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La ausencia histórica con relación al mimo ya ha sido
señalada por algunos autores. En la historia del teatro sólo
encontramos información respecto a cuán bueno fue cierto mimo o
tal otro y referencias a sus orígenes, las cuales son señaladas,
de manera marginal, en los momentos
de decadencia del teatro y nada más. En cambio, algo que nos
serviría, como una obra de Sófocles le sirve al teatro, no
existe.
Pero,
definitivamente, en el origen del mimo, su naturaleza era
corporal. El principio de nuestro arte se encuentra en las orgías
dionisíacas, esencia que posteriormente fue distorsionada por la
moral. Se permitió hablar, pero se sancionó hacer del cuerpo
signo de expresión. Las ménades y los sátiros debieron ocultar
sus actos y propósitos. La abstracción, la intelectualidad, la
palabra, reclamó para sí el establecimiento de lo correcto en
materia de realización escénica. Tal vez por dicha razón allí
se empezó a considerar de que la acción es cosa de personas de
escasa inteligencia. Por ello, durante mucho tiempo se dijo eso de
los deportes, ergo de los deportistas. Incluso hoy, a quienes se
dedican a una actividad corporal, son vistos despectivamente.
Probablemente,
por ello toda manifestación artística construida con acciones
corporales fue marginada y tratada como arte menor y desplazada en
el consenso de las artes, desconociendo en el mimo su condición
semejante a la pintura a la música.
El
cuerpo no podía permanecer inexpresivo, artísticamente tenía
que manifestarse y a pesar de la represión, la libertad encontró
la forma. En un primer momento, la danza, haciendo abstracción de
la acción, canalizó esa necesidad. Luego, la danza y el mimo se
hicieron uno, siendo dos manifestaciones de nuestra expresividad
corporal. Después de todo, en el universo la unidad está
compuesta por dos partes complementarias: materia y energía, o si
quieren, cuerpo y alma. Por ello, podríamos hacer la siguiente
analogía: el cuerpo es al alma, como el mimo a la danza. El mimo
es acción; la danza movimiento. En el mimo la acción nace y vive
del movimiento; en la danza el movimiento persigue la acción,
pero lucha por no llegar a ella.
Pero
la danza no fue el único medio. El cuerpo descubrió la
gesticulación, decir sin hablar, la capacidad de “hablar” sin
emitir sonidos. El cuerpo se hizo intelectual y satisfizo las
reglas. El teatro mudo o pantomima jugó ese papel. Veamos la
historia oficial: en el teatro griego, el texto era el elemento
principal, la palabra lo era todo, los movimientos escénicos eran
mínimos; los acolchados,
coturnos y máscaras no permitieron un gran desarrollo en ese
sentido, además no importaba. Aquellas representaciones tenían
como fin decir el texto: sólo perseguían la gloria del autor.
Mientras esto sucedía en los teatros (a donde acudían los
griegos cultos) en las plazas, ante el vulgo, tenía lugar el
espectáculo mímico nacido en el pueblo durante las fiestas
campesinas. Allí no habían máscaras, clámides
ni coturnos que limitaran los movimientos del actor. D'Amico, en
su Historia del Arte Dramático, lo describe como “un espectáculo
que presenta costumbres plebeyas en las que no faltan los númenes
(cualquiera de los dioses de la mitología clásica)... reproducen
interiores de una vida humilde... Son vivos y tienen un sabor
realista... cuadritos de un verismo más bien sucio... esbozo de
una existencia vulgar, mugrienta y un poco nauseabunda...“
En
Grecia, el auge del espectáculo mímico provocó la reacción de
los hacedores de teatro, quienes, para no quedarse atrás en la
competencia con el mimo, agregaron la acción corporal a su
trabajo escénico. Algo semejante podemos observar hoy cuando se
pretende multiplicar los esplendores de la representación teatral
para rivalizar inútilmente con el cine.
En
Roma, el mimo devino en pantomima. Sobre el origen de esta forma
hay algunos relatos, el más conocido está referido a Livíus
Andrónicus, un actor griego esclavizado por los romanos, quien
actuaba en espacios al aire libre. Las condiciones podemos imaginárnosla.
Cuenta la historia que Andrónicus se quedó afónico durante una
representación y para continuar, le pidió a uno de los coreutas
que dijera el parlamento mientras él hacía como que hablaba, y
¡oh, sorpresa! moviéndose y gesticulando se descubrió
subrayando corporalmente las palabras. Debido al éxito obtenido,
esta experiencia fue posteriormente repetida a propósito.
Los
romanos rendían culto al cuerpo y por ello lo que contaba en la
pantomima era el actor, así éste llegó a serlo todo. Al no
declamar mientras otro hablaba por él, el actor acabó por
suprimir la palabra y representar toda la obra con mímica. Para
compensar aquello, los movimientos corporales se realizaban de una
manera diferente a la ya conocida, hasta que paulatinamente alcanzó
un nivel técnico que permitió a la pantomima convertirse en el género
teatral más importante durante el imperio romano. Se sabe que en
Roma mimos y poetas competían: Cicerón desafió a Roscio a que
tradujera por gestos sus oraciones retóricas y el célebre
comediante lo hizo perfecto. Asimismo, emperadores fueron mimos,
cuán buenos, no lo sabemos; algunos parece que con poca fortuna,
como Calígula, quien obligaba a sus espectadores a permanecer en
la sala bajo pena de muerte.
En
Roma, la pantomima decayó hasta casi desaparecer y tuvo un nuevo
auge en Italia a mediados del siglo XVI con la aparición de la
Commedia dell'arte. Esta
forma de representar surgió ante la decadencia del teatro de la
palabra en forma semejante a lo acontecido en Grecia y en Roma.
Entonces, como ahora, el actor que vivía de su trabajo necesitaba
una obra exitosa que atrajese al público; al no encontrarla
decide “hacer lo que pueda”, y creó la Commedia dell'arte.
A
fines del siglo XVI, los actores de la Commedia dell'arte fueron
llamados desde Francia por Enrique III a pedido de su madre
Catalina de Medicis. Pero la libertad que se tomaron
para interpretar sus obras, en las que claramente aludían
a personajes de la sociedad, provocó que los expulsaran de
Francia en 1697. Pero esta forma de actuar ya se había enraizado
en el pueblo, quien, además, con el tiempo, hizo suyo a Pedrolino,
uno de los personajes que, replanteado y recreado por Debureau, se
convirtió en Pierrot. De esta forma la Commedia dell'arte permitió
el nacimiento de la pantomima francesa. Sobre ésta dice
Jean-Louis Barrault en sus “Reflexiones sobre el teatro”:
“Sus obras no llenan nuestras bibliotecas ni nuestros museos. Se
trasmiten, pues difícilmente. Ésa es su falla. Ése es su lujo.
No tenemos ninguna idea del mimo de los antiguos. Se sabe que era
de origen báquico. Se dice que fue a menudo burlesco y hasta
obsceno. Ni siquiera sabemos exactamente qué estilo de pantomima
tenía Debureau... quedamos reducidos, como para muchas otras
cosas, a la intuición intelectual”.
Hasta
que apareció el cinematógrafo y la escenificación corporal tuvo
su último auge importante. El cine en sus inicios aún no contaba
con un lenguaje propio. En esa época destacó Charles Chaplin, y
aunque reconocemos su talento artístico, también debemos aceptar
que no aportó nada importante al mimo, pues Chaplin no necesitó
desarrollar su lenguaje. Hasta ahí, de manera sucinta fue la
historia de nuestro movimiento, la misma que, como dice Barrault,
no puedo asegurar.
Pero
hay aún otra parte de historia, la contemporánea, la cual
comienza con Etienne Decroux, quien en 1929 comienza sus estudios,
se interesa por el cuerpo, explora e inventa, enseña lo que va
hallando y aprendiendo, es un observador meticuloso del
comportamiento corporal, un estudioso profundo. “Después de
haber visto en el museo las obras de Egipto o del impresionismo se
sale avergonzado de ser actor”, dice Decroux y renuncia a la
pantomima. Es el primero en considerar al Mimo como un fin y no
como medio o complemento de otro arte, y esboza sus fundamentos.
Entre los principales alumnos de Decroux podemos citar a
Jean-Louis Barrault, con quien trabajó al principio de sus búsquedas;
a Marcel Marceau, quien modernizó la vieja pantomima francesa
utilizando la técnica de Decroux, y a Ángel Elizondo, quien, a
mi juicio, inició un verdadero desarrollo y crecimiento de este
arte transitando vías nuevas, experimentando, arriesgando y
logrando resultados como el “Esquema de la Expresión
Corporal” con el que una nueva generación de mimos estudiamos y
trabajamos. Pero debemos advertir que la edificación del mimo se
encuentra en proceso; los maestros han hecho su parte y continuar
la construcción está en nuestras manos.
Aquí
quiero señalar que cuando hablamos de nuestro arte es un lugar
común referirnos al mimo que se hacía en Grecia como si se
tratara de la disciplina que practicamos hoy en día. Éste es un
error generalizado. La palabra griega mimo significa imitación de
la realidad; el mimo (en Grecia) imitaba la vida que veía, era
una forma hablada y cantada, además de corporal. El arte que hoy
cultivamos, en el cual se prescinde del lenguaje verbal, es creación
de Etienne Decroux; él llamó a su disciplina “mimo
Corporal”, circunscribiendo el campo de su práctica; pero con
el uso se eliminó la palabra “corporal”, así como decimos
cine y no cinematografía.
No
quiero terminar este tema sin hacer una pequeña referencia al
mimo en Perú, donde tenemos la fortuna de contar con un grupo de
personas esforzadas que trabajan por el desarrollo y difusión de
este arte, entre ellos quiero destacar al señor Jorge Acuña
Paredes.
ARCOS,
Juan.
Mimo, elemental
Lima
Ed. Corazón de Oso 2001
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