
|
|
|
MELANCOLÍA
1
El Rey estaba cansado.
Había sido un día especialmente largo. Una interminable procesión de dignatarios y embajadores fueron recibidos en audiencia en el Salón Real; ahora, al finalizar el día, el monarca sentado en su trono por fin podía relajarse y despojarse de esa apariencia hierática e impersonal que demandaba el cargo. La suave brisa nocturna que entraba por los balcones hacía mecer suavemente los cortinajes, al tiempo que la mortecina luz del atardecer rebotaba sobre los dorados tejados de la capital, produciendo una atmósfera que invitaba a la ensoñación. El Rey, imbuido de ese ambiente casi irreal, se quitó la corona jugueteando con ella entre sus manos, mientras una leve sonrisa asomaba a su rostro al pensar en el ya lejano día en que se alzó con el trono. Si simplemente le hubieran explicado lo que conllevaba ser rey, habría montado su corcel dando media vuelta en busca de mejor fortuna. Ahora un halo de amargura recorrió su interior; añoraba la libertad de antaño irremediablemente perdida. El deseo de escapar de allí se convertía en un vano anhelo. -Ya está bien por hoy, Zenobia me espera- pensó, y apartando sus pensamientos se dispuso a ir hacia los aposentos reales. Cuando estaba a punto de alcanzar la puerta reparó en los diversos regalos esparcidos por el suelo fruto de la diplomacia del día, fijándose especialmente en un pequeño barco de madera que parecía navegar sobre los demás objetos pujando por salir a la superficie. Había algo en él que le llamaba la atención, no sabría decir qué, lo que le empujó a observarlo más de cerca. Agachándose, cogió el pequeño bajel y se sentó de nuevo en el trono. Como un niño pequeño empezó a jugar con él, simulando una ficticia navegación a través del aire –a Conn le gustará- se dijo, y en mitad de una remontada sobre las olas paró el barco en seco. Fue como el rayo que rasga el negro manto nocturno, la curiosidad dio paso a la repentina revelación del porqué de su interés por aquel objeto. De nuevo la sensación de amargura volvió, pero esta vez mezclada con placenteros recuerdos de un tiempo lejano, como aquel que recuerda su niñez con alegría, pero mezclada con la triste consciencia de un tiempo que no volverá. Sus encontrados sentimientos tomaron forma a modo de imágenes en su mente. Imágenes de él mismo sobre proa y la brisa marina acariciando su rostro, imágenes de inmensos espacios abiertos y costas jamás holladas por ser humano, imágenes de cruentas luchas y grandes botines, imágenes de exóticas danzas y festejos regados con buen vino argoseo, imágenes de tranquilas conversaciones en cubierta bañados por la luz de la luna; pero sobre todo, imágenes de un rostro. Un rostro pegado al suyo, un rostro de fiera belleza recortado por negra y salvaje melena, un rostro de mirada de fuego propio de los de su raza, pero también un rostro con mirada de miel capaz de conmover al propio Crom en sus altas montañas. Como regresando de un profundo sueño, se sorprendió a sí mismo con la mirada perdida en uno de los tapices que colgaban de las paredes del salón .
2 Zenobia dormitaba en los aposentos reales; a punto de dormirse, se preguntaba por qué Conan tardaba tanto. Deseaba sentirle en su regazo más que nunca, últimamente le había parecido algo distant,e como si algo le preocupara . Ya pasaron los días en que todo era nuevo para ella: libertad, madre, esposa del rey más poderoso de la Tierra. Ahora el tiempo pasaba lento, lánguidamente en palacio, a la espera de cualquier acontecimiento que perturbara la quietud de los días. Pero por otra parte Zenobia daba gracias a los Dioses por mantener la paz entre los demás reinos hyborios, sin tener que soportar la zozobra de una nueva guerra y la ausencia de su rey. Todos estos pensamientos cruzaron por su mente cuando, a punto de quedarse dormida, un grito desgarrador rompió la quietud de la noche.
3 El tapiz representaba a un león herido por multitud de flechas, al tiempo que un guerrero de piel negra como el azabache le asestaba el golpe final con una lanza. León herido, -pensó Conan-, herido de muerte, Amra herido, Amra muerto, muerto en los Reinos Negros –Crom ¿de qué la sirvió? Amra no pudo salvarla, Amra también murió allí- musitaba el rey para sí. Pero Conan vive, vive para soportar el dolor no mitigado por el tiempo; el Tigresa, la Reina de la Costa Negra, su Reina- seguía musitando Conan- De repente la voz empezó a quebrársele, sentía deseos de gritar , de desahogarse, al tiempo que los ojos se le inundaban de lágrimas – el Rey llorando pensó-, pero el sentimiento era tan poderoso que no le importó. Quería gritar; con la cabeza hacia atrás y la boca abierta de par en par, parecía un dragón a punto de escupir una potente lengua de fuego . Al fin la rabia pudo con la congoja, y una frase se abrió paso a través de su garganta con un dolor tan punzante como mil alfileres clavados en su cuello -¡¡¡¡MI REINA!!!!-
4 Zenobia despertó súbitamente . Al principio no estaba segura de lo que había oído pero al instante reconoció la voz de Conan, su esposo, que la llamaba. Saltó bruscamente de la cama , y confusa corrió a través de los largos pasillos que confluían en la sala del trono. Mientras corría se topó de bruces con un soldado de la Guardia Real de palacio que alarmado por el grito y espada en mano, se encaminaba en la misma dirección. Al llegar se encontraron con la puerta cerrada; el soldado arremetió contra la misma con todas sus fuerzas, cediendo ésta tras varias acometidas. Zenobia, detrás del guardia y con el corazón en un puño. contempló la escena que se abría a sus ojos: Conan de espaldas, apoyado sobre la balaustrada del balcón, parecía ensimismado, ajeno a todo lo que le rodeaba en la contemplación del manto estrellado. En el umbral de la puerta Zenobia sintió deseos de llamar a su esposo, pero en vez de eso se decidió a ir en pos de él. Pero cuando se disponía a cruzar el umbral de la habitación oyó algo que la detuvo en seco, al tiempo que sintió un repentino dolor, como si la clavaran cien puñales al mismo tiempo en su corazón. Entre lamentos oyó un nombre que salía una y otra vez de los labios del rey: BELIT Cuando el soldado se disponía a entrar, Zenobia le detuvo agarrándole fuertemente del hombro, haciéndole al mismo tiempo un gesto para que cerrara suavemente la puerta. La Reina había comprendido; dándose media vuelta dejó a Conan a solas con su dolor a la vez que cargaba con el suyo propio.
EPÍLOGO En ese mismo instante, en las lejanas tierras de Kush, un león sentado sobre sus cuartos traseros rugía de una manera extraña a la forma redonda y brillante de la luna llena. Si en ese momento un ser humano hubiese contemplado la escena, el extraño rugido del león le habría evocado un sentimiento muy parecido al de la melancolía.
FÉLIX MIGUEL BRIÑÓN
|