1.
Las luces de los postes aparecían y desaparecían en el parabrisas
mientras Mario
buscaba pasajeros que llevar. El letrero de “taxi” estaba
iluminado por una luz roja que parpadeaba de rato en rato. Estaba cansado y no
había mucha gente, raro en un fin de semana. Ya aparecerían. Bostezó.
Mientras tanto, su estómago sonaba de hambre, y el trasero le quemaba de tanto
estar sentado manejando. Vio una carpa que ofrecía comida caliente. Se detuvo,
contó el poco dinero que había obtenido hasta ese momento y bajó a comer
algo. Antes de salir, se miró en el espejo: su rostro notaba cansancio, pero aún
así se arregló el peinado de mecha larga y ensayó un par de sonrisas.
Matador. Sabía que sus ojos siempre habían sido el gancho con las chicas, el
color verde claro de su mirada siempre las atraía y él no desperdiciaba
ninguna oportunidad. Era un campeón.
Hacía
un frío húmedo a esa hora, como siempre. Una señora algo gruesa y buenamoza
se le acercó con una sonrisa de ventas que le hizo mucha gracia y le ofreció
el menú:
-
¿Qué
le sirvo, joven? Tenemos caldo de gallina, con presa y sin presa.
-
Y
¿Cuánto cuesta el caldo sin presa?
-
Tres
soles sin presa y cinco con presa; el tallarín y el chaufa de pollo están a
tres soles.
Mario
la miró a los ojos:
-
¿Y
no tiene un menú? Claro pé tía, algo para parar el estómago, pero barato nomás
que recién estoy comenzando y no está buena la plaza”.
-
¿Mala
noche?. Preguntó ella, coqueta.
-
Mala.
Pero ya cambiará –suspiró- los fines de semana siempre cae algo más que
otros días, pero recién salgo así que deme una oferta.
Dicho
esto la miró directo a los ojos, entrecerrándolos un poco, se sentía muy
sensual cuando miraba así, matador.
-
Bueno
joven –dijo la señora, impactada por su mirada- sólo por ser usté le puedo
hacer un menú: caldo sin presa más su combinado chifa y un té por cinco
soles... como para que aguante toda la noche.
Mario
contó sus monedas, separó el dinero para el petróleo y cigarros y sonrió.
-
Ya,
sale, deme un menú, pero bien despachado, como para campesino.
-
Bueno
- dijo ella sonriéndole con cierta coqueetería- ¿quiere que prenda la tele?.
-
No
señito, no se preocupe, mejor musiquita, ¿no? Póngase unos valsecitos, como
para calentar la noche, ¿no? ja ja ja.
-
Estás
con frío... – lo tuteó, mirándolo a los ojos- te voy a dar algo caliente...
-
Podría
ser... ¿un besito?... digo... con todo respeto.
Ella
lo miró a los ojos, luego vio sus brazos fuertes, de trabajo, “no tendrá más
de treinta años” pensó; vio el peinado de mecha larga y sintió ganas de
apretarle los cabellos, su camisa abierta en dos botones dejaban ver un cuello
que a ella le pareció perfecto para besar; le sonrió más coqueta que antes y
se alejó rumbo a la radio, puso un cassette del Zambo Cavero, miró a Mario que
empezó a mover la cabeza al ritmo de la canción y le sonrió; ella suspiró
disimuladamente y fue a servirle la comida. Mario miró la carpa, estaba un poco
sucia; la luz de los fluorescentes iluminaba el interior verde fosforescente con
rayas naranjas de la lona. La cocina industrial sonaba como una turbina de avión
cuando el kerosene se encendía. Un televisor de catorce pulgadas, en blanco y
negro, entretenía a un grupo de comensales –también taxistas- y a una pareja
de universitarios que, con la mirada perdida, tragaban la presa de gallina sin
saborearla. Estaban ebrios. Observó su carro, ya estaba viejo pero qué
diablos, todavía arrancaba; además le había costado mucho trabajo
conseguirlo, más aún mantenerlo y era su única herramienta de trabajo con la
cual llevaba dinero a casa para mantener a su mujer y a su hija de tres meses.
Suspiró. La señora se acercó con el plato del caldo humeante, movía las
caderas bien formadas en un vaivén cadencioso que buscaba atraer la atención
de Mario. Cuando le puso el plato delante, dijo:
-
Espero
que te guste mi sazón - y le guiñó un ojo; él respondió:
-
De
tus manos, veneno, preciosa- y sonrió devolviendo el guiño y frotándole
disimuladamente la mano - Qué bonitas manos, las cosas que harán.
Por
toda respuesta ella rió bajito, pero no retiró su mano, luego se fue. Mientras
la señora se alejaba moviendo las caderas con más ganas que antes, Mario le
miró el trasero, redondo, bien formado, que dejaba traslucir las marcas del
calzón tipo bikini bajo el pantalón de lycra fucsia. Vio su espalda cubierta
por un polo bien pegado que hacía notar el brasiere y unos rollos a media
espalda y sobre la cintura. Se llevó la cuchara a la boca, el caldo ya estaba
tibio. Mientras comía, ella le hacía gestos coquetos desde el lugar donde
estaban las ollas, y él le correspondía. Pensó: “esta noche campeono...
termino de comer y me la llevo a la playa en el carro, o por aquí nomás”.
Analizó todas las posibilidades que no incluyeran desembolso alguno de dinero
porque estaba con las justas, “Salvo para los ponchos... no, no, en la
guantera tengo una tira... ¡Qué suerte!”. En eso estaba cuando la señora
volvió para llevarse el plato vacío.
-
¿Y
usted cómo se llama, preciosa?. Preguntó tocándole nuevamente la mano.
-
Rosa-
Respondió, jugando con sus cabellos ondulados por la permanente.
-
Nombre
de flor - le susurró.
-
¿Y
tú? – Dijo ella sonriendo y mirando hacia todos lados.
-
Sol,
respondió él.
Rosa
rió entonces y Mario vio sus labios carnosos extenderse como una tentación
irremediable que tendría que saciar. Rió con ella y aprovechó para cogerla de
las manos; ella le preguntó:
-
¿De
verdad te llamas Sol?
-
No
preciosa, me llamo Mario – y tuteándola, continuó- anda ven, siéntate un
rato, sólo un minuto y nada más, no es muy agradable comer solo.
-
No
puedo, estoy atendiendo...
-
Anda,
sólo un minuto. Mario empujó una silla y ella se sentó.
-
Sólo
un minuto porque estoy atendiendo... ¿Y porqué me dijiste que te llamabas
Sol?.
-
Es
que la rosa se abre cuando sale el sol... –y sonriéndole coquetamente le
apretó más las manos, ella sonrió y lo miró a los ojos con un brillo
malicioso- Termino de comer y nos vamos a dar una vuelta en mi carro, luego te
traigo de regreso... ¿Qué dices? Así nos conocemos un poco más y, quien
sabe.
-
¿Sí?
– Respondió ella- no sé, no tengo costumbre de salir con desconocidos... por
más que tengan los ojos tan bonitos como los tuyos.
-
¿Te
gustan mis ojos, ah?, pueden mirarte toda la noche si quieres, sólo dime que sí.
-
Qué
coqueto... pero recién te conozco, qué vas a pensar de mí ... que soy...
-
Pero
ya nos presentamos –interrumpió Mario- así que ya no somos desconocidos ¿no?.
-
Déjame
pensarlo un rato –se zafó de él, y acarició sus manos- ...tienes manos
grandes...
-
Y
no sólo las manos... dijo Mario.
-
¿Qué?
– dijo ella con una sonrisa coqueta, moviendo ligeramente la cabeza, como
sorprendida.
-
Que
termino de comer y te espero para salir un rato ¿Qué dices?.
-
Termina
de comer y te respondo.
Mario
vio el polo de Rosa, le quedaba pegado al cuerpo, los grandes pezones
endurecidos se levantaban sobre la tela, sintió una leve corriente de
electricidad por la espalda y un endurecimiento entre sus piernas, se acomodó
en la silla y al notar esto, ella fue a traerle el plato de tallarines con
arroz; se lo sirvió y la llamaron de otra mesa para pedir la cuenta, le guiñó
un ojo y le dijo con una sonrisa que iluminaba su rostro trigueño y sus ojos
grandes: “ya regreso”.
Mario
comió aprisa, ni siquiera saboreó la comida, sólo pensaba en esos pechos y
esas caderas que esa noche serían suyas “qué rica, cómo será en la cama,
termino de comer y la llevo a la playa, allí no pago peaje y por un par de
soles me cuidan el carro y nadie molesta... esta noche campeono, carajo”.
Terminó el plato y bebió el té caliente de un trago. Pidió la cuenta.
Mientras Rosa cambiaba el billete por sencillo para el vuelto, él no dejaba de
observarla, ya con la mirada encendida en deseo. Estaba sobreexcitado; cuando se
puso de pie, un bulto que entre sus piernas se dejaba notar, atrajo la mirada de
Rosa.
-
Oye...
qué es eso... ¿ah? – preguntó acercándose lo suficiente para rozarle el
pantalón con su mano- acomódalo... qué va a pensar la gente... que nos
estamos calentando delante de todos.
Él
se acomodó el pantalón y la tomó de la mano. En un descuido de los demás
comensales y de la cocinera, la jaló hacia la parte trasera de la carpa.
-
¿Adónde
vamos? Tengo que terminar de atender a la gente –dijo ella mientras caminaban.
-
Aquí
nomás, un ratito –y tomándola por la cintura la abrazó y le estampó un
beso largo y cálido que la dejó sin aliento.
-
...Qué
bien besas... –dijo ella-... pero alguien nos puede ver... un besito más y
regreso ¿ya?.
Se
volvieron a besar. Esta vez, Mario deslizó sus manos por debajo del pantalón
de lycra fucsia y apretó sus nalgas, atrayéndola hacia su sexo endurecido. Al
sentir el calor y la dureza del miembro, Rosa suspiró y lo abrazó con más
fuerza, mientras empezaba a frotarse contra él, acelerando su respiración y su
excitación. Él sacó las manos del pantalón de ella y las llevó hacia sus
pechos, levantó el polo y le bajó el brasiere, cuando vio sus senos, se lanzó
sobre esos pezones que había imaginado mientras comía. Los succionaba una y
otra vez, ella gemía bajito y continuaba frotándose contra su cuerpo, con los
ojos cerrados y los labios entreabiertos. Estuvieron así casi diez minutos,
mordiéndose los labios, jugando con sus cabellos, apretándose, tocándose los
sexos, hasta que una llamada de la cocinera los despertó. “¡Señora Rosa! ¡Señora
Rosa!”.
Rosa
lo empujó suavemente y fue corriendo a atender la carpa, Mario le dijo jadeante
“te espero en el carro...”. Ella volteó a mirarlo y respondió “en cinco
minutos estoy allí” y desapareció bajo el toldo, mientras se acomodaba el
cabello. Mario fue a su carro, se sentó con la puerta abierta, encendió un
cigarrillo y fumó a largas bocanadas, estaba contento. Esa noche, una vez más,
campeonaría. Acomodó el asiento del copiloto, lo reclinó un poco para no
perder tiempo a la hora del ataque, sacó los preservativos de la guantera y
separó uno en la división para el sencillo que estaba bajo el radio. “¡El
radio! Claro, música para completar el ambiente...”. Buscó en las estaciones
y al inicio del dial oyó una melodía que le pareció apropiada, puso el
volumen adecuado, se sacó la correa del pantalón y la guardó bajo su asiento
“para no perder tiempo”. Abrió los primeros botones de su camisa y se sintió
como los dandys de las películas sobre Vietnam que siempre veía los domingos
por la tarde. Cuando acomodó el espejo retrovisor para ensayar unas miradas,
sus ojos tropezaron con el zapatito de Azucena, su hija, que colgaba como
amuleto de suerte y recuerdo permanente de su condición de padre de familia.
Sintió que un remordimiento empezaba a despertar dentro de él, recordó a su
esposa y pensó en qué estaría haciendo a esas horas, seguro dormía y soñaba
con él, quizá lo esperaría con la comida caliente, de repente ella... “lo
siento bebé, pero esta noche papi campeona”, y diciendo esto desató el
zapatito y lo guardó en la guantera. Cuando se acomodó en el asiento, vio que
Rosa ya estaba cerca. Le abrió la puerta, ella subió y se sentó, él encendió
el motor y cuando quiso avanzar hacia la avenida, ella le dijo:
-
Estaciónate
por aquí nomás, cerca a la carpa, le he dicho a la muchacha que voy a traer
unas cosas de la tienda; no tenemos mucho tiempo... si le digo que me demoro, de
repente coge toda la plata y me roba el negocio, así son todas las serranas.
-
Bueno,
como quieras, pero dime dónde puedo estacionar el carro, y que sea seguro... tú
eres la que conoce el barrio...
-
Allí
–dijo ella señalando un terral que funcionaba como losa de fulbito en las mañanas.
No
había postes de luz y no pasaba gente a esas horas, además, estaba a unos
metros de la carpa. Mario estacionó el carro, apagó el motor, bajó un poco el
volumen de la radio y abrazó a Rosa que quiso hacerse la difícil, pero no podía.
Mario le atraía demasiado y no tenía mucho tiempo para gozarlo. Sólo se dejó
llevar. Sólo se entregó. Mario la besó. Empezó el ataque del campeón. Le
subió el polo y le bajó el brasiere, sus pechos grandes y duros mostraban unos
enormes pezones marrones que se erguían como dados, él los besaba mientras se
quitaba los pantalones y la ropa interior. Rosa jadeaba con cada beso y apretón
que recibía de Mario, sintiendo que se le iba la vida en cada caricia; se sacó
las sandalias frotando sus pies entre sí, Mario se dio cuenta de esto y supo
que ésa era la señal, ya bastaba de besos y abrazos, era la hora del campeón.
Le quitó el pantalón de lycra y lo dejó en el asiento de atrás, luego siguió
la trusa bikini. Semidesnuda, la sentó encima de él y empezó a besarla, Rosa
se movía en círculos frotándose contra el miembro de Mario, que quería
desesperadamente poseerla, pero ella continuaba con el juego de la tentación.
No tuvo que esperar mucho. Él perdió el control de la situación y le rogó
que le dejara entrar; ella, que jugueteaba con sus pechos haciéndolos saltar
sobre los labios de Mario, se detuvo un instante en seco y le dijo al oído “... y qué esperas... que te dé
permiso...”. Esto lo enloqueció, atrajo el cuerpo de ella hacia el suyo y,
cuando se acomodaba encontrando la postura perfecta, sintió que le golpeaban la
ventana de la puerta, fuertemente. Rosa seguía frotándose sin parar y no oyó
nada, sólo gemía. Mario vio que quien tocaba la ventana era la cocinera de la
carpa, que le hacía señas desesperadas con las manos e intentaba decirle algo.
Se tiró hacia atrás, hizo el ademán de abrir la ventana, pero Rosa estaba
descontrolada, había tomado entre sus manos el sexo de Mario y lo llevaba hacia
la entrada del placer donde él –aún a pesar de la interrupción- hubiera
querido estar “...por lo menos un minuto...”. Rosa sintió una corriente de
aire frío que corría por su espalda, volteó para cerrar la ventana y se
encontró con que Mario la había bajado toda, y que la cocinera los miraba con
curiosidad.
-
¡Magaly!
¡Qué haces acá! ¡Con quién haz dejado el negocio! –Preguntó bajando el
polo, que tenía recogido y acomodándose el brasiere.
-
¡Señora!
¡Señora! –decía Magaly, muy nerviosa, moviendo las manos sin orden.
-
¡Qué
pá-sa! –Gritó Mario, muy molesto, mientras conseguía poner su miembro en la
entrada del sexo de Rosa - por fin... sólo un empujoncito y...
-
¡Señora!
¡Señora! – Seguía diciendo la cocinera.
-
¡Qué
Magaly! ¡Qué! – Gritó Rosa sin dejar de moverse en círculos sobre Mario.
-
¡El
Señor Carlos! ¡El Señor Carlos! Acaba de venir en la moto, ¡está
preguntando por usté!.
Rosa
dio un salto felino sobre Mario, se puso el pantalón de lycra fucsia, la trusa
bikini y las sandalias, en menos de un minuto. En ese orden. Le dio un beso en
los labios a Mario, que estaba mudo y calato, y le dijo: “mañana te espero a
la misma hora, disculpa, mi marido nunca viene al negocio... te veo mañana...
chau”. Cuando bajó del carro, Mario le gritó por la ventana: “¡por lo
menos ponte bien el calzón!” Y echó a reír. Rosa se dio cuenta de que el
calzón estaba sobre el pantalón y junto con Magaly, rieron. La cocinera la tapó
con su mandil y ella se cambió a pocos metros del carro. Mario miraba ese culo
que se le iba de las manos “si su marido se hubiera demorado quince minutos más...
carajo”. Se vistió entonces y se fue de ese lugar pensando en volver al día
siguiente. Varias cuadras más adelante detuvieron el carro en un kiosco y compró
cigarrillos, aún continuaba caliente. Hizo tres viajes al centro con dos
mujeres mayores y gordas, y un viaje con un borracho; finalmente llevó a una
pareja de jóvenes a un restaurante fino. Durante todo el camino, la pareja no
dejaba de besarse y tocarse, hasta el extremo de viajar casi echados sobre el
asiento; lo cual no mejoraba en nada el estado de Mario, que se movía a cada
rato en su asiento. Cuando los dejó, pensó en ir a casa y estar con su mujer.
Seguro que estaría dispuesta, sí seguro, eso haría, llegaría, la haría
feliz, él se quitaría toda esa tensión de encima y dormiría tranquilo,
total, con los viajes hechos había ganado más dinero que en las noches
anteriores y hacía mucho que no estaba con su mujer, aunque ella le había
insinuado algo varias veces... pero para él, ya no era lo mismo. Ya no era su
amante, su mujer, su hembra. Era la madre de su hija... y eso era un freno para
sus pasiones, una piedra en el calzoncillo, una trampa de ratón en el calzón.
Por eso no la tocaba desde que nació su hija, hacía tres meses. Ella le había
dicho que era normal, pero que no abuse. También era una persona, con
sentimientos, con deseos y que lo amaba, que si él ponía de su parte irían
donde un psicólogo para que los ayude, “no a ti mi amor, yo sé que no estás
loco, es por nosotros, por nuestra familia, porque te amo...”. Pero Mario
nada, prefería sus devaneos y escapadas a estar con su esposa; sin darse cuenta
iba matando la magia que lo llevó a casarse cuando se sintió más enamorado
que nunca y, mientras tanto, las luces de las calles avanzaban raudas sobre el
parabrisas del taxi. Faltando un kilómetro para llegar a casa vio la hora:
cuatro y media de la mañana. En una esquina, una silueta estiró el brazo.
Mario aceleró y en esos segundos pensó “mejor me voy a casa, estoy con sueño,
cansado y más caliente que burro en primavera...” sonrió, “bueno, si está
en la ruta, que sea la última carrera...”. Y detuvo el auto junto a la
silueta de una muchacha joven que, sin preguntar, abrió la puerta delantera y
se sentó.
Mario
se percató de que la joven lloraba, era bonita y traía un vestido muy corto,
mostrando un poco más que el muslo. Una casaca de cuero negro la abrigaba. El
auto avanzó.
-
¿Adónde
la llevo señorita? Usted dirá.
-
A
cualquier lugar... no importa.
-
¿Cómo
que a cualquier lugar?
-
No
me importa, nada me importa. Respondió la joven entre suspiros.
Mario
llevó el carro hacia un lado de la pista, encendió las luces intermitentes y
apagó el motor. Se volvió hacia la joven y tomándola del mentón le preguntó
mientras le acercaba su pañuelo:
-
Ya
no llores amiga, sea lo que sea que te pase, no vale la pena llorar, no remedia
nada.
-
Gracias
por el pañuelo –dijo ella apartándose de Mario- lo que pasa es que mi
enamorado acaba de terminar conmigo.
-
¡Y
por eso lloras!, ese chico es un idiota, mira que dejar a una chica tan linda
como tú.
-
Me
llamo Jessica. Dijo la chica sollozando.
Mario
pensó inmediatamente en sacarle el jugo a la situación, “ni hablar, es mi
noche... de esta no sales invicta mamacita...”
-
Porque
hay que ser idiota para dejarte –continuó él ya más motivado por las
circunstancias- pero bueno... aún quedan muchos hombres sobre la tierra ¿no?
Claro que... algunos más guapos que otros –y probó con la mejor de sus
sonrisas.
Ella
reparó entonces en esos ojos verdes y esa sonrisa matadora, hizo un ademán de
puchero y lo abrazó. Mario pensó entonces “me doblé, seguro que a esta
flaca la han dejado como a mí... a medio vivir...” y le respondió con otro
abrazo. Ella preguntó: ¿Crees que soy fea?
Listo,
esa era la señal. Mario encendió la radio, la música era suave. A través del
cristal del auto se veía a una pareja que hablaba y hablaba y de rato en rato
reía, luego se hacían cosquillas. Luego se besaban. Luego se inclinaban sobre
el asiento. Luego ya no se les vio...
2.
Cuando
el sol se deslizó por entre las cortinas del hostal, detuvo sus primeros rayos
sobre el rostro de Mario, que abrió los ojos lentamente y, estirando un brazo,
buscó en la cama a Jessica. No la encontró. Lo primero que se le vino a la
mente fue “¡La billetera!”. Saltó desnudo de la cama y corrió por el
cuarto buscando sus pantalones. Cuando los halló buscó en sus bolsillos
desesperadamente, encontró su billetera, la abrió y contó el dinero. Estaba
completo. Buscó sus documentos, sus recibos, la foto de su matrimonio, el
retrato de su hija, todo estaba en orden. “Ah... –suspiró- soy un campeón”.
– Y se metió a la ducha.
Cuando
salió estaba más fresco, se vistió y peinó frente al espejo. “Ahora, a
casa a descansar como debe ser. Que suerte, no podía haberme quedado así después
de lo de Rosa, ni hablar... menos mal que tengo carro porque sino... ¡EL
CARRO!”. Metió las manos a los bolsillos buscando las llaves del carro y no
las encontró. Vació los bolsillos hasta dejar el fundillo expuesto, buscó
entre las sábanas, sobre la mesa de noche, en el cajón del velador... ahí
estaban las llaves. Salió corriendo al pasadizo y sacó la cabeza por la
ventana, miró hacia abajo y vio su carro estacionado, completo. Suspiró
aliviado y volvió a la habitación. “Menos mal... –susurraba- si me robaban
el carro en la casa me mataban. ¡Qué buena noche! Ojalá todas fueran así, ¿cómo
haré para levantar a esta flaquita otra vez? No sé ni su dirección ni nada
– decía mientras se amarraba las zapatillas sentado en la cama- ¡Buéh!
Mejor así, son cosas que pasan, ahora ¡a casa!”. Se puso de pie y se
acomodó la camisa, revisó la habitación para no olvidarse de nada y cuando
estuvo seguro de eso, salió. En la recepción, el cuartelero le entregó sus
documentos, el recibo y un sobre cerrado que decía: “Para Mario, de
Jessica”. Lo recibió, doblándolo en dos, lo guardó en el bolsillo de su
pantalón, entró a su auto y se marchó. Llegó a casa a eso de las diez de la
mañana, su mujer estaba con una bata puesta, esperándolo con el desayuno
servido en la mesa. Cuando lo vio entrar, respiró fuerte y hondo, salió a
saludarlo. Sonriendo, le preguntó en un tono fingidamente cariñoso mientras él
cargaba a su hija y le hacía gracias tontas:
-
¿Porqué
llegas a esta hora?.
-
¿Me
estás interrogando? –Preguntó Mario en tono molesto, indignado.
-
No.
Lo que pasa es que siempre llegas más temprano.
-
Si...
tienes razón, el carro se malogró en la autopista y tuve que empujarlo hasta
un grifo.
-
¿Así?
–Preguntó ella mientras le servía el café.
-
Si...
menos mal que la noche no estuvo tan mal, sino no hubiera podido repararlo.
-
¿Te
fue muy bien entonces?
-
Más
o menos, sabes que los fines de semana siempre se gana un poco más que otros días,
no es mucho, pero es un poco más. Eso es lo que importa.
-
Si
pues, eso es lo que importa – Susurró ella.
-
Sí,
estoy muy cansado.
Terminado
el desayuno, Mario se fue a descansar, su hija se quedó dormida en la cuna y
Alejandra lavó los platos. Estaba celosa, sabía que algo había pasado, o al
menos que algo estaba pasando. Fue a su habitación y vio a Mario echado en la
cama, en ropa interior. Tenían poco tiempo de casados y ella lo deseaba. Se
acercó al borde de la cama, se acomodó a su lado, él sintió su presencia
cercana y la abrazó, vio su rostro y descubrió algo que no veía hace mucho
tiempo, o que no quiso ver: que Alejandra estaba enamorada de él.
-
¿Qué
pasa, mi amor? – Preguntó Mario, somnoliento.
-
Nada
–dijo ella mientras lo abrazaba y besaba- es que te amo tanto, que no quiero
perderte.
-
No
me vas a perder...
-
¿Seguro?
-
Seguro.
-
Te
amo, mi amor, te amo... –dijo ella jugando con su cabello de mecha larga.
-
Y
yo a ti.- Suspiró.
-
Entonces...
ámame.
Ella se quitó la bata y Mario vio que ese hermoso cuerpo desnudo
le pertenecía. Sintió un remordimiento por su constante rechazo, por todas las
veces que la había dejado de lado a causa de sus prejuicios. La besó con amor,
como hacía tanto tiempo no lo hacía. Luego la cubrió con el edredón y
empezaron a juguetear como antes de casarse, cuando visitaban hostales y playas
y no desperdiciaban ninguna oportunidad de viaje o campamento para estar juntos.
Como cuando eran completamente libres y felices.
3.
Una semana después, Mario llevaba la ropa a la lavandería en el
auto. Su relación había cambiado mucho desde aquel día, era como si las cosas
hubieran vuelto a ocupar su lugar, como si ese día se hubieran ordenado todas
las cosas que andaban mal. En la lavandería, el señor que atendía revisó los
bolsillos de los sacos, camisas, pantalones, y encontró un sobre con el nombre
de Mario. Antes de que éste saliera del local, lo llamó y se lo entregó.
Mario lo recibió indeciso, no recordaba el sobre aquél hasta que
leyó el nombre: Jessica. “Es mi
prima” le dijo al que atendía, que se alejó sin mayor ceremonia. “Debe ser
su teléfono o su dirección, justo, ya sabía yo que tenía que ser completo
–pensaba- pero no puedo leerlo aquí, tiene que ser en el carro”.
Fue a su auto, avanzó unas cuadras y se detuvo en un parque muy
tranquilo, apagó el motor, recostó su asiento y una vez cómodo, encendió un
cigarrillo. Abrió el sobre y sacó una nota doblada en dos. Cuando terminó de
leerla, se sentó de golpe y acomodó el asiento a su lugar original. La presión
le bajó por los suelos y se puso pálido.
Frío y sudando hielo, el rostro se le avejentó cincuenta años en
cincuenta segundos. Sólo cuando la voluta del cigarrillo quemó sus labios,
salió del trance. La nota decía: “Por ser como eres, bienvenido al mundo del
Sida. Sin rencores, Jessica”. Y él permaneció mudo, sentado en el taxi,
durante muchas horas...
Un año después, enterraban a Alejandra en el Cementerio
Municipal, aquél hermoso cuerpo entregado al amor, se había llenado de manchas
lilas que la hacían gritar de dolor, y que luego la llevaron inevitablemente
ante la muerte. Siete meses más tarde, la pequeña Azucena, moría en la cama
de un hospital para niños con VIH: la leche que recibió de su madre a través
de los pezones heridos por sus inocentes encías traviesas, la mató. Mario
nunca se recuperó. Perdió todo: el carro, la casa, su esposa, su hija, su
familia, el sueño, sus muebles, su dinero, la esperanza, su vida... no, su vida
no la perdió, él sólo era portador. Logró esquivar a la muerte aquella noche
de fin de semana. Era un campeón.
Ó gabriel rimachi sialer, 2004 / todos
los derechos reservados