Olga Bejano Domínguez (Madrid 1963), residió
durante su infancia en Madrid, Pamplona, Palma de Mallorca, Puertollano
(Ciudad Real) y Logroño, donde vive actualmente. Es decoradora de interiores
por la escuela de Artes y Oficios de Logroño y fotógrafa profesional por el C.E.I. (Centro de Estudios de la Imagen) de Madrid. Trabajó
seleccionando niños para fotografía publicitaria en la revista «Dunia» y como fotógrafa política y asesora de imagen
en la campaña electoral de un partido político. En 1987 una enfermedad neuromuscular empezó a paralizar lentamente todo su cuerpo.
Escribió artículos relacionados con la vida y la enfermedad. En 1997 publica el
libro «Voz de Papel». Por ello en enero de 1998 el pueblo riojano la
proclama Riojana del Año y en junio del mismo año le conceden la Medalla de Oro
de La Rioja. Gracias a unos movimientos casi imperceptibles en su mano derecha
ha inventado un sistema de comunicación con un abecedario. Su enfermera
interpreta lo que a nuestros ojos son unos garabatos y así ha conseguido
escribir éste su segundo libro: «Alma de Color Salmón».
Alguna descripción de su vida que ella hace a lo
largo de su libro:
«Soy un vegetal muy activo». Mi vida es la siguiente: A las diez y
media de la mañana llega la enfermera, prepara todo para mi aseo y aunque pueda
parecer imposible, sin perder un minuto, hasta la una menos
cuarto no estoy lista para ejercer de enferma un día más. De una a dos solemos
hacer cosas, escribir una carta, o un artículo, mandar mensajes por el móvil o
recibir alguna visita especial, ya que las visitas las suelo recibir por la
tarde. A las dos me dan la comida y me dejan descansando en mi silla eléctrica,
me quedo relajada oyendo la televisión, pero no me duermo. Eso de la bella durmiente,
como otras tantas cosas quedó atrás. A las cuatro de la tarde vuelve la
enfermera, me medica, me da la merienda y aunque tengo poco arreglo me arregla
un poquito, es decir, me asea. Y por la tarde si tengo cosas que escribir
escribimos y otro rato recibimos una visita, hago llamadas a mis amigos, hago
gestiones y cuando tengo tiempo leo libros o veo vídeos, por supuesto, siempre
con la ayuda de la enfermera."
En quince años de un estado crónico grave, nunca me quedo en la cama,
tenga lo que tenga, o pase lo que pase. A mi cuerpo procuro ignorarlo, a mi
alma le digo: «Tú tira y calla». Si hubiera dedicado el tiempo a
deprimirme y quejarme, este libro nunca hubiera visto la Luz. Mí chiquilla es más fruto de mi carácter
que de mi arte.
Muchos os preguntaréis cómo he podido escribir un libro estando tetrapléjica, casi ciega, «mudita» y teniendo intensos
dolores y fiebre a diario, entre otras cosas. Pues bien, todo es una cadena.
Primero Rafael Freytez Pérez, al más puro estilo Ghost, desde la otra vida me pidió que
escribiese este libro. Yo tampoco sabía cómo lo iba a hacer, pero como para
Dios no hay imposibles, me puso a mi lado una enfermera que entonces me atendía
llamada Elena Corral Lumbreras. En poco tiempo aprendió, al igual que ahora Pitu, a atenderme y a entenderme. Ella
traducía mis garabatos y en folios los pasaba a letra legible. Vimos la
necesidad de que alguien fuera pasando todo limpio a ordenador, entonces llegó
Rosa, amiga de mi madre y mía. Ésta se ofreció a venir dos tardes por semana.
Así la enfermera, Rosa y yo pasamos a formar un trío muy especial. Pasamos
muchas horas juntas, en las que reímos y lloramos.
En
el año 1995 escribió la siguiente carta al periódico:
[La historia de la carta es la
siguiente: Un día su hermana, Mónica, cuando estudiaba COU en el colegio de los
marianistas de Logroño, al volver de clase le contó que en su clase al cabo de
unos días iban a estudiar el tema de la Eutanasia y que su profesor, que la
conocía, le había pedido que escribiera un testimonio]
No a la eutanasia:
experiencia de una joven enferma
Cuando a través de los
medios de comunicación tengo noticias de alguien tan desesperado que, al no
encontrar sentido a su vida, quiere ponerle fin con medios tales como el
suicidio o la eutanasia, siento deseos de contar mi experiencia y de dar mi
opinión, pues creo que, debido a mi situación, puedo hablar viendo el problema
desde el centro de la plaza y con el toro delante, no desde la barrera.
Primeramente, voy a
presentarme y a situaros un poco en mi vida. Me llamo Olga. Soy una chica a la
que la enfermedad le ha truncado la vida y quizá por eso la palabra vida me
merece un gran respeto.
A los trece años fui
operada de apendicitis; parece ser que la anestesia me dañó el sistema nervioso
afectando a los músculos. Padezco una enfermedad neuromuscular
grave, desconocida, progresiva y sin ningún tratamiento.
Hasta los veintitrés años
pude realizar una vida normal: estudiaba, ligaba, esquiaba
...; ilusiones y proyectos no me faltaban. Pero en mayo de 1987 mi
glotis se paralizó y tuve una parada cardiaca por asfixia; estuve por unos
minutos clínicamente muerta, quedándome luego en coma. En ese momento, más de
uno no apostaba por mí; pero yo, por llevar la contraria, salí del coma y seguí
viva. Desde entonces vivo sin poder hablar ni comer.
Hablo gracias a un
cuaderno y un rotulador. Me alimento por medio de una sonda.
Tengo hecha la
traqueotomía y respiro con ayuda de una máquina. También dependo de un aparato
de aspiración y de una silla de ruedas.
Mi vida es, desde hace
ocho largos años, malestar físico, obstáculos, limitaciones, problemas
hospitalarios, familiares, burocráticos... En una palabra: sufrimiento. Pero
este sufrimiento si uno llega, como yo, a entenderlo, es una lección constante
que ayuda a madurar y a superarse.
Soy católica, siempre he
creído en Dios, en la existencia del alma y en que cuando uno muere no termina
ahí su vida, sino que sigue en otro lugar. Cuando estuve en coma, tuve la
suerte de tener la famosa experiencia del «túnel». Esto transformó mi vida. Desde entonces, no tengo ningún
miedo a la muerte, porque sé que cuando uno se va, allí se siente mucho placer
y bienestar. Como en esa experiencia pude comprobar lo agradable que es estar
allí, me pregunto ¿por qué tuve que volver aquí? Aunque yo no quería volver,
aquí estoy. Está claro que mi hora no había llegado. Todos tenemos un día
marcado para nacer y otro para morir, y yo no soy quién para alterar el destino
y mucho menos los planes de Dios.
Vivimos en una sociedad en
la que priman el placer y lo material. Todos queremos gozar y ninguno sufrir;
pero el sufrimiento y la muerte vienen incluidos en la vida, forman parte de
ella. Soy partidaria de luchar, no de «huir». La eutanasia es una forma de
huida y, por tanto, no deja de ser una cobardía. A mí no me parieron cobarde;
por eso lucharé hasta el final. Respeto y entiendo a los que se dan por
vencidos y no creen en nada; pero yo, cuando llegue al «otro lado», quiero
tener la sensación de llevar mis deberes cumplidos. Si me practicasen la
eutanasia, creo que, al llegar allí, tendría la sensación de no haber sabido
llegar hasta el final, como si dejase en este mundo alguna asignatura
pendiente. Para mí todo lo que te quita la paz interior no es bueno, y los
médicos que han realizado eutanasias creen que hacen bien, pero confiesan
sentirse mal. Todo anciano, minusválido o enfermo terminal tiene derecho a una
atención digna, centros adecuados, ayudas familiares y económicas y grandes
dosis de «cariñoterapia»; pero todo esto equivale a
trabajo y a dinero, y es más fácil, cómodo y barato legalizar la eutanasia e,
igual que hicieron los nazis, disfrazándola de ayuda y compasión, quitar a
todos de en medio.
La mentalidad de que sólo
lo biológicamente bueno vale la pena impide conocer grandes realidades humanas:
Beethoven compuso sus maravillosos cuartetos hasta el
último momento; Mozart siguió componiendo en el lecho
de muerte su magnífico Requiem; Tiziano
pintaba con casi noventa años, cuando apenas podía sujetar los pinceles. Los
defensores de la eutanasia olvidan que cada vida es única e irrepetible y que
cualquier vida tiene todo el valor posible. Si hubiese una vida sin
importancia, ninguna sería importante.
OLGA
BEJANO, 13 de marzo de 1995