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SANGRE GORDA de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero
Habitación en casa de Candelita,
linda costurera de Arenales del Río (Sevilla). Una puerta a la
izquierda y otra a la derecha.
FIN |
(diálogos en perfecto castellano)
«Grande pena es
la de un ciego
que no ve por dónde va,
pero mayor es la mía,
que no sé tu voluntad.»
¡Por vida del merengue! ¡Ya cosí una manga al revés!
(Suelta la costura
y se levanta sofocadísima).
Señor, si no es posible; si no
tengo la cabeza en la costura.
¡Ay, qué condenación de hombres!... ¿Dónde he echado mi abanico?
¿Dónde he echado mi abanico?
Aquí está. (Se abanica con furia). Como San Lorenzo voy yo a morir
por ese sangre gorda de Santiago: ¡achicharrá! ¡Jesús, qué sofoco!
Soplo y caliento el aire.
(Pasea unos momentos
rabiosa y como dándose razones a sí misma):
Mira, Candelita, vamos a
coser, que te tiene más cuenta.
(Vuelve a sentarse a ello).
Digo, a descoser; porque ahora
tengo que descoser esta manga.
(Lo hace de un tirón).
Por poquito la rompo.
Y luego, pague usted la
tela... ¡Mal fin tengan los hombres!...
(Cantando como antes).
«Grande pena es la de un ciego
que no ve por dónde va...»
(Se levanta repentinamente
de un salto). ¡Ea, que no
coso!, ¡que no coso y que no coso! ¡Si no puedo coser!
¡Si por las uñas me está saliendo electricidad!... ¡Ay!
(Pasea, se sienta, se
levanta, se abanica y no está un punto quieta)
¡Ay! Es que se dice muy
pronto, señor: dos años. ¡Dos años! Se dice muy pronto: dos años. Ya
está: ¡dos años! Enero, el carnaval, la cuaresma, la Semana Santa,
la primavera, el verano, los baños en el río, la vendimia y las
zambombas de Nochebuena. ¡Dos años! Y empiece usted otra vez con
enero y acabe usted con el Niño Dios. ¡Dos años! Se dice muy pronto:
¡dos años! Dos años viniendo a mi casa día por día ese plomo de
hombre, gustándole yo —porque sé que le gusto—, gustándome él
—porque eso es lo más malo, que él me gusta— y sin haberme dicho
todavía: «Candelita... arrímese usted a mí, que voy a encender un
cigarro».
¡Ay, qué sangre más gorda le ha dado su Divina Majestad! En todo
Arenales del Río no se encuentra otro. ¿Qué habré yo hecho, para que
Dios me castigue de esta manera? ¡Yo, que soy una tira de
triquitraques, enamorada de un hombre que hasta en apagar un fósforo
echa tiempo! ¡Y no hay más que hacer así!
(Sopla con vehemencia).
Y ya está apagado. Por
supuesto, que se acabaron los rodeos. De hoy no pasa que aclaremos
la situación. O me dice sus intenciones, o le digo que me está
perjudicando y que no vuelva. ¡Que no vuelva!... Si ahí está la
dificultad: que yo quiero que vuelva... ¡Por vida del merengue!...
(Se sienta otra vez a coser).
De todos modos: no lo sufro
más. ¡Yo no voy a pasarme la juventud aguantando a ese chinche! De
hoy no pasa; no pasa.
(Canta de nuevo):
«Dos vereditas iguales:
¡cuál de las dos cogeré!
Si cojo la de mi gusto
mi perdición ha de ser».
Ahí viene ya. Ya siento sus
andares. Para echar una pierna le pide permiso a la otra... y no se
lo da todas las veces. ¡Jesús!
(Dentro).
¿Se puede pasar?
Adelante.
(Pausa).
¡Adelante!
(Nueva pausa. Levantándose
y abriendo la puerta de la izquierda).
Pero ¿se ha muerto usted?
(Aparece Santiago).
Me estaba escondiendo...
Buenos días.
Me estaba escondiendo las correíllas de las botas.
Como sé que a usted no le gusta que se me vean...
¿Y no ha tenido usted tiempo
en toda la mañana para esconderse las correíllas?
Tener tiempo, sí he tenido
tiempo; sino que no me he acordado hasta el momento mismo en que
pregunté si se podía pasar. ¡Las cosas de la memoria, que vaya usted
a entenderla!
(Reprimiendo la primera
fresca del día).
Bueno: siéntese usted, si
quiere, que estará usted cansado del ejercicio.
(Se sienta ella).
(Santiago es un mozo del
pueblo, pulido y simpático, pero despacioso de lengua, de
movimientos y de ademanes, hasta la desesperación).
Ahora me sentaré. Antes voy a dejar el sombrero en otra silla.
(Va a dejarlo, en efecto, y previamente sacude el asiento con el
pañuelo).
No se mancha: no tenga
usted cuidado.
Es la costumbre del café.
Ya.
¿Su papá de usted está bueno?
Está bueno: gracias.
¿Y su mamá de usted, está
buena?
(Atajando el padrón).
Está buena toda la familia.
¿La hermanita buena también?
¿No le digo a usted que toda
la familia?
¿Y tito Juan?
¡Tito Juan es hermano de mi
madre!
Pero ¿está bueno?
¡Ay!
¿Qué le pasa a usted?
Nada.
Voy a sentarme ya.
(Acerca una silla a la de Candelita,
y le sacude el asiento como a la otra).
¡La costumbre del café!
Eso mismo.
Si no fuera usted al café
perdería la dichosa costumbre.
Poco va a durar. Porque vengo
notando hace dos años que el café me excita.
¡Sí! ¡Si lo que le conviene a
usted es zarzaparrilla, para refrescar la sangre!
¡Je! Ha tenido usted salero.
¡Lo que me gusta a mí hablar con usted, Candelita!
¿Ah, sí? ¡También lo vengo yo
notando hace dos años!
¡Je! Y es curioso esto. Al
principio nos hacían la tertulia su papá de usted, su mamá de usted,
su hermanita de usted, y el tito Juan de usted. Pero primero el
papá, que su carpintería; luego la mamá, que los quehaceres de su
casa; después el tito Juan, que no se haya a gusto más que jugando
al tute, y por fin la hermanita, que si las amigas, que si qué sé yo
qué... Total: que nos han dejado solos a usted y a mí.
Pues tenga usted cuidado no se
quede usted solo del todo.
¿Es que va usted a salir
quizás?
¡Por peteneras!
¡Je! Siempre de guasita.
¡Siempre!
Pero, ¿de veras va usted a
salir?
Sí, señor: a entregar una
falda.
¿A qué hora?
¿Qué hora es?
¿Hora? Verá usted. Yo arranqué
de mi casa a las diez y cuarto. De mi casa al café, que está allí a
la vera, diez minutos. Total: las diez y veinticinco. Tomé café con
leche... y una copita. Total: las once menos cuarto. Fui a la bodega
de don Rufino: las once menos diez. Discutí con él si se sulfatan
las viñas o si no se sulfatan: las once y cinco...
(Estallando).
Pero, arma mía, ¿no tiene
usted reloj?
Tengo reloj; sino que me gusta
calcular la hora en el aire.
¡Es que mientras usted la
calcula suena el de la iglesia!
Mejor si suena: porque
entonces pongo bien el mío.
¿Y qué hora tiene usted en el
suyo?
(Después de sacar el reloj
y de aplicárselo al oído).
¿Por la iglesia o por la
estación?
(Levantándose).
¡Por el demonio que se lo lleve a usted! Déme usted el reloj.
(Se lo quita de la mano,
lo mira y se lo devuelve furiosa).
¡Las doce menos cuarto! ¡Ya salimos de dudas! ¡Jesús con el hombre!
¡Qué viva de genio es usted!
No, hijo mío, es que no puede
aguantarse que lleve usted reloj y pierda tanto tiempo calculando
las horas.
¿Y a que no sabe usted por qué
lo hago? Todo tiene su porqué. Por si algún día se me olvida el
reloj. Como me acuesto a oscuras todas las noches, por si alguna vez
se me olvidan los fósforos.
¿Y por qué no prueba usted a
andar deprisa un día, por si alguna vez se le olvida andar despacio?
No se me olvida, no. Eso va
con mi natural. Yo salgo a mi padre.
Ah, ¿de manera que es
herencia? ¿No tiene arreglo?
Ni falta. El pobrecito de mi
padre me lo decía: «El que anda aprisa es el que tropieza.
Déjate de ir despacito. Despacito; despacito...»
¡Pues sí que está usted bien
educado! (Se
sienta).
¡Que si lo estoy! Mi padre era
un hombre de mucha ciencia. No abría la boca si no era para soltar
una máxima. En fin, nació pobre lo mismo que el hambre, y me dejó
los pedacillos de tierra que tengo... Nada más una pena se llevó al
otro mundo.
¿Cuál?
No haber podido darme una
carrera.
¡A usted no le da una carrera
ni su padre ni toda su casta!
¡Je! En el sentido del
estudio, Candelita. Yo empecé a estudiar.
¿Para qué?
Para el telégrafo.
(Soltando la risa).
¿Para el telégrafo usted? ¡Ja, ja,
ja!
Para el telégrafo; no se ría
usted; para el telégrafo.
(Volviendo a levantarse).
¡Vamos, hombre! Hizo usted
bien en no seguir. ¡Primero que los partes de usted llegaban todas
las cartas! ¡Aunque las llevaran andando!
¡Qué viva de genio es usted!
También es herencia.
¿Sí?
Sí, señor.
(Pausa. Santiago la mira
embelesado. Ella, alentando alguna esperanza de que el hombre se
anime v rompa de una vez, lo estimula con miraditas zalameras).
Siempre ha de estar usted con
la risa en los labios.
Siempre, no.
Delante de mí por lo menos.
Eso es otra cosa. Todo tiene
su porqué, como ha dicho usted antes.
¿Sí?
Ya se ve que sí... ¡mala
persona!
¡Mala persona dice!... ¡mala
persona!... ¡Je! (Nueva
pausa. Candelita lo mira fijamente. Él la mira también, pero sin
darse clara cuenta de la intención que ella pone en sus ojos. Al fin
exclama):
¡Qué gracia tiene cuando dos se llevan un rato así como nosotros,
nada más de mirándose, sin decirse nada y como si se dijeran
algo!... Eso pasa mucho.
(Desesperada).
¡Mucho pasa! ¡Mucho!
(Levantándose).
¿Me deja usted que me fume un
pitillo?
¡Fúmese usted aunque sea un
cohete!
Si le incomoda a usted, no
fumo.
¿A mí incomodarme? ¡Ya puede
usted fumar hasta que se le acabe el resuello!
¿Pero qué bicho le ha picado a
usted de pronto?
¡Que no encuentro un ovillo...
que estoy buscando hace dos años!
¡Vaya una cosa! No es para
sofocarse de esa manera.
(Se asoma a la ventana y
se distrae en soplar despaciosamente el humo del cigarro).
Misté, misté cómo se va el
humito.
(¡Ay! ¡Yo no puedo más! ¡Yo
tiro por la calle de en medio!)
(Se sienta).
¿Sale de aquí el señor
Frasquito, el de la Zambrana?
De aquí sale.
A la cuenta de hablar con su
papá de usted.
De hablar con mi papá, sí,
señor.
Son muy amigos.
¡Muy amigos. Y ahora tratan
de ser algo más. Como el señor Frasquito tiene un hijo mozo...
¡Ah, sí!... Juan María. Muy
simpático.
¿Verdad que lo es?
Muy simpático, y muy
formalito... y de lo mejor que hay en Arenales.
¡Vaya! Me alegro de que
piense usted así.
¿Le gusta quizás su hermanita
de usted?
No, señor.
(Se señala ella).
¿Cómo?
(Candelita
vuelve a señalarse, sonriendo).
¿Qué?
¡Que le gusto yo!
(Asombrado).
¿Que le gusta usted?
¡Sí, hijo mío! ¡Que le gusto
yo! ¿No puedo yo gustarle a la gente? ¡Ni que fuera yo el león del
correo de Córdoba, que dice mi papá que es lo más feo que ha visto
en el mundo!
Pero ¿usted ha hablado alguna
vez con Juan María?
¡Muchas veces! ¿No ve usted
que somos vecinos?
Guasitas ahora no. Digo que
si ha hablado usted con él de estos particulares.
¡Ya lo creo!
¿Cuándo?
De estos particulares, anoche
mismo.
¿Anoche?
Anoche.
¿A qué hora?
¿Hora? Verá usted:
(Remedándolo con mala
sangre).
Yo acabé de comer... serían
las ocho. Sí: las ocho eran; recuerdo que dieron las Ánimas. Estuve
luego de palique con Mariquita la de aquí al lado. Total: las ocho y
diez. Después vino el periódico y le leí a mi papá la sesión de
sucesos. Total: las ocho y veinte. En seguida entró usted... y
charlamos como de costumbre. Total: las diez y media. Se fue
usted...
¿Pero se guasea usted,
Candelita?
No, señor: ¡echo las cuentas
en el aire, por si algún día se me olvida el reloj!
Es que a mí me corre prisa
saber...
Es usted muy vivo de genio.
Despacito, despacito... que el que anda aprisa es el que tropieza,
como le enseñó a usted el talento de su papá. ¡Qué talento de
hombre! ¡Oh!
Vamos, vamos... Óigame usted
en serio.
¿Qué pasa?
Pasa... pasa... Haga usted el
favor de sentarse a mi lado.
¡Digo!
(Lleva una. silla junto a la de
Santiago, busca tranquilamente un trapo cualquiera, dando lugar a la
extrañeza y a la impaciencia de él, y acaba por sacudir el asiento
con sorna).
¿Qué hace usted, niña?
¡La costumbre del café! Todo
se pega.
¿No le he dicho a usted que me
oiga en serio?
Pero, ¿quién se ríe?
Usted por dentro, Candelita.
Ea, pues ya me tiene usted
como un juez, por dentro y por fuera.
¿Es verdad eso de que usted
le gusta a Juan María?
Cruce usted la calle y
pregúnteselo usted a él, ya que, por lo visto, es un fenómeno que yo
pueda gustarle a ese hombre.
¿Y es verdad que Juan María le
gusta a usted?
Sí, señor, que me gusta.
¿Que le gusta a usted?
¡Que me gusta, Santiago, que
me gusta! ¿Y sabe usted por qué me gusta? ¡Porque tiene sangre en
las venas en vez de manteca colorada! ¡Porque si me ve a la puerta
de mi casa, se acerca a mí y me dice veinticinco flores en un
minuto!
(Se levanta para hacer a
lo vivo la escena).
«¡Graciosa!, ¡bonita!, ¡carita
de cielo!, ¡boquita de miel!, ¡cuerpecito de pluma, que echas a
andar y hasta las farolas de la calle se encienden solas para
alumbrarte!, ¡benditos sean los ojos con que me estás mirando!, ¡y
la boca con que te ríes de mí!, ¡y la manita con que me paras para
que no me acerque!, ¡y la camita donde vas a acostarte para soñar
conmigo!..., ¡y bendita seas tú de arriba abajo!»
¡Y esto me lo dice con fuego en los ojos, con calor en las palabras,
con cariño para siempre; como les dicen los hombres las cosas a las
mujeres que quieren para ellos, no como dice usted si se sulfatan o
no se sulfatan las viñas! ¡Sangre gorda! ¡Ya tiene usted explicado
por lo que me gusta ese hombre!
(Vuelve a sentarse, pero
lejos de él).
(Aplanado por la
revelación).
¡Bueno está! Me ha dejado usted sin temperatura. ¿Es decir que de
nada me ha servido a mí venir a esta casa desde hace dos años, un
día tras de otro, sin faltar ninguno?
El único que ha ganado ha
sido el sillero.
Deje usted las guasitas.
Si es que no entiendo lo que
quiere usted decirme.
(Un poco emocionado).
Señor, que de nada me ha
servido venir a su casa todos los días... para que usted comprenda
que la quiero.
(Fingiendo gran sorpresa,
tras un movimiento de alegría).
¿Que usted me quiere a mí?
¡Pero si estoy viniendo todos los días!
¡Hijo de mí arma, también el
de las burras de leche viene todos los días a dejar un cuartillo
para mi madre, y hasta ahora no sé yo lo que le parezco!
¿Va usted a comparar una cosa
con otra?
Pero, ¿usted me ha dicho
alguna vez que le gusto?
Yo... yo..., ¡yo estoy
viniendo desde hace dos años todos los días!
¿Y pensaba usted seguí lo
mismo?
¡Claro! Hasta ver...
¿Hasta ver qué?
Hasta ver... hasta ver...
¡Hasta ver si yo le tiraba el
costurero a la cabeza!
(Se levanta).
¡Es usted muy viva de genio!
Muy viva. Y usted no perdía
nada con cambiar el suyo con un amigo.
Yo hago todo lo que usted me
mande.
¿A que no?
¿A que sí?
(En tono de burla).
Pues ahora cuando salga usted,
busca usted a mi papá, se acerca usted a él... y le da usted la
enhorabuena.
(Con recelo).
¿La enhorabuena? ¿Por qué?
Porque ha sabido usted... que
Juan María... se entiende con mi hermana Dolores.
¿Pero es con Dolores con
quien se entiende Juan María?
¡Naturalmente, alma de
cántaro!
(Loco de contento).
¡Hombre!..., ¡hombre!..., ¡me
vuelve la temperatura! Y eso, ¿cuándo ha sido? ¿Cómo ha sido?
¿Cómo había de ser? ¡Como son
esas cosas! Le gustó el domingo, se lo dijo el lunes, y se quiere
casar el martes.
Muy deprisa va eso..., ¡pero
me vuelve la temperatura!
¿Sí, eh? Pues mucho ojo, y no
dé usted lugar a que se le vaya otra vez para siempre.
¡Yo seguiré viniendo todos
los días!
(Aterrada).
¿Quéeeee?
(Temeroso).
¿Va usted a prohibirme venir?
Lo que le digo a usted es una
cosa: que si he de quererlo, tiene usted que tomar una medicina para
aclararse la sangre. Las máximas del sabio de su papá se las guarda
usted para un librito. Mañana, a las cinco de la mañana, voy a la
ermita de la Luz a rezarle a la virgen: es devoción que tengo el día
13; a las siete voy a la Plaza a ver si hay flores; si no las hay
allí, voy al huerto de Pepa; luego voy al río, a pasearme por la
orilla; después a casa de Manuela Romero, que tiene una chiquilla
mala; después a misa a San Francisco: después aquí a almorzar; me
asomaré durante el almuerzo a la ventana de la calle Larga, al
balcón que da a la calle Corta y a la azotea por el pretil desde
donde se ve la Plazuela; después de almorzar voy a casa de la
Garbosa a entregarle una falda, a casa de doña Réditos a entregarle
una blusa, y a casa de don Andrés a ver si me paga lo que me debe. Y
después a la confitería, y después a comprá unos encajes, y después
a recoger unos zapatos nuevos... y después donde se me ocurra. Pues
bueno: en todos esos sitios quiero verlo a usted al llegar y al
irme.
(Santiago se levanta
asombrado).
Y si falta usted en uno solo,
voy yo a tardar en decirle a usted si lo quiero lo que usted ha
tardado en decírmelo a mí. Conque hasta mañana si Dios quiere.
(Se va resueltamente hacia
la puerta de la derecha).
¡Pero escuche usted,
Candelita!...
Hasta mañana si Dios quiere.
¡Pero comprenda usted que en
tres calles a un tiempo!...
¡Así se demuestra el cariño!
¡Hasta mañana si Dios quiere!
(Entra decidida por la puerta de la
derecha, dejándolo con la palabra en la boca).
Hasta mañana si Dios quiere...
Sí; porque de pasado... yo no respondo de estar vivo. Conforme del
todo en que yo tome una medicina para aclararme la sangre; pero
conforme del todo también en que ella necesita echarle un poquillo
de hierro a la suya. ¡Compadre, qué sangre más ligera gasta la niña!
En fin, lo principal ya lo he logrado. Mi padre me lo dijo siempre:
«En el surco hay que derramar el grano a poquito a poco...» Hasta
mañana si Dios quiere.
(Se va por la puerta de la
izquierda, mirando hacia la otra).
(Saliendo por donde se
fue).
¡Ay! ¡Ha necesitado
banderillas de fuego... pero ya esto es vivir!
(Se a soma a la ventana
muy contenta).
¡Hasta mañana, Santiago!
(Dentro).
¡Si Dios quiere, Candelita,
si Dios quiere!
(Retirándose de la
ventana).
Sí querrá. ¿Por qué no ha de
querer, si los dos queremos?
(Al publico):
La que quiera como yo,
sepa que yo le deseo
un novio de lo mejor:
torpe o listo, guapo o feo,
¡pero sangre gorda no!
FIN
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