Una relación personal
(la afectividad entre el hombre y la mujer)
Hombre de alma y
cuerpo: con pasiones y sentimientos
Cada
uno de nosotros -tanto el varón como la mujer- es un hombre (persona humana). Y esto debe marcar
cualquier relación humana que tengamos. A veces hemos puesto más énfasis en el
aspecto espiritual del hombre: cuando algunos se han empeñado en considerarlo
sólo como animal, sujeto de impulsos y pasiones irracionales. Otras hemos recordado que no somos ángeles -como dice literalmente la canción
italiana-: ha sido así cuando alguien ha considerado nuestra naturaleza al margen de
sentimientos y de otros aspectos materiales. Pero siempre hay que referirse al
hombre como unidad de alma y cuerpo para no desvirtuar lo que verdaderamente
es.
Tenemos
apetitos sensibles. Apetitos naturales y buenos que nos inclinan sensiblemente
hacia bienes que nos convienen. Así resulta natural -y buena en sí- la
inclinación a comer cuando lo necesitamos, a beber o a descansar. También
resulta buena la pasión (temor) que nos empuja a evitar lo que consideramos un
peligro para nosotros. Pero para asegurarnos de que esas pasiones y apetitos
naturales no se desordenan, debemos juzgar inteligentemente cada uno de esos
movimientos naturales (comer en exceso, dormir en exceso, o quedarse
“paralizado” en una situación de riesgo… pueden resultar actitudes
perjudiciales para nosotros). La inclinación afectiva por la que un varón y una
mujer se sienten atraídos es en sí buena. Pero debe ser “gobernada”
inteligentemente para evitar que desemboque en un desorden.
Me apetece, lo
deseo…
Por
eso no es posible hablar de las pasiones como movimientos sensibles malos.
Tampoco buenos. Son buenos o malos según el uso recto o desviado que les demos.
Además, cualquiera descubre en el apetito de comer un remedio para la
supervivencia individual (fácilmente se nos olvidaría comer si no sintiésemos
nunca hambre). Lo mismo sucede con el temor (pues la ausencia de temor nos
llevaría a actitudes temerarias o, cuando menos, imprudentes en situaciones
reales de riesgo). En cuanto al apetito sexual, no se precisa un conocimiento
biológico de nivel universitario para descubrir que su finalidad primera es
asegurar la supervivencia de la especie (en el hombre como en cualquier otro
animal), favoreciendo la procreación. Pero este apetito tiene como término de
referencia otra persona (debe estar incluido siempre dentro de una relación
personal, no de consumo, como
veremos…)
Los
apetitos sensibles hacia objetos hacen que se establezca entre nosotros y ellos
una relación de egoísmo. Aunque suene dura esa palabra, no se trata de
una relación mala: tendría poco sentido relacionarme con un refresco, con un
sofá, con un televisor o un coche, por otra razón diferente a buscar el solo
beneficio que me proporcionan.
Lo primero: ¡Te
quiero!...
En
el caso de la atracción entre un hombre y una mujer también puede darse el
egoísmo. Si éste no es el valor predominante e incluso exclusivo, la relación
será buena. Sería absurdo decir que encontrarse a gusto con quien uno
ama es un sentimiento “malo” dentro de una relación “buena” en sí. Pero debemos
recordar que la relación entre un varón y una mujer, aunque se sientan atraídos
físicamente, nunca debe abandonar el carácter de relación personal.
La
relación que yo establezco con un refresco, una comida o un coche, termina en
el beneficio que me proporcionan. Podría resumir esa relación con las
expresiones: me apeteces, me gustas, te deseo, me vienes bien…En
cambio, la relación que se establece entre un hombre y una mujer, aunque se
sientan atraídos, sólo es una relación personal cuando puede aplicársele esta
exclamación: ¡te quiero! (sin
embargo, ¡tantas veces queda reducida a las expresiones anteriores!...)
Algo
parecido sucede en el amor de amistad entre amigos. Aquí no se da la atracción
física, pero sí un afecto que lleva a sentirse a gusto juntos. ¿Por qué,
siendo la amistad algo bueno, voy a considerar malo el sentimiento de que me
apetezca estar con los amigos? Sin embargo, si en algún momento dejo de lado la
consideración del amigo como “otro yo” o “la mitad de mi alma” (como decía San
Agustín), y busco de forma exclusiva mi beneficio… acabaré adulterando esa
amistad.
En
el amor afectivo entre un varón y una mujer (el eros) hay siempre algo de egoísmo
(en el sentido de buscar cada uno su beneficio). Si ese sentimiento o pasión va unido a la entrega (al amor al otro en sí),
se establecerá entre ambos una relación verdaderamente personal que
contribuirá al perfeccionamiento de ambos. Y, en la medida en que sea mayor la entrega desinteresada, será también
mayor el beneficio personal de cada
uno.
Unidad y
estabilidad del amor entre el hombre y la mujer
En
esta relación personal, el objeto sobre el cual se establece el vínculo entre
el varón y la mujer son sus mismas personas (cuerpo y alma). Hay relaciones
entre personas en las que el carácter personal queda reducido a casi nada (una
relación comercial, por ejemplo). Otras relaciones, aunque se establecen sobre cualidades de
la persona y sobre la persona misma, no implican una entrega personal plena (así sucede con la amistad,
donde el amigo quiere al amigo como a sí mismo, considera el alma del otro como
la propia y sus intereses como suyos, y aun estaría dispuesto a entregar la propia vida para obtener la felicidad de aquél..., pero no llega a la entrega personal
de su cuerpo y de su afectividad corporal).
La
entrega de la propia persona en el eros (cuerpo y alma, ya que el cuerpo sólo haría de esta
entrega algo impersonal), hace que este amor sea único. De hecho, si una
persona se encuentra unida a otra por este amor y aparece un tercero, surge de forma espontánea el sentimiento de celos. Este amor no puede ser compartido
(de forma natural, es decir, sin hacer violencia a su naturaleza) mientras vivan las
dos personas que se aman. Sin embargo, no sucede así con la amistad, ya que puede darse de
forma íntima e intensa con dos o más
personas simultáneamente sin que la amistad
con otros haga disminuir la amistad
hacia uno ni haga de ésta una relación desleal: es así porque en la amistad
-aunque pueda ser más generosa que el eros- no se entrega la intimidad personal (cuerpo y alma con
sus afectos) al amigo.
1) El
hecho de que ese amor entre el hombre y la mujer sea único, de que no pueda
ser simultaneado con otros hombres o
mujeres sin que sea tildado de falso o desleal, nos lleva a la siguiente consecuencia:
Esa unidad del eros
es también propia del noviazgo: sólo cuando el noviazgo entre un hombre
y una mujer se ha roto, pueden ser dirigidos -de forma leal- los sentimientos
de afecto hacia otra persona. Cuando se “cargan las tintas” en el aspecto
sentimental (el flechazo) de las
relaciones de pareja, las personas cambian de pareja “como quien cambia de traje”
y aparecen serias dificultades para orientarse hacia un matrimonio estable en
el futuro.
2)
La búsqueda de una unión estable, hace conveniente
que quienes establecen esa relación afectiva dilaten las manifestaciones corporales de su amor (nos referimos a la
sexualidad) hasta que se comprometan de
por vida en el matrimonio. Cuando se da la unión corporal (o se abre la intimidad corporal), se
manifiesta la pertenencia al otro: si esa
pertenencia es sólo un proyecto (como
sucede durante el noviazgo), estaríamos ante una manifestación falsa. Además,
resulta poco conveniente (para fortalecer la exclusividad de ese amor entre un
hombre y una mujer) la coexistencia de varias personas con las que una tercera
ha abierto su intimidad corporal: pues podrían avivarse más fácilmente los sentimientos de celos.
La pureza en el
noviazgo: prueba de verdadero amor (y garantía de futuro)
Cuando
se trivializan las manifestaciones corporales del afecto entre un hombre y una
mujer, cuando se deja que sean los instintos quienes rijan esas relaciones, el eros se
pervierte. Puede haber amor entre ambos, pero la unión corporal que se produce
antes de que la entrega sea definitiva (en el matrimonio) hace que esa unión no sea
manifestación real de su entrega (que aún no es completa, aunque haya sido proyectada como tal) y se convierte en cauce para el egoísmo. Al no haber todavía entrega plena entre ambos, los apetitos acaban
rigiendo esa relación. La adulteración de lo que debería haber sido una auténtica
relación personal, más aún cuando se realiza de forma habitual, degenera
con frecuencia en un sentimiento o complejo de ser sólo objeto de deseo (en lugar de objeto
-sujeto- de amor) por parte del otro. Por las características diversas que
tiene la afectividad en el varón y en la mujer,
esa sensación de ser utilizado
se da primeramente en ella (de forma general), y cuando la mujer huye en busca del verdadero amor, suele
ser también más frecuente la reacción violenta
(no necesariamente física) por parte del varón (despechado por un sentimiento de celos del que -equivocadamente, además- no se
siente responsable, sino sólo víctima).
La
experiencia demuestra que cuando la pareja se propone establecer una relación
de noviazgo sin atravesar los límites
(es decir, sin actitudes o manifestaciones propias del amor entre dos personas
ya unidas en matrimonio), el esfuerzo que les supone controlar sus pasiones y
la complicidad (fruto del diálogo)
para mantenerse así durante el noviazgo, acrecientan el mutuo respeto y el
cariño. Además, ese respeto anterior les ayuda a superar las dificultades
normales que pueden surgir después en su vida matrimonial: cuando ha habido ese
respeto durante el noviazgo, ninguno se ha sentido utilizado por el otro -tampoco de mutuo acuerdo, como a menudo sucede con quienes mantienen
relaciones prematrimoniales-, y el diálogo se mantiene en las relaciones
conyugales después de casarse (ya que la unión corporal no es lo único de su
amor sino uno de los cauces para manifestar el amor).
Conclusión
No
tener pasiones ni mostrar sentimientos es inhumano. El sentimiento debe
impregnar todas nuestras relaciones personales (más aún las relaciones
afectivas de enamoramiento entre un hombre y una mujer). Sin embargo, si esos
sentimientos llegan a ser lo único (o lo absolutamente predominante) de
la relación afectiva entre un hombre y una mujer, dicha relación estará abocada
al fracaso.
No
debo relacionarme personalmente con alguien si a esa persona sólo la deseo.
Ni siquiera en unos momentos de la relación (aunque haya otros de verdadera entrega), porque en ese caso habría momentos en los que estaría
tratando a esa persona como un objeto de consumo (me apeteces, te deseo…)
La
entrega verdadera nos lleva a amar con más intensidad (también con más
sentimiento, sin que éste sea nunca lo predominante), y eso nos lleva a sentirnos más a gusto con la persona
amada. Cuando el amor establece una relación verdaderamente personal, se da la
paradoja de que la entrega
desinteresada entre quienes se aman les lleva a obtener más intereses. El amor de entrega (tanto
en el eros
como en la amistad) aporta más
beneficios egoístas a quienes lo
viven, haciéndoles -sin embargo- cada vez más generosos (es decir, menos egoístas).
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Fernando del Castillo del Castillo
Marbella,
junio de 2006
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