"¿Where
the bad folks go when they go down?
Don´t
go to the heaven where
the angels flight,
They
go to the lake of fire and fright."

Era
un día como cualquier otro, Angel Ramos se levantó temprano para ir al Colegio
Particular Religioso donde estudiaba. Encendió la radio y escuchó las noticias
mientras se lavaba la cara. El locutor hacía recuento en tono muy nervioso de
los últimos atentados perpetrados por las guerrillas en el interior del país.
Angel Ramos subió el volumen de la radio y alcanzó a escuchar que los
guerrilleros estaban entrando a la ciudad y que contaban con armamento de gran
poder. Cambió de estación de inmediato recorriendo todo el dial velozmente,
intentando escuchar alguna noticia parecida, algún aviso de alarma, pero no
encontró nada.
Tomó
el desayuno con sus hermanos y su madre. Su padre siempre protestaba por las mañanas
mientras tosía ferozmente al lavarse la boca. Quiso hacer algún comentario
respecto a la noticia que había oído, pero el temor de sonar alarmista le
impidió hacerlo. Se despidió de todos sus hermanos como nunca, le dio un beso
a su madre y otro a su padre, les pidió que tuvieran mucho cuidado y que si
algo pasaba llamaran a la casa, su madre le preguntó si se encontraba bien, el
dijo que sí pero que en la mañana... nada, sólo que ya me tengo que ir porque
se me hace tarde. Salió de su casa rumbo al colegio con un gran cargo de
conciencia por no haber alertado a su familia y con un gran temor que le
obligaba a observar hacia todos lados como si la paranoia se apoderara de este
joven de tan sólo dieciseis años. No me importa, ese no es mi mundo, así que
no me pasará nada, ahora corre compadre porque si cierran la puerta el Sr. García
te va a dar de alma con el tres puntas. Atravesó la puerta rápidamente, corrió
hacia el grupo de compañeros que ya estaba formado y se incorporó de manera
mecánica, como todos los días de su vida desde los cinco años, a cumplir con
los marciales ritos de la formación.
¡En
columna, cubrirse!, ¡a la derecha, derecha! ¡firmes! ¡descanso! ¡atención!
¡El himno de nuestra patria por la cual daríamos hasta la vida!, ¡usted! ¡sí,
usted señor, a ver venga acá! ¡Así que no quiere cantar, qué pasa, no ha
tomado desayuno! ¡Ponga la mano! ¡Sí carajo, la mano! ¡Veinte palmetazos! ¡Uno!
¡Dos! ¡Tres! ¡No saque la mano! ¡Diez más carajo! ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!...
Como
todos los días entraron a los salones en tropel, atropellándose y de vez en
cuando metiéndose la mano, ¡ja, ja, ja, rotito!, ¡ya te jodiste negro! Eran
cerca de las diez de la mañana cuando Angel Ramos pidió permiso para ir al baño,
los nervios lo estaban traicionando, salió de la clase de Historia que tanto le
gustaba con el pensamiento de la mañana. No soportaba la idea de quedarse solo,
aunque lo hubiera deseado alguna vez en la vida, no quería quedarse solo,
completamente solo. Algo raro estaba pasando, el auxiliar le había dado treinta
palmetazos al chato Rivera sólo porque se había estado rascando un huevo
durante la formación. ¡Pero si me picaba pues compare!, ¡qué iba a hacer! La
reacción de los auxiliares fue muy extraña esa mañana. Entre ellos murmuraban
algo acerca de la noticia de la radio, qué iban a hacer si algo pasaba. Debemos
suspender las clases de una buena vez, decía López, no podemos exponer a los
muchachos a cualquier desgracia. Pero ya están acá dijo el Padre Director, no
perdamos el control y mantengamos la calma. El colegio estaba ubicado a unas
tres cuadras del Palacio de Gobierno, entre el Convento, que pertenecía al
colegio, y unas hermosas casonas en una de las cuales funcionaba la Compañía
de Luz del Estado. Al entrar al baño, Angel Ramos se percató de que al
interior del convento unas sombras se deslizaban rápidamente por entre las
sillas amontonadas en la parte posterior. Sin perder la calma, siguió con la
mirada atenta a aquellas sombras, ¡deben ser militares, mierda! ¡tienen
metralletas!, ¡la noticia de la radio no era mentira! Qué hago, qué hago
carajo, qué hago, me largo sí pero la única salida es por el convento, por la
puerta principal no me van a dejar salir... pensó esto en tres segundos, al
quinto segundo se oyó una explosión que remeció las bases del colegio ya
centenario. Otras siete explosiones se oyeron un poco más a lo lejos. Cada vez
se acercan más. Los alumnos salieron disparados hacia el patio de honor. Los
auxiliares se pusieron fuertes y trataron de ordenarlos como mejor pudieron. ¡No
pasa nada! ¡No pasa nada! ¡Entren a sus salones!
¡Entren carajo!
Angel
Ramos sintió terror. Desde las ventanitas del baño alcanzó a ver como una
cuadrilla de gente armada con metralletas y puñales le abría la garganta al
Padre Director por haberse negado a darles las llaves de la sacristía.
Avanzaron hacia el portón de madera que daba al colegio y asesinaron a tres
sacerdotes más, y entraron hacia el colegio destrozando el enorme portón de
madera. Los alumnos se enardecieron y cogieron cuanto objeto contundente
encontraron a su paso, palos, piedras del campo de fulbito, fierros viejos de
los depósitos del colegio, alguien tenía por allí un cuchillo, una navaja. Se
sintieron muy valientes, hasta que una granada destrozó la cabeza del chato
Rivera que se había lanzado hacia aquel grupo de gente armada. Se quedaron
paralizados. El cuerpo del chato Rivera quedó regado por todo el colegio. Su
cara no existía ya y era tan sólo una masa de carne con sangre que corría por
todos lados. Alguien se envalentonó por la indignación y azuzaba a los alumnos
para buscar venganza. Se inició un tiroteo por parte de los guerrilleros cuando
al entrar por el portón fueron recibidos con piedras y palos por los alumnos.
Angel Ramos se juntó con el negro Salazar y le pidió el otro cuchillo que sabía
que siempre cargaba para irse a robar a la avenida Tacna después de clases. El
negro le dio el cuchillo y saltaron hacia fuera del baño, corrieron por todo el
patio de honor buscando alguna salida, pero no la hallaron, los hombres armados
estaban tomando posición rápidamente para iniciar algún ataque contra la
policía y el ejército, que ya estaban entrando por el puente que se podía ver
desde el patio menor del colegio. Angel Ramos saltó hacia la oficina del padre
director, el negro Salazar lo siguió muy de cerca, hallaron el teléfono y
llamaron al número de emergencia, contestó un hombre muy desesperado, los
muchachos trataron de decirle algo, pero las lágrimas se les salieron y no
pudieron más que balbucear, ¡Están matando a nuestros amigos! ¡Vengan rápido!
La voz del otro lado del teléfono les pidió que se quedaran donde estaban y
que no intentaran huir pues sería muy riesgoso y podría ocurrirles algo.
Mientras Angel Ramos hablaba con el hombre del servicio de emergencia, el negro
Salazar sacó la cabeza por la puerta de la oficina del Padre Director, abrió
la boca hasta donde se lo permitía su configuración ósea y estalló en un
llanto ahogado, como esos pititos que lanzan las mujeres cuando gritan de
espanto. Angel Ramos lo miró y se percató de que algo estaba ocurriendo, pues
el negro estaba pálido. No había terminado de hablar con el hombre del
servicio de emergencia cuando el robusto brazo del negro Salazar lo enroscó por
el cuello y lo sacó hacia el umbral de la puerta, subieron corriendo hacia el
segundo piso. Se escuchaban gritos de dolor y de desesperación. Unos lamentos
como de animal herido les enchinaron el cuero a los dos. Por uno de los vitrales
de los salones del segundo piso vieron cómo los hombres armados le pedían a un
grupo grande del colegio, casi las tres cuartas partes, que vaciaran sus
bolsillos y sacaran sus cosas de los salones; la gente obedeció inmediatamente,
los formaron y los seleccionaron de una forma extraña para ellos, al gringo
Ackerman lo hicieron a un lado, y al negro De la Cruz a otro. El flaco De Marco
se unió con Ackerman y el cholo Márquez con el negro De la Cruz. ¡La cagada!
dijo el negro Salazar, ¡los van a matar! ¡Estos hijos de puta no son más que
un grupo de racistas con armas, ya me cagué! No te preocupes negro, que yo
también soy cholo, así que mientras nos ayudemos todo estará bien, creo que
el ejército ya debe estar cerca, ¿acaso no escuchas las explosiones y todo el
tiroteo? Sí Ramos, pero... Pero nada compadre, no te mariconees ahora,
necesitamos salir vivos de ésta. Dónde estarán mis hermanos y mi madre, mi
papá viajaba hoy, dónde estarán... las lágrimas se le salieron a Angel Ramos
como si una hemorragia incontenible de dolor le hubiera sobrevenido, miró al
negro Salazar que también lloraba. Comprendió que si continuaban así la
desesperación los haría cometer alguna tontería y eso podría costarles la
vida. Sin embargo, sabía también que no era un valiente para soportar tanta
desesperación y dolor. Volvieron a mirar hacia el patio principal para ver qué
ocurría. Se quedaron mudos. Los ojos se les inyectaron de rabia, impotencia y
dolor, las piernas les temblaron y la piel de gallina les dolía de tan tiesa
que estaba. Los hombres armados metieron a todos los negros y cholos en un salón
grande y a todos los blancos y blanquiñosos en otro. Todos tenían las manos
amarradas a la espalda. El loco Cabrera intentó correr a través del patio,
alcanzar la puerta y saltar hacia las vías del tren, que quedaban al lado del
colegio, junto al río, pero las metrallas le destrozaron el pecho. De la Cruz
los insultaba con todo su odio y el cholo Márquez intentaba cortar sus amarres
con la hoja de afeitar que se ponía entre los dedos para tirar cachetadas a sus
adversarios de turno a la salida del colegio. Las puertas se cerraron. Con un
enorme madero los hombres armados clavaron las puertas, revisaron las ventanas
enmalladas del salón y lanzaron varios baldes llenos de gasolina. La gente
enloqueció. Gritaban, lloraban, suplicaban, por favor, ¡mamá donde estás,
por favor! ¡¡¡hijos de puta qué van a hacer, nosotros no hemos hecho nada!!!
¡¡¡Por favor!!! ¡¡¡no haga eso¡¡¡ ¡fósforos, Negro! ¡Negro! ¡¡¡Que
no caiga el fuego acá adentro!!! ¡¡¡tú, haz lo mismo!!! Las lágrimas se
les salían a todos en el salón, se apretaban unos contra otros, todos querían
salir pero la puerta clavada no lo permitía, Contreras murió aplastado cuando
Reaño en medio de la confusión y la desesperación lo estrelló contra el
suelo y la demás gente lo pisó. Afuera Angel Ramos y el negro Salazar, desde
el segundo piso, no sabían qué hacer, miraban y no miraban, no podían creer
lo que veían, era imposible, el ser humano no puede hacer estas cosas negro;
esto sólo pasa en las películas, ¡mierda! ¡Cómo gritan! Ramos mira, este
hijo d.... ¡¡¡prendió el salón!!!, ¡¡¡Aaaagh!!! ¡¡¡Aaaagh!!! ¡¡Aaaagh!!
¡Aaaagh! ¡Aaaagh!, ¡calla negro de mierda, o nos morimos también!, ¡¡puta
madre, qué es esto, dios mío!! ¡¡Haz algo!! Los gritos se sucedían uno tras
otro, el olor de carne, cabello y ropa, mezclado con el olor a gasolina y madera
vieja, quedaría grabado en sus mentes por el resto de sus vidas. El cholo Márquez,
con la cabeza en llamas, logró romper la malla que cubría las ventanas que ya
habían reventado por el intenso calor del incendio. Intentó salir disparado
pero ya ciego y brutalmente derretido sólo pudo descolgarse por el marco de la
ventana cargando en un brazo al negro De la Cruz, ya muerto. Reaño intentaba
saltar hacia el patio pasando por entre las cabezas de sus compañeros. Nunca le
había caído bien a nadie, siempre estaba pegándole a todo el mundo y no tenía
amigos. Levantó al pequeño Contreras por la cintura y lo arrojó por la
ventana lo más lejos que pudo. Fue un acto de bondad o tal vez sólo intentaba
pedir una oportunidad para su vida. Jiménez le puso cabe y éste se fue de cara
al piso, justo donde se había acumulado la mayor cantidad de combustible
ardiendo. La ropa se le encendió y antes de darse cuenta, sintió como los
zapatos calientes de Jiménez le pasaban por todo el cuerpo, para tomar impulso
en su amplia espalda incendiada y salir hacia el patio de honor donde el cholo Márquez
se derretía. Una vez que cayó al suelo, uno de los hombres armados le disparó
en los tobillos, luego en las
manos. Los alumnos del salón de enfrente gritaban de la misma forma en que
gritaban los otros antes de morir quemados. Dale unos cuantos disparos en el
cuerpo a algún muchacho, compadre, el que tu quieras, y listo, silencio total
de estos mierdas. El hombre volteó, escogió y disparó. De Marco se enroscó
como un gusano en el piso, se tapó los oídos y gritó desesperadamente para
que todo pasara, como si fuera una pesadilla. Ackerman se estaba desangrando,
las balas le habían reventado un pulmón y tirado en el suelo sólo llamaba a
su madre. Falcón lloraba arrodillado junto a Ackerman, sin poder moverse,
estaba paralizado, completamente paralizado. Ackerman lo miraba y le estiraba el
brazo, para que Falcón lo pudiera sentar en algún lugar y su propia sangre no
lo ahogara. En la puerta principal apareció la sombra de un hombre alto y
fornido, con gestos de odio y voz de mando, será el ejército, pensó Angel
Ramos. De entre los escombros se oyó una voz que firme y enérgica instaba a
los guerrilleros a rendirse y deponer las armas. Cuando ingresó al colegio, su
instinto de hombre de guerra y de muerte le reveló lo que su nariz percibía.
¡Qué culpa han tenido estos muchachos para vivir todo esto! pensaba el
comandante Varela en la puerta del colegio, cuando dio la orden a su escuadrón
de entrar y disparar a matar. Los soldados entraron disparando a todo lo que se
movía, acribillaron a veintitrés de los treinta integrantes de la guerrilla,
el resto se refugió en algún lugar y se inició el tiroteo que duró unos
veinticinco minutos. Uno de los guerrilleros que estaba apostado en la azotea
recibió una ráfaga de metralla de uno de los soldados, cayó desde el cuarto
piso, pero logró asirse del marco de la ventana del salón donde estaban el
negro Salazar y Angel Ramos, se descolgó hacia el interior y cayó sangrante,
junto a ellos. Angel Ramos estaba abrazado con el Negro Salazar; los gritos de
dolor de sus compañeros, el estruendo de las bombas explotando cada vez más
cerca, los disparos, era el infierno en carne propia. Los dos lloraban y
pensaban qué hacer para poder escapar. Pensaron que la ciudad estaba invadida,
que ya estaban muertos, que sus padres habían muerto, que sus hermanos habían
muerto, que sus familiares habían muerto. Era una locura. Vieron el cuerpo del
hombre armado que yacía a su lado pidiéndoles ayuda para no morir.
El
negro Salazar, soltó un bramido, como una queja animal. Angel Ramos perdió la
noción de sus valores religiosos, de la poca cordura que le quedaba
y, mirando al negro Salazar, se aventaron cuchillos en mano para destajar
al hombre. Los puñales se hundían con odio en el cuerpo del asesino de sus
amigos que poco a poco fue haciendo más lenta su respiración. Angel Ramos hundía
una y otra vez el cuchillo sin filo en el cuerpo ya inerte, y el negro Salazar
no se quedaba atrás, le había perforado hasta las córneas. El comandante
Varela ingresó al patio de honor y se quedó mudo. Un disparo le alcanzó el
brazo y mientras caía observaba atónito como el cholo Márquez terminaba de
derretirse sosteniendo con lo que al parecer fue su brazo, a De la Cruz, su
amigo de siempre. Ordenó la toma inmediata del Colegio. Los soldados ingresaron
por todos los perímetros, capturaron a los seis guerrilleros restantes, los
formaron arrodillados en el patio de honor y esperaron órdenes. El comandante
Varela evacuó a los alumnos del otro salón, Ackerman salió cargado en brazos
de sus compañeros, mientras vomitaba sangre. Ya estaba muerto cuando los
soldados con una cruz roja en el brazo lo metieron a la ambulancia. Un escuadrón
que se había deslizado hacia el interior del colegio por la parte posterior,
encontró a Angel Ramos y al negro Salazar en uno de los salones del segundo
piso, abrazados, temblando, llorando y completamente orinados.
Sus
chompas olían a carne humana quemada, igual que sus mentes y su impotencia, con
los rostros ensangrentados y una expresión animal. Los sacaron del salón y los
llevaron hacia el patio de honor; no se preocupen, ya todo está bajo control
muchachos, es una suerte que estén vivos, pobres muchachos, ¡¡Quintanilla!!
llévalos abajo y que tomen un poco de agu... el soldado divisó un gran charco
de sangre que se acercaba hacia sus pies. Vio a los dos muchachos con las
miradas completamente extraviadas y el pequeño chorrillo de sangre que caía
del apretado puño del negro Salazar. Angel Ramos tuvo un segundo de lucidez,
soltó el cuchillo, fue sólo un segundo. El soldado se acercó hacia ellos. Los
miró con cara de quien ha perdido algo muy grande y valioso, tal vez eso que
les faltaba en las miradas es lo que se llama inocencia.
Se
acercó al cuerpo del hombre armado, que estaba abierto por todos lados,
rastrilló su FAL y disparó sin compasión. Volteó a ver a los muchachos. No
se preocupen, aún no había muerto... y si no lo mato yo, el nos mata a
nosotros. Llegaron al patio de honor y vieron a los guerrilleros arrodillados en
el suelo con las manos esposadas a la espalda. Vieron los cuerpos de sus compañeros
que eran trasladados hacia una camioneta del ejército. Sintieron la oportunidad
de limpiarse del olor a carne quemada. El comandante Varela se percató de esto,
observó la mirada de rabia de los dos alumnos. Vio cómo Angel Ramos murmuraba
algo al negro Salazar y cómo se lanzaron sobre los dos hombres armados que habían
arrojado el cigarrillo que consumió a sus amigos en el viejo salón de madera
donde Angel Ramos escuchaba atento las clases de Historia que tanto le gustaban.
El comandante Varela se hizo el desentendido, los demás soldados también;
Angel Ramos les pateó la cara y consiguió romperles la mandíbula, mientras
que el negro Salazar les destrozaba las costillas a puntapies, bañados ambos en
lágrimas y balbuceos. Se los llevaron cubiertos con unas mantas.
Angel
Ramos se despidió del negro Salazar en la puerta principal del colegio. Aún
estaban temblando. En un camión los cuerpos del Sr. García, López y los demás
auxiliares, eran puestos uno encima de otro, rumbo a la morgue.
Te
veo mañana negro. No sé, creo que mañana no hay clases. Una leve sonrisa se
dibujó en el rostro de Angel Ramos. El negro Salazar se alejó rumbo a la
esquina, dio la vuelta y desapareció. Nunca más lo volvería a ver. Angel
Ramos intentó llegar a su casa pero el camino estaba destruido, tan destruido
como él y su espíritu. Se había desconocido tanto que había actuado como un
animal, el hombre por el hombre, pensaba, el descontrol despierta a la bestia más
letal que existe en nuestro interior, todos tenemos una. No, esto no puede estar
pasando, mi madre, ¡¡¡¿dónde está mi madre?!!!; la ciudad no era más que
un montón de ruinas y fuego, sangre y olor a combustible. Pidió ayuda al
personal del ejército, le dijeron que había otras prioridades. Se encaminó
por la avenida principal, cruzó el puente y retornó a su casa, no creía lo
que veía. Por todos lados la gente lloraba a sus muertos, los cuerpos salían
de todas las casas acompañados de familiares, su corazón latía a cien por
hora. El latido era más fuerte cada vez que se acercaba a su casa, el pecho le
comenzó a doler cuando estuvo en la esquina. Quiso correr pero no pudo, las
paredes estaban negras por el humo del fuego, la calle destrozada, y la panadería
del italiano, que estaba al terminar su cuadra se estaba incendiando. No alcanzó
a ver a nadie conocido, o quizá no reconoció a nadie en su cuadra.
Tomó
valor y subió corriendo al edificio donde vivía, entró a su casa que ya no
tenía puerta, el pasadizo estaba lleno de humo, encontró a su madre llorando
con la cara ensangrentada, abrazando a su hermanito muerto. Su padre no estaba,
quizás ya había viajado, quizás ya estaba muerto. Su madre le estiró la mano
para tocarlo y ver que era verdad que su hijo estaba vivo, que su hijo mayor
estaba vivo. Angel Ramos, con el rostro bañado en lágrimas estiró su mano
para poder sentir el calor puro de madre que tanto necesitaban su corazón y su
alma en ese momento, pero no la alcanzó. Se empezaron a alejar como cuando se
parte un papel jalando ambos extremos. Las miradas se confundieron entre asombro
y espanto.
Quiso
gritar pero no le alcanzó la voz. Una luz muy intensa penetró en la casa,
Angel Ramos vio a su madre desaparecer entre la luz, a su hermanito desaparecer
entre la luz, a él mismo desaparecer entre la luz. Cuando pudo abrir los ojos
estaba completamente bañado en sudor. Lloraba. Intentó calmarse. Corrió hacia
el baño, abrió el caño. Se miró en el espejo...
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