Los Cuadros de Ingrid y John. (3)

 

 

 

 

El bendito columpio que les hacía transportarse más allá de sus cortas vidas. A veces parecían viajar hacia el pasado y otras hacia el futuro.

En su universo estaban tan pronto navegando por el Océano Pacífico, como caminando por ciudades que habían escuchado solamente de boca de sus padres o de sus profesores.

Clara abrazaba continuamente a Juan, pareciéndole cada vez más alto y robusto; Le veía con un hermoso y largo cabello que discurría en ligeras ondulaciones. Sentía sus fuertes brazos y su cuerpo varonil. Percibía su mirada dulce y amorosa, como si el muchacho hubiese nacido para amarla, para hacer que se elevase hacia un mundo solo existente en las almas de los poetas y soñadores. Ella escuchaba el dulce susurro de su voz. Sentía la tersura de sus lindos y gráciles dedos sobre sus cejas, su nariz y su mejilla. Percibía la enorme mano envolviendo su delgadito y suave brazo. Era fascinada por su imponente seguridad y confianza en la vida.

Clara, como la más delicada brizna de hierba acariciada por la más leve brisa de una dulce y bucólica tarde de verano, se mecía a cada pensamiento de Juan. Se dejaba llevar y flotar en un estado de ingravidez y liviandad maravillosas, que transformandola en aire de luz, se remontaba junto a su amado a mundos de inamarcesible belleza y armonía.

 

 

 

 

 

 

Origen del Cuadro del columpio

 

 

 

 

 

 

 

Signos de infinito forma de enlazar con energía luminosa dos estructuras

 

 

 

 

 

 

 

 

Salto del Soldado

 

 

 

 

 

 
 

 

 

 

 

 

     

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 

   

 

Ilustraciones: Maria Eliana Aguilera Hormazabal

Autores: María Eliana Aguilera Hormazabal/ Quintín García Muñoz

 

 

 

 

 

   

 

 

 

   

 

   

 

 

Revista Alcorac

 

 

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