joan gonzález felís
periodista free-lance con base en barcelona | redactor profesional desde 1987 | escritor de biografías
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  fragmento de "la niña muerta" (biografía de maría castro)

Los fines de semana Margarita comenzó a ir a Barcelona con Remedios, para hacer estraperlo de maíz junto al canódromo de la Travessera de Les Corts. Para no dejarme sola, me enviaba a casa de tía Angelina. Era una finca señorial propiedad de su suegro, el señor Antonio, un industrial téxtil adinerado que conservaba una buena planta a pesar de su edad.

El bebé de tía Angelina estaba enfermo de los pulmones. A veces, me dejaban acunarle en su dormitorio, que debía permanecer a una temperatura estable. Contra una de las paredes se apoyaban unas botellas de oxígeno, que otorgaban un aspecto inquietante a la estancia.

Una tarde en que le daba el biberón al niño mientras los mayores dormían la siesta, el señor Antonio entró en la habitación en penumbras. Su cara mostraba una expresión diferente, extraña, a la que conocía hasta entonces. Se aproximó lentamente y tomó mi mano sin articular palabra. La suya temblaba. Se acercó un poco más, hasta frotar su cadera contra mi espalda. Se sentó en la cama, a mi lado. Me quitó el biberón y comenzó a alimentar él mismo al niño. No dejaba de mirarme. Me quedé inmóvil y sospeché que algo extraño, no sabía qué, estaba sucediendo. En esa primera ocasión, el hombre no se atrevió a decirme nada.

No pasó nada nuevo hasta que la esposa del señor Antonio fue operada del pecho. Toda la familia, excepto él y yo, se desplazó a la clínica. La criada libraba. Estábamos solos en el comedor de la casa, una sala amplia con una gran vidriera que mostraba el jardín, la carbonera y el garaje. El viejo bajó la persiana hasta la mitad. Nos quedamos en una semi oscuridad.

Se sentó en el sofá y me pidió que me acercara:

-¿Te gustan los dulces Mari?

Me mostró unos caramelos enormes y alargados. Me entregó un par de ellos. No recuerdo si eran de fruta o chocolate. Debí partirlos en trozos porque no cabían enteros en mi boca. Terminé con ellos y le miré pidiendo más golosinas. Él sonrió. Se puso un caramelo en el bolsillo del pantalón y me dijo que lo buscara. Comencé a palpar en el interior de su ropa, como en un juego. Lo encontré. Me lo comí. Tenía la mano pringada de dulce. Quise buscar otro, pero él me pidió que lo hiciera con mi mano limpia. De nuevo palpé entre las telas. Así pasamos una parte de la mañana. El hombre se las apañaba para que me costara encontrar los caramelos y para que no me diera cuenta de que entre ellos había alguna cosa interpuesta. Pero yo notaba que algo grande se movía camuflado tras el forro del bolsillo.

habiendo fracasado en todos los oficios, decidí hacerme periodista mark twain

 

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