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Compendio de Bioética
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"No merezco pasarlo bien". Testimonio de un joven arrepentido del aborto de su novia
Le llamaremos Antonio, aunque podría llamarse Juan o Alfonso. Es
una de las 77.125 trágicas historias que durante el año 2002 salpicaron de
hipocresía la sociología pseudo-progre de la España del siglo XXI. No es la
historia más destacable. Es una más. Pero es la suya. Y la vive con dolor,
miedo, dramatismo, angustia... y esperanza.
Antonio es un joven universitario. Conoció a Pilar y se enamoró de ella. A las
pocas semanas "surgió" tener relaciones sexuales. No era la primera
vez para un joven que se había "estrenado" a los 17 años con la
cultura del "póntelo, pónselo". Gracias Matilde... "Lo que hay
que hacer es tomar precauciones", dice. Por eso, Antonio viaja siempre con
su Abono Transportes y su preservativo. Su madre, lo acepta. No quiere un bombo
"porque sería el mayor disgusto de mi vida".
Todo es cuestión de prevenir. El preservativo funciona. Lo malo es que cada mes
le asalta la preocupación de un eventual embarazo. Tras la regla, llega el
descanso. Y lo peor es que el preservativo a veces se rompe. "Quiero
decírselo a los jóvenes de mi generación. El preservativo no es siempre
seguro", señala. Y eso es exactamente lo que ocurrió. Apenas llevaban dos
meses de noviazgo y la regla no bajaba.
La prueba dijo que sí y entonces el mundo feliz se convirtió en un infierno:
"¿Cómo me puede haber pasado a mi una putada como esta?". Noche de
encefalograma plano y soledad. Antonio no podía hablar con sus padres
"porque se llevarían el mayor disgusto de su vida". Pilar tampoco
podía contarlo en su casa porque pensaba que su padre dejaría de hablarla para
siempre. ¿Y los amigos? Los pocos "amigos" con los que hablaron, ya
saben: "Te vas a joder la vida para siempre".
Con las puertas cerradas y el túnel oscuro, Pilar pensó que "no estaba
preparada para ser madre" y Antonio creyó que debía apoyar a Pilar en la
decisión que tomara. Solos en el mundo, ante el silencio de su reciente
paternidad/maternidad optaron por "hacerlo" cuanto antes. Tan sólo
cinco días después del test de embarazo, se habían quitado el
"paquete" de encima. La "solución" era "fácil":
diez minutos de intervención y 390 euros con anestesia general.
Los primeros días fueron de liberación. Los dos se sintieron libres de un peso
no deseado. Volvieron a reír y a disfrutar de la vida. Pero la conciencia llegó
con un mes de retraso. Los dos sabían lo que habían hecho y habían tratado
inútilmente de ahogar el peso de la culpa que ahora llamaba a la puerta. "No
me apetecía jugar al fútbol, ni salir de copas. A veces no podemos dormir, y se
nos quitan las ganas de comer. Éramos alegres y nos sentíamos cobardes. Todo te
habla de embarazos y niños. Te sientes aludido por la palabra asesino. Siento
que no me merezco pasarlo bien jamás", cuenta Antonio entre lágrimas.
Antonio está arrepentido. Sabe que Dios le comprende y le perdona, aunque
todavía no lo vive: "Espero poderme perdonar algún día". El mismo
orgullo que todos nos hemos terminado por tragar ante la evidencia de nuestra
extremada debilidad y limitación. Mientras tanto, quiere agitar a los jóvenes
de su generación para que salgan de la superficialidad en la que viven
inmersos. Quiere gritar a la sociedad que el aborto no es nunca una solución.
Su testimonio evidencia que el silenciado síndrome postaborto existe. Porque la
realidad siempre termina aflorando. Porque si una vida no merece e la pena,
ninguna vida merece la pena.
Ahora Antonio pelea por recuperar la dignidad perdida. Sigue unido a Pilar,
aunque ya no mantienen relaciones sexuales. Y no porque tengan miedo a repetir
la dolorosa experiencia, sino porque quieren que esa "palabra" sea
pronunciada con la estabilidad necesaria. El dolor y la culpa permanecen en su
corazón. Y Antonio quiere redimir el mal irreversible, participar con su
testimonio en el ambicioso plan de redención divino. Sea. Me uno a Antonio en
su proyecto vital.
Luis Losada Pescador
Texto sacado de: http://www.vozvictimas.org/dosier/