2. Cada año son millones de personas las que mueren de hambre en todo
nuestro planeta.
El hambre mata. Pero no existe
ningún lugar del mundo en el que la muerte por inanición sea un problema
permanente. En la actualidad, esto sólo sucede en situaciones extremas, generalmente
provocadas por la guerra. Lo que padecen los habitantes del Tercer Mundo es una
malnutrición crónica producto de su pobreza. Es, en palabras de Brunel, el “hambre silencioso”: una alimentación
desequilibrada en cantidad y calidad que no tiene las dramáticas consecuencias
de las hambrunas pero que lastra el desarrollo físico y mental de sus víctimas.
3. Los países pobres están atrapados por la espiral del hambre, que
impide su desarrollo.
Falso. Aunque de determinados
reportajes de la televisión podría deducirse lo contrario. La malnutrición
retrocede en el mundo. La proporción de personas mal alimentadas en todo el
planeta en 1950 era del 34 por ciento; en 1980, el porcentaje se había reducido
ya a la mitad (17 por ciento). En la actualidad, según datos de la FAO, son 330
millones de personas las que viven en países donde el suministro de alimentos per cápita es extremadamente bajo (inferior a 2.100
kilocalorías). Esta cifra equivale al 8’5 por ciento de la población de los
países en desarrollo. Hace treinta años la cifra absoluta era de 1.700 millones,
y la proporción, el 80 por ciento. Hoy, unos 650 millones de personas (el 17
por ciento de la población de los países en desarrollo) viven en países con
suministro de alimentos per cápita superior a 2.700
kilocalorías. Hace treinta años sumaban sólo 35 millones. Si la esperanza de
vida es uno de los principales indicadores del desarrollo, sorprenderá a los
catastrofistas comprobar que ésta no ha cesado de crecer desde 1960 en los
países más atrasados del Tercer Mundo: en Tanzania ha pasado de los 41 a los 52
años; en Etiopía, de los 37 a los 47; en Sudán, de 40 a 53.
Las mejoras son también para
los más pequeños. Según UNICEF, una cuarta parte de la población infantil
mundial vive en Asia meridional. Pues bien, a pesar de la extremada pobreza de
esta región, “las perspectivas de supervivencia han mejorado considerablemente
durante las tres pasadas décadas: en 1966 uno de cada cuatro niños moría antes
de cumplir los cinco años; en 1993 esta relación era uno de cada ocho”. En
África al sur del Sahara, la tasa de alfabetización pasó del 40 por ciento en
1970 al 63 en 1990. Es evidente, aún estamos muy lejos de la situación ideal,
sobre todo en algunas regiones de África (donde los gobiernos corruptos y las
políticas equivocadas han causado estragos), pero no se puede decir, sin faltar
a la verdad, que el subdesarrollo y la malnutrición constituyan un callejón sin
salida para aquellos países que los padecen.
4. Los excedentes agrícolas bastan por sí solos para alimentar a los 800
millones de hambrientos que hay en el mundo.
Un 10 por ciento de los “stocks” mundiales bastaría para erradicar la malnutrición
en nuestro planeta. No obstante, si el hambre existe no es tanto por una
disponibilidad de recursos como por el reparto que se hace de ellos. Se da la
lamentable paradoja de países con excedentes alimentarios (Brasil, India) a
cuyo suministro, sin embargo, no acceden grandes capas de su población.
5. Si las parejas de los países pobres tuvieran menos hijos, estarían
menos hambrientos.
Es un tópico utilizado para
promocionar el aborto y las técnicas anticonceptivas. Pero no hay una relación
directa entre densidad de población y nivel de nutrición. Existen países muy
densamente poblados cuyos habitantes están bien alimentados y, por el
contrario, naciones con escasa densidad de población cuyos súbditos se mueren
de hambre (Etiopía, Zaire, Tanzania, etc.). “Paradójicamente -explica Sylvie Brunel- una alta densidad
de población ha estimulado normalmente las innovaciones agrícolas y la
población está por ello mejor alimentada. Lo que sí es peligroso es un
incremento brusco del crecimiento de la población mientras los sistemas siguen
anclados en las tradiciones, sin enfatizar en su modernización”.
6. Los países desarrollados deben incrementar la donación de alimentos a
las naciones más pobres.
No, como norma general. Sí, en
situaciones excepcionales de emergencia. “Las donaciones hacen que los
beneficiarios dependan de la ayuda exterior y pierdan el interés en su propia
producción”, responde Sylvie Brunel.
“Muchos países de África -añade- podrían producir mucho más si sus agricultores
recibieran más apoyo y no fueran objeto de la competencia desleal que supone
esta ayuda y de las importaciones baratas de alimentos”.
“En los países pobres -apunta
el profesor Pampillón- no suele haber
infraestructuras que permitan, de una manera eficaz, el recibir y mucho menos
el distribuir y aprovechar estos donativos”.
Lo que los países
subdesarrollados necesitan no es ayuda, sino comercio. Los fracasos más
estrepitosos desde la II Guerra Mundial (Sudán, Afganistán, Nepal, Mozambique)
son precisamente los de los países menos integrados en la economía mundial. La
victoria contra el hambre será definitiva cuando las naciones que ahora
sobreviven gracias a las donaciones externas sean capaces de producir por sí
mismas los recursos necesarios para alimentar a sus poblaciones.
7. Las hambrunas son fruto de crisis climáticas que afectan siempre a
los países menos desarrollados.
“Desde hace dos decenios, las
crisis climatológicas (sequía, inundaciones) no deberían desembocar en una
hambruna, entendida ésta como una situación extrema de hambre donde no hay
ningún alimento disponible y cuyo resultado son muertes rápidas y numerosas si
no se cuenta con ayuda urgente”, recuerda Sylvie Brunel. Las situaciones de hambre extrema que
esporádicamente se producen hoy son siempre resultado de enfrentamientos
bélicos. Somalia, Etiopía, Liberia... Nuestras retinas conservan aún patéticas
imágenes de las últimas hambrunas. Todas fueron resultado de dantescos
conflictos que generaron miles de víctimas y desplazados. El último informe de
Médicos Sin Fronteras denuncia cómo las facciones en guerra crean “situaciones
de hambre para conseguir el suministro de alimentos y medicinas, que luego son
desviados”. Así, la ayuda humanitaria se convierte, de forma involuntaria, en
alimento de las guerras.
8. Los países subdesarrollados necesitan comida antes que libertad
individual y política.
El mapa del hambre coincide con
el de las falsas ideologías. Azota a naciones en las que los errores y
corrupciones o la incompetencia administrativa son manifiestas.
Y en esto, los países socialistas se llevan la palma. De los más pobres, basta
analizar el camino recorrido por países relativamente democráticos y con
respeto a la propiedad privada de los campesinos (la India, Costa de Marfil,
Tailandia), con el de naciones seducidas por el modelo soviético de las
colectivizaciones (Ghana, Tanzania, Vietnam) para dar la razón al barón de Montesquieu: “Las tierras producen menos en razón de su
fertilidad que en razón de la libertad de sus habitantes”.