Custodiaba
con todo interés y con la mayor solicitud, la santa señora pobreza;
para que no se llegase a tener cosas superfluas, ni permitía siquiera
que hubiera en casa un vaso, siempre que se pudiera pasar sin el sin
caer en extrema necesidad. Solía decir que era imposible satisfacer la
necesidad sin condescender con el placer. Muy rara vez consentía en
comer viandas cocidas, y, cuando las admitía, las componía muchas veces
con ceniza o las volvía insípidas a base de agua fría. ¡Cuántas veces,
mientras andaba por el mundo predicando el Evangelio de Dios, invitando
a la mesa por grandes príncipes que le veneraban con afecto entrañable,
gustaba apenas un poco de carne, por observar el Santo Evangelio, todo
lo demás que simulaba comer lo guardaba en el seno, llevándose la mano a
la boca para que nadie reparase lo que hacía. Y ¿qué diré del uso del
vino, cuando ni bebía el agua suficiente aún en los casos en los que se
veía atormentado por la sed.
Vida primera de San Francisco de Asís
Tomas de Celano.
(Tomado de San Francisco de Asís. Escritos y biografías.
Documentos de la época. Biblioteca de autores cristianos, 2003)