9b. ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA EVOLUCIÓN Y
EL HOMBRE
Biólogo
metido a filósofo
Resulta frecuente encontrar, en
libros de biología sobre evolución, razonamientos y afirmaciones que van más
allá de lo que puede decirse siguiendo con rigor el método científico de las
ciencias positivas (entre las que se encuentra la Biología). Y se habla de
términos filosóficos como causalidad, libertad, creación, Dios, etc. No estaría
mal hacerlo, siempre que se evitase mezclar unas y otras afirmaciones
("biológicas" y filosóficas) sin diferenciar el método seguido para
hacerlas.
Algo así le sucedió a uno de los
"padres" del evolucionismo: Darwin, quien, en su libro "El
origen del hombre" no dudó en incluir, junto a razonamientos científicos
biológicos, una negación de la libertad en el hombre. Dicha negación era una
consecuencia lógica de haber negado previamente que éste se encuentra animado
por un alma espiritual. Habría que añadir que Darwin, en ese libro, da rienda
suelta a numerosos prejuicios religiosos que se manifiestan en ataques
furibundos y apasionados contra la Iglesia Católica, el clero, etc. que
provocan en el lector dudas acerca de la ponderación del autor en sus
afirmaciones científico-positivas (no ya en las científico-filosóficas o en las
religiosas). Reconozco que me sorprendería mucho encontrar tanto alabanzas como
críticas al celibato sacerdotal -y éstas son las que nos ofrece Darwin- en un
libro de Biología. A favor del autor hay que decir que en "El origen de
las especies" es más riguroso y nos muestra un trabajo muy minucioso
-sobre el que se puede discrepar o no- de importante valor científico.
Todos -por ser hombres- llevamos un
"filósofo" en nuestro interior. A eso, a filosofar un poco, se
destinan estas líneas. Por no seguir en ellas el método científico de las
ciencias positivas, he preferido incluirlas aparte de las explicaciones
estrictamente biológicas.
El
origen de la vida
Es bien conocida la teoría de
Oparin, apoyada también por algunos científicos, sobre el origen de la vida.
Ciertamente se ha demostrado en laboratorios la posibilidad de que se formen
espontáneamente moléculas orgánicas sencillas (aminoácidos, ácidos grasos,
bases nitrogenadas, monosacáridos, etc.) a partir de moléculas inorgánicas, en
condiciones similares a las que quizá se daban en la Tierra hace muchos
millones de años. Pero la aceptación de que células sencillas -tipo bacterias-
se formen por "encuentros casuales" de esas moléculas orgánicas
sencillas, requiere -bajo mi punto de vista- un poco (o un mucho) de fe humana.
No es metafísicamente imposible -es decir, podría haberse dado-, pero...
Para dar lugar a una sencillísima Escherichia
coli tendría que darse, "por azar": la asociación ordenada
de unos 3.000 genes, cada uno de los cuales está constituido por -al menos-
decenas de nucleótidos; la asociación "casual" de numerosísimos
aminoácidos para formar las enzimas que se requieren para que la bacteria pueda
multiplicarse y desarrollar su actividad vital; el encuentro
"fortuito" de proteínas (frutos de anteriores encuentros
"fortuitos" entre aminoácidos) y moléculas de ARN-r (también formadas
de manera casual), para tener los ribosomas que sinteticen nuevas proteínas; y
que, curiosamente, toda esta maquinaria -no hemos hablado aquí de los
imprescindibles aminoacil-ARN-t- sea capaz de interpretar el código genético
del cromosoma descrito inicialmente. Sinceramente, me parecería como dar el
paso de explicar, después de la formación natural de las cuevas de Nerja, la
posible asociación casual de distintos materiales -debida a fenómenos
también geológicos- en el Palacio de Versailles (si desconociésemos su origen).
Sería posible, sí, pero, ¡me costaría tanto admitirlo!...
Por eso suelo decir que me cuesta
menos aceptar el desarrollo -por evolución a lo largo de millones de años- de
los elefantes a partir de una primitiva bacteria, que aceptar la formación de
esa bacteria por simple asociación de moléculas orgánicas (la distancia que hay
que salvar es muy superior en este segundo proceso).
Pero nos vamos a centrar ahora en el
origen del hombre y en las dificultades filosóficas que presenta éste. Para
eso, estudiaremos en primer lugar cómo es el hombre.
¿Soy
libre?
Es la pregunta clave. Y para hallar
respuesta, debo encontrar primero una definición clara de libertad:
Si se tratase de la capacidad de
elegir entre una cosa y otra, tendríamos que concluir que, cada vez que elijo
libremente, pierdo libertad, ya que elimino alternativas: un absurdo, pues el
indeciso sería más libre que el que, libremente, toma decisiones. La capacidad
de elegir entre alternativas es consecuencia de la libertad, pero no se reduce
a eso la libertad.
Digamos que es la capacidad de
autodeterminación, de automoción, hacia el bien. No capacidad de elegir entre
el bien y el mal, pues el mal sólo es elegido por la parte de bien que tiene, y
su elección es fruto del error (aunque sea voluntario): igual que yerra el
animal (en este caso involuntariamente) que cae en la trampa (mal) atraído por
el cebo (bien) que le han puesto y que forma parte de esa trampa.
Por eso, la autodeterminación hacia
el bien debe ser precedida por el conocimiento del bien: la verdad nos hace más
libres, y la mentira (o la verdad a medias), esclavos. (Ver “La sinceridad”)
Y la libertad, como capacidad de
autodeterminación, nos lleva de la mano a la responsabilidad
(pedir cuentas de lo hecho).
¡Soy
libre!
Claro que sí. Y lo afirmo tajantemente,
así: gritando. Aunque algún biólogo metido a filósofo o algún filósofo se
empeñe en demostrarme -desde su "laboratorio"- lo contrario:
-Es que ese filósofo no conoce cómo
me remordió la conciencia
cuando actué en contra de lo que ella me dictaba, ni la tranquilidad que
recuperé al rectificar y pedir perdón.
-¿Verdad que a ti te sucedió lo mismo?
-Tampoco sabe de la alegría y
felicidad (no bienestar físico) que sentí en otra ocasión, al vencer las
dificultades y actuar como juzgaba que debía hacerlo. -También te ocurrió a ti
eso, ¿no es así?
-E ignora que me sentí
corresponsable de la mala actuación de aquellos amigos, a los que no supe
corregir con claridad cuando empezaban a desviarse antes de llegar a cometer un
grave delito. -Igual que tú, ¿verdad?
Alma
espiritual
Pero no puedo explicar la libertad
con un sujeto puramente material. La materia está regida por leyes necesarias
(físicas, químicas, biológicas...). Y al hablar de libertad no me refiero a esa
serie de instintos e inclinaciones psicológicas que, día tras día, voy
descubriendo en mí y nunca acabo de conocer, sino a una auténtica libertad.
Si defiendo mi libertad, debo
reconocer que tengo un alma espiritual. Actúa a través de mi cuerpo, sí, pero
lo excede en su actividad: llega a penetrar en el conocimiento de las cosas y
llega a querer a otras
personas con tanta generosidad...
Eso es lo que me hace verdaderamente
digno e importante en mí mismo.
Y
Dios
De una célula, por mitosis, obtengo
dos iguales. Y por meiosis, cuatro gametos, cada uno de los cuales podrá unirse
(reproducción sexual) a otro para originar un nuevo individuo. Pero, ¿puede
sufrir "mitosis" o "meiosis" el alma espiritual? Imposible,
pues, al no tener "partes extra partes", al no ser materia (ni
siquiera energía, también cuantificable) no puede dividirse. Así, el alma
espiritual no puede proceder de los padres.
-Entonces, ¿debo admitir que en cada
concepción humana hay un acto creador de Dios, que anima a ese nuevo individuo
con un alma espiritual? Por favor, ¡si soy científico!...
-¡Científico!... Pues sí, debes
admitirlo, a no ser que, negando ese acto creador niegues la espiritualidad de
tu alma, y con ella tu libertad, y tu ser de persona... y, en resumen, tu
dignidad. Porque sin Dios no hay espíritu, sin éste no hay libertad, y negada
ésta tú pasas a ser un animal complejo pero simple animal (por lo tanto, no
importante en ti mismo).
Por idéntica razón será preciso
hablar de un acto creador en el momento de aparecer el primer hombre: al gozar
de libertad, no puede ser fruto de la simple evolución de un ser vivo no
espiritual (no libre). Y esa intervención de Dios será ineludible, proceda el
primer hombre de un mono, de un puñado de barro... ¡o de un cocotero! (estoy de
broma: creo que ninguna teoría evolutiva defiende este antecesor). Puedes negar
esa intervención de Dios si niegas -como otros han hecho- que el hombre, que
tú, seas libre.
Descubrir
la verdad y -aunque cueste- ser coherente
Sé que no es un razonamiento
"aséptico" ni "frío" el que he desarrollado hasta ahora. No
lo es porque ningún tema puede afectarme de manera más profunda que los que
tratamos aquí: la espiritualidad y libertad de mi alma, la existencia de Dios.
Pienso que la respuesta a estas cuestiones influirá también más en la
orientación que des a tu vida, que el hecho de que gane el Atlético de Madrid o
el F. C. Barcelona la presente liga de fútbol (a no ser que seas un simplón),
¿me equivoco?
-Sin embargo, reconocer mi libertad
significa exigirme responsabilidades y reconocer, en consecuencia, la
existencia de Dios. Y reconocer la existencia de Dios... ¡uy, uy, uy!, esto no
me gusta. Así que prefiero quedarme con que soy libre (es algo evidente para mí
y de lo que estoy orgulloso), y afirmar que soy incapaz de conocer si Dios
existe o no (agnosticismo se llama esto, ¿no?, pues eso soy yo: agnóstico).
-¿Agnóstico? Tonto es lo que tú eres
(o al menos lo que pareces -no te enfades- con semejante ocurrencia). El
"lote" es indisociable: si hay libertad, hay Dios. Y si te parece
inalcanzable la existencia de Dios, sé bienvenido al conjunto de "cachos
de carne con ojos" animados que pueblan la Tierra, mas permíteme que te
quite el título de persona: has dejado de ser importante en ti mismo.
Tenía razón quien afirmó un día:
"el que no vive como piensa, acaba pensando como vive". Quizá la
aceptación de estas verdades te complique la vida. ¡Vale la pena! Pero no
caigas en la tentación de adulterar la verdad para llevar una vida más cómoda
(¡triste comodidad sería ésta!). Cuando descubras la verdad -en el terreno que
sea- debes aprender a amarla apasionadamente.
Termino recordándote la idea que
expresé anteriormente: la mentira (o la verdad a medias) te hace esclavo,
mientras que la verdad te hace -me hace- más libre y, si te esfuerzas por vivir
coherentemente según la verdad, también más feliz.
Fernando
del Castillo del Castillo
Marbella,
mayo de 1996.