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La sombra del Arquitecto
La sombra del Arquitecto

El suicidio

I

Tengo que irme.
Las palabras resonaron en el vacío, era increíble, ¿eran las seis ya? No podía creerlo, el tiempo pasa tan rápido… miró a su alrededor, y detuvo la vista en las edificaciones que comenzaban a nacer, “algún día seré arquitecto y haré una obra colosal” pensó, luego siguió mirando y sus ojos tropezaron con la iglesia, mal llamada Catedral por muchos, “¿Seré capaz?” Observó detenidamente los detalles del singular edificio, las formas de la piedra, alzándose hasta el cielo, maravilloso, simplemente maravilloso.
Quédate un rato más porfi, sólo hasta las siete.
Sabes que no puedo, si llego más tarde de las seis y media mi padre me mata. Amos, anda, ponte en pie barriguitas.
¡Joé! Algún día le daré una HOSTIA a tu padre que se va a cagar…
¡Hay MACHOTEEE! Luego lo ves y sales por patas ¡ja ja ja ja ja ja ja!
¡Cabrona! Verás cuando le diga que te has fugao ¡ja ja ja ja ja!
Se levantaron, aunque ella tuviera que irse él la acompañaría, como siempre. Mientras bromeaban le vino a la cabeza cuanto le había costado convertirse en su amigo, cuanto siendo como era. Recordó el día que llegó a la ciudad, a su padre los negocios no le habían ido del todo bien y tuvieron que trasladarse. Abandonar la capital había supuesto para él un trastorno y no porque abandonara muchos amigos, ni a ninguna muchacha, a esa edad no pensaba en eso todavía. El problema fue abandonar su querida playa, su paseo de las canteras, adoraba aquel lugar, solía pasarse horas caminando, parando, dibujando alguna cosa… Era su lugar, el sitio que le hacía evadirse.
Nunca supo exactamente de que tenía que evadirse, tenía una familia estupenda, unos hermanos fantásticos, una vida sencilla y cómoda sin grandes lujos pero sin privaciones. De hecho podría decirse que era un niño feliz, pero aún así, siempre encontraba la necesidad de encontrarse a solas. Diríase que no era un niño de lo más normal no…
La primera impresión que le dio Cardones, el barrio donde se instalaron, fue la de un pueblo muerto, angustioso, ganas tuvo de animar a su padre a irse a otro lugar pero las condiciones no dejaban paso a la libertad de decisión: estaban en bancarrota, había que asumirlo y seguir para delante. Su nueva casa estaba apenas alejada del pueblo, si es que casa era un término correcto claro, cuatro paredes y otras cuatro al lado, un baño minúsculo y una cocina  sin vistas. Los tres hermanos dormirían en una habitación y los padres en la contigua. El cambio fue brutal.
Pero todo se puso en orden en poco tiempo, la casa se fue agrandando como por arte de magia y antes de empezar el nuevo curso ya tenía que compartir el cuarto solamente con su hermana pequeña. Su hermano mayor consiguió rápidamente su cuarto en el piso alto. Los cambios, aunque pequeños, siempre dan sensación de  movimiento y vitalidad, o sea, de triunfo. Y el padre de Antonio era un triunfador, un hombre cargado de ilusiones y vitalidad. Era casi un Dios para Antonio.
Ese primer día de clases fue terrible, recordaba, de nervioso que estaba se le cayeron las gafas pisándolas el mismo. Era estupendo llegar nuevo a un colegio y dar fama de torpe desde el primer momento. A los 11 años ese acto natural era todo un despropósito. La única persona que no se burló de él y le ayudo a llegar al pupitre fue ella, Marta, lo aposentó, le pregunto si ya estaba mejor y se fue al suyo propio. No era un muchacho demasiado abierto así que aparte de su vecino solo conocía a esa dulce muchacha que lo había ayudado.
¡Cuidado!
La voz de Marta lo sacó de sus pensamientos, un coche iba en toda fuga hacia él, se apartó y le gritó de todo menos guapo.
¿En que estabas pensando?
Le iba a decir que en ella pero calló y siguieron caminando. La tarde estaba fresca, una rigurosa tarde de Diciembre, con sus nubes, con su aire frío, una tarde que acariciaba las mejillas de Marta dándole un tono rojizo que pegaba muy bien con sus ojos verdes. ¿Se puede tener una cara mas bonita? Redonda, ojos grandes, pelo laceo y castaño claro, se le antojaba un ángel si es que estos existían. No había cambiado nada su rostro desde que la conoció, no así su cuerpo que a los 15 años ya era el de una hermosa mujercita. Con sus curvas precisas para volver loco a cualquier muchachito, o, al menos, para volverlo loco a él.
Caminaron contando cosas, criticando a todo kiske, hablando de películas y que sé yo más. Y como si no hubieran recorrido 10 kilómetros ya estaban frente a la casa de ella. Que pena, el viaje cada vez se hacía más corto.
¿Qué vas a hacer mañana?
Quedé con Luis, vamos a ir al cine, ¿te apuntas?
No… paso, voy a ayudar a mi padre a pintar la casa.
Pues nos vemos el lunes entonces…
Vale.
Luis era a Antonio lo que el As a las demás cartas de la baraja, siempre le ganaba en todo, y eso que ni siquiera competían. Era alto, guapo, fuerte e inteligente, tenía a todas las chicas detrás de él y se había empeñado en que Marta sería suya, “sin duda lo conseguirá” pensó melancólico, y a paso lento subió otros 5 kilómetros hasta su casa. Lejos del tedio o el aburrimiento esos cinco kilómetros representaban para Antonio la oportunidad de poner en orden su cabeza, cosa que nunca conseguía, pero al menos lo intentaba.
En diciembre había flores por los laterales del camino, siempre que podía se entretenía cogiendo un pequeño ramo para su madre, una persona que, a sus ojos, siempre merecía algo más. Paró y arranco de cuajo doce margaritas blancas, y continuo el camino.
Al llegar vio que su padre estaba encalando el lateral de un cuarto recién construido, se paró y le ayudo a terminar amasándole el mortero. Pablo explicó a su hijo que sería lo que albergaría ese cuarto. “Aquí tengo pensado poner una mesa escritorio para cuando haya que estudiar algo, preparar algún proyecto o cuando termines tu carrera que tengas un sitio donde empezar a ser un gran profesional, por cierto… ¿Ya decidiste lo que quieres ser de mayor? Te he visto dibujando los machangos esos que haces pero debes plantearte algo en serio hijo, sino, no te prodrás asegurar un buen porvenir, créeme, eso no te dará de comer. Luego, cuando acabes la carrera y tengas un buen provenir, como hobby estará muy bien, te ayudará a poner las cosas en claro, a descansar del trabajo y las preocupaciones de la vida diaria”. Siguió hablando un buen  rato mas, y aunque Antonio se veía ya como arquitecto no se lo dijo a su padre por temor a que este, en su celo por orientarlo o protegerlo le quitara la idea de la cabeza, bien sabía él que podía hacerlo, de hecho era la única persona que era capaz de conseguirlo con éxito.
Entraron juntos en la casa, Elisabeth, su madre, había preparado la merienda, un gran tazón de cola cao para los niños con unas rebanadas de pan con nocilla y dos cafés para los mayores. Hacía bien poco que había llegado el vídeo a su hogar y desde ese momento la madre grababa siempre los episodios de las series matinales, era la hora de la reunión familiar, la hora de ver la tele. A Antonio le resultaba natural aquel acontecimiento en el que el tiempo con sus seres más queridos no dejaba de ser un tanto nulo, pues la única conversación era “cambia el canal”  y “sube el volumen”, había oído a muchos amigos que, en sus casas, en vez de ver la tele, se contaban unos a otros lo que les había pasado en el día, pero siempre pensó que la mayoría mentía pues era incoherente que perdieran el tiempo diciendo cosas del estilo: “Hoy puse dos lavadoras”, “atendí a diez personas”, “aprendí a hacer una raíz cuadrada” etc. ¿cómo podía alguien perder el tiempo así en vez de entretenerse viendo Dinastía o La casa de la pradera? ¡Era inaudito!
Sonó el teléfono. Antonio vio como su madre lo cogía y no le hizo mas caso hasta que su padre se levantó como un tiro, la impresión fue tal que se volvió hacia atrás y la escena le dejó atónito. Su madre era un mar de lágrimas y Pablo intentaba consolarla. No podía, nadie podía.
Los hermanos se miraron confusos. ¿Qué había pasado? En segundos el cuarto se llenó de un tenso silencio. Pablo acompaño a su esposa al cuarto y cuando salió su cara revelaba una mala noticia. Se sentó entre sus hijos y les contó con ternura que su abuela había muerto. Era la primera vez que se moría un familiar desde que Antonio recordaba, de hecho, era la primera vez que le iba a faltar un ser querido.
Su padre los hizo vestirse con sus mejores trapos y salieron en el coche a la capital. Durante el trayecto no se pronunció una sola palabra, pero no había tensión, solo expectación y tristeza. La casa de la abuela estaba situada cerca del mar, era un edificio de tres plantas todavía sin terminar. Pobre por dentro y por fuera. Dentro se habían reunido ya la mayor parte de la familia, les abrió su tío Alberto, el hermano de elisabeth, cruzaron un beso y sin mediar palabra elisabeth se introdujo en la casa. Alberto se quedó contándole a Pablo los pormenores del inesperado fallecimiento pero su tono era de narrador. A Antonio le dio por pensar que realmente no parecía albergar muchos sentimientos hacia su difunta madre.
Mientras doblaba los pasillos y la gente le iba dando besos y saludando Antonio no podía dejar de pensar que iba a ser la última vez que viera el rostro de su abuela. Llegó a la sala donde se encontraba el cadáver. Su madre estaba en una esquina y lloraba sin parar. Se puso en pie cerca del ataúd y esperó a que una señora mayor le dijera adiós a la difunta. Luego se acercó hasta la parte superior, a la altura del rostro, le temblaban las piernas y su pulso se aceleraba. No podía entender por qué le pasaba aquello. Oía voces y voces pero no podía distinguir quien hablaba. Se acercó todavía mas. Toco con la mano la caja de madera y de pronto empezó a moverse como si fuera en un barco. La cabeza le daba vueltas y la visión se le nublaba. Antes de poder ver la cara de su abuela Antonio se tuvo que agarrar al ataúd para no caerse, ahora todo daba vueltas con excesiva rapidez. Vio una mano enorme acercándose y luego ya no vio nada más.
Lugar:
La sombra del Arquitecto
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Katmito Katsuyo
ÍndicE
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