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A veces las obras dicen
más de lo que su autor puede transmitir con palabras y explicaciones. Sin
duda, esto requieren algo de tiempo y cariño por parte del que se acerca por primera
vez a ellas.
Cuando voy a un museo me gusta primero adivinar el cuadro desde
algunos metros, parece que te llamara:
-¡Eh tú!, sí tú. ¡Mira mis hermosas
plumas de colores! -y desde allí, si la cola de visitantes lo permite, adivino los
contornos durante un rato.
Luego me acerco poco a poco al
cuadro, hasta casi tocarlo con mi nariz, y entonces me centro en el detalle, en
la textura, en la pincelada, en los arreglos... que a buen seguro los hubo.
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