6. LA "PÍLDORA DEL DÍA DESPUÉS"
(El silenciado efecto abortivo de la pdd)
Planteamiento
del problema
Durante el último año, los debates
sobre bioética que reflejan los medios de comunicación han ido derivando de la
clonación a la eutanasia y de ésta a la llamada "píldora del día
siguiente" (o "píldora del día después": pdd).
La razón: hace pocos meses el Gobierno francés autorizó la distribución de esa
píldora en los centros escolares; y recientemente ha sido el Gobierno español
quien ha permitido su venta ‑siempre con receta médica‑
en las farmacias (a esta última noticia hay que añadir el propósito manifestado
por la Junta, de correr con los gastos de esa distribución en Andalucía, e
incluso de obligar a los farmacéuticos andaluces a venderla sin posible
objeción de conciencia). La causa: el elevado índice de embarazos no deseados
en adolescentes, muchos de los cuales ‑aun así, una minoría, habría que añadir‑ terminan en aborto.
Y el debate queda emplazado en estos
términos: ¿se trata de una píldora anticonceptiva o de una píldora abortiva?
Por salud mental de la opinión pública (que no alcanza directamente a los
aspectos técnicos, sino sólo a las interpretaciones que de ellos hacen los
especialistas), y también para que las decisiones que tomen médicos,
farmacéuticos y adolescentes sean verdaderamente responsables, es preciso
zanjar esa cuestión ‑despejar esa duda‑
de forma definitiva. Una vez hecho, algunos querrán seguir debatiendo sobre la
conveniencia o inconveniencia, moralidad o inmoralidad de su dispensación,
distribución y consumo; pero ‑tomando el ejemplo del Quijote‑
no discutiremos más sobre si son "gigantes" o "molinos" lo
que tenemos ante nuestros ojos.
Los anticonceptivos son sustancias
químicas o estructuras que obstaculizan la unión del óvulo con el
espermatozoide, es decir: impiden la fecundación. Dentro de estos métodos se
incluyen tanto los preservativos (barrera física para la unión de los gametos)
como las píldoras anticonceptivas (que alteran los niveles hormonales en la
mujer impidiendo la ovulación).
Los abortivos son sustancias o
métodos ‑la mayor parte de los abortos son quirúrgicos‑
que provocan la eliminación del individuo ya concebido en cualquier fase de su
desarrollo embrionario.
¿Qué es la "píldora del día
después" (pdd)? Se trata de un preparado
hormonal que debe ser ingerido dentro de las 72 horas siguientes a la relación
sexual cuyo fruto previsible se quiere evitar. Realmente, la pdd consiste en un gestágeno
conocido desde hace ya treinta años: el Levonorgestrel.
Esta sustancia tiene un uso terapéutico (en la postmenopausia)
para el cual se administra en dosis de 0'075 mg al
día durante doce días. También se le ha dado un uso contraceptivo, con dosis de
0'25 mg al día por 21 días cada mes. Pero su empleo
como "píldora del día después" supone una dosis de 0'75 mg al día durante dos días (en este caso, si se hubiese
producido fecundación, el consumo de la pdd impediría
la anidación del óvulo fecundado en el endometrio)
¿Cómo actúa la "píldora del día
después"? Por lo descrito antes, podemos afirmar que la "píldora del
día después" tiene un efecto doble:
produce cambios en la mujer que tienen un carácter
contraceptivo, y otros cambios que operan después de la fecundación y que
tienen un carácter abortivo. Que el
efecto producido sea uno u otro dependerá del tiempo transcurrido entre la
relación sexual y el momento de su ingestión, así como del día del ciclo
menstrual en que se encuentre la mujer. Si un óvulo ya maduro se encuentra en
las trompas de Falopio, el preparado ‑ que altera el equilibrio hormonal
de la mujer‑ no podrá obstaculizar su
fecundación por parte de un espermatozoide (en ese caso, lo que la
"píldora del día después" conseguirá, al modificar el endometrio
uterino, es hacer que éste sea incapaz de acoger al embrión). Como
consecuencia, si ha habido fecundación, el embrión es expulsado y se pierde.
Se insiste en que la pdd tiene un efecto contraceptivo, sobre todo por parte de
quienes alientan su rápida difusión. Una vez más se demuestra que cualquier verdad
a medias puede convertirse en la peor de las mentiras, y un sencillo ejemplo
servirá para desenmascarar la falacia:
Cuando un militar monta guardia,
suele llevar armas con munición. Imaginemos un puesto militar próximo a un
bosque donde a menudo pernoctan tribus nómadas. Algunos miembros de esas tribus
aprovechan la noche para intentar robar el ganado que se guarda en una granja
junto al cuartel. El militar de guardia descubre fácilmente esos intentos de
robo cuando escucha ruidos de movimientos por la zorra
del busque: para disuadir a los nómadas de su propósito, será suficiente lanzar
dos disparos al aire. Sin embargo, ¿cómo calificaríamos esos disparos si los
dirigiese hacia el bosque? Ciertamente, serán disuasorios para los nómadas,
pero para algunos la disuasión será
definitiva, porque caerán muertos. El hecho de que el militar no llegue nunca a
enterarse del resultado de su acción (sólo comprueba que los ladronzuelos no llegan a la granja),
tampoco le exime de su responsabilidad. Y sólo un cínico podría seguir
calificando esos disparos como disuasorios
en lugar de llamarlos homicidas (aunque algunos ‑¿cuántos?‑
no alcancen a nadie).
Hay personas que consideran lícita
la eliminación del fruto de la fecundación en sus primeras fases de desarrollo
(personalmente me parece muy complicado determinar por qué razones y en qué
etapas del desarrollo embrionario ‑proceso biológico continuo que empieza
tras la fecundación‑ el embrión no es todavía
digno de respeto como persona). Pero ni siquiera a esas personas se les
ocurriría afirmar ‑sin conciencia de estar mintiendo‑
que la "píldora del día después", que acabamos de describir, es una
píldora anticonceptiva.
Es cierto que al no ser un método
quirúrgico, su ingestión puede resultar menos traumática para una adolescente
que la práctica de un aborto "tradicional". Pero eso no deja de
convertirla en una píldora abortiva
(igual que sucede con la RU‑486, aunque ésta
actúe sobre el embrión ya implantado en el útero materno). Además, no se trata
de arreglar tanto un conflicto psicológico personal como un conflicto de
intereses: los intereses de la madre ‑y del padre, ¡qué caramba!, pues
algún varón será corresponsable de esta situación‑, y los intereses del embrión (parte sin
voz ni voto, pero parte principal en un "conflicto" en el que se
juega la vida). Y en los conflictos de intereses hay que atender en primer
lugar al respeto de los derechos básicos. Quien piense que es mejor evitar el
"trauma" de un aborto quirúrgico a una adolescente y recetarle
entonces la "píldora" (cuyo efecto ‑la eliminación del embrión
o del feto‑ muchas veces será el mismo) ¿acaso
no defiende la conveniencia de cerrar los ojos ante un problema? ‑No,
dirán algunos, lo que defendemos es evitar a la chica una intervención
quirúrgica (y en ese momento hacen una "restricción mental" para
olvidar los efectos secundarios que producirán en la adolescente las hormonas
ingeridas con la píldora). Realmente, en caso de que se haya producido la
fecundación, la "píldora del día después" sólo ofrece una
"ventaja" clara respecto al aborto quirúrgico: evita pensar en lo que
se ha hecho. Me parece una reacción semejante a la del niño que, ante un
peligro, tapa sus ojos con las manos, "deduciendo" ‑erróneamente‑ que "si él no ve nada, entonces
tampoco pasa nada".
En cualquier caso, pienso que el
debate se encuentra aquí planteado en los términos correctos. Es un ejercicio
de responsabilidad que el médico sepa exactamente qué receta, el farmacéutico
qué dispensa, y la adolescente qué consume. Seguirá habiendo quienes defiendan
que no pasa nada por eliminar un embrión en sus primeras fases de desarrollo, y
consideren correcta la distribución de la "píldora del día siguiente"
(pdd), igual que considerarán indiferente la
conservación, eliminación o incluso experimentación con embriones sobrantes de
la fecundación "in vitro"; pero quienes
defiendan la vida del embrión también en esas primeras fases se mostrarán
contrarios ‑en conciencia‑ a colaborar en
la distribución de esa "píldora". En cualquier caso, no se dará más
que algunos vean "gigantes" donde hay "molinos".
Causas
de esta situación
Las causas por las que se ha llegado a
proponer la distribución de la "píldora", igual que las que antes han
llevado a incrementar considerablemente el número de abortos provocados entre
adolescentes, hay que buscarlas en la trivialización
creciente de la sexualidad entre los jóvenes y la separación que se da entre
sexualidad y amor responsable.
Un joven sabe distinguir entre quien
puede considerar como un verdadero amigo, y quien no pasa de ser un simple
conocido de cierta confianza. Y es que hay cosas que jamás confiaría a éste
último ‑aunque sean pequeñeces‑ y por las
que se sentiría incómodo si llegase a conocerlas. Esta distinción entre amigos
y conocidos es aplicable a chicos y chicas, y también a chicos con chicas.
¿Y hay alguna intimidad más patente
que la intimidad corporal? Es ésta la que nos lleva a cuidar el modo de vestir
ante extraños. ¿Cómo voy a recibir en mi casa a un extraño, o a un conocido que
no sea del entorno familiar... ¡con "chanclas" y en pijama!? Ese
pudor nos lleva también a cubrir nuestra desnudez cuando debemos cambiarnos de
ropa y se encuentran presentes otras personas, aunque sean del mismo sexo. Y si
ésta es la actitud corriente ante la visión corporal, ¿cuál no deberá ser ante
el contacto físico corporal?
Sin embargo, son ya muchos los años en
los que se ha ido despojando al cuerpo humano de su carácter "sacro"
(quizá los mismos en los que se ha ido despojando a la persona de su dignidad
también "sacra"). Se va diluyendo el sentido del pudor entre la gente joven, aunque para esto
precisen violentarse interiormente las primeras veces (el exhibicionismo no es
una actitud que salga de forma espontánea, si no es en casos dignos de ser
tratados por algún psiquiatra). Entretanto, como la naturaleza humana sigue
siendo igual, estos cambios de costumbres han traído consigo un mayor número de
situaciones en las que se incita al disfrute sexual de los sentidos.
Lo descrito hasta ahora podría
referirse sólo a la "moda", a la forma de vestir la gente por la
calle. Pero acaba influyendo directamente en algo tan importante como el
noviazgo. La "moda" de la que hemos hablado, esa moda de
"espontaneidad" (dicen), de "naturalidad" que desecha todos
los tabúes, de "dejarse llevar" sin prejuicios, ha calado en las
relaciones entre novios. "‑¡A ver si va a
pensar ésta/éste que soy un/‑a estrecho/‑a o que no soy un hombre/mujer normal!",
piensan. Y entonces, la actitud natural de prudencia ‑de desconfianza en
uno mismo, no en la pareja‑ que debe presidir
esas relaciones, desaparece al ser considerada como algo propio de gente
retrógrada. (Eso sí, como sabemos que puede pasar de todo en esas situaciones,
se aconseja ‑esta "prudencia" de emergencia ya no se considera retrógrada‑ tomar medidas como: consumir
anticonceptivos, llevar siempre algún preservativo encima, etc.)
Pero claro, quienes actúan de esta
forma "prudente" parecen tener un desconocimiento notable de su
propia persona, y olvidan que cuando la pasión se desata ‑y con su poca
prudencia se desata fácilmente‑, el hombre y la
mujer se ciegan y no recuerdan las medidas de "prudencia" (no es tal)
que llevan encima para evitar que ese capricho de un momento desemboque en una
grave "responsabilidad" (llamémosla sencillamente
"embarazo").
Tampoco vamos a pretender el regreso
al viejo método de "la carabina" (la pareja de novios se llevaba
siempre un hermanito de él o de ella durante sus paseos, para que la incómoda
presencia del zagal evitase "males mayores"...). Pero cabe pensar
que, con elementales medidas de prudencia ‑de conocimiento de la propia naturaleza‑ y recuperando el elevado sentido del
noviazgo ‑nada trivialque ha habido en épocas
recientes ‑no hay que remontarse a la Edad Media‑,
se evitará muchos embarazos no deseados. ¿O es que alguien piensa que ahora se
dan más éstos porque los hombres de hoy son más "machos" que sus
padres y las mujeres de hoy más atrayentes que sus madres (no confundamos ser atrayente con ir provocativa)?
Educar
en el amor humano
Ahí está el secreto. Ahora se habla
mucho del amor sin llegar a veces más allá del mero sentimiento. Y claro, si se
ama con la voluntad, es ésta la que debe gobernar sobre el corazón ‑sobre
los sentimientos‑ y no al revés. Por eso
resulta conveniente recordar a menudo que la persona amada, además de ser guapa
atrayente y simpática es, en primer lugar, persona.
Desde antiguo, los filósofos han
distinguido entre dos tipos de amor dentro de la persona: el amor de
benevolencia o amistad, y el amor de egoísmo (aunque algunos escritores como C.
S. Lewis, distingan hasta cuatro tipos englobados en
los dos anteriores: afecto, amistad, ecos –enamoramiento y caridad).
El amor de egoísmo es el que tenemos
hacia algo o alguien por el beneficio que nos reporta. Aunque la palabra
"egoísmo" sea fuerte, no hay que considerar este amor como siempre
malo, ya que no es otro el amor que podemos sentir hacia bienes materiales
(dinero, comodidad, alimento, etc.). Ciertamente resulta difícil calificar este
movimiento como amor más cuando lo comparamos con el otro‑,
pero en cuanto que se trata de un movimiento voluntario ‑no de una pasión‑ podemos llamarlo amor. Y también es cierto
que, si en los seres irracionales pudiésemos hablar de amor, todos los
movimientos de su alma podrían ser clasificados como "amor de
egoísmo".
El amor de benevolencia o amistad es
el que tenemos hacia alguien en sí mismo y no por el beneficio que nos reporta.
Decía Pieper ‑no es literal‑
que amar es mirar cara a cara a alguien y decir "verdaderamente es bueno,
muy bueno, que tú existas" (no que existas para mi). Lógicamente,
este amor sólo puede darse entre personas (ninguna cosa o ser vivo no personal
es digno de ser amado en sí, aunque a quienes tienen un perrito les cueste admitir
que lo aman para ellos).
También es lógico que haya cierto
amor de egoísmo hacia algunas personas: cuando hay un buen panadero en nuestro
barrio, en principio sólo deseamos que siga allí por el buen pan que hace (otra
cosa es que, con el trato, ese amor sólo de egoísmo evolucione hacia una
verdadera amistad). Pero hay relaciones (padre/madre‑hijos,
entre hermanos, entre amigos, marido‑mujer, novio‑novia) en las que debe imperar el amor de
benevolencia o amistad (no digo que sea el único, porque en esas relaciones también
nosotros resultamos beneficiados), y en las que si se impone el amor de egoísmo
sobre el de benevolencia, finalmente se corrompen.
Como hemos visto, el amor es un acto
propio de la persona que se lleva a cabo a través de la voluntad. Somos seres formados
por cuerpo y alma: tan inhumano sería desechar el espíritu como parte
integrante de nuestra persona, como despreciar el cuerpo. De hecho,
ordinariamente, el cuerpo participa en la manifestación de los actos más
espirituales (a través de gestos corporales y, sobre todo, a través de la
palabra). Pero el cuerpo no tiene en sí la capacidad de amar, sino la de
manifestar el amor que propiamente es capacidad del alma. ¿Puede amarse sin el
cuerpo? Sí. ‑ ¿Puede amarse con el cuerpo? También. ‑¿Puede
amarse sin el alma? No.
En el amor ‑siempre que
hablemos de él sin más adjetivos, estaremos refiriéndonos al amor de
benevolencia o amistad‑ tiene que haber
entrega: darse al otro. Sin embargo, como la amistad aporta numerosos
beneficios también al que ama, resulta fácil ‑cuando hay poco sacrificio personal‑ que acabe predominando el egoísmo. Una
canción popular sudamericana lo recuerda con acierto: El amor, si es verdadero, se
prueba en el sufrimiento / ¡Cuántas veces los tormentos refuerzan más un
querer! / Son palabras que en el aire fueron grabadas a fuego / No puedo romper
yo luego como se rompe un papel.
También hay que afirmar que el amor
humano sólo es plenamente humano cuando se hace divino, es decir, en la
medida en que ese amor es reflejo del amor de Dios a cada uno de nosotros. Sí:
si nosotros somos imagen de Dios, el amor que tenemos a los demás ‑y esto
es válido para la amistad y para el noviazgo‑
también debe ser imagen de su Amor.
La experiencia demuestra que la filantropía ‑ un deseo
"aséptico de bien para todo el mundo‑ no
sirve como fundamento del verdadero amor humano. A1 amar, tenemos que ver la imagen de Dios que hay en la persona
amada, y amarla como se merece.
En el caso del noviazgo, el primer
amor ‑el flechazo‑
puede ser todavía superficial. El paso del tiempo y el trato hacen que se
profundice en la otra persona y que, más allá del simple flechazo, se aprenda a
quererla con verdadera benevolencia (aunque, lógicamente, no desaparezca el
enamoramiento con el que empezó todo). Ésa es la función del noviazgo: permitir
que los novios profundicen en su conocimiento, para comprobar que existe entre
ellos algo más que una mera atracción externa con un barniz sentimental, y para
decidir si pueden establecer finalmente una comunión de por vida ‑el matrimonio‑ entre ellos. Por eso, durante el noviazgo
el novio debe aprender a "bucear" en el alma de la novia y viceversa,
y ambos deben llegar a conocerse bien.
Pero en el conocimiento entre los
novios hay que limitarse al conocimiento del alma. ¿Por qué? Primero, porque no
es el cuerpo sino el alma ‑modo de ser, carácter, personalidad, etc.‑
la que puede ofrecer dificultades en una futura convivencia más estrecha.
Segundo, porque la unión carnal provoca en las personas sentimientos tan
fuertes que ciega momentáneamente el conocimiento de esos matices del carácter
tan importantes. Tercero, porque, como hemos dicho, el cuerpo debe manifestar
el amor del alma: si este amor no existe todavía, la unión carnal sería
instrumento de hipocresía (simple satisfacción de apetitos sensibles); y si
existe, debe esperar a que haya un compromiso firme y estable –matrimonio que
no haga imprudente la apertura de la intimidad corporal como manifestación de
ese amor.
A pesar de todo, hay quienes dicen
que ese conocimiento corporal también debe formar parte del noviazgo. Me
pregunto si han contrastado la proporción de novios que conviven juntos antes
del matrimonio y la de matrimonios rotos que se dan actualmente (parece que ‑siendo
antes menos frecuentes los casos de relaciones prematrimoniales‑
la tasa de fracasos matrimoniales era antaño considerablemente inferior). Si
hay más "fracasos" es que hay menos conocimiento antes de contraer
matrimonio, lo que parece demostrar que el conocimiento corporal no ayuda al
conocimiento personal.
En cualquier caso, tampoco debemos
caer en el pragmatismo de desechar las relaciones prematrimoniales en el
noviazgo sólo por los datos estadísticos... Y el razonamiento hecho hasta ahora
nos parece suficiente.
Conclusión
(retomando el asunto de la "Píldora"...)
Hemos empezado este trabajo
analizando el problema ético que presenta la difusión de la "píldora del
día siguiente", no sólo a quienes la consumen, sino a quienes cooperan en
su distribución (recetándola o vendiéndola). Después nos hemos detenido en un
análisis de las causas que han llevado a esta situación y hemos procurado
ofrecer alternativas o soluciones que ayuden a atajar el problema en su raíz.
Pero la realidad actual es que las relaciones extramatrimoniales (entre adolescentes)
siguen siendo relativamente abundantes, y también los embarazos no deseados
(fruto de esas relaciones). ¿Cuál puede ser una actitud cabal ante esta
situación?
El respeto al embrión humano debe
seguir siendo absoluto. Y hemos visto que la
"píldora del día después" tiene un doble efecto: anticonceptivo
(limitado y poco eficaz) y abortivo (más eficaz, para los casos en los que
falle aquél). Por esta razón, nunca estaría justificado cooperar al consumo
de esa píldora por parte de las adolescentes (cayendo en la restricción mental
de que verdaderamente no sabemos si estamos colaborando a una contracepción o a
un aborto): seríamos responsables de los abortos que se produjesen ‑nunca
llegaríamos a saber cuántos por nuestra cooperación. En este caso se impone una
lógica objeción de conciencia tanto a recetar como a distribuir ‑¡no digamos ya a consumir!‑ la píldora. Y por
mucho que hablen algunos políticos (el derecho de la objeción de conciencia
viene recogido en nuestra Constitución y en la Declaración de los Derechos
Humanos), ninguna autoridad humana podrá despojarnos de ese derecho natural que
todos tenemos: no nos pueden obligar a actuar positivamente en contra del
dictado de nuestra conciencia rectamente formada.
Fernando del Castillo del Castillo
Marbella, mayo de 2001