Los símbolos matemáticos

 

La existencia de lo infinito (Dios) también puede ser probada mediante los símbolos matemáticos. No es ninguna broma. No se trata de plantear unas ecuaciones, desarrollarlas y acabar en la demostración matemática de la infinitud; se trata de algo mucho más sencillo, simplemente desentrañar el significado de los referidos símbolos que utiliza la matemática.

 

En la numeración árabe, la serie de los guarismos comienza en el uno y acaba en el nueve, y por composición de éstos se puede expresar cualquier cantidad. El modo en que lo hace la matemática es dividiendo la magnitud en sus partes iguales más simples, a cada una de las cuales simboliza con el número uno. Así por ejemplo, algo de magnitud dos, significa que está integrado por dos unidades simples, etc, etc. Los números, por tanto, son los símbolos ideados para expresar lo que es medible, lo que es magnitud. Pero si algo es magnitud, eso quiere decir que necesariamente es algo limitado, pues de no tener límites no podría ser medido. Y por último, si algo es limitado es que nos hallamos ante lo que es conocido con el nombre de finitud. Los números son los símbolos de la finitud

 

Todo lo que conocemos es finitud, porque todo en el universo tiene límites. Lo sensible tiene límites, como son las cualidades de los cuerpos. La perfección estética también, como vemos en el arte. La capacidad psíquica es limitada, cada especie animal tiene la suya..... Todo el cosmos es una definición cuantitativa, una magnitud, sea de la índole que sea, física o espiritual. La tendencia a identificar magnitud exclusivamente con lo físico puede ser un error inicial que conduzca a confusiones. También lo espiritual que conocemos es magnitud.

 

¿Y lo infinito qué es? Ante la propuesta de lo infinito, la mente se paraliza. ¿En qué cosa consiste? Para nosotros, pobres mortales, en un auténtico enigma. Pero el lector puede ser que haya abierto los ojos con sorpresa y se pregunte ¿Y por qué indagar en algo tan problemático que no nos consta? ¿No será un enigma simplemente porque no existe? Porque desde luego, todo lo que no existe es un enigma inmenso. A ese lector debemos recordarle que el hombre es racional, y no dormiría a gusto si no diera con la explicación de las cosas. Y en este caso disponemos de un punto firme de arranque: sea lo que sea, si existe, lo que nos consta es que es lo contrario de lo finito, y por lo tanto, no tendrá límites.

 

Un lector avispado pensaría que, si sólo fuera cuestión de límites, también lo infinito está representado por las matemáticas, porque la serie de las cifras no tiene fin. Por muy grande que sea una cantidad, siempre se la puede seguir multiplicando y nunca se sabe cuál es el final. El que así piense debe darse cuenta de que, por mucho que la multipliquemos y muy grande que supongamos una cantidad, siempre se tratará de eso, de una "cantidad", es decir, de una magnitud determinada, con un valor determinado, no se tratará de lo infinito. Éste, por tanto, tiene que tratarse de otra realidad diferente, no expresable con cifras, otra realidad que no tiene límites porque no es susceptible de tenerlos, no porque esos límites los alejemos multiplicando sin cesar.

 

Pues bien, existe un símbolo matemático del que todavía no hemos hablado, el cero. ¿Qué pinta exactamente el cero? Sin pensarlo mucho, el último de la clase contestaría "El cero representa la nada, porque representa lo que no mide nada". Otro cualquiera observaría "La nada no existe" (esto ya lo hemos razonado páginas atrás). El primero de la clase lo pensaría un buen rato y diría, al fin, "El cero no representa la nada porque la nada no existe, luego representa algo que es, pero que, aunque es algo, no mide, no es magnitud, porque eso son los demás números. Si representa lo que a la vez es algo y no mide, es que representa lo infinito". Y si se fija el lector, Jwarizmi, el genial persa que inventó los números, ideó este símbolo con toda sutileza: un breve círculo, lo que enlaza consigo mismo, sin principio ni fin.

 

El símbolo matemático cero representa aquello que, a pesar de ser, no es magnitud. Representa lo infinito.

 

La primera gran particularidad del cero es que constituye el sistema de referencia de todos los demás números. El cero aparece como la bisagra en relación a la cual comienzan a medir todos los demás, positivos y negativos, constituye el punto de arranque de toda la escala de numeración, de tal manera que si fuera suprimido, toda la escala tendría que desaparecer. No puede concebirse el significado de lo que es "uno" sin concebir primero lo que es "cero". Y sin embargo, el hecho contrario no se produce. Si suprimiéramos toda la escala (ausencia de magnitudes), el cero continuaría incólume, precisamente porque representa eso mismo, la ausencia de magnitudes. Por consiguiente, no sólo el cero existe y representa a lo infinito, sino que además es el referente de todos los demás números, y éstos, que representan a la magnitud finita, son los referidos al cero. Trasladado a lo que aquí tratamos

 

La finitud del mundo y sus símbolos numéricos, todo ello es contingente y existe por referencia al cero. Lo infinito y su símbolo el cero, es lo único que existe necesariamente y es el referente de todo lo demás.

 

Pero hay que dejar constancia de otra particularidad igual de interesante. Una magnitud determinada no puede ser dividida de forma indefinida, se agota, y sin embargo, la cifra que expresa a dicha magnitud en matemáticas sí puede ser dividida indefinidamente. Se irán obteniendo sucesivas series de decimales sin que se produzca nunca el hecho de que, al hacer una nueva división, se obtenga el cero absoluto. La conclusión es que al cero no se puede acceder desde una magnitud. Del mismo modo, desde el cero tampoco se puede acceder nunca al mundo de las magnitudes. Ni usado como dividendo ni como divisor da resultado ninguno (cero de nuevo), ni sumado o restado altera a la magnitud. Esto sirve de prueba sobre lo que dijimos páginas atrás:

 

Lo finito y lo infinito no se diferencian solamente por la tenencia o no de límites. Son dos realidades distintas en su esencia e irreducibles.

 

 

Marx.- Este argumento jamás lo he oído.

 

Lutero.- Pero lo oyes ahora. Para algo llevo aquí tantos siglos pensando.

 

Marx.- Juegas con ventaja. Yo acabo de llegar, como quien dice.

 

Lutero encogió los hombros, lamentándolo.

 

Marx,- Pero aunque no venga preparado para este atraco, tengo algo que decirte, por supuesto. Dos cosas. La primera es que este argumento ha cambiado la letra, pero tiene la misma melodía de los ontológicos. Te has pasado también del mundo ideal de los números al mundo de la realidad sin más.

 

Lutero.- No, no, en los ontológicos se trataba de pensamientos, y los pensamientos son libres, se pueden concebir cosas que no existen. Ahora se trata de los símbolos de la magnitud, y los símbolos y sus representados son una sola cosa, aunque unos estén dentro y otros fuera del pensamiento. Si no fuera así, las matemáticas no servirían para demostrar absolutamente nada.

 

Marx.- La segunda es que hablas de lo finito y lo infinito como dos realidades diferentes y compatibles, y eso es imposible. Puestos a admitir la existencia de la segunda, el Dios infinito, no puede existir también la primera, el mundo finito, porque lo infinito lo abarca todo y nada puede haber fuera de él.

 

Lutero.- Estás echando mano del panteísmo.

 

Marx.- Espinoza pensó que, si Dios es infinito, no puede existir ninguna otra substancia más, de manera que el mundo y sus criaturas no serían otra cosa que "modos" de expresarse la substancia divina. Y entonces la pregunta es inevitable, ¿qué Dios tan mediocre es ése del que, por emanación de sí mismo, surgen cosas tan detestables como el miedo, el odio, el dolor, la crueldad......?

 

Lutero.- .... Es decir, el mal. Creo que ya hemos discutido eso y te he dado toda la razón. Es más, te dije entonces que el mundo, tan perverso y miserable, no puede ser obra directa de Dios, cuanto menos voy a aceptar ahora que sea el propio Dios por emanación.

 

Marx.- Luego insistes en los números y el cero, el mundo y Dios, lo finito y lo infinito como dos realidades diferentes.

 

Lutero.- Recuerda lo que te dije de la eternidad. Todo el mundo piensa que, como el tiempo es lo que dura equis, si quitamos los límites a equis, nos quedará la eternidad, porque entonces el tiempo durará para siempre. Eso es ver la eternidad como un tiempo indefinido, inagotable, pero al fin y al cabo, tiempo. Y no es así. Al tiempo es imposible suprimirle los límites.

 

Marx.- Lo recuerdo. Fue a propósito de la existencia del mal, y yo te recordé que vuestros teólogos extrapolan a Dios el bien de ahí abajo, pero en grado infinito.

 

Lutero.- ¡Qué insensatez! Lo que es del mundo jamás puede ser infinito, es limitado por necesidad. La bondad puede ser mayor o menor, pero nunca infinita, porque existe una contra-bondad, el mal. La bondad infinita, como se dice de Dios, no existe.

 

Marx.- Lo celebro...... Pero resulta que hemos caído de nuevo en el problema inicial. Si Dios es infinito, nada puede haber fuera de Él. Este mundo no existiría. Pero da la casualidad de que lo que nos consta que sí que existe es precisamente el mundo. Será entonces Dios el que no existe. No hay más caminos que los dos de ida y vuelta. El tren no tiene tres vías.

 

Lutero.- No hablamos de la red de ferrocarriles, hablamos de Dios. El ser del mundo es un ser prestado, sostenido. Si Dios quita la mano, el mundo desaparece. Como ves, hay una tercera vía: el mundo no es Dios, aunque lo diga Espinoza, pero tampoco está fuera de Dios, aunque lo digas tú.

 

Marx.- Martín, ya es la tercera . No te cansas de decir que el mundo es una chapuza y no puede ser obra de Dios. Es cosa de sus leyes. Ahora, de pronto, dices que está en su mano. Vamos a tener que hacer un inventario de todo lo que llevas dicho.

 

Lutero.- Vamos a tener que hacer un código deontológico, para que no siembres confusiones. Sabes que entonces me refería al mundo material, tu mundo, una chapuza tan indecente que no concibo como puedes haberlo colocado en un altar. Ahora hablaba del mundo que hizo Dios, de la creación original, que era espiritual y era perfecta. ¿Has leído el Génesis dos?

 

Marx.- De niño. Nunca más perdí el tiempo.

 

Lutero.- Puede ser una remota imagen de lo que realmente ocurrió. Hizo al hombre perfecto y lo colocó en un paraíso que nada tenía que ver con este mundo.....

 

Marx (interrumpiéndole).- ...... Entonces el hombre pecó y arrastró con su torpeza a todo lo creado- hizo una breve pausa- Al final va a resultar que, aunque tan poca cosa, el hombre ha sido capaz de hacer con su pecado nada menos que este mundo que vemos, por muy despreciable que sea.

 

Lutero.- ¡Qué sabrá hacer el pobre hombre! Se cumplieron las leyes y se degradó la realidad, eso es todo.

 

Marx.- Lo que quieras, no lo hizo él directamente, pero tendrás que reconocer que con esa fechoría fue capaz de enmendarle la plana al propio Creador. ¿Qué ha sido de aquella obra primera y perfecta?

 

Lutero.- Sigue intacta, como no puede ser menos, siendo obra de Dios. Hace nada, hablando del reciclaje de la muerte, te dije que sólo muere el cuerpo, y el hombre no es el cuerpo. Acabado el sueño, se encuentra de nuevo en ese mundo espiritual que Dios creó.

 

Marx.- Oyéndote, vuestro Cristo ya no sabe uno para qué sirve. No vino para revelar, eso ya lo habían hecho los profetas, y además no sirve de nada. Ahora resulta que tampoco vino a destruir la muerte, porque la muerte no existe. Entonces, ¿a qué vino vuestro Cristo?

 

Lutero.- Está escrito: a lo que Él mismo dijo que vino en la última cena, cuando ofreció el cáliz. Todo lo demás lo ha inventado el hombre.

 

Marx.- No hagas del hombre dos: cuerpo y alma. Es una unidad indisoluble, y cuando muere, muere entero. Hasta aquí es lo que a nosotros nos consta. Según el credo de la Iglesia, luego resucita.

 

Lutero.- Si fuera así, ¿dónde está el alma entre la muerte y la resurrección?

 

Marx se encogió expresivamente de hombros.

 

Marx.- Pregúntaselo a los tuyos.

 

Lutero.- Si no estuviera en parte alguna, si hubiera desaparecido, la resurrección sería volver a crearla, y Dios no crea dos veces a Carlos Marx. Pero si sigue estando, ni ha muerto ni tiene que resucitar

 

Marx.- Por supuesto, no está en parte alguna, desaparece. El hombre muere, doy fe de que muere. Tú llama a esto que nos mantiene vivos alma, espíritu o como te dé la gana, pero cuando el cuerpo deja de funcionar, todo desaparece.

 

Lutero.- ¡El cuerpo! ¿Y qué cosa es el cuerpo? Corre, baja a preguntárselo a la física cuántica. Te has pasado la vida adorando a un fantasma.

 

Marx.- Teoría de un tal Martín Lutero, reformador de la Iglesia, cuatro siglos después de muerto. ¿Pero en qué diablos te basas para afirmar tal cosa? ¿Cuáles son tus pruebas?

 

Lutero.- Mi prueba particularísima es la que antes me has reprochado tú: si el mundo fuese real, el hombre habría sido capaz de enmendarle la plana al propio Creador con su pecado.

 

Marx.- ¡Perfecto! Y como eso no puede ser en modo alguno, ¡faltaría más!, pues te has rebuscado una solución a tu conveniencia, "entonces es que el mundo será un mal sueño".

 

Lutero.- Sí, así es. Es la única solución que encaja en el problema.

 

Dejó a su oponente que gozase por un momento de la situación y añadió.

 

Lutero.- ..... Pero lo bueno, querido amigo, lo inesperado, es que la ciencia resulta que, al final, me ha dado la razón. Te lo he venido anunciando y sigo diciéndotelo, te vas a llevar una sorpresa al final. Pero serán Planck, de Broglie, Heisenberg, Wheeler y compañía quienes te darán la sorpresa, no yo.

 

Marx.- Amigo del alma, cuéntame lo que quieras, pero no me digas que los físicos están de tu parte, porque si no meto los dedos en esa llaga, no lo voy a creer.

 

Lutero.- Mientras eso llega y metes los dedos, volvamos a donde estábamos. El sueño se acaba y el hombre vuelve a la eternidad.

 

Marx (con ironía).- ¡Ah! Entiendo, no hay ninguna sala de espera. ¿Y todo aquello del juicio particular nada más morir, en espera del juicio final cuando acaben los tiempos?

 

Lutero se encogió de hombros, como poco antes hiciera su amigo, y dijo, lleno de resignación y de humor.

 

Lutero.- ¿Y qué quieres que yo te diga, hijo mío, si los teólogos se olvidan, cuando dicen tantas tonterías, de que están hablando de la eternidad, y en la eternidad no existe el tiempo? ¿Cómo va a haber ninguna sala de espera, con su calendario y su reloj?

 

Marx se retiró un poco y volvió, reanudando el ataque.

 

Marx.- Está bien, está bien. Lo malo es que en este asunto también se ha producido un desfase de fechas, y ahí abajo sí que rige el tiempo. Si yo fuera Sherlock Holmes, en vez de Carlos Marx, estaría anunciando que acabo de dar con el autor del crimen. Resulta que, según la ciencia, este mundo tan degradado ya existía casi quince mil  millones de años antes de que apareciese el hombre con su dichoso pecado a cuestas. ¿Puedes explicarme ese pequeño inconveniente de que la degradación apareciese tan pronto y el pecado tan tarde, a pesar de que es éste la causa de aquella? Aquí algo falla- y añadió, otra vez con ironía-  ..... A no ser que el pecado sea como las malas leyes, con efectos retroactivos.

 

Lutero.- Créeme que me duele desbaratar tu euforia cuando piensas haber dado con la clave del crimen (ya sabes, me refiero a lo de Sherlock Holmes). Desde luego, ahí abajo sí que hay tiempo. Pero no te das cuenta de que, si arriba no lo hay, las cosas no tienen orden ninguno, no son antes, ni después, ni en medio del tiempo del mundo, de manera que lo que ocurre en la eternidad (y en la eternidad ocurrió el pecado del hombre) no tiene nada que ver con el orden de las cosas abajo.

 

Resumen:

 

Teístas.- Los números son símbolos de la magnitud, capaces de expresar todo lo universal. El cero, por el contrario, expresa lo que no mide, lo que no es magnitud. Pero no representa la nada, porque la nada no existe. Luego representa aquello que, sin ser magnitud, es algo; es decir, representa otra realidad para nosotros desconocida y llamada infinitud.

 

Pero también los símbolos matemáticos sirven para demostrar las propiedades de la relación finitud-infinitud:

 

1) Por mucho que se divida una magnitud, nunca se alcanza el cero, toda cantidad puede ser nuevamente dividida. Por mucho que se multiplique el cero, jamás se obtiene cantidad ninguna. La magnitud (universo finito) y la no-magnitud (Dios infinito) son dos realidades diferentes e irreducibles la una a la otra. Esto quiere decir que no existe nada intermedio, que la finitud (la materia), desde el primer momento de su aparición lo hace ya con una entidad determinada, que es la misma verdad a la que llegó experimentalmente Planck en su física cuántica.

 

2) Toda la escala numérica está referida a su origen, el cero. Si se suprime el cero, la escala desaparece; pero no al contrario, si se suprime la escala (magnitud), el cero continúa, pues representa precisamente eso, la no-magnitud. El cero es el referente y los números son los referidos. Trasladado a sus representados: el cero-infinito (Dios) es el referente que existe por sí mismo, y los números-finitud (universo) es el referido que no puede existir sin el referente.

 

Ateos.- Este argumento es similar a los de naturaleza ontológica, pasa directamente del ámbito de las ideas al ámbito de las realidades, lo cual no es válido

 

Teístas.- En los argumentos ontológicos se manejan puras ideas y conceptos, y luego se pasa el resultado final, sin más, al ámbito de la realidad. Aquí se manejan símbolos, y eso es lo mismo que manejar desde el principio a sus propios representados, las cosas, porque la relación símbolo-representado es directa e inmediata. En otro caso, las matemáticas no tendrían utilidad práctica ninguna.

 

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© Gregorio Corrales.

 

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