Año
2,010 – New York.USA,17:48 pm.
Después de la luz que la cegó por varios
minutos, ella acercó una silla y se sentó en medio de la sala. Estaba sola en
la Estación. A través de las ventanas sin cristales, las cortinas de un color
cenizo se agitaban ondulantes por el viento que ingresaba con indiferencia a los
ambientes derruidos. Se frotó los ojos y lanzó un suspiro que se oyó como un
gemido lastimero. Sabía que no había nadie más en el mundo: tenía la certeza
de que todos los otros seres habían muerto. Vio a su alrededor y descubrió que
todo el material de transmisión estaba en ruinas, su cámara fotográfica
destrozada, las paredes carcomidas. Sin quererlo, quedó atrapada en el
silencio, sin tomar en cuenta el tiempo, el avance de las nubes, ni el descenso
del sol en el horizonte.
De
pronto, algo golpeó la puerta. “¿Quién es?
”
– Preguntó con un repentino brillo en sus ojos cafés- se repitió entonces
dos veces el temblor en la puerta, como un golpe físico sino como un sonido
retardado que golpea en ondas hasta desaparecer. Abrió la puerta y la vibración
la golpeó en todo el cuerpo, penetrando sus poros y haciéndola estremecer.
Al
principio no se extrañó y tuvo la sensación de que sus plegarias habían sido
oídas; recordó entonces la última vez que había disparado su revólver hacia
el horizonte del Este, viendo como las dos últimas balas del tambor se perdían
en el infinito. Éstas habían dado la vuelta al mundo pues no hallaron a nadie
en quien cobijar su mortal calor y, ahora, la puerta se habría para dar paso a
su sonido de nacimiento como un parto estruendoso y seco. La mujer vio dos
puntos milimétricos creciendo en el horizonte del Oeste, acercándose entre
ruinas de edificios y cimientos de casas. Un silbido que se hacía más fuerte
le hizo comprender que aquellos puntos de plomo se hallaban cada vez más cerca.
Con el
rostro bañado por el sol del atardecer, abrió su blusa y sintió el calor
ansiado, ya dentro de sus pechos blancos. Al caer al piso uno de sus brazos chocó
contra el tocadiscos, subiendo al máximo el volumen del long play que escuchaba
antes de que la luz apareciera. Cuando sintió que el calor de su pecho le
absorbía la vida, cerró los ojos y sonrió.
En el infinito, la voz de Bob Dylan se alzaba
como una bandera arrastrada por el viento de la derrota; en la casa, la mujer sólo
alcanzó a oír un fragmento de la canción: “...no hemos hecho / más que
construir / para destruir...”
Y las cortinas continuaron ondulando al ritmo del viento.
Ó gabriel rimachi sialer, 2004 todos los derechos reservados