Gonzalo Herranz

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Compendio de Bioética

 

 

 

 

Gonzalo Herranz. Departamento de Humanidades Biomédicas. Universidad de Navarra

4 de abril de 2001

 

TRIBUNA

Etica médica y píldora del día después (I)

 

El autor se refiere al mecanismo de acción de la llamada píldora del día después y se asombra de la nube de ignorancia que rodea a su efecto antinidatorio, precisamente en el tiempo de la medicina basada en la evidencia. En otro artículo que se publicará mañana en la sección de Normativa el profesor Gonzalo Herranz analizará el consentimiento informado en la prescripción de este producto.

 

 

La reciente aprobación por la Agencia Española del Medicamento de la comercialización del levonorgestrel en la forma farmacéutica de píldora del día después (pdd) es un asunto que plantea problemas ético-médicos y deontológicos nada triviales y merecedores de comentario.

El mecanismo de acción de la pdd incluye un componente de significado ético fuerte: impide la anidación y, con ello, el desarrollo del embrión humano. Sabemos que lo hace, pero ignoramos cuántas veces los hace. En consecuencia, recetar el médico o tomar la mujer la pdd son acciones con fuerte carga de responsabilidad, en las que juegan un papel muy relevante factores de dos órdenes: uno que podríamos asignar al área de la ética biológica; el otro, al de la ética profesional. El factor ético-biológico consiste en saber qué es lo que ocurre en el organismo de la mujer cuando hace uso de la pdd: sólo sabiéndolo no daremos palos de ciego y será posible actuar con conocimiento y racionalidad. El factor ético-profesional consiste en analizar, a la luz de los principios de la deontología médica, qué requisitos -de información no sesgada, de respeto por las personas y sus convicciones morales- habrían de exigirse para que un médico pueda prescribir la pdd.

Mecanismo de acción en la penumbra
¿Qué sabemos de la pdd? Aquí, la pregunta no se refiere primariamente a su eficacia y seguridad, a sus interacciones: de eso sabemos suficiente. Se refiere a su mecanismo de acción, del que necesitamos saber y hablar más.

Es casi rutinario decir que la pdd ejerce un efecto diverso y multifactorial, que depende de la relación temporal que se dé entre el momento de la ingestión del producto y el día del ciclo menstrual o el tiempo transcurrido desde la relación coital. En la versión oficial de los hechos, se dice que la pdd puede inhibir la ovulación o, a través de sutiles perturbaciones de la función del eje hipotálamo-hipófisis-ovario, retrasarla; que puede modificar la textura del moco cervical y volverlo impracticable para los espermios; que puede enlentecer la motilidad tubárica y con ella el transporte de los gametos; que puede debilitar la vitalidad de los espermios y del ovocito y mermar su capacidad de fecundarse; o que, en fin, puede alterar el endometrio y hacerlo refractario o menos receptivo a la implantación del huevo fecundado. Es decir, unos cambios son contraceptivos porque inhiben a la fecundación; otros, en cambio, operan después de ésta y han de ser tenidos como interceptivos o abortivos muy precoces.

Qué parte juega cada uno de esos factores, y particularmente ese último y decisivo efecto antinidatorio de la pdd, en el resultado neto final de que nazcan menos niños, nadie se ha propuesto dilucidarlo. La cosa, importante como es, permanece envuelta en una tenaz nube de ignorancia. Sorprende que una cosa así ocurra en el tiempo de la medicina basada en pruebas, tiempo en que, en farmacología clínica, se hila muy fino y no están bien vistas ni la ignorancia ni la indeterminación. Disponemos sólo de estimaciones indirectas, aunque relativamente fiables, que permiten concluir que, aun dada a tiempo, la pdd no inhibe la ovulación siempre; que, a pesar de los cambios que induce en el moco cervical, la pdd no impide que los espermios pasen en cantidad disminuida, pero suficiente, a la trompa; y que el efecto antinidatorio endometrial juega un papel, decisivo aunque no cuantificado, en la eficacia del tratamiento.

Claridades y ambages
Una situación así obliga a actuar en la duda, con menos datos de los necesarios, lo cual crea conflictos. Con razón, quienes profesan un respeto profundo a todos los seres humanos sin excepción, estiman que jamás uno de ellos puede ser expuesto al riesgo próximo de ser destruido, aunque ese riesgo no esté cuantificado. Basta con que la pdd sea de hecho capaz de privar de la oportunidad de vivir al embrión humano para que sea condenable. Quienes no profesan aquel respeto prefieren negar el problema ético valiéndose de ciertos cambios del lenguaje. Para ellos, mudar el nombre de las acciones transmuta su moralidad. Afirma un editorial del New England Journal of Medicine: "…aun cuando la contracepción de emergencia actuara exclusivamente impidiendo la implantación del zigoto, no sería abortiva". Pero no se nos dice qué es. Quebrar la vida de un ser humano, por minúscula que sea la víctima, es algo que merece ser llamado de alguna manera. Impedir la implantación del embrión humano es un hecho de notable importancia ética que no se puede volatilizar por el fácil expediente de dejarlo sin nombre. Su sustancia moral no desaparece aunque se recurra a la redefinición de gestación y concepción que hace años pactaron la OMS, la ACOG, la FIGO y las multinacionales del control de la natalidad. Pero la tal redefinición no es de recibo: a ella se vienen resistiendo año tras año, con una tenacidad sensata, muchos hombres y mujeres de buena voluntad, las sucesivas ediciones de los diccionarios generales y médicos, y los libros de embriología humana.

De todas formas, aun en medio del ocultamiento y la indeterminación, no faltan quienes, superado todo escrúpulo ético ante el aborto y la contracepción dura, se manifiestan con sincera franqueza. Un par de muestras: en la versión española, pero curiosamente no en la inglesa, de la página del Population Council en internet, se lee: "Lo que hacen las píldoras anticonceptivas de emergencia y las minipíldoras de emergencia es, principalmente, modificar el endometrio (la capa de mucosa que recubre el útero), para así inhibir la implantación de un huevo fecundado". Y Emile Etienne Baulieu acuñó el concepto de contragestivos para agrupar junto a la RU-486 (la píldora abortiva que él había diseñado) los métodos de control de la fertilidad que son abortivos muy precoces, como los dispositivos in-trauterinos, la contracepción hormonal a base de gestágenos y la contracepción postcoital. "De hecho -afirmó en su discurso al recibir la Medalla Lasker- la interrupción posterior a la fecundación, que tendría que ser considerada como abortiva, es algo que está a la orden del día […] Por esa razón, hemos propuesto el término contragestión, una contracción de contra-gestación, para incluir en él la mayoría de los métodos de control de la fertilidad".

Eso es hablar claro y sin tapujos. La evolución histórica de la contracepción ha seguido una trayectoria bien definida: de la anovulación a la intercepción, del ovario al endometrio, de antes de la fecundación a después de ella. El modo, lugar y tiempo de su actuación han ido cambiando en los últimos 45 años. Pero se sigue hablando de contracepción, como si nada hubiese ocurrido.

El médico que profesa un profundo respeto a la vida y que no ignora el efecto antinidatorio de la pdd rehusará prescribirla, para lo que no necesita, a la vista de los términos que constan en la reciente autorización del levonorgestrel, recurrir a la objeción de conciencia. Pero, si un día se incluyera la pdd entre las prestaciones de las aseguradoras privadas o del Sistema Nacional de Salud, el médico podría presentar objeción de conciencia a su prescripción, al igual que lo hace ante el aborto de embriones y fetos de mayor edad.

 

 

 

 

 

 

Gonzalo Herranz. Departamento de Humanidades Biomédicas. Universidad de Navarra

5 de abril de 2001

 

 

Etica médica y píldora del día después (II)

 

 

El profesor Gonzalo Herranz comentaba ayer en DIARIO MEDICO la nube de ignorancia que rodea al efecto anidatorio de la llamada píldora del día después. En este segundo artículo, el autor destaca la importancia de una información completa en la prescripción de este producto y la obligación deontológica del médico de respetar las convicciones de la paciente, a quien no puede imponer su opinión.

 

 

 

 

 

Gonzalo Herranz. Departamento de Humanidades Biomédicas. 15 de mayo de 2001

Universidad de Navarra

 

 

 

TRIBUNA

Etica médica y píldora del día después (III)

 

 

 

Gonzalo Herranz, miembro del Departamento de Humanidades Biomédicas de la Universidad de Navarra,se pregunta por el silencio de gran parte de la profesión médica ante un tema con fuerte repercusión en la opinión pública y explica la nueva significación del término concepción a la que se resisten los libros de embriología y los diccionarios. Concluye que la información que se da a las mujeres es paternalista porque las considera incapaces de asumir sus responsabilidades

 

 

 

Hace poco más de un mes envié a DM un par de Tribunas sobre la píldora del día después (pdd), convencido de que iban a provocar un debate necesario y, así lo deseaba, clarificador. Pero ese debate no se ha producido: han ido pasando los días y nadie del campo profesional ha dicho en las páginas de DM esta boca es mía.

Lo curioso es que se trata de un silencio selectivo, intraprofesional. En la calle, los medios de comunicación, con la colaboración de muchos médicos, no han parado de hablar sobre la pdd con ocasión de los diferentes pasos de su camino hacia las farmacias. Y DM mismo se ha hecho eco de una nota, breve y clara, de la Conferencia Episcopal Española.

¿Qué podrá significar ese silencio dentro de la profesión? Podría, en principio, ser expresión de varias actitudes: del aburrimiento de unos por un asunto mil veces tratado y del que decir algo nuevo parece imposible; del desinterés de otros por un problema moral que juzgan superado; del desdén de muchos ante la naturaleza insoluble de un conflicto ético más; de la fatiga de los que empiezan a cansarse de pugnar por unos valores que ya no son compartidos. Pero la cosa no se puede quedar ahí. Es necesario traerla de nuevo a colación: no es bueno que los médicos respondamos con el silencio o la indiferencia a una cuestión que tanto interesa a la gente y que nos implica de lleno.

Jugando con las palabras
Quiero tratar aquí de un punto que está en el fondo del problema y que dejé sólo esbozado en una Tribuna de comienzos de abril: me refiero al cambio léxico que permite a los promotores de la pdd afirmar que ésta no es abortiva. Porque no se trata sólo de un cambio léxico: viene a ser la imposición de una ideología.

Refería, en una de las Tribunas de abril, que se había recurrido a cambiar el significado de algunas palabras para hacer más convincente la idea de que la pdd no es abortiva. Creo que es clarificador conocer la historia y la intención de esos cambios.

La transición a una sociedad dominada por el ethos contraceptivo exigía un cambio de pensamiento y de actitudes sobre lo que haya de entenderse por concepción: sólo cambiando el sentido de la palabra podrían cambiar las costumbres sociales. La cosa resultó bastante sencilla: consistió en disociar concepción de fecundación e identificar concepción con implantación terminada.

Veámoslo con algo de detalle. Concepción, en su acepción original, genuina, de uso general no manipulado, es y ha sido siempre equivalente de fecundación: la concepción es la unión del espermatozoide y el óvulo, es el comienzo del nuevo ser, marca el inicio del embarazo. Eso es lo que en mayoría masiva dicen los diccionarios generales de las diferentes lenguas y lo que repiten en mayoría masiva los diccionarios médicos. Pero en el nuevo orden de cosas las cosas son distintas. En el nuevo lenguaje, concepción ya no es ni fecundación ni comienzo del nuevo ser, sino, como antes, el inicio del embarazo, pero marcado por la culminación de la implantación del blastocisto en el endometrio.

Un significado auténtico
El cambio no es un mero ejercicio de precisión académica: supone una revolución ideológica. Pero el significado genuino de las palabras -como en Galicia dicen d’os amoriños primeiros- aguanta impertérrito. Los libros de embriología y los diccionarios se han resistido al cambio. Es un ejercicio a la vez absorbente y divertido examinar lo que unos y otros dicen de concepción y fecundación, de embrión y pre-embrión, de cigoto y mórula, de blastocisto y gástrula, de embarazo y aborto, de contraceptivo y abortifaciente.

La incorporación de la nueva ideología ha sido parcial y errática: se adaptan unos conceptos, pero se dejan sin enmendar otros. Todo parece artificial y fabricado. Baste un botón de muestra: el autoritativo Dorland’s. En la entrada “concepción” sigue la redefinición moderna: “concepción, el comienzo del embarazo, marcado por la implantación del blastocisto en el endometrio”. Pero, curiosamente, los revisores se olvidaron de modificar la entrada “embarazo”, que sigue anclada en la vieja tradición: “embarazo, la condición de tener en el cuerpo un embrión o feto en desarrollo, después de la unión de un ovocito y un espermatozoide”. Unas veces el comienzo del embarazo es la implantación; otras veces, la fecundación. Fascinante.

Las cosas no casan ni pueden casar cuando el lenguaje es torturado y se vuelve loco. Los genetistas que colaboran con los embriólogos clínicos han desarrollado técnicas de diagnóstico génético preconcepcional y preimplantatorio, que le dan la espalda a la nueva nomenclatura. Y se la dan en la práctica profesional también los mismos ginecólogos: en un estudio hecho en 1998, en Estados Unidos, en que se les preguntaba en relación con la información que dan a las mujeres en el proceso de obtener el consentimiento informado, el 73 por ciento respondió que concepción es sinónimo de fecundación y sólo el 24 por ciento indicó que concepción era sinónimo de implantación.

Con la nueva definición de concepción, una cosa queda asegurada: la contracepción no es sólo impedir la concepción, no abarca sólo el conjunto clásico de procedimientos, dispositivos, o sustancias que impiden la reunión del espermatozoide y el oocito y su fertilización. Incluye ahora, y trata de cobijar bajo la calificación ética de contracepción, los procedimientos, dispositivos o sustancias que impiden el desarrollo del embrión en el tiempo que va de la fecundación al final de la implantación. Lo que hasta ahora era abortivo precoz, conforme al nuevo lenguaje ya no lo es. Sólo merecen el nombre de abortivos o abortifacientes los procedimientos o sustancias que impiden el desarrollo del embrión ya implantado. Antes de terminada la implantación no se puede hablar de aborto, es incorrecto referirse a una interrupción del embarazo, porque, por la magia de la nueva palabra, el embarazo sólo puede ser interrumpido una vez que ha empezado, y ahora no empieza el día 1, sino un par de semanas más tarde. En el nuevo lenguaje, hablar de abortos de embriones de menos de 14 días es un contrasentido. Eso es lo que nos están diciendo acerca de la pdd algunos representantes de la industria farmacéutica, ciertos agentes sociales y de la Administración, y un sector de médicos.

Ocultar una realidad científica
Pero todos sabemos que no estamos ante un juego de palabras, sino ante la cuestión, infinitamente más seria, de nuestras relaciones con los seres humanos más pequeños. Estos, en su inocencia, son destruidos por la pdd.

La manipulación léxica nos dice que no hablemos entonces de abortos, pero no nos dice de qué hemos de hablar. De algún modo habrá que llamar al hecho de privar de la vida a los embriones a los que se impide implantarse en el útero. Los neologismos técnicos de contracepción endometrial, de intercepción postcoital, de efecto antinidatorio sólo describen una parte de la realidad. Ocultan el hecho de que, en muchas ocasiones, según sea el momento del ciclo en que la mujer haya realizado el acto sexual, se impide la supervivencia de un número considerable de embriones humanos.

Eso es lo relevante. Llamarle o no aborto es, en cierta medida, indiferente para la realidad ética subyacente, pero con alguna palabra hay que denominar la acción de eliminar vidas humanas inocentes. Ofuscar a las mujeres diciéndoles que con la pdd nunca pasa nada, en lo biológico y lo ético, es un condenable paternalismo, es tenerlas por incapaces de asumir la responsabilidad de sus acciones, escamotearles la oportunidad de escoger. Deben saber que por efecto de la pdd una vida humana puede ser cercenada, un destino humano cancelado, la promesa de una vida personal anulada. Y esa es una tragedia que no es justo trivializar con juegos de palabras por sugerentes que sean, por inteligentes que parezcan, aunque hayan recibido las bendiciones del ACOG y la FIGO, la OMS o la SEC.

 

 

Píldora gratis mañana a las nueve

 

Ignacio F. Zabala

Una vez autorizada en España la “píldora del día siguiente”, ahora se reclama que sea distribuida gratuitamente.

Chispazo-cultura-píldora. No se sabe bien dónde está escrita esta ley de los acontecimientos, pero últimamente aburre. Se ha cumplido con las prácticas sexuales entre adolescentes, con el consumo de alcohol, con las drogas.

El proceso comienza cuando gente alerta avisa del chispazo –ojo con las prácticas sexuales precoces– y pronostica, porque lo natural es que un chispazo prenda. Las reacciones van desde la sonrisa indulgente hasta la furia, pero las predicciones sexuales rara vez impresionan: un caso no hace una epidemia, adiós.

Todavía en ese punto, si una jovencita que ha ido demasiado lejos pide “píldora del día siguiente”, lo hará con la boca pequeña y le contestarán que aquí no se sirven platos exóticos. Tendrá que retirarse con la cabeza gacha a charlar con su amigo, si lo encuentra, y en el hospital apuntarán la incidencia: ¡cómo está todo!

Pero de pronto, el chispazo prende y la incidencia se hace cultura. Otro tipo de gente alerta abandera la “fuerte demanda” y pide a gritos la píldora. Si “así está todo”, píldora para todas. Y va y se vende.

La jovencita les agradecerá su nuevo “derecho a píldora del día siguiente de venta en farmacias bajo estrictos controles médicos”. Pero los demandantes se han animado con los aplausos y apuntan donde duele.

Según el vocal del Colegio de Farmacéuticos de Málaga, José María Laza, el precio de 3.100 pesetas que han puesto las empresas farmacéuticas es excesivo. Y añade que “la píldora no es ninguna novedad terapéutica, sino una dosificación específica de lo mismo que ya existía, de manera que no se justifica que su precio se multiplique por cinco”. Lo que ocurre es que la campaña le viene bien a los laboratorios para subir los precios –afirma– y “a los políticos para apuntarse una medalla a costa de un producto que no aporta nada nuevo” (El País, 11-V-2001).

¿Tan caro y encima por eso? Píldora gratis ya. La jovencita está de suerte porque vive en una, por ejemplo, Comunidad Autónoma de riesgo, donde el embarazo entre adolescentes está por las nubes y algo habrá que hacer.

La Junta de Andalucía ya ha hecho un pedido de 7.000 dosis para distribuirlas gratuitamente. El consejero de Salud andaluz, Francisco Vallejo, afirma que a 3.100 pesetas “no se puede garantizar que cualquier mujer, independientemente de su situación económica, tenga acceso a la píldora” (El Mundo, 10-V-2001). Con el mismo argumento, acabaremos subvencionando la entrada a las discotecas más chic.

En la Comunidad de Madrid, según la Consejería de Sanidad, el Centro Joven de Planificación administrará la píldora y será el facultativo quien decida si invita la casa o extiende una receta. Fin de semana resuelto, nena, barra libre en la fiesta de la espuma y píldora gratis mañana a las nueve.

Galicia, Valencia, Navarra y Cataluña no financiarán el producto. Sin embargo, el PSOE ha anunciado que presentará en el Congreso una proposición no de ley para distribuir gratuitamente la “píldora del día siguiente” en centros de salud, centros de planificación familiar y hospitales. De la cabeza gacha al libro de reclamaciones.

Por supuesto, libertad: la que no quiera, que no utilice la píldora. Lo que no está claro es por qué se nos obliga a pagarla con los impuestos de todos.

Durante este tiempo, la jovencita se ha perdido la lección de que el acto sexual no es un juego sin consecuencias. ¿Qué ha aprendido entonces? Pues que hoy las pastillas sustituyen los hábitos de vida sanos; que hay que dejarse la piel por mejorar las vías de acceso a las píldoras y que no hay fallos educativos, sino necesidades sanitarias insatisfechas. Por su parte, quienes se han ahorrado la lección añaden que “habrá que acostumbrarse a convivir con el problema” y que solo cabe “reducir los daños”. Con soluciones gratuitas, claro.

Se puede entender que parte de los impuestos se destinen a la educación, pero no a encubrir la falta de educación. Menos mal que hay chispazos que no prenden. No ganaríamos para píldoras.

La “píldora del día siguiente”: qué es y cómo actúa

 

Guillermo López García

La Agencia del Medicamento española acaba de aprobar la comercialización, con receta, de la llamada “píldora del día siguiente”, como habían hecho antes las autoridades sanitarias de otros países europeos. En este artículo, el Dr. Guillermo López García (director del Departamento de Ginecología, Clínica Universitaria de Navarra) explica el mecanismo de acción de la píldora.

La “píldora del día siguiente” que ahora se comercializa consiste en un gestágeno conocido ya desde hace treinta años, el Levonorgestrel. Este viejo gestágeno, administrado como píldora del día siguiente, al no incluir en su composición un estrógeno, tiene menos efectos secundarios agudos, y así, las náuseas, vómitos, cefaleas y retención de líquidos son prácticamente inexistentes.

El Levonorgestrel se emplea en contracepción hormonal y en terapéutica hormonal sustitutiva en la postmenopausia. Y en los últimos diez años se inició su empleo como “píldora del día siguiente” por su acción fundamentalmente en el endometrio, al impedir la anidación del óvulo fecundado. La dosis de Levonorgestrel en terapéutica hormonal sustitutiva es de 0,075 mg al día durante doce días. En contracepción hormonal, la dosis suele ser de 0,25 mg al día por 21 días cada mes, mientras que su empleo como píldora de la mañana siguiente supone la administración de 0,75 mg al día durante dos días. Como se puede ver, una dosis alta concentrada en dos días. El precio en el mercado ronda las 1.400 ptas. por dos comprimidos. En los países en los que se emplea el Levonorgestrel como píldora del día siguiente, no existe información sobre el consumo de este fármaco con fines abortivos.

Desde el punto de vista del mecanismo de acción, hay que aclarar que las distintas píldoras del día siguiente tienen una acción fundamentalmente anti-implantatoria, pues impiden la anidación del óvulo fecundado en el endometrio, y por lo tanto, deben ser consideradas como píldoras abortivas precoces. Es corriente el confusionismo terminológico en este punto. Y así podemos ver cómo los titulares de prensa frecuentemente dicen que esta píldora evita la implantación del óvulo en el útero, cuando el óvulo nunca se implanta si previamente no fue fecundado. Y es entonces cuando el embrión, en sus primeras fases de desarrollo, se implanta.

El aborto, precoz o tardío, supone siempre la muerte del embrión, de un ser humano, y en sus primeras fases de desarrollo sigue siendo y será un hecho grave. Se aborta o no se aborta, independientemente de los métodos empleados.

La “píldora del día siguiente” y el riesgo de embarazos de adolescentes

 

Justo Aznar

Uno de los fines declarados de autorizar la “píldora del día siguiente”, como se acaba de hacer en España, es evitar embarazos entre adolescentes. Un estudio reciente indica que la píldora no ayuda a lograr ese objetivo. Lo comenta el Dr. Justo Aznar, jefe del Departamento de Biopatología Clínica en el Hospital La Fe (Valencia).

El embarazo de adolescentes es un importante problema social. Muchos de estos embarazos terminan en aborto, y cuando el embarazo continúa, este suele ir unido a complicaciones físicas, psíquicas y sociales para ambos, la madre y el hijo (1). Para paliar este problema, algunas autoridades sanitarias propugnan la utilización de la “píldora del día siguiente”, la denominada contracepción de emergencia. Sin embargo, no está demostrado que con la utilización de esta píldora vayan a disminuir los embarazos no deseados, ni tampoco el aborto, entre las adolescentes.

En relación con ello, acaba de publicarse en el British Medical Journal un interesante trabajo realizado en Inglaterra, en donde se concluye que la utilización de la píldora del día siguiente no reduce los embarazos de adolescentes, ni tampoco el número de abortos: incluso favorece un aumento de los mismos (2).

En dicho trabajo se relacionan la contracepción de emergencia, los embarazos de adolescentes y el porcentaje de estos que terminan en aborto. Para llevarlo a cabo, se estudian 240 casos de embarazos de adolescentes y se comparan con 719 casos de control de similares características. El primer dato que destaca es que las adolescentes embarazadas habían utilizado antes con mayor asiduidad los métodos anticonceptivos –tanto la píldora como los preservativos– que las adolescentes no embarazadas. “Después de un análisis multivariante realizado en el año anterior al embarazo, la única asociación encontrada estaba relacionada con la consulta previa sobre contracepción”.

Las adolescentes que asiduamente habían utilizado la consulta contraceptiva antes de su embarazo tenían un riesgo de quedarse embarazadas 3,32 veces mayor que las que no lo habían hecho; las que previamente habían utilizado la píldora anticonceptiva, 2,96 veces mayor, y las que habían utilizado preservativos en sus relaciones sexuales, 2,70 veces mayor.

También las que ya habían utilizado previamente la contracepción de emergencia manifestaban un riesgo de embarazo 1,35 veces superior a las que no la habían utilizado. Cuando se analizan los embarazos de adolescentes terminados en aborto, se encuentra que las que abortaron habían utilizado en significativamente mayor medida la contracepción de emergencia o preservativos, en cualquier momento antes del embarazo, que las otras jóvenes.

Las que la utilizan, mayor riesgo

En efecto, las que habían utilizado la píldora del día siguiente tenían una probabilidad 3,21 veces mayor de que su embarazo terminara en aborto, y esta probabilidad era 4,53 veces mayor para las que habitualmente utilizaban preservativos. Cuando se valoró el influjo de la utilización de la contracepción de emergencia o la utilización de preservativos sobre los porcentajes de aborto en las 240 adolescentes embarazadas estudiadas, se encontró que “en los casos en los que el embarazo terminó en aborto, las adolescentes habían utilizado significativamente más la contracepción de emergencia o los preservativos, durante el año previo al embarazo”. En efecto, las adolescentes que habían utilizado la píldora del día siguiente previamente al embarazo tenían 2,8 veces más posibilidades de quedarse embarazadas que las que no lo habían hecho. Para las que la habían utilizado en los 12 meses previos al embarazo, la probabilidad de embarazo fue 3,01 veces mayor.

Como concluye el trabajo, “la utilización habitual de la contracepción de emergencia se asocia con un incremento en el número de abortos, ya que las adolescentes embarazadas que abortaron habían utilizado antes de su embarazo la contracepción de emergencia más habitualmente que aquellas otras que después de quedarse embarazadas habían llevado hasta el final su embarazo”.

Como también se comenta en el trabajo, “un mayor conocimiento y la posibilidad de acceso a la contracepción de emergencia se propugna como medio para reducir el número de abortos de adolescentes. Sin embargo, como se comprueba en este trabajo, las adolescentes que utilizaron la contracepción de emergencia tenían mayor riesgo de un embarazo no planeado, posiblemente como consecuencia de asumir mayores riesgos en sus relaciones sexuales”.

También llama la atención este trabajo sobre los problemas que puede suponer “la provisión de contracepción de emergencia por parte de organismos que no están preparados para realizar después un seguimiento sobre estas prácticas”.

Todos los anteriores datos aportan razonables dudas sobre la pretendida eficacia de la píldora del día siguiente para evitar embarazos no deseados de adolescentes y para reducir el número de abortos en este grupo.

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