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Gayangos de Montija (Burgos) |
HISTORIA DEL BALNEARIO
El balneario de Gayangos
(12
diciembre 1993)
La sulfurosa de Gayangos es una de las numerosas fuentes que, con iguales o parecidas propiedades minero-medicinales, existen en la Merindad de Montija. Probablemente era conocida y beneficiada desde mucho antes de que el alumbramiento de sus aguas diera origen al balneario. De hecho, ya el historiador y economista E. Larruga, en el siglo XVIII, escribió que “En el lugar de Gayangos hay una fuente de agua mineral que se atribuye su virtud a alguna agua de cinabrio”.
Mucho más precisa es, no obstante, la memoria general de este establecimiento balneario correspondiente a 1887, escrita por el que entonces era su médico y director, Mariano Viejo y Bacho. Según este facultativo, el terreno donde brotan los manantiales medicinales era a principios del siglo XIX propiedad de un sacerdote de Gayangos, a quien, por cierto, se atribuye la construcción de la interesante fuente abrevadero que hoy campea en la plaza mayor de dicho pueblo.
Describe también Viejo Bacho que “viendo dicho señor el gran número de enfermos que acudían a Gayangos en busca de las aguas sulfurosas, cuyas virtudes medicinales ya tenían fama por aquel entones, saneó el terreno donde emergen, que estaba convertido en una gran charca en donde se bañaban los enfermos”.
De igual modo y abundando en esa aceptación que de siempre han tenido las aguas mineromedicinales de Montija, conviene recordad que también eran sobradamente conocidos por sus efectos terapéuticos los manantiales próximos de Baranda, Fuente y Poza Quibilla (¿Cubilla?), donde los enfermos de la comarca tenían por costumbre tomar salutíferos baños de manera indiscriminada, como se quejaba el citado médico-director de Fuensanta: esto constituye un abuso que no debiera tolerarse, pues si dichos manantiales son medicinales y según se cree muy parecidos a los sulfurosos de la Fuensanta de Gayangos, siendo susceptibles como estos de producir saludables efectos, deben ser considerados como medicinales, incluirse entre estos y rodearlos de todos los medios necesarios para una científica y provechosa aplicación medicinal”. Y como no podía ser menos, en relación a la época retratada, el facultativo se lamentaba, asimismo, del daño que estos baños descontrolados podían suponer para el decoro y puritanismo imperantes: “Se bañan al aire libre, haciéndolo según les parece; por lo demás excuso manifestar que la moral pública no gana con estos hechos”.
Afeitarse
el día de fiesta.
Resulta reseñable, por otro lado, el hecho de que esta agua no sólo fueron tenidas en cuenta para fines terapéuticos; al parecer fueron también usadas hasta hace muy poco tiempo por los habitantes de la zona, para distintos usos domésticos. En este sentido, un vecino de Baranda, Antonio Leciña, de 85 años, cuenta que “en invierno, a pesar de encontrarse a más de medio kilómetro, los vecinos del pueblo íbamos con carros y carretillas a lavar la ropa a la fuente y poza de Quibilla, porque el agua en ellas salía más caliente; y era también costumbre en el día de la fiesta del pueblo ir allí a coger agua para afeitarse y cocer los garbanzos”.
En definitiva, puede decirse sin temor a errar, a tenor de todo el costumbrismo descrito, que el balneario de Gayangos, como ha ocurrido con la inmensa mayoría de los balnearios, nació porque existió antes una amplia aceptación popular de los manantiales de los que se surtió, extendida más allá de la memoria.

Un
manuscrito para la historia.
Para el conocimiento de sus orígenes como establecimiento, existe en el Concejo de Gayangos un documento-manuscrito, de 9 de julio de1834, que trata de la concesión del permiso para la construcción de una casa de baños en el lugar que entonces era conocido como Fuente Santa.
Comienza dicho escrito (dejaría de tener valor al declararse las aguas de utilidad pública en 1880) dando a conocer una providencia del gobernador civil de la provincia, Manuel de la Riva Herrera, para que el citado Concejo “del terreno común se le proporcione a Don Manuel Ormaeche (¿Ormaechea?), vecino de Mungia, lo suficiente para hacer a sus expensas una Casa de Baños en las inmediaciones de la Fuente Santa con su cerrado”.
Continúa el valioso documento desvelando los pormenores de la venta, límites, tasación, etcétera, incluyendo además una serie de condiciones que se imponían al comprador, de gran interés por lo que podrían tener semejanza con la puesta en funcionamiento de otros balnearios burgaleses ya extinguidos, cuya historia no nos es tan conocida. Así, por ejemplo, una de ellas era la de que el sobrante del agua de la Fuente Santa, “que sirve para medicinarse y curar el mal de orina tan experimentado por los buenos resultados a cuantas personas la beben anualmente tanto del pueblo como forasteros… tengan su curso y dirección para el destino de regar los huertos y demás del pueblo”. Otra era la de “dejar libre, expedido y desembarazado sin que se pueda hacer al presente, ni en ningún otro tiempo, cierre de pared ni estacadas para que tanto el pueblo, como cualquier persona forastera, pueda entrar y pasear libremente, y sin impedimento alguno a tomar y beber las aguas o lo que acomode”. Y por último la de que el mencionado Manuel Ormaeche “pueda tomar todo el agua que necesite de dicha fuente para uso y surtido de la Casa de Baños que trata de hacer mientras estos estén ocupados, y no estándolo ha de estar obligado a dar curso y dirección a las aguas, el que siempre han tenido y tienen, como queda dicho y dar igualmente los baños que necesite cualquier persona avecinada y domiciliada en este lugar, para curar sus dolencias y enfermedades, previa certificación del facultativo, sin exigirles ningún tipo de interés, ni retribución por citado baños”.
Decano
de los balnearios.
Como establecimiento balneoterápico éste de Gayangos es citado a mediados del siglo pasado (XIX) por Madoz. Por ello y porque en el diccionario estadístico del desamortizador no se da noticia de ningún otro balneario en Burgos –aunque sí de numerosas fuentes minero medicinales- le cabe el honor de ser el primero que entró en funcionamiento en la provincia de Burgos. Madoz se refirió a él en los siguientes términos: “Un establecimiento público de baños minerales en el centro del pueblo, cuyas aguas son muy buenas para el mal de orina y erupciones cutáneas, habiendo en él localidad bastante para hospedar los dolientes”.
A partir de esta reseña, el discurrir del establecimiento de la Fuensanta nos es bien conocido, dado que los varios médicos directores que lo tuvieron a su cargo redactaron las memorias anuales reglamentarias. La última de ellas, por nosotros conocida, es la del facultativo Santiago Fernández García, correspondiente a 1892.
Avanzado un cuarto de siglo, en 1916, “por imposibilidad de seguir atendiéndole sus dueños con todo el interés que merece, dada su creciente fama y continuo aumento de bañistas”, el balneario es puesto a la venta, según consta en un anuncio insertado en Diario de Burgos. Los interesados habían de dirigirse a Julio Romero Garmendía, en Castro Urdiales, quien con toda probabilidad, era uno de los “señores Garmendía” que, como propietarios del establecimiento figuraban en 1887, según la memoria de Viejo Bacho.

“Movimiento”
y muerte.
A los propietario de la Fonda Esmeralda, de Santander, los mismos que administran en 1933 el balneario de Gayangos, debió sentarles como un tiro del frente de guerra que, en octubre de ese año, los militares invadieran la alameda de acceso a su coqueto centro balneoterápico. “Todo por la patria”, dirían. Al fin y al cabo, la belle epoque de los balnearios comenzaba su declive. Lo cierto es que, según afirma Manuel Alonso Ezquerra, de 71 años y vecino del pueblo de las lagunas, “cuando estalló el Movimiento del 18 de julio, el balneario estaba funcionando, pero en 1938 un general lo requiso para sanatorio de tuberculosos, y con esa utilidad estuvo hasta 1945, año en que los enfermos fueron trasladados al de Fuentes Blancas, de Burgos”.
Y es que la guerra civil española firmo el acta de defunción, no sólo del manejado millón de muerto sino de muchas otras cosas, espirituales y materiales, encontrándose entre estas últimas los balnearios. En plena lucha fraticida, los militares declararon estos establecimientos, y otros, como colegio, conventos, almacenes, etcétera “edificio de utilidad para la causa nacional”, siendo usados en primer instancia con centros de reposo de los participantes en la masacre. Hospitales de sangre, sanatorios de tuberculosos, serían algunos más tarde, y la enfermedad maldita en aquellos años, que condujo a los balnearios a convertirse en guetos, dejo, como era de suponer, secuelas en Gayangos: en algún lugar próximo a la Fuensanta debe haber un olvidado cementerio “que hubo de construirse para enterrar a los casi 130 muertos del sanatorio, porque el del pueblo era muy pequeño y no valía”, comenta M. Alonso.
Nadie quiso después prolongar la vida de la Casa de Baños, probablemente porque nadie estaba entonces dispuesto a respirar el ambiente ni compartir los muro tocados por el bacilo de Koch. No importa que, según el citado vecino de Gayangos, los médicos dijeran “que no tuviéramos miedo, que la enfermedad no se pega, el hecho es que el pueblo, al principio, tenía mucho miedo de entrar en el balneario”. Y tal fue el temor a la huella que podrían haber dejado los “apestados” en las instalaciones, que sólo con el paso de los años las gentes de la zona. Armado de valor, iniciaron el expolio de las mismas:”Se fueron llevando poco a poco las bañeras de mármol, las tuberías de plomo, las baldosas, las vigas… en fin, todo. Hasta que quedó hecho una ruina”. La misma ruina que ahora impera bajo la salvaje vegetación que la envuelve. Sólo la fuente mineromedicinal lleva su normal y eterno discurrir en la actualidad.