4.- IRREALIDAD
DEL MUNDO MATERIAL
Hasta aquí los
argumentos que unos y otros vienen echándose en cara, desde hace siglos, para
hacer valer su postura en este tema tan capital. Sin duda me habré dejado algo
en el tintero por puro olvido, pero creo haber sido todo lo imparcial que uno
pueda ser en esta cuestión, y si alguno de los dos oponentes aparece como
vencedor, se deberá a que la verdad esté de su parte. La verdad siempre acaba
imponiéndose.
Pero si cerrase el
libro sobre estas últimas palabras de Martín Lutero en el debate, incurriría en
una omisión verdaderamente imperdonable. Imperdonable porque sería hurtar al
lector la clave que puede arrojar la mayor luz sobre la controversia, algo así
como la salida a escena del autor, después de acabada la representación, para
aclararnos cuál fue la solución que, en la vida real, tuvo esa historia que se
ha representado en el escenario.
La clave a la que
estoy refiriéndome son los últimos descubrimientos que la ciencia, en el
todavía calentito siglo veinte, ha realizado en torno al problema que aquí se
ha debatido. No se trata de que la física relativista ni la física cuántica
hayan sido capaces de averiguar si Dios existe o no. Debido a ser el objeto del
conocimiento del hombre, y de toda la ciencia por tanto, sólo lo experimental,
jamás podrá demostrar una ciencia que Dios esté ahí, ni mucho menos todavía que
no esté ahí. La física moderna no nos va a transportar a la meta, pero nos va a
despejar el camino de toda maleza; no nos va a demostrar que Dios existe, pero
sí que va a dejar fuera de combate a su oponente, ése que se obstina en
negarle, ése que parece contradecirle con su insultante presencia en la esquina
opuesta del cuadrilátero: el mundo material.
La ciencia es una
especie de notario que levanta acta de la verdad de algo, pero siempre con
varios siglos de retraso respecto a lo que ya ha dicho la filosofía. La
trascendencia de este último capítulo es tal que pienso que, para muchos de los
lectores, será precisamente lo más interesante del libro, justamente porque se
sale del ámbito de la especulación, de la controversia y de la prueba lógica, y
se zambulle en el de la prueba científica, que es lo único que parece dejar
satisfecho de verdad al hombre de hoy. Se trata de lo siguiente.
Hay dos verdades que
consisten en dos inexistencias, dos realidades fantasmales que inundan el
pensamiento del hombre, la una porque se la proponen los sentidos, la otra
porque se la propone la fantasía: la materia y la nada. Que la nada no existe,
por tratarse de una obviedad lógica de muy breve y fácil exposición y por
constituir el nudo gordiano de alguno de los argumentos, ha sido el abogado de
los creyentes quien lo ha expuesto en páginas anteriores. Sin embargo, el
fantasma de la materia lo abordamos ahora y aparte por varias razones: es una
exposición demasiado extensa, es técnica y está más allá de los conocimientos
del hombre de la calle, de modo que mal cuadraría en una discusión que pretende
ser normal. Pero además de por todo eso, también porque descubrirla antes
habría supuesto destripar el debate. ¿Cómo podría Karl Marx defender un mundo
eterno, si la substancia del mismo es algo tan difuso y fantasmal como ha
puesto de relieve la ciencia actual?
Buscando los
científicos las últimas partículas, mediante la difracción de rayos equis, que
no "ven" pero "detectan" a nivel atómico, andan en medidas
como el ángstrom, que es la diez millonésima del milímetro. La razón de dar
este dato es para que se comprenda lo increíblemente sutil en que se transforma
lo material cuando, indagando, se llega a lo más íntimo de su esencia. Además,
el mundo de lo sensible comprende otras realidades que ni siquiera son materia,
como las ondas. A pesar de esta opacidad en su trasfondo y a pesar de la
pluralidad con que se presenta, el hombre busca una solución única para todo lo
que percibe. La diversidad es inquietante, es motivo de confusión y
desasosiego. Al hombre le gusta la seguridad de una fuente o causa única. ¿Cuál
es el fundamento de todo? No es concebible que la realidad sea, en definitiva,
tantas y tan dispares realidades.
Lo primero para
poder contestar a la pregunta anterior es reconocer que, además de la multitud
de cosas que nos rodea, hay otro ámbito de "cosas" que no son materia
palpable, pero que son tan reales como las primeras. Un pensamiento, aun sin
ocupar espacio, es una inmensa realidad, como todo el mundo sabe por propia
experiencia. Pero un deseo, un anhelo, es una realidad aún más sutil, que une
al pensamiento afecto y emoción. Pero, con todo, un acto libre de la voluntad
es algo todavía más sublime, tanto que es capaz de anular a los dos, al
pensamiento y al deseo, y dirigirlos por otro sendero sin causa objetiva
ninguna. ¿Quién ni qué máquina, técnica o cálculo científico puede predecir el
futuro de los actos libres del hombre? Y a lo anterior habría que unir el amor,
el sentido de la justicia, el espíritu creativo..... Todo este orden de cosas,
tan realísimas como las otras aunque sin presencia física, integran el llamado
mundo espiritual. Acabamos de reducir la realidad, por tanto, a dos grandes
capítulos o substancias, la material y la espiritual.
Si ahora hiciéramos
la pregunta primera, ¿cuál es el fundamento, en definitiva, de todo lo
existente?, a un científico, la solución más probable que nos daría, porque es
la que tiene más a mano por razón de su profesión, sería que todo, desde las
cosas hasta las vivencias, son formas de presentarse la substancia material o
productos de la misma. Pero resulta evidente que la presunción del científico
es absolutamente gratuita, porque con el mismo derecho cabe pensar justamente
lo contrario, que todo, desde las vivencias hasta las cosas materiales, son
formas de presentarse la substancia espiritual. ¿Cuál es el fundamento para
optar por la primera de las dos soluciones posibles y no por la contraria?
Sencillamente, ninguno, no existe. Aplicando la lógica al problema, si difícil
es que lo espiritual se presente bajo forma material, igual de difícil es que
lo material segregue a lo espiritual; si difícil es que la masa encefálica sea
una forma de presentarse el espíritu, igual de difícil es que el espíritu sea
una mera segregación de la masa encefálica. ¿Por qué la absurda tendencia a
otorgar prioridad a lo material sobre lo espiritual?
La contestación que
el científico nos daría a esta última pregunta, sería que la prioridad está en
la materia porque, interviniendo en el cerebro con el bisturí, se puede
cancelar la facultad, lo cual, según él, es prueba de que la causa está en el
cerebro, y sus pensamientos, anhelos y decisiones son la consecuencia. El
científico, por razón de su preparación profesional, piensa esto y no se
plantea, ni por asomo, lo que se plantea un filósofo, que si se interviene en
el cerebro es simplemente porque el bisturí también es materia, como el cerebro,
y puede modificarlo, pero que si pudiéramos disponer de un
"bisturí" espiritual y lo
aplicásemos a la facultad, obtendríamos el resultado contrario, la cancelación
del cerebro (en cuanto cerebro. Seguiría habiendo un montón de células en forma
cerebral, lo cual no sería un cerebro). El fenómeno es reversible.
En el
supuesto, muy lógico, de que dentro de la finitud todo sea una única realidad,
la hipótesis de que lo espiritual es una mera manifestación de lo físico y no
al contrario, es un apriorismo sin fundamento.
Hemos desembocado
en un auténtico problema. ¿Quién mueve a quién? ¿La materia al espíritu o al
contrario? Porque aquel que sea el origen del fenómeno será el único que
realmente existe, y el otro será su manifestación. El Martín Lutero del debate
ha anunciado varias veces que, al final del libro, le aguardaba una gran
sorpresa a su oponente, el materialista Carlos Marx. ¿Es que, quizás, la única
substancia existente es la espiritual, y la materia no es, a lo sumo, sino una
forma de presentarse aquella, o mejor, una pura ilusión sin contenido alguno?
Vamos a verlo desde el viejísimo ángulo de la filosofía y, lo que es más
interesante, desde el novísimo ángulo de la ciencia.
En filosofía hay
algunas corrientes muy diversas entre sí, pero que guardan un cierto
paralelismo en este aspecto que nos interesa. Una es la que defiende que la
única substancia existente es la espiritual, llamada monismo espiritual, y
defendida por pensadores como Leibniz. Otra es la que afirma que lo que captan
los sentidos no son "cosas", no son materia, sino solamente
fenómenos, llamada empirismo fenomenista y defendida, entre otros, por Hume. Y
aún cabe encontrar otros pensadores que participan tanto del espiritualismo
como del empirismo, con su "espíritu que percibe fenómenos, pero no
materia", como es el caso de Berkeley. Aunque sobre presupuestos
diferentes, todas esas corrientes filosóficas tienen un aspecto parcial en
común, "la materia no existe como substancia". Al margen de lo que
dice cada una de ellas en concreto, esta teoría puede ser resumida en una
argumentación que ya ha sido abordada en algunos momentos del debate, pero que
exponemos más detalladamente ahora:
Frente
a lo infinito sin límites, finitud (es decir, universo) consiste en aquello que
es limitado, que es magnitud, reunión de partes.
Pero
el número de partes que integran lo limitado, por definición, no puede ser
infinito. Una suma infinita no puede dar lo finito.
Si
tomamos la extensión como propiedad fundamental de la materia y la dividimos
sucesivamente, esta operación no puede repetirse de forma indefinida, pues
siendo el número de partes que la integran limitado, tiene que llegar
forzosamente el momento en que la extensión se agote.
Luego
al efectuar la última de las divisiones posibles, aquella en que la magnitud se
agota y desaparece como extensión, las partes que han resultado de esa última
división ya no son extensas, no pueden serlo, pues si fueran extensas serían
nuevamente divisibles.
Hemos llegado al
resultado, sorprendente, de que los elementos más simples constitutivos de lo
extenso no son extensión. Y a la misma conclusión llegaríamos si en vez de
atenernos a la extensión considerásemos cualquier otra propiedad de la materia,
como la masa, por ejemplo. Dividiendo ésta, llegaríamos a obtener, en la última
de las divisiones posibles, unas partes simples que no tienen masa ninguna. En
resumen, la reunión de partes que no son extensas ni tienen masa, ni ninguna
otra entidad, que no son materia en sí mismas, producen ese fenómeno sensible
de una entidad continua llamada materia. Podemos enunciarlo en esta máxima:
Lo
material consiste en una percepción debajo de la cual no hay substancia real
ninguna. No es una "cosa", es solamente un fenómeno, un suceso que
captan los sentidos, una pura apariencia
El modo de razonar
esto mismo por parte de Leibniz es otro, pero con el mismo resultado:
La
parte siempre es anterior al todo. Un "todo" necesita de las partes
para poder constituirse, mientras que cada una de las partes no necesitan de
nada para quedar constituidas en lo que son cada una de ellas.
Poder
dividir lo extenso de forma indefinida, supondría que todas las partes que se
fueran obteniendo en cada división fuesen, a su vez, "todos"
compuestos de nuevas partes, es decir, "todos" nuevamente divisibles
Pero
como la parte es siempre anterior al todo, ese caso es imposible. La serie
tendrá que cesar en una división determinada en la que se obtendrán partes
indivisibles, no nuevos "todos" divisibles. La parte es siempre lo
primero.
Luego
el todo material está compuesto, en última instancia, de partes que no son
materia (indivisibles), que es la misma apódosis del razonamiento anterior.
El lector puede
estar pensando que lo expuesto se contradice con las matemáticas y que las
matemáticas son infalibles. Efectivamente, ya fue explicado que, por mucho que
efectuemos la operación matemática de dividir una cantidad, siempre puede
seguir dividiéndose más. La serie de divisiones, en matemáticas, es indefinida,
no es limitada. Pero es que el lector debe recordar que la matemática es una
ciencia teórica y, como tal, lo que divide son cantidades teóricas, no reales;
es decir, siempre parte del supuesto gratuito de que toda cantidad es
divisible, circunstancia que en la realidad no se produce.
Esta verdad
conceptual veremos, más adelante y con más detalle, como Planck, con su
descubrimiento de la mecánica cuántica, ha venido a corroborarla de forma
experimental. Planck descubrió que la realidad física no es un continuo que
puede dividirse indefinidamente, sino que tiene naturaleza corpuscular, es
decir, que está constituida por un número determinado de mínimos o partes
indivisibles, llamadas "cuantos" (las partes de Leibniz). Pero
indivisibles no quiere decir que los cuantos no sean divisibles, quiere decir
que no son divisibles "como materia", es decir, que si pudiéramos
dividirlos, las partes resultantes ya no serían materia, no serían nada. Lo
material surge, o aparece, con una entidad corpuscular mínima, debajo de la
cual no hay nada
En apoyo de lo
anterior, los razonamientos prácticos expuestos por la filosofía para
comprender esto mismo de una forma sencilla y al alcance de cualquiera, no son
del siglo veinte, como Planck, son tan antiguos como el pensamiento del hombre.
Entre ellos es célebre el de Aquiles y su tortuga. Aquí pondremos un caso más a
mano, pero idéntico en el fondo conceptual: si una distancia pudiera dividirse
indefinidamente (como pretende la matemática), jamás podríamos alcanzar la puerta
de la habitación, pues, por mucho que nos desplazásemos, si lo que nos falta en
cada momento para alcanzarla siempre fuera nuevamente divisible, jamás se
acabaría esa distancia y nunca alcanzaríamos la puerta, por mucho que la
matemática diga lo contrario como ciencia puramente teórica.
Pero atención.
Frente a este argumento filosófico de la realidad sólo aparente del mundo
material, se ha venido oponiendo, también por parte de la filosofía, otro no
menos demostrativo de todo lo contrario:
Las
partes últimas constitutivas de lo material o extenso no pueden ser inextensas,
porque la suma de muchas inextensiones no puede dar jamás como resultado lo
extenso. Por mucho que se sume cero, jamás se obtendrá cantidad ninguna.
Ambos
razonamientos, el de antes y este nuevo, parecen por igual verdaderos y
conducen a una contradicción sin aparente salida. En realidad, los dos
describen el mismo fenómeno, pero invirtiendo el enfoque, de arriba abajo
(división de lo extenso) y de abajo arriba (suma de lo inextenso). La filosofía
ha discutido a lo largo de los siglos este problema, echándose en cara uno u
otro argumento, según la filiación del filósofo de turno. Puesto que son
contradictorios, uno de los dos argumentos tiene que ser falso necesariamente.
Y así es. La clave para la resolución
de este problema está en:
Todas
las operaciones matemáticas parten de la existencia previa de lo que es
cuantificable, de la magnitud. Con lo que no es magnitud, el cero, no puede
hacerse operación matemática ninguna.
Por
tanto, el argumento primero (dividiendo lo extenso se acaba en lo inextenso),
puesto que aplica una operación matemática (división) a una magnitud (materia)
es válido.
Pero
el segundo argumento (la suma de muchas inextensiones no puede dar como
resultado lo extenso), puesto que aplica una operación matemática (suma) a lo
que no es magnitud ninguna (partes inextensas), no es válido.
Por tanto, no es
que la suma de muchas partes que no tienen dimensión nunca pueda dar como
resultado una magnitud, como reza ese segundo argumento que oponen algunos, es
algo más radical y previo que eso, es que esas partes sin extensión no pueden
ser en modo alguno sumadas, justamente porque no son magnitudes, con lo cual
todo el argumento se desvanece. Deshecha la contradicción, queda solamente la
apódosis primera:
Lo
material consiste en una percepción debajo de la cual no hay substancia real
ninguna. No es una "cosa", es solamente un fenómeno, un suceso que
captan los sentidos, una pura apariencia
Comprendo al lector
que se niegue en redondo a admitir que lo que conoce experimentalmente no pase
de ser un espejismo. Por eso debo recordarle con urgencia que:
La
experiencia no da fe de la esencia de nada, solamente da fe de lo que perciben
los sentidos
Lo que
perciben los sentidos no es la cosa en sí misma, sino solamente la apariencia
sensible de la cosa.
Por
otra parte, los sentidos no son un medio imparcial de conocer, ya que son parte
del propio mundo sensible al que perciben.
El
conocimiento sensible, por tanto, no avala naturaleza o substancia ninguna,
avala sólo formas sensibles y a través de órganos igualmente sensibles
Dentro de la
corriente científica del reciente siglo, puede comprobarse la división en dos
posturas contrarias. Por un lado están los recalcitrantes, los científicos
aferrados a la herencia de autosuficiencia recibida desde el siglo diecisiete.
La historia de las ciencias es una auténtica carrera de descalabros en el
aspecto teórico. Todos los avances conseguidos han sido posibles previa
demolición de los principios y teorías anteriormente vigentes. El último y más
sonado ha sido el hundimiento del concepto determinista, para el cual el mundo
era una realidad objetiva, sujeta a leyes invariables con las que se podía
explicar el pasado y prever el futuro, y que ha sido derrumbado
estrepitosamente por la relatividad y la física cuántica. Resulta evidente,
pues, que:
El
éxito que las ciencias consiguen en el orden práctico y del progreso material,
se constituye en un fracaso rotundo en el otro aspecto, el de la posibilidad de
llegar a explicar nunca la esencia y el porqué de la realidad.
Y sin embargo y a
pesar de ello, esta rama, llamada "cientifismo", no abdica de su
euforia. Léase "Historia del tiempo", de
Stephen Hawking, sobre la fe en llegar, algún día, a remontar la actual
descripción del "còmo" y alcanzar la explicación del "por
qué" de las cosas. Véase la postura cerrada de Wittgenstein y el Círculo
de Viena, sobre lo experimental como objeto único del conocimiento.
Aparte del rotundo
fracaso teórico comentado, la crítica obligada sobre este tipo de postura es
harto conocida. La realidad es tan vasta como compleja, y pretender explicarla
toda entera mediante un enfoque determinado y parcial (ciencia), constituye un
error de planteamiento llamado reduccionismo. En alguna página del debate,
Lutero ha reprochado a su oponente justamente esto, que pretendiera tener una
visión exacta de la plaza mirando sólo desde una de las esquinas (ciencia), en
vez de hacerlo globalmente y desde arriba (filosofía). Para entender cabalmente
la ingenuidad de la ciencia a este respecto, podemos poner el ejemplo de un mal
médico que, aplicando el estetoscopio al pecho del paciente y ante la evidencia
de los latidos y ruidos respiratorios, dedujera que todo el paciente es
únicamente corazón y pulmones, y que no hay ninguna cosa más dentro de él. Pues
igual de exacta pero estrecha y reduccionista es la visión de la ciencia
Frente a esta
postura, existe entre los científicos otra de signo opuesto, impregnada de
realismo y prudencia, y que, olvidándose del prejuicio de posesión de la verdad
de las tres centurias pasadas y ateniéndose a los últimos y espectaculares
descubrimientos, ha perdido la confianza en poder llegar nunca al final de la
meta en solitario. El conocimiento experimental de las cosas ha pasado, de ser
la realidad incuestionable que antes era, a ser una perspectiva cada vez mas
mudable e incierta. Léase al matemático Whitehead, sobre la naturaleza
espiritual de las unidades mínimas de la materia. Véase el convencimiento
profundo de Max Planck, Premio Nobel de Física, sobre la necesidad de un
referente Absoluto y extrauniversal al final del camino, puesto que, cuanto
mayor es el misterio que la ciencia consigue desentrañar, mayor aún es el
siguiente que aparece.
Hay un principio
físico, sobradamente conocido, que asegura que la energía ni se crea ni se
destruye, solamente se transforma (aunque últimamente parece que tampoco esto
es cierto del todo, como tampoco lo es la constancia de la velocidad de la
luz). Así, por ejemplo, la energía consumida en elevar un cuerpo en el espacio
no se ha perdido, continúa transformada en energía potencial dentro del cuerpo,
la cual se desarrolla nuevamente, como energía cinética, al dejar caer dicho
cuerpo a su posición inicial; o lo que es lo mismo, el trabajo consumido para
elevarlo, es devuelto por el cuerpo, al caer, en nuevo trabajo que puede ser
aprovechado con otros fines. Ni tenemos más ni menos energía que antes, la
tenemos simplemente transformada.
Sin embargo y a
pesar de este trascendental descubrimiento, quizás el más grande, la física
sigue hoy sin saber qué cosa es exactamente la energía. Se manifiesta de
múltiples maneras (cinética, térmica, eléctrica, nuclear, etc), pero nadie ha
sido capaz de fijar su naturaleza, nadie ha podido definirla, la ciencia no la
conoce, sólo la describe, sólo conoce su existencia a partir de los efectos que
produce; es decir, vemos que se producen efectos y deducimos que son producidos
por algo, a lo que bautizamos como energía. Y de ello, a su vez, no tenemos más
constancia que la de los sentidos. Resumiendo: la energía no es nada concreto,
es una pura capacidad, una pura potencia, un puro poder de producir efectos
observables. Este concepto, o casi mejor "no concepto", debe quedar
bien claro
Por otra parte,
también dice la ciencia física que la materia no es otra cosa que una
acumulación de energía, lo cual queda probado en el inmenso desprendimiento de
ésta cuando se desintegra la materia en los experimentos nucleares. Podríamos
decir que la materia no es otra cosa que la energía "hecha visible".
Así es que mirando nuestro planeta, con sus inmensos océanos y continentes, y
mirando luego al gigantesco universo, plagado de astros organizados en
galaxias, y éstas en cúmulos, etc, no estamos contemplando otra cosa que la
primitiva y concentrada energía de la Singularidad inicial (Big Bang), que se
ha desplegado y se ha hecho visible.
Hemos quedado en que,
a pesar de que la materia podemos tocarla y verla, no es otra cosa que energía
acumulada, y que la energía no es nada concreto, es únicamente una capacidad de
producir determinados efectos, entre ellos precisamente el de acumularse bajo
la forma de materia. Entonces, ¿en qué se nos ha quedado, a fin de cuentas, el
universo material? En nada que sea un soporte, que sea un substrato, que sea
una substancia o naturaleza determinada, se nos ha quedado en una pura
"capacidad de producir efectos sensibles". Por de pronto, decir que
es una "capacidad" es no decir nada, pero si encima esa capacidad es
para producir efectos sensibles únicamente, la oscuridad es total, ya que lo
sensible acredita sólo que existe para los sentidos, no acredita que exista
realmente fuera del ámbito de los sentidos. Y si tenemos en cuenta que los
sentidos que la captan son parte de la propia materia, llegamos a una
conclusión clara:
La
materia-energía es una realidad ilusoria que solamente existe para ser captada
por sí misma.
En el primer cuarto
del siglo veinte, se ha producido un vuelco espectacular merced a dos enormes
hallazgos: la relatividad y la mecánica cuántica, que, como antes decíamos, han
propiciado una actitud mucho más cauta y humilde entre gran parte de los
científicos.
1) Einstein y la Relatividad.
El primer
antecedente de la relatividad se remonta, nada menos, que a Galileo, y lo hizo
con el siguiente planteamiento: supuesta una nave a velocidad y rumbo
uniformes, en el camarote interior de la nave pueden realizarse todo tipo de
movimientos, tales como andar o saltar en cualquier sentido, sin que los mismos
sean modificados o influidos por la velocidad y dirección del desplazamiento
que, con la propia nave, realiza el personaje del supuesto a través del océano.
Es evidente que dicho personaje está sometido a dos movimientos diferentes y
simultáneos: el de la nave con la que viaja en relación a la Tierra, y el que
realiza por su cuenta dentro de la nave y en relación a la nave misma; y sin
embargo, el primero no afecta al segundo. La explicación está en que este
segundo movimiento se verifica en relación a un sistema de referencia
determinado, la nave, y es ajeno al resultado que pueda tener (y lo tiene,
evidentemente) respecto del otro sistema, el centro de la Tierra (en relación
al centro de la Tierra, la trayectoria de un navegante inmóvil en su camarote
es la misma que la de la nave, mientras que la trayectoria del navegante que se
mueve es la resultante de combinar ambos movimientos).
El movimiento, por
tanto, nunca tiene un valor absoluto, sino que su valor es diferente según cuál
sea el punto de referencia. La consecuencia más importante de esto es que, si
no existe ningún punto de referencia, no existe movimiento. Léase ahora, en vez
de "punto", "observador", y la conclusión quedará así:
únicamente hay movimiento si hay observador.
Se supone que el problema queda claro para el lector, pero se puede
aclarar algo más. Si dado un objeto determinado no existiese absolutamente nada
además de él, es decir, en el caso hipotético de que pudiéramos hacer
desaparecer el universo a su alrededor, jamás cabría hablar de si ese objeto
estaría en reposo o en movimiento, puesto que no habría ningún otro punto de
referencia para constatar tal cosa. Si el lector está pensando en que lo único
que se necesita para moverse es espacio, debe darse cuenta de que precisamente
el espacio es un conjunto de infinitos puntos de referencia. Si no hay
referencias es que no hay espacio, y si no hay espacio es que no hay
movimiento.
Sobre este mismo
tema, un ejemplo, conocido de todos, es el efecto que se tiene desde el
interior de la ventanilla de un tren estacionado junto a otro. Al arrancar
cualquiera de los dos, y si no se cuenta con otros datos adicionales, el
observador sentado en su vagón no puede precisar cuál es el tren que se ha
puesto en marcha, si el suyo o el de la vía inmediata. Para el observador que
está en la ventanilla no hay un tren que se mueve y otro parado, hay un
movimiento de relación recíproca entre los dos trenes. Y así efectivamente es.
Solamente podremos establecer que no se mueven los dos, que uno se mueve y el
otro está parado, si tomamos otra referencia distinta y exterior, como puede
ser el andén.
Galileo únicamente
se fijó en la mecánica del movimiento. Pero Einstein extendió la relatividad a
toda la realidad, y postuló que no solamente el movimiento, sino que la entidad
misma de las cosas aparece en función de la referencia; es decir, lo que hasta
ahora se tenían como cualidades intrínsecas de los objetos (dimensiones, masa,
etc), no son tal, sino valores en función del sistema desde el que se los
observa. Un objeto ya no es un objeto, sino un objeto desde un observador
determinado.
Sin embargo, no
queda más remedio que poner en guardia al lector frente a este
"hallazgo" de Einstein. Su relatividad, aunque muy correcta
matemáticamente, ha desembocado en una serie de paradojas, de problemas sin
solución, que han suscitado el rechazo de gran número de científicos, y sobre
todo, de libre pensadores, hasta el extremo de haber sido calificado por alguno
como el mayor fraude científico del siglo veinte. La llamada paradoja de los
relojes, la de los gemelos, o el caso de las plataformas rotatorias, son
algunos de esos problemas sin solución en los que no procede extenderse aquí.
No obstante, ha
sido muy recientemente cuando un grupo de científicos australianos, liderados
por el físico teórico Paul Davies, de la Universidad Macquarie de Sydney, en
base a los datos suministrados por el astrónomo John Webb, de la Universidad de
Nueva Gales del Sur, ha llegado a la conclusión de que la velocidad de la luz
ha ido decayendo durante miles de millones de años. La trascendencia de tal
noticia es de tal envergadura como para echar abajo gran parte del entramado de
la física actual. Y concretamente y en cuanto a Einstein, la demolición de la
constancia de la velocidad de la luz conlleva la demolición de toda su
relatividad, puesto que la misma está construida sobre el postulado sagrado de
suponer dicha constancia. Y no solamente esto, sino que en la llamada
"fórmula del siglo XX", la conocida E=mc2 (energía igual a masa por
el cuadrado de la velocidad de la luz), también de Einstein, si ahora resulta
no ser constante el último de los factores (el cuadrado de la velocidad de la
luz) quedaría demolido el celebérrimo principio de proporcionalidad constante
entre masa y energía.
La enseñanza a
sacar de todo esto es que, el hecho de que determinadas leyes, como en este
caso las de la relatividad, sean adecuadas para resolver problemas físicos, eso
no prueba que los fundamentos de que parten y en los que se apoyan, es decir,
el fondo teórico de dichas leyes, sea verdadero. Es la misma enseñanza que se
sacó respecto a la física clásica de Newton, que partiendo de una base errónea,
la de suponer un espacio y tiempo absolutos, elaboró leyes que aún son válidas,
y partiendo de la suposición de que existe una "atracción de masas"
(inexistente y jamás probada, ver mi libro "Nueva visión del universo")
descubrió la ley que rige los fenómenos gravitatorios. Una ley puede dar con la
clave de "cómo" se produce en la práctica un fenómeno, pero eso no
conlleva que el fondo teórico o postulado del que ha partido el investigador
sea cierto.
En definitiva,
independientemente de que en el futuro, a la vista de los nuevos datos sobre la
velocidad de la luz, se consolide o no se consolide la teoría de Einstein, es
incuestionable que el fondo conceptual de lo "relativo", tomado en su
sentido general y amplio, es una certeza. Y ello por el simple hecho de que el
universo es una entidad finita, limitada, que consiste en el movimiento y
transitoriedad de todas las cosas, por lo que, al faltar la referencia exterior
(no hay un espacio-tiempo absoluto fuera), la realidad material no es otra cosa
que pura relación interior. Y esto es lo que aquí nos interesa, que el mundo
físico es una realidad sólo para sí mismo.
La
relatividad demuestra que el mundo físico consiste únicamente en una relación
interior, es decir, en una realidad sólo para sí mismo.
2) Planck y la Física Cuántica
En el primer cuarto
del reciente siglo veinte, no solamente surgió Einstein con su relatividad,
describiendo el macrouniverso del espacio-tiempo, también una pléyade de
grandes físicos por los que vamos a hacer un tan esquemático como apasionante
recorrido, en cuanto a sus descubrimientos sobre la física cuántica, que es la
que describe el microuniverso del interior de cada átomo.
La física clásica
consideraba al átomo como el elemento más simple de la materia, es decir,
indivisible, y además macizo y estático. Luego se ha descubierto que nada más
erróneo. El átomo es como un sistema planetario en miniatura, con su estrella
central, el núcleo, y sus planetas girando alrededor, los electrones. Pero,
como igualmente ocurre en el macrouniverso de los astros, en este microuniverso
del átomo las distancias son enormes en relación a las dimensiones de núcleo y
electrones, constituyendo una estructura prácticamente hueca. Para hacernos una
idea de las proporciones, si el núcleo tuviera un centímetro, los electrones
estarían situados a un kilómetro de él.
Por otro lado, se
tenía la convicción de que la energía se propagaba como una onda, es decir, de
forma regular y continua. Planck descubrió que los átomos de un cuerpo
incandescente, al liberar energía en la radiación, no lo hacen de forma
continua, lo hacen de forma intermitente, como si la radiación estuviera
constituida por pequeñas partículas, al estilo de los átomos de la materia. Con
ello, al bautizar a esos pequeños corpúsculos, esas mínimas unidades de acción
de la energía, con el nombre de "cuantos", nació la física cuántica.
Einstein, aplicando
la teoría cuántica de Planck a la energía luminosa, descubrió esas unidades o
cuantos de la luz, los fotones. Para probar su existencia, se realizó el
experimento de hacer chocar rayos luminosos con electrones, y se comprobó que
ambos, fotones y electrones, desviaban sus trayectorias, como ocurre en
cualquier colisión entre cuerpos sólidos. Pero surge un problema. Si colocamos
detectores de partículas, la luz se comporta como acabamos de ver, como un haz
de fotones, pero al mismo tiempo sigue produciendo las difracciones y
refracciones propias de un haz de ondas de diferentes longitudes. ¿Qué es
entonces la energía, partículas u ondas?
De Broglie, a la
vista de que las ondas de las radiaciones tienen esa doble naturaleza de ser a
la vez partículas, se preguntó si no ocurriría el mismo fenómeno, pero inverso,
en la materia, y descubrió que las últimas partículas materiales también
presentan esa dualidad de ser a la vez ondas, iniciando así la mecánica
ondulatoria. Este fenómeno de que la materia sea un conjunto de ondas puede
parecernos verdaderamente extraño, pero no tanto si consideramos que se trata
de ondas, con unas longitudes tan pequeñísimas, que caen fuera del ámbito de
percepción de nuestros sentidos. La mayor y más importante lección que cabe
extraer de esto es la ignorancia e ingenuidad de quienes fían la realidad a lo
que perciben sus sentidos. Si el acero es un haz de ondas y es hueco, ¿por qué
Marx se escandalizaba por la existencia del espíritu?
La
materia que tocamos y que nos parece algo sólido e inerte, realmente es todo lo
contrario, se trata de algo hueco y en movimiento ondular.
Ya tenemos, pues, que
las ondas de las radiaciones son a la vez corpúsculos, y que la materia es a la
vez ondas. Pero realmente, la física reconoce que, más que ser las dos cosas al
mismo tiempo, lo que sucede es que no es ninguna de las dos, se comporta como
onda si se la observa con los medios adecuados para detectar ondas, pero se
comporta como materia si se la observa con los medios adecuados para detectar
partículas, produciendo situaciones contradictorias entre sí en algunos casos.
Lo físico, pues, no se trata de algo que "es", sino de algo que
"parece" o se "muestra", sólo si existe un observador y
sólo bajo la forma adecuada al medio de observación empleado, da igual cuál sea
éste. ¿En qué consiste entonces? Parece claro que en nada, en un puro fenómeno,
no en una substancia.
La física clásica
consideraba a la realidad material como objetiva y determinista. Quiere esto
decir que se consideraba a las cosas como verdaderos objetos con propiedades
estables, existentes por sí mismas e independientes de un posible observador, y
que por lo mismo, conocida su situación y estado en un momento determinado, se
podía, aplicando las leyes de la física, determinar con exactitud cuál sería su
futuro (determinismo). Así era el universo de Newton. Pero Newton estaba
equivocado.
Heisenberg, con su
descubrimiento del Principio de Incertidumbre, o Indeterminación, ha echado
abajo toda esa concepción secular de la ciencia física. Observado un electrón,
se ha comprobado que no pueden conocerse dos de sus variables conjugadas a la
vez. Puede determinarse su situación o puede determinarse su velocidad, pero
nunca las dos a la vez. En la misma medida en que se determina una de dichas
variables, desaparece la otra, lo que, traducido al castellano, quiere decir
que su futuro es indeterminado. Y no cabe pensar que ello se deba a
deficiencias en las técnicas de medición, porque los diferentes resultados
obtenidos, perfectos en sí mismos, resultan, sin embargo, incompatibles con un
estado global y determinado. Se trata, por tanto, de una característica
intrínseca de las propias partículas. En un haz de luz proyectado sobre un
vidrio, unos fotones lo atraviesan y otros no, otros se reflejan, sin que
exista causa alguna para el diferente comportamiento de unos y otros.
Wheeler, sobre la
base de que todo lo universal tiene que obedecer a un único proceso, se ha
trasladado desde el microuniverso de la estructura de los átomos al
macrouniverso de la estructura del cosmos mismo, y extrapolando a éste los
principios de la física cuántica, ha formulado una nueva versión del Principio
Antrópico, llamada Participatoria. Según el Principio Antrópico tradicional,
todo lo universal ha sido producido con el exclusivo objeto de que apareciese
al final de la evolución el hombre. Es la tesis "finalista" defendida
por muchos pensadores, frente a la "afinalista" que todo lo confía al
puro azar. Según la versión Participatoria de Wheeler, no sólo el universo ha
sido producido para el hombre, sino que va mucho más allá: el propio universo
ni siquiera existe como algo independiente del hombre y si no es observado por
el hombre. Como se ve, esta teoría de Wheeler coincide plenamente con la
expuesta en este libro: el mundo es un espejismo en el que cree vivir el
hombre.
Todo lo expuesto
puede resumirse en unos pocos modelos de la realidad elaborados por ese
conjunto de renombrados físicos, de los que traemos aquí los tres más aceptados
por la comunidad científica:
1) "En el mundo físico, no existe una
realidad profunda".
Representada
por Niels Bohr. Este físico no niega la evidencia del mundo percibido por los
sentidos, pero mantiene que esa realidad "flota" sobre algo que no es
real.
2) "La realidad material no existe. Es
creada por el acto de observar".
Esta
máxima ya ha sido suficientemente explicada en las páginas precedentes.
3) "La realidad es un todo
indivisible".
El
sujeto cognoscente (el hombre), no es exterior a la realidad física, y por
tanto no la crea al observarla. Es un todo indivisible con ella, sea real o no.
Pero la conclusión
que puede extraerse de los tres modelos es una sola, y coincide plenamente con
lo que la filosofía defendía páginas atrás. El modelo 1, con esa materia
flotante sin realidad ninguna debajo, y el 2, con esa materia que solamente
existe para el observador, son exactamente lo que la filosofía nos decía en su
primera máxima de este capítulo: la materia es sólo una apariencia, una forma,
un puro fenómeno sin fondo substancial ninguno. Y el modelo 3, incluyendo al
observador en el propio fenómeno, es lo mismo que la filosofía nos advertía
sobre que, los sentidos que perciben a la materia, no merecen crédito, puesto
que son a su vez materia también.
En alguna página de
las anteriores dijimos que "La ciencia es una especie de notario que
levanta acta de la verdad de algo, pero siempre con varios siglos de retraso
respecto a lo que ya ha dicho la filosofía". Pues bien, usando las
palabras del Mesías en la sinagoga de su propio Nazaret, la verdad de esta
afirmación anterior "acaba de cumplirse ante vosotros", queridos
lectores. Sin duda con bastante retraso, como en la cita bíblica, también aquí
la ciencia ha acabado por admitir la verdad de las profecías espiritualistas de
la filosofía y, de paso, la verdad expuesta en este libro sobre el espejismo
que es el mundo.
Resumen:
Filosofía.- Dentro de la filosofía hay corrientes de pensamiento que
postulan, desde antiguo, la esencia espiritual de toda la realidad que envuelve
al hombre. Los argumentos son muy sencillos: si la materia es limitada, si no
es infinita, no puede ser dividida indefinidamente, por dos razones: primero,
porque una suma ilimitada de partes no puede producir lo que es en sí mismo
limitado. Segundo, porque eso exigiría que todas las partes que se van
obteniendo fuesen a su vez "todos" nuevamente divisibles, lo cual es
imposible, porque la parte es siempre anterior al todo. Concluido que no puede
ser dividida indefinidamente, en la última división posible dará partes que no
son materia, pues de serlo, serían nuevamente divisibles.
Ciencia.- La materia no es otra cosa que visualización de eso otro
llamado energía, la cual, a su vez, es sólo capacidad detectable por los
efectos que produce. En definitiva, el mundo material consiste en una pura y
escueta "visualización"..... ¿de qué?, de nada que podamos concretar
como sustancia ninguna. El mundo sólo está para ser visto por la mirada del
hombre, que a su vez es parte de ese mismo mundo fantasmal que mira.
Macrouniverso relativista de Einstein.- El universo ni consiste ni está
encuadrado en ninguna realidad espacio-temporal absoluta, existente por sí
misma, como la ciencia venía creyendo, sino que consiste en un puro juego de
relaciones internas y mutuas. Con esto, cada cosa ha dejado de ser algo
concreto y real en sí misma para pasar a "ser" sólo en función de las
demás. Pero como esto afecta a todas las cosas a la vez, resulta entonces que
ninguna es y que el conjunto entero no es, aunque todas se "vean"
unas a otras. Hemos vuelto a caer en la "visualización" anterior. La
realidad física es realidad sólo para ser percibida por sí misma, no porque
exista realmente.
Microuniverso cuántico de Planck.- La energía, que
se creía consistía en una naturaleza continua y ondular, se descubre que está
constituida por unidades mínimas, por corpúsculos indivisibles llamados
cuantos. Pero también se descubre que, realmente, no es lo uno ni lo otro,
puesto que si se observa con un detector de partículas es partícula, pero si se
observa con un detector de ondas es onda, y evidentemente, partículas y ondas
no son la misma cosa. ¿Qué es la energía? Nada determinado. Depende de lo que
busque quien la observa.
La
materia se creía constituida por átomos estáticos, macizos e indivisibles.
Luego se descubre que los átomos son pequeños sistemas planetarios en
movimiento interior y prácticamente huecos. Pero más tarde se comprueba que
también sus partículas últimas son a la vez ondas, como ocurre con la energía,
y que todo depende del tipo de detección empleado. ¿Qué es la materia? Nada
determinado. Depende de lo que busque quien la observa.
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