a la vasija inagotable que contiene la historia de la raza. Codo a
codo con la raza humana corre otra raza de seres, los inhumanos, la raza de los
artistas que estimulados por impulsos desconocidos, toman la masa inerte de la
humanidad y mediante la fiebre y el fermento de que la imbuyen, convierten esa
pasta húmeda en pan y el pan en vino y el vino en canción.
Con el abono muerto y la escoria inerte
producen una canción que se contagia. Veo esa otra raza de individuos saqueando
el universo, dejando todo patas para arriba, con las manos vacías, siempre
tratando de agarrar y asir el más allá el dios inalcanzable: matando a todo lo
que está a su alcance para calmar al monstruo que les roe las entrañas. Lo veo
cuando se arrancan los pelos en su esfuerzo por comprender, por aprehender lo
que es eternamente inalcanzable, lo que veo cuando braman como bestias
enloquecidas y se precipitan dando cornadas, veo que está bien y que no queda
otro camino. Un hombre que pertenezca a esa raza ha de subir al lugar más alto
y arrancarse las entrañas, mientras pronuncia palabras incoherentes. ¡Está bien
y es justo, porque debe hacerlo! y todo lo que se quede corto con respecto a ese
espectáculo espantoso, todo lo que sea menos escalofriante, menos aterrador,
menos demencial, menos embriagador, menos contagioso, no es arte. El resto es
falso. El resto es humano. El resto corresponde a la vida y a la ausencia de la
vida.
IX
Hoy
tengo conciencia de mi linaje. No necesito consultar mi horóscopo ni mi árbol
genealógico. De lo que está escrito en las estrellas, o en mi sangre, no sé
nada.
Sé que desciendo de los fundadores
mitológicos de la raza. El hombre que se lleva la botella sagrada a los labios,
el criminal que se arrodilla en el mercado, el inocente que descubre que todos
los cadáveres apestan, el fraile que se levanta las faldas para mearse en el
mundo, el fanático que explora las bibliotecas para encontrar la palabra: todos
ellos están fundidos en mí, todos ellos provocan mi confusión, mí éxtasis.
Si soy inhumado es porque mi mundo ha sobrepasado sus límites humanos, porque
ser humano parece algo pobre, lastimoso miserable, limitado por los sentidos,
restringido por preceptos morales y códigos, definido por trivialidades e
istmos. Estoy echándome el jugo de uva por la garganta y descubro la sabiduría
en él, pero mi sabiduría no procede de la uva, mi embriaguez no debe nada al
vino.-
X
Quiero
desviarme de estas altas y áridas sierras donde se muere uno de sed y de frío,
de esta historia "Extratemporal" de este absoluto de tiempo y espacio
en que no existen ni hombres, ni animales, ni vegetación, donde se vuelve uno
loco por la soledad, por el lenguaje que es sólo palabras, donde todo está
desenganchado, desencajado, descompasado en relación con los tiempos. Quiero un
mundo de hombres y mujeres, de árboles que no hablen (¡Porque ya se habla
demasiado en el mundo, tal como es!), de ríos que te lleven a algún lugar, no
ríos que sean leyenda, sino ríos que te pongan en contacto con otros hombres y
mujeres, con la arquitectura, la religión, las plantas, los animales: ríos que
tengan barcos y en los que los hombres se ahoguen en el mito y la leyenda y los
libros y el polvo del pasado, sino en el tiempo y el espacio y la historia.
Quiero ríos que hagan océanos como Shakespeare y Dante, ríos que no se sequen
en el vacío del pasado. ¡Océanos, sí! que haya más océanos, océanos
nuevos que borren el pasado, océanos que creen nuevas formaciones geológicas,
nuevas perspectivas topográficas y continentes extraños y aterradores, océanos
que destruyan y que preserven al mismo tiempo, océanos en los que podamos
navegar, zarpar hacia nuevos descubrimientos, nuevos cataclismos, más guerras,
más holocaustos. Que haya un mundo de hombres y mujeres con dínamos entre las
piernas, un mundo de furia natural de pasión, acción, drama, sueños, locura,
un mundo que produzca éxtasis y no pedos secos.
Creo que hoy más que nunca hay que
procurar conseguir un libro aunque sólo tenga una gran página: hemos de buscar
fragmentos, astillas, uñas de los pies, cualquier cosa que tenga mineral
dentro, cualquier cosa capaz de resucitar el cuerpo y alma.-
de
Trópico
de Cáncer
"Con la niñera de mi hija estando una noche en
el baño, después de haber permanecido ahí durante un tiempo sospechosamente
largo, comencé a pensar ciertas cosas. Decidí espiar por el ojo de la
cerradura y comprobar por mí mismo qué sucedía, para mi sorpresa estaba
parada frente al espejo acariciando su pequeño gatito, casi hablándole. Me
excitó tanto que al principio no supe qué hacer. Volví a la habitación,
apagué las luces y me acosté en la cama, esperando que ella saliera. Mientras
estaba acostado ahí todavía podía ver su sexo peludo y los dedos que parecían
tamborilear sobre él. Me abrí el pantalón para que mi miembro se refrescara
en la oscuridad. Traté de hipnotizarla desde la cama, o por lo menos hacer que
mi miembro la hipnotizara. Vení acá puta, me repetía, y poné ese sexo sobre
mí. Debe haber recibido el mensaje inmediatamente, porque un instante después
se abría la puerta y tanteaba en la oscuridad para encontrar la cama. No dije
una palabra, no hice el menor movimiento. Sólo mantuve mi mente fija en su
sexo, que se movía silenciosamente en las tinieblas como un cangrejo.
Finalmente estuvo al lado de la cama. Ella tampoco dijo una palabra. Solamente
se quedó ahí silenciosa y cuando yo deslicé mi mano entre sus piernas movió
un poco su pie para abrirlas. No creo que jamás haya tocado algo más jugoso en
mi vida. Era como un engrudo corriendo por sus piernas y si hubiera tenido
carteles hubiera podido pegar una docena o más. Después de unos momentos, tan
naturalmente como una vaca inclina su cabeza para pastar, ella se inclinó y lo
tomó en su boca. Le introduje cuatro dedos, frotándola hasta sacarle espuma.
La boca de ella esta llena y le jugo se le derramaba entre las piernas. No
dijimos una palabra. Sólo un par de maníacos trabajando pacíficamente en la
oscuridad, como sepultureros. Era una paradisíaca manera de hacer el
amor."
/
“La
mujer raras veces ríe, pero cuando lo hace es como un volcán. Cuando la mujer
ríe, lo mejor que puede hacer el hombre es largarse al sótano refugio contra
ciclones. Nada quedará en pie ante la carcajada vaginal, ni siquiera el hormigón
armado. Cuando se le despierta la capacidad de reír, la mujer puede superar en
risa a la hiena o al chacal o al gato montés. De vez
en cuando se la oye en una reunión de linchadores. Significa que se ha
quitado la tapa, que todo vale. Significa que va a salir de caza… y ten
cuidado, no te vaya a cortar los cojones. Significa que, si se acerca la peste,
ELLA llega primero, y con enormes correas te arrancarán la piel a tiras.
Significa que se acostará no sólo con Tom, Dick y Harry, sino también con el
Cólera, la Meningitis y la Lepra: significa que se tumbará en el altar como
una yegua en celo y aceptará a todos los que se presenten incluido el Espíritu
Santo. Significa que demolerá en una noche lo que el pobre hombre tardó, con
su habilidad logarítmica, cinco mil, diez mil, veinte mil años en construir.
Lo demolerá y se meará en ello, y nadie la detendrá, una vez que empiece a reír
en serio.”
/
“Hay conchas que ríen
y conchas que hablan; hay conchas locas, histéricas, en forma de ocarinas y
conchas lujuriantes, sismográficas, que registran la subida y la bajada de la
savia; hay conchas caníbales que se abren de par en par como las mandíbulas de
una ballena y te tragan vivo; hay también conchas masoquistas que se cierran
como las ostras, con una perla o dos dentro; hay conchas ditirámbicas que se
ponen a bailar en cuanto se acerca el pene y se empapan de éxtasis; hay conchas
puercoespines que sueltan sus púas y agitan banderitas en Navidad; hay conchas
telegráficas que practican el código Morse y dejan la mente llena de puntos y
rayas; hay conchas políticas que están saturadas de ideología y que niegan
hasta la menopausia; hay conchas vegetativas que no dan respuesta, a no ser que
las extirpes de raíz; hay conchas adventistas que huelen como los adventistas
del Séptimo Día y están llenos de abalorios, gusanos, conchas de almeja,
excrementos de oveja y de vez en cuando migas de pan; hay conchas mamíferas que
están forradas con piel de nutria e hibernan durante el largo invierno; hay
conchas navegantes equipadas como yates, buenas para solitarios y epilépticos;
hay conchas glaciales en los que puedes dejar caer estrellas fugaces sin causar
el menor temblor; hay conchas diversas que se resisten a cualquier clasificación
y descripción, con las que te tropiezas una vez en la vida y que te dejan
mustio y marcado; hay conchas hechas de pura alegría que no tienen nombre ni
antecedente y estas son las mejores de todos, pero ¿a dónde han ido a
parar?”
de Trópico de Capricornio
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