Los espíritus de O Castelo

S.XVII. Seixas, una aldea de Malpica, por aquel entonces, hogar de la pobreza y del hambre.

Siempre hacía clima de invierno, llovía y los estrechos caminos, estrechísimos, eran barro y los altos pinos rebotaban al cielo la luz del día.

Por capricho e ironía de la vida, Seixas era más que la pequeña aldea de ahora. Había el doble de matrimonios y estos tenían demasiados hijos, como para alimentarlos bien.

Las mujeres se dedicaban a la agricultura y a cuidar de todos sus hijos mientras los hombres, que eran casi todos marineros y labradores, buscaban los tres pies al gato, para dar de comer a todos sus descendientes. Por eso, iban todas las noches a la mar, a pesar del enfado que tuvieran las olas, pues cuanto peor estuviera el mar más dinero sacarían. Y ocurría lo mismo que hoy, catástrofes y ahogamientos que se llevaban familias enteras.

Los espectros de aquellos marineros muertos de noche se resignaban a llegar al Purgatorio y se quedaban deambulando por el fondo del mar, a los pies de A Xareira y O Castelo, los montes de Seixas, justo en los más trepidantes acantilados. Se quedaban con el propósito de avisar a los pescadores y marineros de su desgracia para no repetir historia.

Una tarde, un matrimonio mayor, con diez hijos, sólo encontró patatas para cenar. El marido mandó a su mujer cocinarlas y fue a pescar a los acantilados de O Castelo. Pescó, pescó mucho y buen jurel, pero no le pareció suficiente para calmar el hambre de sus retoños y siguió pescando hasta bien entrada la noche.

Tan ensimismado estaba pescando, que no se dió cuenta de que se había levantado el viento, hasta que azotó su caña con severidad. Unas voces sepulcrales, doloridas y profundas le decían a coro:

-Marcha viejo ...que ya es hora y los encantos te van a llevar.-El eco se encargó de repetirlo y el pescador sin dar crédito a lo que decían las rocas guió sus ojos al fondo del mar. Unos cuerpos masculinos salían de él y trepaban por los acantilados sin esfuerzo ni dificultad hacia el viejo; se dirigian junto a él.

-Marcha viejo ...que ya es hora y los encantos te van a llevar- Repitieron.

El hombre dio un paso atrás acongojado y echó a correr. Suerte tuvo más que otros, que se convirtieron en estatuas de piedras, todavía hoy en los caminos del monte.

Tres dias después, el hombre no oía más que la frase estremecedora y, en el último suspiro, los encantos se lo llevaron, loco.

Hoy en día, en la casa del pescador, deshabitada, en ruínas y maldecida, los vecinos escuchan, cada noche de desastre marítimo, en la Costa de la Muerte:

-Marcha viejo...que ya es hora y los encantos te van a llevar.

CAROLINA RODRÍGUEZ VILLAR 1