11 RESONANCIA CRECIENTE

10. Los últimos días Capítulos

Esta historia no acaba con la muerte. Aunque los hijos e hijas del Fundador, y millones de personas en todo el mundo, lamentaran profundamente su pérdida, su fe los llevó a sentir su presencia espiritual con más fuerza. Si ahora estaba con Dios —razonaban—, eso quería decir que tenía más posibilidades de ejercer su paternidad. Así, pues, de manera espontánea, empezaron a acudir a él en sus necesidades, pequeñas y grandes, espirituales y materiales.
No quedaron defraudados. Enseguida se vieron correspondidos y la devoción privada a su persona se extendió. Era como si al otorgar tantos favores por intercesión de Monseñor Escrivá de Balaguer, Dios quisiese llamar la atención sobre ese camino al que el Fundador del Opus Dei había dedicado su vida.
A medida que esos favores aumentaban —cónyuges reconciliados, hijos que piden perdón a sus padres, conversiones, personas que encuentran trabajo—, daba la impresión de que Monseñor Escrivá de Balaguer volvía a estar tan ocupado como siempre [67].
Tras la muerte del Fundador, miles de personas en todo el mundo, incluidos 1.300 obispos, pidieron a la Santa Sede que abriera el proceso que habría de determinar si la vida y las enseñanzas de Monseñor Escrivá de Balaguer eran tales que merecían proclamarle santo. Ese clamor del pueblo de Dios, que reconocía lo que el Fundador del Opus Dei había significado en la vida de la Iglesia, no fue desoído en el Vaticano, que en 1981 mandó iniciar el proceso de beatificación y canonización. El 6 de octubre de 2002 el Papa Juan Pablo II canonizó a San Josemaría, en la plaza de San Pedro del Vaticano, ante más de trescientos mil peregrinos [69].
El Fundador del Opus Dei, como hemos visto, siempre quiso «ocultarse y desaparecer». A lo largo de su vida consiguió lo primero, pero tras su muerte fracasó en lo segundo, pues hizo tantas cosas, enseñó y dio ejemplo a tantos, que su presencia está cada vez más viva. La semilla que plantó, tras haber germinado, empuja sin cesar hacia adelante su labor y su mensaje de esperanza.
En los años 30, Don Josemaría había escrito: «Eres, entre los tuyos —alma de apóstol—, la piedra caída en el lago. —Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y este, otro... y otro, y otro... Cada vez más ancho. ¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?».
Como las ondas no han cesado de expandirse, está claro que la piedra era una gran roca [68].

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