LUCES DE FE MARIANAS
MIS EXPERIENCIAS MARIANAS
R.P. José
Luis González López, SDB
Recopilado por el Padre Jorge
de Jesús Fuentes Davison, SDB.
México, julio de 1990.
P r e s e n t a c i ó n
“…Ut videant opera vestra
bona et glorificent Patrem vestrum qui est in coelis”
(Mt. 5, 16)
“…Para que vean vuestras buenas obras y
con ellas glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos”
(Mt. 5, 16)
Ha sido proverbial en nuestra vida salesiana la
tierna y filial devoción que nuestro querido Padre José Luis González López SDB
ha profesado a la Santísima Virgen, bajo su advocación de María Auxiliadora.
Quienes nos hemos encontrado con él a lo largo de la
vida, hemos escuchado con emoción las mil y una anécdotas que, vistas a la luz
de la fe, son otros tantos signos, muchos de ellos prodigiosos, de la
intervención del Auxilio de María en su ministerio sacerdotal.
La lectura de estas espigas marianas, son otras
tantas florecillas recogidas en el jardín del hermoso
testimonio y ejemplo que el P. José Luis González nos ofrece en estas páginas.
El P. José Luis González nos ha hecho partícipes de
estos hermosos hechos marianos. Cada uno de ellos encierra una experiencia, una
vivencia. De todos ellos hay testigos que aún viven y ofrecen su gozoso
testimonio de la autenticidad y de la maravillosa percepción de lo sobrenatural
y divino de lo acontecido.
Todos estos hechos son un rosario de alabanza a la
Excelsa Señora, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, Auxiliadora en nuestra
vida cristiana.
En estos relatos se percibe la sencillez, la
naturalidad, la modestia que al mismo Don Bosco
caracterizó cuando en diálogo íntimo con María, la invitaba en su recorrido por
Francia, para acompañarlo con gracias y milagros. “Ea,
comencemos…” le decía y se lanzaba, dando su Bendición y actuando en su nombre.
Quienes lean estas páginas gozarán ciertamente de un
oasis de paz y de una sensación de serenidad que siempre nos ha infundido la
predicación, el ministerio, la palabra, el testimonio del P. José Luis
González.
Al conmemorarse los 150 años de la ordenación
Sacerdotal de Don Bosco el 6 de junio de 1841…sean
estas páginas la evocación de la prolongación de su “eficacia de palabra” que
pidió al Señor al ordenarse sacerdote y que el querido P. Luisito
ha tenido en plenitud como Confesor,
Director Espiritual, Consejero y Hombre de Dios.
México, D.F., 6 de Junio de
1991
R.P. Thelián Argeo Corona Cortés, SDB
I N
D I C E : 1Un Ave María
Año1928 +++ 2La Estampita de María Auxiliadora
Año1929 +++ 3La Cámara Fotográfica Año1933 +++ 4La Virgen Fiel Año1933 +++ 5Bondades
de María Año1940 +++ 6La víbora que no quiso morder Año1945 +++ 7La
Escarlatina Año1945 +++ 8La Leche Año 1945 +++ 9Caída Mortal Año1947 +++ 10Dos
niñas curadas por María Auxiliadora Año1947 +++ 11La lista que desapareció
Año1947 +++ 12El joven de los mezquinos Año1948 +++ 13Los 300 pesos Año1949 +++
14El General Año1949 +++ 15La Hernia Año1950 +++ 16La terrible polio Año1950
+++ 17El trueque de la Virgen Año1950 +++ 18Los cuidados de la Virgen Año1950
+++ 19Lección de fe Año1951 +++ 20El pozo providencial Año1951 +++ 21Con todo y
centavos Año1951 +++ 22Las Viguetas Año1952 +++ 23Pavimento nuevo Año1954 +++
24Telefonazo misterioso Año1954 +++ 25Una buena obra Año1956 +++ 26Una Madre
así nunca se olvida Año1958 +++ 27La casa que la Virgen se reservó Año1973 +++
28Siempre Madre Año1979 +++ 29La fe en María Auxiliadora Año 1982
Un Ave María
Año 1928
Me encontraba en el Colegio Italiano de Guadalajara (se trata de un antiguo Colegio Salesiano que se llamó “El Espíritu Santo”, y en tiempos de la persecución se llamó “Colegio Italiano”. Desapareció dicho colegio durante la persecución) como asistente (Asistente: Término salesiano que puede definirse como la presencia educativa y cotidiana entre los jóvenes con la finalidad de prevenir el pecado) de los muchachos. Cada mes los muchachos hacían el Ejercicio de la Buena Muerte (consiste en acercarse a los Sacramentos una vez por mes, en un día fijado para retiro espiritual, con la finalidad de arreglar las cuentas de conciencia como si realmente se debiese partir a la Eternidad) . Se confesaban y comulgaban. Todo se hacía con mucha reserva porque eran tiempos de persecución.
Había un muchacho de 17 años, originario de Sinaloa, llamado José Osuna, que llevaba algunos meses sin confesarse ni comulgar. El Padre Sutera, director del Colegio, me dijo: “A ver como le haces para que el muchacho se acerque a los sacramentos…”
Yo le empecé a hablar al muchacho. Y ese día del Ejercicio de la Buena Muerte platiqué con él alrededor de una hora. Yo pensaba que mis palabras lo animarían a hacer su confesión. Por eso, al final de nuestra plática, me animé a preguntarle:
1. Qué me dices… ¿Te confiesas?...
2. Pues no… Señor González, no me confieso.
3. ¿Por qué?
4. Porque… no me siento…
Esta actitud me desilusionó, pues mi trabajo había resultado inútil.
Por la tarde, todos los muchachos entraban en la capilla para una plática previa a las confesiones. Después de la plática, quien quería confesarse se quedaba en la capilla, quien no, podía salirse. Pues en esa ocasión el primero en salir fue Osuna.
Yo permanecí en los corredores para que, al salir de la capilla, los muchachos se fueran a su estudio. Al ver salir a Osuna le dije:
5. Osuna, ¿me haces un favor?
6. Sí, con mucho gusto. ¿Qué cosa quiere?
7. Que te vuelvas a la capilla.
Se puso reticente, pero le aclaré:
8. No, no creas que te vas a confesar. Mira, solo te vuelves a la capilla y rezas un Ave María. Después de esa Ave María te sales.
Me miró por un momento y se animó a ir. Y así, mientras el rezaba su Ave María allá adentro, yo la rezaba acá afuera. Y recé una, recé dos… y recé casi un rosario y el muchacho no salía. Yo me decía: “¿Por dónde se me habrá salido?” Tenía cierto temor de asomarme, pero al fin me asomé y vi al muchacho confesándose.
Cuando Osuna salió de la capilla, vino y me dijo:
9. Señor González, muchas gracias. Si viera qué contento me siento.
10. Las gracias debes dárselas a la Virgen – le dije –. ¿A mi por qué?
De esta manera vi cómo una sola Ave María pudo más que todas mis palabras.
+++
La Estampita de María Auxiliadora
Año 1929
Había llevado a
los muchachos de mi grupo escolar a realizar una comunión especial el día 24 de
abril, y la hicieron con mucha devoción. Al regresar al salón de clases les
di como recuerdo una estampita de María
Auxiliadora y los motivé a guardarla como un lazo de unión entre nosotros en
recuerdo de aquella comunión especial.
Pocos días
después, un muchacho llamado Aurelio Martínez me contaba, visiblemente
emocionado, un hecho maravilloso atribuido a la Virgen Santísima por medio de
su estampita.
El muchacho me
había pedido permiso para salir a cobrar al Banco un documento por valor de de
8000 pesos (de aquel entonces). Como aún debía acudir a sus clases y no tenía
nada escrito por parte de sus padres, no le permití salir. Al terminar las
clases, el muchacho sintió miedo de perder el documento y lo puso bajo la
estampita de María Auxiliadora dentro de su cartera, la cual llevaba en su
saco. Al llegar a su casa, como era tiempo de mucho calor, se quitó el saco y
lo colgó en el perchero del corredor, cerca de la puerta. Llegando el momento
de la comida su papá le pidió el dinero, y al enterarse de que Aurelio aún no
había cobrado el documento, se lo pidió para que no lo fuera a perder. Al
dirigirse al perchero descubrió, con grande agitación, que su saco ya no estaba
allí. Alguien había entrado a la casa y
se lo había robado. De inmediato, lleno de angustia, corrió a la calle con la
esperanza de ver al ladrón para alcanzarlo. Pero todo fue inútil, la calle
estaba desierta. Corrió de aquí para allá, más no logró nada. Completamente
desanimado iba de regreso a su casa cuando se acordó de la estampita de María
Auxiliadora que acompañaba al documento, entonces le pidió a la Virgen, con
mucha fe y esperanza, que se mostrara Madre devolviéndole aquello tan necesario
para él. Y con gran sorpresa suya, al cruzar la puerta de su casa vio la
cartera tirada en el piso; la tomó agitadamente y al registrarla encontró el
valioso documento a cuyo lado le acompañaba la estampita de María Auxiliadora.
Ante tan grande
favor, no pudo sino reconocer con gratitud la protección de tan buena Madre,
quien no defraudó la confianza depositada en Ella.
+++
La Cámara Fotográfica
Año 1933
Cierto día del mes
de abril se organizó un paseo de todo el Internado y me encargaron a los
muchachos mayores. El Padre Lamberto Bardossi, quien era el director, me prestó su cámara fotográfica
porque quería que le sacara algunas fotografías. Me dijo que se trataba de una
cámara finísima, por lo que me pidió que la tomara a mi cargo, la tuviera
siempre en mis manos y no se la diera a nadie.
No tomando tan en
serio su encargo, le pedí a un muchacho que me llevara la cámara; pero
habiéndolo visto el director, vino y me dijo: “No, usted llévela”.
El paseo fue
largo, pues fuimos a varios lugares, entre ellos Tonalá
y San Pedro Tlaquepaque. Tomé algunas fotografías
como me lo había pedido el director y caminamos hasta llegar a San Pedro Tlaquepaque donde debíamos tomar los camiones de regreso al
Colegio. Estando en el Parián, encargué la cámara –de
momento– a un muchacho llamado Carlos
Rizo para poder organizar la subida de los muchachos a los camiones. Pues
resulta que con el pendiente del regreso olvidé por completo el encargo hecho a
este muchacho. Una vez que estuvimos todos en los camiones emprendimos el
regreso a casa. Fue llegando al Colegio cuando me acordé del encargo. De
inmediato fui con él para pedirle la cámara, y con sorpresa descubrí que no la
traía consigo, y mas aún, que no sabía nada de ella.
“¿Cómo es posible que no te acuerdes dónde la dejaste si te la di en las
manos?” – le dije -. No hubo respuesta a mi pregunta.
Al poco rato de
haber llegado al Colegio, tanto los padres como los internos se dieron cuenta
de lo que pasaba. No faltó quien me dijera: “Olvida el asunto, es prácticamente
imposible que la recuperes”.
Con la confianza
puesta en María Auxiliadora le dije a los muchachos
que se fueran a la capilla a rezar tres Ave Marías mientras yo me iba con
Carlos al lugar donde le había entregado la cámara, con la esperanza de
recuperarla.
Ya de camino el
muchacho se puso a llorar. Le dije que lo que debíamos hacer era rezar el rosario
mientras llegábamos allá, y así lo hicimos. Al llegar al Parián
fuimos al lugar donde le había dado la cámara
y le pregunté por el sitio donde había ido después de allí. Recordó
haber ido a un puesto de nieves que se veía por allá. Aquel lugar estaba lleno
de gente a todas horas y por ese puesto pasaban cientos de gentes y aún de
borrachitos. Al vernos caminar de aquí para allá, la señora del puesto de
nieves nos preguntó por lo que buscábamos.
Yo le dije que el
muchacho había dejado en su puesto una cámara fotográfica. Ella me dijo: “¿Ah, esa cámara la tiene aquella señora que está sentada
allá!” Fuimos con ella y le preguntamos por la cámara.
Ella, a su , nos preguntó si era nuestra, a lo que respondimos que
sí. De inmediato nos entregó la cámara diciéndonos: “Yo estaba sentada aquí y
veía que la cámara llevaba rato sin que nadie la quitara del puesto de nieves;
y más rato, y más rato. Así que fui y la tomé”.
Una vez con la
cámara en mis manos regresamos al Colegio. Ya era de noche. Y entrando al comedor
donde cenaban todos, le di al Padre director su cámara ante el asombro de los
presentes.”
+++
La Virgen fiel
Año 1933
Era yo el
encargado de recoger las colegiaturas de los muchachos. Solía guardar las cosas
de valor que mis alumnos me daban, así como el dinero de todas las
colegiaturas, en el escritorio del salón donde daba clases.
En cierta ocasión
recibí, por concepto de colegiaturas, una fuerte cantidad de dinero. Pensaba
dejarlo dentro del escritorio, pero juzgándolo poco conveniente, quise
entregárselo al Padre Castelli, quien era Prefecto
del Colegio. Mandé a un muchacho, que me hacía de secretario, a buscar a dicho
Padre para entregarle el dinero, pero éste ya se había acostado. Entonces me
decidí a guardarlo en el escritorio encomendándoselo a María Auxiliadora.
Mientras me ocupaba de ello pasó por allí el Padre Lamberto
Bardossi, director del Colegio, el cual me preguntó:
-
¿Todavía no te vas a acostar?
Y al ver que yo
manejaba unos recibos, me dice:
-
¿Y a mí no me das un recibo?
-
Lo que le voy a dar es el dinero – le dije –.
Se lo dí y el Padre se lo llevó. Me aseguré de cerrar bien el
escritorio, ya que tenía allí una cigarrera de oro, varios objetos de valor,
dinero de otros alumnos y, para cuidar todo eso, una estampa de María
Auxiliadora. Una vez asegurado el escritorio me fui a dormir.
A la mañana siguiente, a la hora de clases, me percaté de
que no sólo el escritorio estaba abierto, sino que la chapa había sido forzada
y había unas gotas de cera dentro del cajón donde tenía los objetos y el
dinero. Era de suponerse que el intruso había llevado una vela para no encender
la luz del salón. Lo más curioso fue constatar que el intruso nada se había
llevado excepto una cosa: la estampita de María Auxiliadora. Dentro del cajón
había más de ochocientos pesos de aquel entonces y los objetos de valor de los
muchachos. Y con todo, nada faltó.
+++
Bondades de María
Año 1940
Corrían los
últimos días de agosto de 1940 (Por juzgarlo conveniente y para la mayor
claridad del relato narraré con mis palabras este episodio de acuerdo con los
datos proporcionados por el P. José Luis González). El entonces estudiante de
teología José Luis González López, que residía en el Instituto Teológico
Salesiano de San Salvador, recibió un telegrama inesperado: “Mamá está muy
grave. Ven si puedes. La encomendamos a Dios”.
La señora Dolores López Vda. de González, mamá de José Luis estaba enferma desde hacía varios meses. Debido a que por aquellos años la Inspectoría de México no estaba en condiciones de ofrecer la formación teológica a sus Salesianos, éstos debían ir a otros países a completar sus estudios; razón por la cual madre e hijo no se veían desde hacía 5 años, aunque mantenían frecuente correspondencia.

SITIO
E N
C O N S T R U C C I Ó N