Un misionero holandés, rubio muy rubio, es destacado a ejercer su ministerio a un perdido pueblito de Senegal. Menos que un pueblito ese lugar era solamente una tribu de nativos incivilizados regidos por un rey con dientes por collar y aros en las orejas y nariz. El misionero que aprendió el idioma de los negros nativos predicó su evangelio por más de dos años en completa paz con al rey y sus súbditos. Hasta que un día el rey muy enojado lo manda llamar y le recrimina que su hija, una hermosa negra oscura, había dado a luz un niño blanco. Y como en 3.000 kilómetros a la redonda no había otro blanco más que nuestro misionero, el rey lo culpó de haberse aprovechado de la inocencia de la negrita.
El misionero, confundido al principio, se tranquilizó y tranquilizó al rey diciéndole que lo ocurrido era simplemente un capricho de la naturaleza . El rey negro no estaba muy convencido y ya llamaba a sus guerreros para que ejecuten al misionero cuando este pasa su brazo por sobre el hombro del rey y llevándolo hacia una elevación del terreno que dominaba todo el valle a sus pies le dice:
- Ves hermano ese enorme rebaño de ovejas de tu propiedad?...Bueno, observa que la naturaleza ha querido que entre todas ellas blancas haya una oveja negra.
El rey lo llevó aparte y le dijo muy apurado:
- Hermano, vamos a hacer un trato. Tu no decir nada de oveja negra y yo no decir nada de nieto blanco.