Mi matrimonio en crisis… ¿Qué puedo hacer?
“Desde el momento que me hice católico, no tengo,
naturalmente, más historia de mis ideas religiosas que relatar. Al decir esto
no quiero decir que mi entendimiento ha permanecido ocioso, o que haya dejado
de pensar en temas teológicos, sino que no tengo variaciones que anotar ni he
tenido angustia alguna de corazón (…)
“Tampoco me ha supuesto turbación alguna la aceptación de
los artículos adicionales que no se encuentran en el credo anglicano. Algunos
los creía ya, pero ninguno de ellos ha sido para mí una prueba (…)
Naturalmente, estoy muy lejos de negar que cada uno de los artículos del credo,
tal como los admiten católicos o protestantes, no estén envueltos en
dificultades intelectuales y es patente que yo no soy capaz de resolverlas. Hay
personas muy sensibles a las dificultades de la religión; yo soy tan sensible a
ellas como cualquiera; pero nunca he podido ver la conexión entre percibir
estas dificultades, por vivas que sean y mucho que se multipliquen, y la duda,
por otra parte, sobre las doctrinas a que van inherentes. A mi entender, diez mil dificultades no hacen una duda; dificultad y
duda son cantidades inconmensurables. Puede, naturalmente, haber
dificultades en la demostración; pero yo hablo de dificultades intrínsecas a
las doctrinas mismas o a sus relaciones con otras. Uno puede estar fastidiado por no poder resolver un problema
matemático, cuya solución se le ha dado o no se le ha dado, sin dudar de que
tiene solución o que una solución particular es la verdadera.” (John
Henry Card. NEWMAN, Apologia pro vita
sua. Cap. V: Mi estado de espíritu desde
1845, in princ.)
¿Tiene sentido empezar este tema con
una cita de Newman sobre la Fe, las dificultades y la duda? Sí (y de hecho será
continuo punto de referencia en nuestro estudio): la exquisita finura con que
el autor matiza la diferencia esencial entre las dificultades y la duda en el
asentimiento de fe, le lleva a afirmar de forma lapidaria que diez mil dificultades no hacen una duda.
Una afirmación ejemplar para distinguir también entre las incomodidades y contrariedades
en la vida matrimonial (normales, por otra parte) y el desamor o el fracaso
dentro del matrimonio.
¡Cómo nos queríamos al principio!...
La fe que uno tiene en lo que dice
otra persona no se fundamenta tanto en la evidencia de lo que afirma como en la
confianza que nos inspira esa persona. Por este motivo podemos tener dudas
acerca de informaciones que nos llegan y que no parecen en sí descabelladas -por ejemplo, cuando otro
compañero del trabajo anuncia una subida de sueldo superior a la esperada o
unas vacaciones más prolongadas-; mientras que no dudamos de lo que dice
alguien digno de nuestra confianza, aunque haga afirmaciones casi increíbles (como la madre que nos dice
que ha visto por la calle paseando a quien considerábamos postrado en silla de
ruedas para el resto de su vida).
El amor a otra persona hace que
crezca la confianza en ella. Más aún: permite que quitemos importancia a los pequeños
errores que comete. Y en el caso de descubrir grandes errores, ese amor -que no
ingenuidad- sabe disculparlos con excusas que salvan la intención con que actuó o al menos recuerdan sus aciertos
anteriores.
En el noviazgo suele darse un primer
enamoramiento bastante superficial. Sólo conforme pasa el tiempo va tomando
cuerpo un amor más personal: siguen vivos los afectos sensibles, pero bajo esos rasgos físicos y de carácter que nos
atraen, descubrimos a otra persona con la que empezamos a plantearnos compartir
el resto de nuestra vida.
Cuando un hombre y una mujer deciden
casarse (sellar ante testigos cualificados un compromiso con carta de naturaleza que los vincule de por vida), cada uno conoce que puede cruzarse en su vida otra
persona cuyas características le “deslumbren”. Sin embargo, sabe también que la
“esencia” de su amor no son los sentimientos -aunque sean buenos y convenientes
para un amor verdaderamente humano- sino la voluntaria entrega personal.
Si estas ideas se difuminan y el matrimonio
permite que su relación no llegue más allá del sentimiento, corre el riesgo de
derrumbarse cuando dicho sentimiento se enfría o cuando en la vida de uno de
los cónyuges se cruza otra persona
que despierta un nuevo enamoramiento (sentimental).
Es entonces cuando se plantean dudas donde sólo debería haber dificultades. Y se interpretan los
pequeños roces normales de la
convivencia como desprecios y
muestras de desamor. Y se pregunta
uno si no habrá sido un error casarse. E incluso -en un alarde de “falsa humildad”- llega a considerarse incapaz
de adoptar un compromiso “de por vida” con otra persona, porque comprueba que
sus sentimientos son volubles (y piensa que el amor humano se reduce a
sentimientos).
Y nos asalta un pensamiento
melancólico que va tomando cuerpo día a día: ¡Cuánto nos queríamos al
principio!...
El
noviazgo (necesario) tiene un sentido
Cuando un chico y una chica se
enamoran y se declaran mutuamente su amor se establece entre ambos una relación
de noviazgo.
Como hemos dicho antes, al
comienzo de esa relación prima el
sentimiento: el aspecto físico, el modo de ser, el tono de voz, la mirada… Todo
lo que vemos en el otro hace que nuestro pensamiento gire en torno a esa
persona que… ¡con su sola presencia nos produce hasta escalofríos y
nerviosismo!
El trato hace que ese sentimiento
-sin llegar a desaparecer nunca- dé paso a un amor más profundo, que descubre
detrás de esa mujer o de ese hombre a una persona: nos atrae, ¡sí!, pero -como persona- tiene su propia historia (de la que es protagonista) y deseamos
que se entrelace con la nuestra (de la que somos nosotros los protagonistas)...
para interpretar juntos una “película”
con un “actor” y una “actriz” principales (dos
protagonistas: ¡nosotros dos!)
Como el noviazgo no es todavía un
compromiso definitivo, se puede dar marcha atrás en la relación. Pero como sí
se orienta a un compromiso definitivo, tampoco se trata de una relación trivial: en la vida de los novios se
cruzarán otras personas que les parezcan atractivas y que, sin embargo, no
serán obstáculos para seguir adelante con esa relación de mutuo conocimiento.
Porque en el noviazgo no sólo se da una
atracción (sentimiento) entre los novios, sino que se reconoce también una
declaración de amor personal (acto libre).
Por esta razón hay que orientar el
noviazgo hacia el conocimiento personal
de quienes se encuentran enamorados. Las manifestaciones de
afecto han de existir (manifestaciones propias de la entrega en el
noviazgo y no manifestaciones de amor matrimonial). Pero si el noviazgo se
reduce a esas manifestaciones afectivas (aunque sean apropiadas), puede ser el preámbulo de un fracaso matrimonial, por no favorecer el conocimiento entre los novios.
Nos
hemos casado. Y ahora… ¿qué?
La libertad humana es tan grande que un hombre y una mujer pueden
comprometerse de por vida el uno con
el otro en una entrega de amor personal
(con cuerpo y alma): eso es el matrimonio.
Sin embargo, no basta con esa
decisión. Hay que alimentar el fuego del
amor con pequeñas ramas que, día
tras día, mantengan viva la hoguera.
Y el primer peligro que nos encontramos es -como en cualquier relación personal
prolongada- la rutina.
Esa rutina o acostumbramiento al otro lleva a abandonar los detalles pequeños
que, con ilusión, tenían entre sí el hombre y la mujer cuando eran novios. La
experiencia demuestra la necesidad de que ambos sigan esforzándose -cada uno-
por conquistar
al otro cada día dentro del
matrimonio.
A ese peligro de la rutina (con
manifestaciones de descuidos en el arreglo personal y de desinterés en las
cosas pequeñas de la relación) se añade otro no menos importante: la falta de comunicación.
Ambos riesgos actúan como un explosivo retardado para la relación
matrimonial. Fácilmente se produce, entonces,
que uno de los cónyuges perciba la rutina del otro como desinterés o incluso como desprecio (y ambos van distanciándose
afectivamente, casi sin darse cuenta, por su falta de comunicación…).
Cuando
se caldea el ambiente…
La falta de comunicación entre los
cónyuges desarrolla un ambiente frío. Y se da entonces la siguiente paradoja:
el hogar es el lugar en el que cualquier persona se refugia para descansar de la tensión acumulada dentro del trabajo y
en la calle; sin embargo… es tan dura la sensación de frío que en él encuentran los cónyuges cuando llegan a esa
situación que -casi inconscientemente- empiezan a retrasar la vuelta del
trabajo o a buscar la compañía de otros amigos antes de ir a casa (como un
“placebo” para paliar la falta de afecto
que les espera en su hogar).
Es una situación anormal. El matrimonio está “enfermo” (y
tiene subidas y bajadas de “fiebre”). Entonces, sin solución de continuidad, se
pasa de la “indiferencia” en el trato al “encendimiento
explosivo” contra el otro.
El motivo de esos encendimientos
puede ser insignificante: un retraso, el descuido de un pequeño encargo que nos
han dado, la falta de atención a los detalles en la vida del otro (un aniversario
que pasa “sin pena ni gloria” -con una celebración rutinaria-, un “no caer en
la cuenta” de algún aspecto en el modo de vestir), etc.
Sabemos que un alfilerazo provoca que un balón de fútbol se desinfle, pero éste puede ser reparado antes de perder todo
el aire. Sin embargo, si el alfilerazo se aplica a un globo hinchado (con paredes evidentemente más delgadas que
el balón), el globo revienta.
De igual forma, el matrimonio
“tenso” por la incomunicación (débil, como las paredes del globo hinchado) “explota” ante el alfilerazo de una pequeña contradicción. Se hacen presentes los recuerdos de agravios que cada uno iba anotando
desde tiempo atrás en el interior de su alma (anotados en uno de esos rincones oscuros -sin airear- que
se han ido formando en el alma por la falta de comunicación). Y afloran esos
agravios en un “diálogo” que es monólogo
porque ninguno busca escuchar al otro sino sólo “restregarle” tantas heridas
que aún permanecen abiertas…
¡Alarma! ¡Arden las palabras!
Todos -por ser personas humanas- tenemos pasiones. Y éstas no
son buenas ni malas. Sólo llegarán a serlo según la orientación libre que les
demos. Cuando la pasión nos domina, en cualquier caso, el resultado de lo que
hacemos es siempre negativo (tanto si se trata de una pasión “positiva” como la
alegría -que degenera en euforia- como si es “negativa” -caso de la tristeza
que lleva a la desesperanza-).
Si el rencor acumulado hasta que
estalla la discusión enciende la ira, la lengua se suelta y ambos cónyuges se dicen cosas que jamás afirmarían en
una situación de serenidad.
Al descubrir esto, cualquiera de
ellos que lo haga debe “rehuir el envite”
y evitar la confrontación. Aunque
sea ausentándose físicamente por unos momentos (quizá horas), retirándose a
otra habitación. Y debe hacerlo porque cualquier
frase pronunciada en esas circunstancias de iracundia resultará hiriente,
mordaz, irónica… y destrozará más
aún la poca “vida” que le queda a un amor conyugal “enfermo” que en esos
momentos se encuentra en la “UVI”.
Habitualmente, ambos reconocen que
en algo han fallado (aunque piensen que la mayor parte de la culpa la tiene el
otro: “que no me comprende” o “que no corresponde como debe a tanto sacrificio
como hago por él/ella”). Por eso, a esas situaciones de máxima tensión suelen seguir periodos de silencio sólo interrumpidos por frases cortas (no hirientes,
pero sí secas: que hacen también daño
porque manifiestan una aparente frialdad a pesar de lo ocurrido). Y todo a la
espera de que “el otro se dé cuenta” por fin de su error y pida perdón…
Ha pasado la “tormenta” pero no el peligro
de hundimiento. El paso del tiempo no cura nada en estos casos. Lo más
que puede es permitir que la “herida”
cierre en falso (“herida” que
sigue infectada y que -al crecer la infección- sigue produciendo molestias y
dolor… ¡hasta abrirse de nuevo con cualquier roce!)
Volverá una nueva “tormenta” (quizá
más fuerte y de peores consecuencias que la anterior) cuando llegue el momento
oportuno. Si no se pone remedio…
Lucha
en positivo: -"¡Te quiero!" (díselo…)
Hay que aprovechar el periodo de
silencio (posterior a la “tormenta”) para tomar decisiones positivas.
Cuando se ha apagado el acaloramiento de la discusión y el encendimiento interior
(es decir, el apasionamiento contra el otro) podemos volver a hablar:
¿Cuánto tiempo hace que no has dicho
a tu mujer que la quieres? ¿Cuánto llevas sin decir a tu marido que desearías
“comértelo a besos”, que no existe en el mundo ningún hombre como él?...
«¡Amor
mío, te quiero mucho! Perdóname todo lo que te dije en esa discusión. Soy
un tonto. Estaba “encendido” y no me daba cuenta de lo que decía. Te quiero con
toda mi alma. Eres la mujer de mi vida y te necesito. Pero soy como un
niño chico: necesito que me perdones, que me comprendas y que me ayudes. ¡Te
quiero tanto!... Querría volver a enamorarte como cuando éramos novios.
Pero ya no somos novios: nos hemos entregado libremente de por vida. Por eso no puedo imaginar mi vida al margen
de ti.
»Soy débil. Pero el orgullo me ha llevado a esconder esa
“debilidad” y a mostrarme autosuficiente. Quiero pedirte que hablemos más.
Deseo que conozcas siempre cuáles son mis sentimientos. Quiero manifestarte el
amor que te tengo. Si alguna vez no lo hago… piensa que es por orgullo,
que es el niño tonto y caprichoso que
llevo dentro quien actúa, y no yo. Porque yo -recuerda en los
momentos difíciles lo que estoy
diciéndote ahora- te amo con toda la capacidad de amar a una mujer que Dios
mismo ha puesto en mi corazón.»
(Puede
ser éste un modelo de diálogo. Ninguna mujer enamorada permanecerá insensible
ante esa declaración humilde y sincera. Tampoco ningún hombre, si la mujer
manifiesta sentimientos semejantes).
El
amor no vive “del aire”. Los amigos que no se ven, que no muestran con
hechos -o al menos con palabras- su amistad,
saben que ésta acabará desapareciendo. Por eso procuran salvar las distancias
si se encuentran lejos: mediante el teléfono o escribiéndose (como aquél que, de forma -eso sí- un tanto cursi,
tranquilizaba al amigo a quien no veía desde años atrás, escribiéndole: «No te
preocupes: la amistad que nos une es más grande que la distancia que nos
separa»). Y cuando están cerca necesitan manifestarse de alguna forma (quedando
y hablando) el afecto propio de la amistad.
En el amor entre un hombre y una
mujer (el enamoramiento o el eros) sucede algo parecido, pues al
fin y al cabo es otro tipo de amor humano. Por eso, en el matrimonio, cada
cónyuge -aunque convivan bajo el mismo techo y duerman en el mismo lecho-
necesita también decir “te quiero” y
escuchar “te quiero”. Y no es excusa pensar: “¡ya lo sabe!”, porque para
avivar el amor no basta con saber
que es así: hay que percibir, sentir,
escuchar que es así. Esta es la lucha positiva que salvará el amor
(y aun lo acrecentará) en momentos de crisis:
las muestras frecuentes de cariño.
Y cuando resulte costoso mostrar el
afecto -porque la relación atraviesa un momento difícil-, debo recordar que esa mujer (o ese hombre) no es sólo una
persona que me atrae: sino alguien que libremente
quiso embarcarse en la aventura de compartir toda su vida conmigo, entregándose a mí… (No sólo Dios, también otras personas que
asistieron a nuestro matrimonio son testigos cualificados que pueden ayudarme a
avivar ese recuerdo cuando mi mente se “oscurezca”…). Así evitaremos que las pequeñas dificultades se conviertan en un obstáculo insuperable: porque, cuando hay amor, diez mil roces no constituyen una ofensa, diez mil contrariedades no equivalen a un fracaso, diez mil pequeños descuidos no hacen un desprecio...
Fernando del Castillo del Castillo
Marbella, febrero de 2007