
|
|
|
CHARLIE
|
|
por
FRANCISCO CALDERÓN
|
|
-Desde luego, es un caso curioso –dijo el doctor Harold P. Stevenson, dando una calada a su cigarrillo-. Muy atípico. -Sabía que le intrigaría –le contestó Peter Kirby, licenciado en psiquiatría en la universidad de Pittsburg-. Es raro ver un caso de desequilibrio psicópata con tan alto grado de imaginación. Nos costó más de dos semanas el que nos contase su historia, lo que también es anómalo, pues en casos como el suyo el individuo está más que deseoso de contar sus desvaríos. -¿Dónde lo encontraron? -Fue descubierto en grave estado de ansiedad junto al cadáver de un vagabundo. -¿Él...? -No, no. Derrame cerebral, dictaminó el forense. -Al igual que sus padres, ¿no es cierto? –comentó Stevenson, arrojando la ceniza de su cigarro sobre un cenicero metálico. -Exactamente. Pienso que fue el hallazgo de este cadáver el que rompió el poco equilibrio mental que debía quedarle. Al fin y al cabo, sus padres habían muerto hacía sólo dos días, y ésto ya debió de afectarle fatalmente. -Me gustaría echarle un vistazo a los informes –dijo ávidamente Stevenson, inclinándose hacia delante. De repente tenía un fuerte dolor de cabeza. Apagó el cigarrillo y se frotó la nuca. Demonios, debía de estar cogiendo un buen resfriado. -Lo que quieres decir –le dijo Peter, sonriendo-, es que quieres estudiar el caso, ¿no es así? Stevenson se recostó en el asiento, sonriendo casi con timidez. Asintió con la cabeza. Peter Kirby abrió un cajón del escritorio de su despacho, situado en el primer piso del asilo Arkham para enfermos mentales, complacido por haber despertado la curiosidad de su amigo. Sacó una cinta magnetofónica con una tira de papel adherida donde se leía: PAGE. Sobre su mesa había un magnetófono. -¿Y no te gustaría oírlo con sus propias palabras, Harold? Harold sonrío, asintiendo de nuevo. Oyó el clic del botón de arranque de la grabadora mientras se acomodaba en el sillón, como si estuviese en un buen cine a punto de ver una de sus películas favoritas. “Todo sería perfecto si no fuese por este maldito constipado”, pensó masajeándose lentamente las sienes. “Bueno (la voz denotaba ansiedad, y casi casi, alivio). Supongo que no perderé nada contándolo, ¿no?, que joder... En fin, no creerán nada. Nada. Já, y no me extraña. Yo tampoco hubiese creído una mierda (risas). Empezaré por el principio ¿no? Claro, que joder (más risas). Si no, igual creerían que estoy loco, ¿vale? (carcajadas). Mi nombre es Charles Page, pero no me llamen Charlie. Todo el mundo me llamaba Charlie. Mis amigos, mis padres..., todos. Mis padres. Yo odiaba que me llamasen Charlie. Pero como con todo lo que yo odiaba, ellos se pasaban el día diciéndomelo: “Charlie, no hagas eso, mira Charlie no seas así, vas a darme un disgusto, Charlie, vas a matar a tu pobre madre un día a disgustos, Charlie, sí Charlie”. Y así todo el día. Haciéndome tragar ese nombre a grandes cucharadas. Y después las palizas. Mi madre chillaba, pero mi padre pegaba. Y yo gemía. Demonios, tengo diecinueve años. No era muy despierto pero..., que carajo, cuando te chillan y te pegan a los diecinueve años, los gritos y los golpes caen en tu cerebro, y un sucio mecanismo los va transformando en odio, y odio, y odio. Y yo les odiaba. Recuerdo que cuando tenía diez años regresé un día a casa tarde para comer y sucio de barro. Que demonios..., yo era un crío, joder. Mi madre gritó, y me tiró del pelo hasta arrancarme un mechón. Mejor. El dolor en el cuero cabelludo y la sangre cayéndome en los ojos casi me impedían notar los golpes que mi padre me propinaba con el cinturón. Casi. Así que odié. Y odié y odié y odié. Y que joder, quería matarles. Era la única salida, ¿no? A ver, medicuchos de mierda, ¿qué hubieseis hecho vosotros? ¿Seguir aguantando? ¿Seguir con heridas en los nudillos de golpear el suelo o la pared por no poder golpearles a ellos? Sabiendo que os estabais volviendo locos, a causa de agresiones físicas..., demonios, me estaba volviendo loco de remate, de rabia, frustración, dolor. Así que la idea ya había circulado por mi cabeza, sí, incluso antes de que empezaran las pesadillas. ¿Vosotros nunca habéis deseado en silencio matar a un padre, a un hermano, a vuestra mujer, después de una larga batalla verbal o física que te deja en tal estado de agotamiento mental que sólo ves la imagen de su cuerpo ensangrentado por cerdo, por ser un maldito puerco? Al principio, cuando empezaron las pesadillas, la idea que se había filtrado en mi mente como una fantasía, se transformó casi en una esperanza, una demencial esperanza del asesinato perfecto. Y algo más. Ansiaba sentir que tenía sobre ellos aquella sensación de poder que ellos habían tenido siempre sobre mí. El poder de causar dolor en cualquiera de sus infinitas vertientes. Sí. No sólo quería matarles. Quería joderles. La primera pasadilla ocurrió hace alrededor de un mes y medio, es decir, un mes antes de que me encerraran aquí, por loco. Curioso. Por loco (risas). Yo estaba profundamente dormido, soñando que mi padre me chillaba y me abofeteaba porque yo había dejado escapar un eructo en la mesa. Hasta aquí el sueño era algo que, de cotidiano, ni me hacia estremecer. Pero algo cambió de golpe. En los ojos de mi padre brotó un súbito temor, y mi mente dormida buscó la causa, divertida. ¡Y que joder! ¡Menuda sorpresa! ¡Era yo! Bueno, mi yo del sueño, no sé si saben lo que quiero decir. De pronto me había vuelto más grande, y más fuerte, y más... osado. Y empecé a chillar. Y el grito fue subiendo de volumen hasta que la cabeza de mi padre estallaba en pedazos, y los trozos de seso se estrellaban contra la pared, chorreando hasta el suelo del comedor. Esa noche me desperté llorando. Llorando de felicidad. Al día siguiente, mientras comía con mis padres (mi padre llevaba jubilado ya dos años), dejé escapar un eructo voluntariamente. La respuesta no se hizo esperar: mi padre me abofeteó la boca casi instantáneamente. Me levanté de la silla, y le miré dejando que el odio aflorase a mis ojos. Él siguió comiendo como si no hubiese pasado nada. “¿Y qué ha pasado? ¿Qué he abofeteado a mi hijo, dice?, oh, eso no es nada, lo hago tan a menudo que ya lo hago sin darme cuenta”. Esa noche volví a soñar. El sueño fue el mismo de la noche anterior, sin embargo esta vez la cabeza de mi padre no estalló cuando yo chillé. En cambio, él se rió. Oh, no, eso sí que no, no podía reírse también de mí en mis sueños. En la realidad, vale, pero en mis sueños, no. Allí yo era el dueño, sí, y se iba a enterar de eso, se iba a enterar a golpes. Me abalancé sobre él con furia homicida, pero en el momento de ir a tocarlo, cambió. Sí, cambió, y ya no era mi padre, y lo primero que noté fue el frío, un frío tan intenso que podía congelar el alma. Supongo que mi cuerpo físico se pondría a temblar debajo de las mantas, como si estuviera aquejado de alguna de esas fiebres que he leído que cogen en África y sitios así. Pero yo no podía saberlo, puesto que mi yo del sueño estaba demasiado concentrado en la figura en que se había convertido mi padre. Era..., bueno, que demonios, era el..., se van a reír cuando se lo diga, pero... era el Coco, que joder. Si, bueno, verán. Cuando yo era chiquito, mi madre siempre me salía con esa historia del Coco. La verdad es que no sé porqué, si yo ya le tenía suficiente miedo a ella. En fin, un día me enseño un dibujo que venía en un libro de culturas extrañas, religiones antiguas y esas cosas, y me dijo: “ves Charlie, éste es el Coco, Charlie, y si no haces lo que mamá te dice, mamá le llamará y le dirá, señor Coco, venga a buscar a mi hijo Charlie, que es malo y no hace caso a su mamá, y el Coco te cogerá de los pelos y te llevará al infierno. Al infierno, Charlie, y allí te quemarás en una caldera tan grande como esta casa”. Pero este Coco no quemaba, al revés. Estaba tan frío como debe de estar el espacio exterior, allí donde no llega la luz de ninguna estrella. Y me sonreía. Era una sonrisa cálida, protectora. Y me habló. Y me llamó Charles. Charles, no Charlie, y eso me hizo pensar que el Coco no era malo, y que quizá hablaría conmigo antes que con mi madre. Si, quizás le convenciese para que se llevase a mi madre de los pelos al infierno, para que se quemase en una caldera tan grande como esta casa. O al espacio exterior o donde mierda viviese, que más daba. El caso es que se la llevase lejos de mí, y si se lo llevara a él también, a mi padre... “¡Llévese dos por el precio de uno, vamos señor, no desaproveche esta ganga!” “¿Y porqué no te das tú ese placer?” ¡Infiernos! ¡Era el Coco y me hablaba! ¿En qué demonios estaba yo pensando? “Sal de aquí, Charles, sal de aquí o te cogerá, ¡pero corre, estúpido!” Pero no podía correr. Me había intrigado lo de darme yo ese placer. Sí, sería todo un placer enviarles a los dos al infierno. “Claro, Charles, hazlo. Tú puedes. Bueno, yo puedo hacer que puedas. ¿Te gustaría, eh Charles? Bien, mañana vendré con el contrato. Tú firmas, y yo te doy el poder”. “¿Y qué te daré yo a cambio?, me oí preguntar. “Oh, yo sólo quiero que me acompañes algún día. Sí, que algún día vengas conmigo y nos divirtamos juntos. Estoy tan solo aquí fuera... Sólo eso, Charles. Y además eso será dentro de muchos años, Charles, muchos”. Y se marchó. El sueño continuó, pero él se marchó. ¿Muchos años?, bueno, seguro que él se olvidaba, ¿no? Además, sólo era un sueño, claro. Entonces, ¿por qué estaba tan excitado? Al día siguiente las cosas no estaban bien en casa. Mis padres habían discutido, y como siempre, fue el pobrecito Charlie (pero el Coco me llamaba Charles) el que pagó el pato. Mi madre me insultó, mi padre me pegó, y estampó mi plato de comida en el suelo. No me dejó merendar, ni cenar. Y yo no me atreví a decir nada (pero el Coco me daría poder para decir lo que quisiera). Tampoco me dejaron oír música (Pink Floyd, The Wall. Había ahorrado dos meses para comprármelo. Me gustaban las letras). Así que esa noche me fui pronto a la cama. Tenía algo que firmar. Apareció nada más dormirme. Traía una especie de papel enrollado en una mano y una pluma de ave en la otra. Me acerqué. “¿Lo has pensado?” “Sí”. “¿Y bien?” “Quiero firmar”. “¡Estupendo, estupendo!” –Su sonrisa era francamente amigable. Me tendió la pluma y el papel. “¿Y la tinta?” –le pregunté, estúpidamente. Estúpidamente porque conocía la respuesta. “Aquí”. Uno de sus dedos ganchudos señaló mi brazo. Yo sonreí y asentí con la cabeza. Firmé ávidamente. El papel estaba escrito, pero ni siquiera lo leí. Cuando desperté me sentía estupendamente. Sólo me molestaba un poco el brazo allí donde su garra había cortado mi carne. Durante unos días, en mi casa las cosas transcurrieron increíblemente tranquilas. Ahora pienso que quizá un sexto sentido advirtió a mis padres de que algo en mí había cambiado. Evitaban hablarme, mirarme, y me trataban como si yo fuese un perro loco. Me eludían y más de una vez vi un reflejo de temor en sus ojos. Cuando al cruzarnos por el pasillo o en la cocina me rozaban, se apartaban instintivamente, sobresaltados, como si se hubiesen rozado con una de esas plantas que producen escozor y sarpullidos, o como si yo estuviese tan frío (como el Coco) como el hielo. A mí todo esto me divertía hasta extremos insospechados. Descubrí que si pensaba un rato insistentemente en alguno de ellos, pronto le empezaba un terrible dolor de cabeza. A los dos días ambos tenían unas estupendas jaquecas crónicas. A los cuatro, fiebre. A la semana estaban enfermos, pálidos, transfigurados, y exquisitamente irritables. Al cabo de unos días, mientras dormía la siesta, mi madre empezó a chillar, histéricamente horrorizada. Una pesadilla, dijo ella. Mi padre me echó a gritos de la habitación. Yo entré en mi cuarto, doblado por la risa y el regocijo. Esa noche volví a ver la cara del Coco en sueños. Sonreía, como mi padre debía sonreírme cuando yo era un bebé, antes de empezar a pegarme “por mi bien”. Sólo dijo una palabra: “Ahora”. Desperté de inmediato, o eso me pareció, a tiempo de descubrir que faltaba poco para que mi vejiga reventase. Salí rápidamente de la habitación, derribando una figura de escayola que estaba colocada sobre un taquillón en el pasillo, al lado de la puerta del cuarto de baño, y rompiéndola estrepitosamente. Escuché, mientras orinaba aliviado, como mi padre se levantaba refunfuñando. Al guardar lo que tenía entre manos en el pantalón del pijama, mi padre entró como una furia en el baño. Empezó a chillarme. Cerdo, mierda de hijo, lo vas a pagar a ostias, me has despertado, y otra serie de simpáticas afirmaciones. Claro que yo ya no era Charlie, no era su hijo-malo-que-debe-ser-golpeado-por-su-bien-sucio-hijo-de-puta, no, yo era Charles, y ese estúpido viejo pronto vería la diferencia. En ese momento me di cuenta de algo. El odio ya no era ese sentimiento frío y amargo de antes, sino algo muy dulce y cálido que se transformaba en el primer puntal del poder. Era una energía viva que recorría mis venas como fuego, con un placer casi sexual, algo que hacía que me sintiese como si pudiera levantar el mundo con mis manos y arrojarlos lejos, a una gigantesca y cósmica cagada de vaca. Y ya no sentía ganas de golpearle, al menos no físicamente, sino que chillaría, como en el sueño, con un grito que iría directamente de mi cerebro al suyo. Un grito que reduciría su podrida sesera a pulpa y que quizás haría que su cabeza estallase y se desparramara por la pared. “Papá”, le dije, calmadamente. Durante un momento me miró extrañado, y una breve interrogación afloró a sus ojos. “¿Qué...?” “Eres una mierda. Una mierda seca”. Y empecé a chillar, aunque mis labios estaban cerrados. Oh, cielos, como gocé (¿Porqué no te das tú ese placer?). El también chilló. Vaya si chilló. Cayó de rodillas al suelo, sujetándose los oídos como si fueran a caérsele. Estúpido. Yo sabía lo que estaba oyendo. Millones de voces de condenados enloquecidos chillaban con la más absoluta desesperación justo en el centro de su cerebro, le llegaban desde una caldera tan grande como esta casa. Y yo, como transmisor, también las oía. Pero para mí era un sonido agradable. Volví a la cama con la vejiga vacía y la mente despejada. Aunque mi padre había voceado hasta quedarse afónico, yo estaba seguro de que nadie le había oído. No, nadie, porque mi madre gemía en sueños, envuelta en alguna extraña pesadilla. Mi padre yacía en el suelo del cuarto de baño, en posición fetal, temblando. Cuando amaneciera, recogería los trozos de su mente y los trozos de la estatuilla de escayola e intentaría recomponer ambos. Me dormí enseguida, plácidamente, feliz. A mi madre casi la maté demasiado pronto. Hubiera sido un error. No me hubiera dado tiempo a disfrutar casi nada. De vez en cuando les mandaba algún “gritito mental”, pero mi madre parecía no poder soportarlo. Casi había decidido dejarla descansar un par de días, para que se recuperase y luego volver a empezar, cuando ella empezó a gritarme histérica que quitara los pies de la mesa. La verdad es que yo nunca me había atrevido a ponerlos sobre la estupenda mesa de aluminio y cristal que había en el centro del salón, pero ahora..., bueno, ahora todo era distinto, ¿no? Y ahí estaba ella, la muy zorra, chillándome, con una mano en la cabeza y otra en el palo de la escoba que blandía amenazadoramente hacia mí. Mi padre estaba en el baño haciendo Dios sabía qué, y no salió en todo el rato que duró la... la pelea. El muy hijo de puta. Recordé como mi madre me solía pegar con la escoba (un día me partió el palo en la espalda, cuando yo tenía doce años), y la sabrosa ira subió hasta mis ojos. La miré, y durante un segundo se calló, cambiando su gesto de la furia al terror más absoluto, como si hubiera visto al mismísimo diablo. ¡Oh! ¡Tendrían que haberla visto! Fue gozoso. Un momento después, salió disparada por el aire, como si un puño gigante la hubiese golpeado. Soltó la escoba con un grito, y se estampó contra la pared como un sello en un sobre. Cayó al suelo inconsciente, dejando una mancha de sangre en la pared allá donde su cabeza había golpeado. La desperté con el magnífico y patentado método grito-mental del doctor Charles (ex-Charlie) Page (algo parecido a vuestros electroshocks, supongo). La vieja se arrastró por el pasillo, llorando y gritando como una loca, tratando de escapar. Pero por aquel entonces yo ya había descubierto como mantener cerradas las puertas de toda la casa. Mi mente (la mente del Coco), era como un poderoso mando a distancia que controlaba todas las puertas, ventanas, y luces de la casa. Unos días después, yo era el hombre más feliz del mundo. Mis padres se habían vuelto (les había vuelto) completamente locos. Yo les hacía ver gusanos en la comida, aunque al cabo de unos días acabaron comiendo. Mi madre veía pequeños demonios que la mordisqueaban las piernas y a mi padre, un pulpo que salió por la taza del váter estuvo a punto “de arrancársela”. Naturalmente no existía nada de eso, pero yo quería que lo viesen. Cuando la merecida tortura llevaba tres semanas, decidí que aquello ya me aburría. Indagando en el cerebro de mi padre (cosa que le hizo retorcerse en el suelo de dolor), descubrí que tenían ahorrados casi setenta mil dólares en una cuenta del National Bank. La casa debía valer unos ciento cincuenta mil, así que yo era el heredero de más de doscientos mil dólares, dinero más que suficiente para vivir una buena temporada hasta encontrar un trabajo. Así que esa tarde los eliminé. Fue un espectáculo grandioso. Durante algo más de tres horas tuvieron las más horribles visiones y oyeron las más estremecedoras voces de la creación. Cuando les maté, cortando un pequeño capilar de su cerebro, eran poco más que dos piltrafas babeantes con la mente reducida a un amasijo inconexo. Después, doté a sus cuerpos de una apariencia de paz, e hice que una vecina los descubriera, dándola un pequeño empujoncito mental que la hizo desear pasar a saludar a esos vecinos con los que no hablaba nunca, mientras yo paseaba por el parque. La policía se extrañó, así como el forense, de que ambos tuvieran un derrame cerebral a la vez. Por fin llegaron a la conclusión de que uno había muerto primero, y seguramente, el otro al descubrirle tuvo un shock que le produjo la misma clase de muerte. En fin, no era del todo imposible. Y no había otra explicación. Después de aquello, las voces que rondaban mi cerebro empezaron a subir de tono. Cada vez las oía más altas y durante más tiempo, y noté como yo mismo empezaba a perder el control. Así que hice lo único que sabía que podía hacer. Salí a la calle de noche, hace ya dos semanas, localicé a un vagabundo, y proyecté las voces a su cabeza. Murió en menos de un minuto, entre espasmos agónicos. Fue divertido. Tan divertido que empecé a reír, y a reír, y a reír, y reí hasta que noté un pinchazo en el brazo y vi como dos hombres de blanco me levantaban en vilo, justo antes de quedar inconsciente. No sé cómo, pero he descubierto que en estas dos semanas las voces han acallado un poco. Supongo que se debe a los tranquilizantes. Me he conformado con matar a un perro que vivía a dos manzanas de aquí y a un par de gatos callejeros. Sin moverme de la habitación, por supuesto. Pero los médicos hablan de mejoría, y me están quitando los tranquilizantes”. -A partir de aquí se negó a seguir hablando. Peter Kirby permaneció mirando al doctor Stevenson, esperando que éste le contestase. Harold P. Stevenson permanecía sentado lánguidamente, inmóvil, respirando muy despacio. Peter abrió mucho los ojos, con una mezcla de sorpresa y de enfado. Estaba dormido. ¡Ese maldito Stevenson estaba dormido! Se levantó y se le acercó, zarandeándole por un hombro. -Vamos, maldita sea, despier... –la frase se quedó helada en sus labios. Stevenson había levantado la cabeza y le miraba fijamente. Sendas lágrimas de sangre le caían de los ojos, dijo un grave “no, por favor, no”, abrió la boca desmesuradamente, se amputó la lengua al cerrarla de golpe, y entre chorros de sangre cayó al suelo, muerto. Peter Kirby observó, horrorizado, como el cadáver le miraba fijamente, sin ver. -Dios santo... –musitó, y fue hacia un rincón de la estancia para vomitar. Un segundo después, un millar de gritos explotaron dentro de su cabeza. Dos pisos más arriba, el enfermo mental en proceso de recuperación Charles Page sonreía, mientras la puerta de su celda (cerrada con llave por la eficiente enfermera Harrison, que yacía muerta en el pasillo, sangrando abundantemente por los oídos) se abría y se cerraba al mismo ritmo con que las luces de la habitación se encendían y se apagaban. Charles, que permanecía acostado, miró por un momento el crucifijo que colgaba en la pared, a la cabecera de su cama, después la foto de sus padres que la enfermera Harrison había colocado como una autómata sobre la mesilla de noche, lanzó una sonora carcajada, y se durmió. Soñó con cosas hermosas. |