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Compendio de Bioética

 

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ANEXO AL TEMA 21: ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA EVOLUCIÓN Y EL HOMBRE

Biólogo metido a filósofo. El origen de la vida. ¿Soy libre? ¡Soy libre! Alma espiritual. Y Dios. Descubrir la verdad y -aunque cueste- ser coherente.

 

9b. ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA EVOLUCIÓN Y EL HOMBRE

 

            Biólogo metido a filósofo

 

            Resulta frecuente encontrar, en libros de biología sobre evolución, razonamientos y afirmaciones que van más allá de lo que puede decirse siguiendo con rigor el método científico de las ciencias positivas (entre las que se encuentra la Biología). Y se habla de términos filosóficos como causalidad, libertad, creación, Dios, etc. No estaría mal hacerlo, siempre que se evitase mezclar unas y otras afirmaciones ("biológicas" y filosóficas) sin diferenciar el método seguido para hacerlas.

 

            Algo así le sucedió a uno de los "padres" del evolucionismo: Darwin, quien, en su libro "El origen del hombre" no dudó en incluir, junto a razonamientos científicos biológicos, una negación de la libertad en el hombre. Dicha negación era una consecuencia lógica de haber negado previamente que éste se encuentra animado por un alma espiritual. Habría que añadir que Darwin, en ese libro, da rienda suelta a numerosos prejuicios religiosos que se manifiestan en ataques furibundos y apasionados contra la Iglesia Católica, el clero, etc. que provocan en el lector dudas acerca de la ponderación del autor en sus afirmaciones científico-positivas (no ya en las científico-filosóficas o en las religiosas). Reconozco que me sorprendería mucho encontrar tanto alabanzas como críticas al celibato sacerdotal -y éstas son las que nos ofrece Darwin- en un libro de Biología. A favor del autor hay que decir que en "El origen de las especies" es más riguroso y nos muestra un trabajo muy minucioso -sobre el que se puede discrepar o no- de importante valor científico.

 

            Todos -por ser hombres- llevamos un "filósofo" en nuestro interior. A eso, a filosofar un poco, se destinan estas líneas. Por no seguir en ellas el método científico de las ciencias positivas, he preferido incluirlas aparte de las explicaciones estrictamente biológicas.

 

            El origen de la vida

 

            Es bien conocida la teoría de Oparin, apoyada también por algunos científicos, sobre el origen de la vida. Ciertamente se ha demostrado en laboratorios la posibilidad de que se formen espontáneamente moléculas orgánicas sencillas (aminoácidos, ácidos grasos, bases nitrogenadas, monosacáridos, etc.) a partir de moléculas inorgánicas, en condiciones similares a las que quizá se daban en la Tierra hace muchos millones de años. Pero la aceptación de que células sencillas -tipo bacterias- se formen por "encuentros casuales" de esas moléculas orgánicas sencillas, requiere -bajo mi punto de vista- un poco (o un mucho) de fe humana. No es metafísicamente imposible -es decir, podría haberse dado-, pero...

 

            Para dar lugar a una sencillísima Escherichia coli tendría que darse, "por azar": la asociación ordenada de unos 3.000 genes, cada uno de los cuales está constituido por -al menos- decenas de nucleótidos; la asociación "casual" de numerosísimos aminoácidos para formar las enzimas que se requieren para que la bacteria pueda multiplicarse y desarrollar su actividad vital; el encuentro "fortuito" de proteínas (frutos de anteriores encuentros "fortuitos" entre aminoácidos) y moléculas de ARN-r (también formadas de manera casual), para tener los ribosomas que sinteticen nuevas proteínas; y que, curiosamente, toda esta maquinaria -no hemos hablado aquí de los imprescindibles aminoacil-ARN-t- sea capaz de interpretar el código genético del cromosoma descrito inicialmente. Sinceramente, me parecería como dar el paso de explicar, después de la formación natural de las cuevas de Nerja, la posible asociación casual de distintos materiales -debida a fenómenos también geológicos- en el Palacio de Versailles (si desconociésemos su origen). Sería posible, sí, pero, ¡me costaría tanto admitirlo!...

 

            Por eso suelo decir que me cuesta menos aceptar el desarrollo -por evolución a lo largo de millones de años- de los elefantes a partir de una primitiva bacteria, que aceptar la formación de esa bacteria por simple asociación de moléculas orgánicas (la distancia que hay que salvar es muy superior en este segundo proceso).

 

            Pero nos vamos a centrar ahora en el origen del hombre y en las dificultades filosóficas que presenta éste. Para eso, estudiaremos en primer lugar cómo es el hombre.

 

            ¿Soy libre?

 

            Es la pregunta clave. Y para hallar respuesta, debo encontrar primero una definición clara de libertad:

 

            Si se tratase de la capacidad de elegir entre una cosa y otra, tendríamos que concluir que, cada vez que elijo libremente, pierdo libertad, ya que elimino alternativas: un absurdo, pues el indeciso sería más libre que el que, libremente, toma decisiones. La capacidad de elegir entre alternativas es consecuencia de la libertad, pero no se reduce a eso la libertad.

 

            Digamos que es la capacidad de autodeterminación, de automoción, hacia el bien. No capacidad de elegir entre el bien y el mal, pues el mal sólo es elegido por la parte de bien que tiene, y su elección es fruto del error (aunque sea voluntario): igual que yerra el animal (en este caso involuntariamente) que cae en la trampa (mal) atraído por el cebo (bien) que le han puesto y que forma parte de esa trampa.

 

            Por eso, la autodeterminación hacia el bien debe ser precedida por el conocimiento del bien: la verdad nos hace más libres, y la mentira (o la verdad a medias), esclavos. (Ver “La sinceridad”)

 

            Y la libertad, como capacidad de autodeterminación, nos lleva de la mano a la responsabilidad (pedir cuentas de lo hecho).

 

            ¡Soy libre!

 

            Claro que sí. Y lo afirmo tajantemente, así: gritando. Aunque algún biólogo metido a filósofo o algún filósofo se empeñe en demostrarme -desde su "laboratorio"- lo contrario:

 

            -Es que ese filósofo no conoce cómo me remordió la conciencia cuando actué en contra de lo que ella me dictaba, ni la tranquilidad que recuperé al rectificar y pedir perdón. -¿Verdad que a ti te sucedió lo mismo?

 

            -Tampoco sabe de la alegría y felicidad (no bienestar físico) que sentí en otra ocasión, al vencer las dificultades y actuar como juzgaba que debía hacerlo. -También te ocurrió a ti eso, ¿no es así?

 

            -E ignora que me sentí corresponsable de la mala actuación de aquellos amigos, a los que no supe corregir con claridad cuando empezaban a desviarse antes de llegar a cometer un grave delito. -Igual que tú, ¿verdad?

 

            Alma espiritual

 

            Pero no puedo explicar la libertad con un sujeto puramente material. La materia está regida por leyes necesarias (físicas, químicas, biológicas...). Y al hablar de libertad no me refiero a esa serie de instintos e inclinaciones psicológicas que, día tras día, voy descubriendo en mí y nunca acabo de conocer, sino a una auténtica libertad.

 

            Si defiendo mi libertad, debo reconocer que tengo un alma espiritual. Actúa a través de mi cuerpo, sí, pero lo excede en su actividad: llega a penetrar en el conocimiento de las cosas y llega a querer a otras personas con tanta generosidad...

 

            Eso es lo que me hace verdaderamente digno e importante en mí mismo.

 

            Y Dios

 

            De una célula, por mitosis, obtengo dos iguales. Y por meiosis, cuatro gametos, cada uno de los cuales podrá unirse (reproducción sexual) a otro para originar un nuevo individuo. Pero, ¿puede sufrir "mitosis" o "meiosis" el alma espiritual? Imposible, pues, al no tener "partes extra partes", al no ser materia (ni siquiera energía, también cuantificable) no puede dividirse. Así, el alma espiritual no puede proceder de los padres.

 

            -Entonces, ¿debo admitir que en cada concepción humana hay un acto creador de Dios, que anima a ese nuevo individuo con un alma espiritual? Por favor, ¡si soy científico!...

 

            -¡Científico!... Pues sí, debes admitirlo, a no ser que, negando ese acto creador niegues la espiritualidad de tu alma, y con ella tu libertad, y tu ser de persona... y, en resumen, tu dignidad. Porque sin Dios no hay espíritu, sin éste no hay libertad, y negada ésta tú pasas a ser un animal complejo pero simple animal (por lo tanto, no importante en ti mismo).

 

            Por idéntica razón será preciso hablar de un acto creador en el momento de aparecer el primer hombre: al gozar de libertad, no puede ser fruto de la simple evolución de un ser vivo no espiritual (no libre). Y esa intervención de Dios será ineludible, proceda el primer hombre de un mono, de un puñado de barro... ¡o de un cocotero! (estoy de broma: creo que ninguna teoría evolutiva defiende este antecesor). Puedes negar esa intervención de Dios si niegas -como otros han hecho- que el hombre, que tú, seas libre.

 

            Descubrir la verdad y -aunque cueste- ser coherente

 

            Sé que no es un razonamiento "aséptico" ni "frío" el que he desarrollado hasta ahora. No lo es porque ningún tema puede afectarme de manera más profunda que los que tratamos aquí: la espiritualidad y libertad de mi alma, la existencia de Dios. Pienso que la respuesta a estas cuestiones influirá también más en la orientación que des a tu vida, que el hecho de que gane el Atlético de Madrid o el F. C. Barcelona la presente liga de fútbol (a no ser que seas un simplón), ¿me equivoco?

 

            -Sin embargo, reconocer mi libertad significa exigirme responsabilidades y reconocer, en consecuencia, la existencia de Dios. Y reconocer la existencia de Dios... ¡uy, uy, uy!, esto no me gusta. Así que prefiero quedarme con que soy libre (es algo evidente para mí y de lo que estoy orgulloso), y afirmar que soy incapaz de conocer si Dios existe o no (agnosticismo se llama esto, ¿no?, pues eso soy yo: agnóstico).

 

            -¿Agnóstico? Tonto es lo que tú eres (o al menos lo que pareces -no te enfades- con semejante ocurrencia). El "lote" es indisociable: si hay libertad, hay Dios. Y si te parece inalcanzable la existencia de Dios, sé bienvenido al conjunto de "cachos de carne con ojos" animados que pueblan la Tierra, mas permíteme que te quite el título de persona: has dejado de ser importante en ti mismo.

 

            Tenía razón quien afirmó un día: "el que no vive como piensa, acaba pensando como vive". Quizá la aceptación de estas verdades te complique la vida. ¡Vale la pena! Pero no caigas en la tentación de adulterar la verdad para llevar una vida más cómoda (¡triste comodidad sería ésta!). Cuando descubras la verdad -en el terreno que sea- debes aprender a amarla apasionadamente.

 

            Termino recordándote la idea que expresé anteriormente: la mentira (o la verdad a medias) te hace esclavo, mientras que la verdad te hace -me hace- más libre y, si te esfuerzas por vivir coherentemente según la verdad, también más feliz.

 

                                                        Fernando del Castillo del Castillo

                                                        Marbella, mayo de 1996.

 

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