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de "la niña muerta"
(biografía de maría castro) Los
fines de semana Margarita
comenzó a ir a Barcelona con
Remedios, para hacer estraperlo
de maíz junto al canódromo de
la Travessera de Les Corts. Para
no dejarme sola, me enviaba a
casa de tía Angelina. Era una
finca señorial propiedad de su
suegro, el señor Antonio, un
industrial téxtil adinerado que
conservaba una buena planta a
pesar de su edad.
El bebé de
tía Angelina estaba enfermo de
los pulmones. A veces, me dejaban
acunarle en su dormitorio, que
debía permanecer a una
temperatura estable. Contra una
de las paredes se apoyaban unas
botellas de oxígeno, que
otorgaban un aspecto inquietante
a la estancia.
Una tarde en
que le daba el biberón al niño
mientras los mayores dormían la
siesta, el señor Antonio entró
en la habitación en penumbras.
Su cara mostraba una expresión
diferente, extraña, a la que
conocía hasta entonces. Se
aproximó lentamente y tomó mi
mano sin articular palabra. La
suya temblaba. Se acercó un poco
más, hasta frotar su cadera
contra mi espalda. Se sentó en
la cama, a mi lado. Me quitó el
biberón y comenzó a alimentar
él mismo al niño. No dejaba de
mirarme. Me quedé inmóvil y
sospeché que algo extraño, no
sabía qué, estaba sucediendo.
En esa primera ocasión, el
hombre no se atrevió a decirme
nada.
No pasó nada
nuevo hasta que la esposa del
señor Antonio fue operada del
pecho. Toda la familia, excepto
él y yo, se desplazó a la
clínica. La criada libraba.
Estábamos solos en el comedor de
la casa, una sala amplia con una
gran vidriera que mostraba el
jardín, la carbonera y el
garaje. El viejo bajó la
persiana hasta la mitad. Nos
quedamos en una semi oscuridad.
Se sentó en
el sofá y me pidió que me
acercara:
-¿Te gustan
los dulces Mari?
Me mostró
unos caramelos enormes y
alargados. Me entregó un par de
ellos. No recuerdo si eran de
fruta o chocolate. Debí
partirlos en trozos porque no
cabían enteros en mi boca.
Terminé con ellos y le miré
pidiendo más golosinas. Él
sonrió. Se puso un caramelo en
el bolsillo del pantalón y me
dijo que lo buscara. Comencé a
palpar en el interior de su ropa,
como en un juego. Lo encontré.
Me lo comí. Tenía la mano
pringada de dulce. Quise buscar
otro, pero él me pidió que lo
hiciera con mi mano limpia. De
nuevo palpé entre las telas.
Así pasamos una parte de la
mañana. El hombre se las
apañaba para que me costara
encontrar los caramelos y para
que no me diera cuenta de que
entre ellos había alguna cosa
interpuesta. Pero yo notaba que
algo grande se movía camuflado
tras el forro del bolsillo.
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