Desde la trinchera escéptica de muchos de los
científicos y pensadores, el fenómeno religioso, y en concreto la creencia en
la existencia de Dios, ha sido explicado por un sinfín de causas de todo
linaje, de todo linaje menos de aquél que cabría esperar realmente, es decir,
del amor y la fe auténticas en ese Dios en el que dicen creer los que dicen que
creen. Éstas que enumero son algunas de esas causas. La cita exhaustiva es
imposible, siempre habrá alguna más:
Ignorancia, arraigo ancestral de
la masa en la incultura de tiempos pasados. "Si no sé qué es el mundo,
habrá un dios que lo haya hecho".
Inseguridad,
necesidad de confiar en una realidad superior e inamovible. "Si el
problema vital me lo dan ya resuelto con una religión, yo me adhiero sin
condiciones a ella y no pienso".
Miedo a la libertad personal,
necesidad de límites. "Soy un posible volador, pero tan inseguro que me
siento mejor en la jaula del amo".
Desconfianza. "No sé si sí
o si no, pero cumplo por si acaso", en todo semejante a quien suscribe una
póliza de seguro y se olvida del problema.
Hipocresía. La vida privada es
una cosa y la religiosa otra, y a ésta se acude para borrar lo que se hace en
aquélla. "Teniendo la salvación asegurada con una serie de ritos facilones,
puedo seguir por la misma senda de siempre, da igual lo torcida que esté".
Egoísmo. "Puede hundirse el
mundo entero, con tal de que yo me salve".
Interés. La falacia más
extendida es quizás la de bajar a Dios a nuestra medida, convirtiéndole en el gestor
administrativo de nuestros asuntos. "Yo voy encendiendo velitas al pie de
tu altar y tú vas solucionando mis problemitas de cada día".
Lutero.- No sigas, no sigas, por
favor. Estoy contigo.
Marx (sorprendido).- No puedo
creérmelo.
Lutero.- ¿Has pasado por el mundo
tres siglos después que yo y tampoco sabes que combatí todo eso?
Marx.- Pues la verdad, nunca leí
tu vida, no me interesaba.
Lutero.- Me enfrenté al miedo y la
ignorancia de unos, y a la hipocresía y el interés de otros. Aquel viaje a Roma,
todavía tan joven, fue como una daga en el corazón. El hombre podrá engañarse a
sí mismo, pero nunca a su Creador.
Marx.- Perdona mi humilde
ignorancia. Pero ya que eres tan sabio, a la par que tan amoroso, si resulta
que dices estar de acuerdo con mi argumento.....
Lutero.- Siempre andas
atrasadillo. No sabes que sé lo que tú sabes, y no sabes que no sabes lo que yo
sé.
Marx.- Al grano.
Lutero.- Pues al grano. Estoy de
acuerdo en todos menos en uno, pero ninguno de esos razonamientos combate lo que
dice combatir, a saber: la existencia de Dios; ni defiende lo que dice
defender, a saber: la no-existencia de Dios. Después de oírte, sigo sin saber
qué tiene de incierta su existencia y qué de cierta su no-existencia. Lo que
tienen en común todos esos argumentos no es la existencia o no-existencia de
Dios, sino los motivos espúreos que mueven a tantos hombres a creer en Dios.
Todo lo que me has soltado nada tiene que ver con su existencia, sino con la
existencia de los malos creyentes
Marx.- Si tu excelso magisterio lo
permite, te apunto que, puesto que los motivos de los creyentes son tan
bastardos, esa olla, toda ella entera, huele mal
Lutero.- ¡Qué tendrá Dios que ver
con los motivos de los hombres!
Marx.- Sí, eso también lo sabía.
Lo malo es siempre cosa de los hombres, nunca de Dios. ¿Quién introdujo el mal
en el mundo? El hombre, por supuesto, Dios no puede haber sido, ¡faltaría más!
Ese balón fuera de banda ya lo conozco.
Lutero.- Te recuerdo que en tus
tiempos aún no se había inventado el fútbol.
Marx.- Ni en los tuyos la neurosis
y la histeria, y te lo he oído antes.
Lutero.- Me has soltado una lista
de motivos inconfesables: incultura, carencia de criterio, miedo a la libertad,
desconfianza, hipocresía, egoísmo, interés..... Pero todo eso, querido Karl, es
una lista de las debilidades de los hombres que dicen que creen, no es jamás
una prueba de que el Dios en el que dicen creer no exista
Marx.- En todo caso, no sé qué
clase de Dios es ése que se deja adorar por tanto necio y tanto malvado. Mires
a donde mires, no falla, el peor del grupo siempre es el beato.
Lutero.- No te pases. La mitad de
los hombres son almas justas. El que te haya dado la razón no incluye que todos
los fieles sean así.
Marx.- La creencia compartida en
un Dios, lo que vosotros llamáis Iglesia, no debería ser otra cosa que la
comunión de los fieles en esa idea.
Lutero.- Y así es.
Marx.- No, no, mucho más. Lo
habéis convertido en una exhibición social. Aunque ahora ya no esté de moda, la
liturgia del domingo era tan conveniente como el paseo por la plaza mayor.
Lutero.- No me pidas cuenta a mí
de lo que hagan los hombres. Sólo puedo decirte que cada uno responderá de lo
que haya en su corazón, no de lo mucho que se arrodille en el templo.
Marx.- Ese Dios que está en todas
partes, ¿para qué necesita templos?
Lutero.- Para nada- contestó con
toda sencillez, con la mirada cándida de un niño- Somos nosotros los que los
necesitamos.
Marx.- Si la fe está en el corazón
y la moral en los actos, ¿para qué los templos?, ¿para qué tanto ritual y tanta
ceremonia?
Lutero.- Porque si el hombre no
hace algo para recordar su fe, acaba perdiéndola. Es triste, pero es así. Sólo
algunos creyentes viven en continua presencia de Dios. La mayoría necesita
encontrarse con Él en el templo, y casi siempre le olvidan nada más salir. No
es lo ideal, pero es mejor que nada.
Marx.- Habéis convertido vuestra
fe en un espectáculo. El barroquismo dorado de los altares, el culto divino, el
engolamiento de todo lo sacro, la pompa litúrgica, los dogmas, los sacramentos,
los cánticos y los inciensos, ¿qué son, sino fetichismo? Para Kant, son
sustitutivos aberrantes de lo único necesario, la ética.
Lutero.- Te recuerdo que no soy
católico, y que esa inclinación natural del hombre hacia lo ético, condujo
también a Kant a reconocer la existencia de Dios.
Marx.- ¡Qué error! Todos los
hombres sentimos la necesidad de comportarnos éticamente, pero no por ello nos
vemos obligados a pensar en divinidades.
Lutero.- Eso decís los incoherentes. Si entre una vida ética y una inmoral
no hay más diferencia que la vida ética sufre y la inmoral goza, y con la
muerte se acaban las dos por igual, comportarse éticamente es un absurdo propio
de irracionales. O hay un más allá donde sea restituido el orden universal, o el
bien y la ética son dos globos de colores que no sirven para nada.
Marx.- Te ha quedado muy bien,
pero por el fruto conoceréis el árbol. Os habéis convertido en una institución
rígidamente organizada, con un poder escandaloso dentro de la sociedad, con un
poder económico más escandaloso aún, regida por un montón de profesionales que
detentan e imparten la verdad dogmática correspondiente, y con una serie de
ritos externos como práctica. ¡Una maravilla!
El fraile agustino guardó silencio
ante ese chaparrón que ya esperaba.
Marx.- Y todo, según tú, como
simple recordatorio para no perder la fe.
Lutero.- Tienes razón, Karl, la
tienes; pero no todas las Iglesias son iguales.
Marx.- Por supuesto. Cuando el
grano cae en tierra mullida, al Oriente, entonces da ciento por uno....... pero
aparece el fanatismo, que es peor aún.
Lutero.- No me refería a eso. Me
refería a que has retratado a la Iglesia de la cúpula de Roma, la del anillo y
la púrpura, la del escándalo. Pero también existe entre ellos una Iglesia de
Cristo, una Iglesia de curas pobres y gente honesta.
Marx, sin escucharle, siguió con
su propio discurso.
Marx.- .... Surge un visionario en
cualquier descampado, enciende la palabra mágica de lo religioso y hace de las
piedras fanáticos, dispuestos a inmolarse. Lo miras bien y no es más que la
reacción de impotencia de una cultura atrasada frente al mundo civilizado que
la desborda. Cuanto más pueblerinos, más intransigentes.
Lutero.- Pero fanatismos los hay
de todos los colores, no seas ingenuo. Mira ahí abajo. Frente a ese fanatismo
religioso pobre hay un fanatismo religioso rico de sus vecinos, tus judíos, del
que prefiero no hablar para no ofenderte. Y en Occidente, bajo la máscara
contraria, la máscara democrática de la cultura, la libertad y el progreso, se
esconde el fanatismo de lo secular, el que idolatra la mezquindad del mundo
como si de un valor santo y eterno se tratase. Fanáticos son los tres por
igual.
Marx.- Puedes decir lo que
quieras. Habrá un fanatismo secular, pero el que trae de cabeza al mundo es el
religioso, justamente porque no existe fenómeno más acrítico que ése. El
mandamiento único es creer sin comprender, asumir sin criticar.
Lutero.- Te falta algo más. Para
elevar a un acrítico a la categoría de fanático, debe ser también un radical,
dispuesto a hacer fundamento de toda su existencia con la idea que le
enseñaron.
Marx.- Perfecto, así es que
rectifico. La religión no solamente es el fenómeno humano más acrítico, también
el más radical. El mundo arde en guerras religiosas.
Lutero.- ¿Crees de verdad que el
mundo se desangra por las religiones? Te creía más agudo.
Marx.- Estoy mirando ahí abajo,
donde me has mandado mirar.
Lutero.- Esa es la excusa ahí
abajo, las religiones. Un siglo de guerras entre Reforma y Contrarreforma, sólo
fue un dorado manto de dignidad con el que cubrir la sed de poder político.
Marx.- Yo no creo en el manto
dorado de la dignidad, no ando tan arriba como tú, pero sí creo en esa otra
cosa tan vulgar llamada política. Si la idea es religiosa, como en Oriente,
para el fanático desaparece la política. Toda la vida pública ha de caber
dentro de sus libros sagrados.
Lutero.- Pero si la idea es
política, como en Occidente, para el fanático lo que desaparece entonces es la
religión. Los libros sagrados han de caber enteros en una triste ley
constitucional, han de adaptarse a los nuevos tiempos, al hedonismo, a la
liquidación de los valores morales.
Marx.- Supongo que dentro de ese
fanatismo secular incluirás a Roma, agonizando bajo el peso del Vaticano, de la
política y del pacto con el poder temporal.
Lutero.- Ese es el más escandaloso
de los fanatismos seculares- y añadió enseguida- Prefiero volver a esa lista de
motivos bastardos que el hombre tiene para decir que cree, porque se os ha
colado uno que no lo es. Eso de que la búsqueda de la salvación propia es una
forma de egoísmo, me ha hecho daño en los oídos.
Marx.- No hay hombres, hay
sociedad. ¿Qué cosa es esa de la salvación personal?
Lutero.- No me fuerces a
recordarte una verdad elemental en filosofía, a ti, que eres filósofo: la parte
es siempre anterior al todo. Lo que hay son hombres, aunque los hombres hagan
sociedad.
Marx.- Aun así, siempre será
egoísmo.
Lutero.- Por favor, Karl, el bien
es el bien siempre, no según a quién se lo hagas. Pretender que si se lo hago a
los demás, es bueno, pero si me lo hago a mí mismo es malo, resulta infumable.
Marx pareció desconcertado por la
palabreja.
Lutero (apresurándose).- ¡Perdona,
perdona! ¡Qué impropio entre nosotros! Pero es que lo repiten tanto ahí abajo
los hombres de ahora, que se me ha pegado. Quería decir que no es aceptable
Marx.- De acuerdo. Pero vuelve
atrás, que me he perdido.
Lutero.- Te decía que buscar la
salvación siempre es intrínsecamente bueno, sea la mía o sea la de los demás.
¿Qué clase de justicia sería lo contrario? ¿De dónde que buscar mi propio bien
sea perverso?
Marx.- Todo lo que quieras. Pero
la pretendida salvación para ese pretendido más allá la presentáis siempre como
personal e intransferible, como algo en lo que cada hombre se olvida por
completo de todos los demás.
Lutero.- Si alguien se salva, y me
gustaría que ése fueras tú, Karl, se supone que se salva porque no es malo, y
si no es malo, se supone que no se olvidaría de su amigo Lutero.
Resumen:
Ateos.- En la
sociedad, los creyentes no se distinguen de los demás por una mayor
espiritualidad, como cabría esperar. Su fe no es auténtica. Desconfían de la
muerte y se aferran al mundo. Su casi único distintivo es el culto público en
los templos. La fe íntima es sustituida por los rituales externos, rodeados de
formulismos, pompa y boato. Los verdaderos motivos del abanderamiento religioso
suelen ser bastardos: ignorancia, inseguridad, miedo a la libertad,
desconfianza, hipocresía, interés y egoísmo.
Es ese conjunto de motivos
bastardos el que ha creado la superestructura fetichista llamada Dios para
satisfacer la seguridad que el mundo no ofrece. Y para una mayor seguridad aún,
muchos creyentes suelen elevarlo a la categoría de fanatismo.
Teístas.- Esa
deducción no es aceptable. La falsa fe de los malos creyentes solamente prueba
la falsedad de su fe, no prueba que Dios no exista realmente. Y los
fundamentalismos no son exclusivos de lo religioso. Al fundamentalismo
religioso de Oriente se opone el fundamentalismo materialista y progresista de
Occidente.
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Gregorio Corrales.