SANGRE GORDA

de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero

 

Habitación en casa de Candelita, linda costurera de Arenales del Río (Sevilla). Una puerta a la izquierda y otra a la derecha.
Al foro una ventana sin reja que da a un patio lleno de luz. Pocos muebles. Entre ellos una máquina de coser, un costurero y un bastidor para bordar.
Candelita, sentada cerca de la ventana, cose y canta a la vez, desasosegada y nerviosa. Ella es una pólvora, como suele decirse, y se halla, además, en un momento crítico de su corazón.

Anotaciones de los autores, en letra cursiva negra.
Texto de Candelita en color rosa.
Texto de Santiago en color azul.


«Grande pena es la de un siego
que no ve por donde va,
pero mayor es la mía,
que no sé tu voluntá.»

¡Por vía der merengue! ¡Ya cosí una manga ar revés!
(Suelta la costura y se levanta sofocadísima). Señó, si no es posible; si no tengo la cabesa en la costura.
¡Ay, qué condenasión de hombres!... ¿Dónde he echao mi abanico?  ¿Dónde he echao mi abanico?
Aquí está.
(Se abanica con furia). Como San Lorenso voy yo a morí por ese sangre gorda de Santiago: ¡achicharrá! ¡Jesú, qué sofoco! Soplo y caliento el aire. (Pasea unos momentos rabiosa y como dándose razones a sí misma). Mira, Candelita, vamos a cosé, que te tiene más cuenta. (Vuelve a sentarse a ello).
Digo, a descosé; porque ahora tengo que descosé esta manga. (Lo hace de un tirón). Por poquito la rompo.
Y luego, pague usté la tela... ¡Mar fin tengan los hombres!... (Cantando como antes).

«Grande pena es la de un siego
que no ve por donde va...»


(Se levanta repentinamente de un salto). ¡Ea, que no coso!, ¡que no coso y que no coso! ¡Si no pueo cosé!
¡Si por las uñas me está saliendo elertrisidá!... ¡Ay!
(Pasea, se sienta, se levanta, se abanica y no está un punto quieta)  ¡Ay! Es que se dise muy pronto, señó: dos años. ¡Dos años! Se dise muy pronto: dos años. Ya está: ¡dos años! Enero, er carnavá, la cuaresma, la Semana Santa, la primavera, er verano, los baños en er río, la vendimia y las sambombas de Nochebuena. ¡Dos años! Y empiese usté otra vez con enero y acabe usté con er Niño Dios. ¡Dos años! Se dise muy pronto: ¡dos años! Dos años viniendo a mi casa día por día ese plomo de hombre, gustándole yo —porque sé que le gusto—, gustándome é —porque eso es lo más malo, que ér me gusta— y sin haberme dicho toavía: «Candelita... arrímese usté a mí, que vi a ensendé un sigarro».
¡Ay, qué sangre más gorda le ha dao su Divina Majestá! En to Arenales der Río no se encuentra otro. ¿Qué habré yo hecho, pa que Dios me castigue de esta manera? ¡Yo, que soy una tira de triquitraques, enamorá de un hombre que hasta en apagá un fósforo echa tiempo! ¡Y no hay más que hasé así!
(Sopla con vehemencia)
. Y ya está apagao. Por supuesto, que se acabaron los rodeos. De hoy no pasa que aclaremos la situasión. O me dise sus intensiones, o le digo que me está perjudicando y que no güerva. ¡Que no güerva!... Si ahí está la dificurtá: que yo quiero que güerva... ¡Por vía der merengue!...
(Se sienta otra vez a coser). De tos modos: no lo sufro más. ¡Yo no voy a pasarme la juventú aguantando a ese chinche! De hoy no pasa; no pasa. (Canta de nuevo):

«Dos vereítas iguales:
¡cuár de las dos cogeré!
Si cojo la de mi gusto
mi perdisión ha de sé».

Ahí viene ya. Ya siento sus andares. Pa echá una pierna le píe permiso a la otra... y no se lo da toas las veses. ¡Jesú!

(Dentro). ¿Ze pué pazá?
Adelante. (Pausa). ¡Adelante! (Nueva pausa. Levantándose y abriendo la puerta de la izquierda). Pero ¿se ha muerto usté?
(Aparece Santiago).
Me estaba escondiendo... Güenos días.
Me estaba escondiendo las correíyas de las botas.
Como zé que a usté no le gusta que ze me vean...

¿Y no ha tenío usté tiempo en toa la mañana pa esconderse las correíyas?
Tené tiempo, zí he tenío tiempo; zino que no me he acordao hasta er momento mesmo en que pregunté zi ze podía pazá. ¡Las cozas e la memoria, que vaya usté a entenderla!
(Reprimiendo la primera fresca del día). Güeno: siéntese usté, si quiere, que estará usté cansao del ejersisio. (Se sienta ella).
(Santiago es un mozo del pueblo, pulido y simpático, pero despacioso de lengua, de movimientos y de ademanes, hasta la desesperación).
Ahora me zentaré. Antes vi a dejá er zombrero en otra ziya. (Va a dejarlo, en efecto, y previamente sacude el asiento con el pañuelo).
No se mancha: no tenga usté cuidao.
Es la costumbre der café.
Ya.
¿Zu papá de usté está güeno?
Está güeno: grasias.
¿Y zu mamá de usté, está güena?
(Atajando el padrón). Está güena toa la familia.
¿La hermanita güena también?
¿No le digo a usté que toa la familia?
¿Y tito Juan?
¡Tito Juan es hermano de mi madre!
Pero ¿está güeno?
¡Ay!
¿Qué le paza a usté?
Nada.
Vi a zentarme ya. (Acerca una silla a la de Candelita, y le sacude el asiento como a la otra).
¡La costumbre der café!
Ezo mesmo.
Si no fuera usté ar café perdería la dichosa costumbre.
Poco va a durá. Porque vengo notando hace doz años que er café me ercita.
¡Sí! ¡Si lo que le conviene a usté es sarsaparriya, pa refrescá la sangre!
¡Je! Ha tenío usté zalero. ¡Lo que me gusta a mí hablá con usté, Candelita!
¿Ah, sí? ¡También lo vengo yo notando hase dos años!
¡Je! Y es curiozo esto. Ar principio nos hacían la tertulia zu papá de usté, zu mamá de usté, zu hermanita de usté, y er tito Juan de usté. Pero primero er papá, que zu carpintería; luego la mamá, que los quejaceres de zu caza; después er tito Juan, que no ze haya a gusto más que jugando ar tute, y por fin la hermanita, que zi laz amigas, que zi qué zé yo qué... Totá: que noz han dejao zolos a usté y a mí.
Pos tenga usté cuidao no se quee usté solo der to.
¿Es que va usté a zalí quizás?
¡Por peteneras!
¡Je! Ziempre de guazita.
¡Siempre!
Pero, ¿de veras va usté a zalí?
Sí, señó: a entregá una farda.
¿A qué hora?
¿Qué hora es?
¿Hora? Verá usté. Yo arranqué de mi caza a las diez y cuarto. De mi caza ar café, que está ayí a la vera, diez minutos. Totá: las diez y veinticinco. Tomé café con leche... y una copita. Totá: laz once menos cuarto. Fui a la bodega de don Rufino: laz once menos diez. Discutí con é zi ze zurfatan las viñas o zi no ze zurfatan: laz once y cinco...
(Estallando). Pero, arma mía, ¿no tiene usté reló?
Tengo reló; zino que me gusta carculá la hora en el aire.
¡Es que mientras usté la carcula suena er de la iglesia!
Mejón zi zuena: porque entonces pongo bien er mío.
¿Y qué hora tiene usté en er suyo?
(Después de sacar el reloj y de aplicárselo al oído). ¿Por la iglezia o por la estación?
(Levantándose). ¡Por er demonio que se lo yeve a usté! Déme usté er reló. (Se lo quita de la mano, lo mira y se lo devuelve furiosa). ¡Las dose menos cuarto! ¡Ya salimos de dudas! ¡Jesú con el hombre!
¡Qué viva de genio ez usté!
No, hijo mío, es que no pué aguantarse que yeve usté reló y pierda tanto tiempo carculando las horas.
¿Y a que no zabe usté por qué lo hago?  To tiene zu porqué. Por zi argún día ze me orvía er reló. Como me acuesto a oscuras toas las noches, por zi arguna vez ze me orvían los fósforos.
¿Y por qué no prueba usté a andá deprisa un día, por si arguna vez se le orvía andá despasio?
No ze me orvía, no. Ezo va con mi naturá. Yo zargo a mi padre.
Ah, ¿de manera que es herensia? ¿No tiene arreglo?
Ni farta. Er pobrecito de mi padre me lo decía: «Er que anda apriza ez er que trompieza.
Déjate dí espacito. Espacito; espacito...»

¡Pos sí que está usté bien educao!   (Se sienta).
¡Que zi lo estoy! Mi padre era un hombre de mucha cencia. No abría la boca zi no era pa zortá una márzima. En fin, nació pobre lo mesmo que el hambre, y me dejó los piaciyos de tierra que tengo... Na más una pena ze yevó al otro mundo.
¿Cuá?
No habé podío darme una carrera.
¡A usté no le da una carrera ni su padre ni toa su casta!
 
¡Je! En er zentío del estudio, Candelita. Yo empecé a estudiá.
 ¿Pa qué?
 Pa er telégrafo.
(Soltando la risa). ¿Pa er telégrafo usté? ¡Ja, ja, ja!
Pa er telégrafo; no ze ría usté; pa er telégrafo.
(Volviendo a levantarse). ¡Vamos, hombre!  Hiso usté bien en no seguí. ¡Primero que los partes de usté yegaban toas las cartas! ¡Aunque las yevaran andando!
¡Qué viva de genio ez usté!
También es herensia.
¿Zí?
Sí, señó.
(Pausa. Santiago la mira embelesado. Ella, alentando alguna esperanza de que el hombre se anime v rompa de una vez, lo estimula con miraditas zalameras).
Ziempre ha de está usté con la riza en los labios.
Siempre, no.
Delante de mí por lo menos.
Eso es otra cosa. To tiene su porqué, como ha dicho usté antes.
¿Zí?
Ya se ve que sí... ¡mala persona!
¡Mala perzona dice!... ¡mala perzona!... ¡Je! (Nueva pausa. Candelita lo mira fijamente. Él la mira también, pero sin darse clara cuenta de la intención que ella pone en sus ojos. Al fin exclama): ¡Qué gracia tiene cuando dos ze yevan un rato azi como nozotros, na más e mirándoze, zin decirse na y como zi ze dijeran argo!... Ezo paza mucho.
(Desesperada). ¡Mucho pasa! ¡Mucho!
(Levantándose). ¿Me deja usté que me fume un pitiyo?
¡Fúmese usté aunque sea un cohete!
Zi le incomoda a usté, no fumo.
¿A mí incomodarme? ¡Ya pué usté fumá hasta que se le acabe er resueyo!
¿Pero qué bicho le ha picao a usté de pronto?
¡Que no encuentro un oviyo... que estoy buscando hase dos años!
¡Vaya una coza! No es pa zofocarze de eza manera. (Se asoma a la ventana y se distrae en soplar despaciosamente el humo del cigarro). Misté, misté cómo ze va el humito.
(¡Ay! ¡Yo no puedo más! ¡Yo tiro por la caye de en medio!) (Se sienta).
¿Zale de aquí el zeñó Frasquito, er de la Zambrana?
 De aquí sale.
 A la cuenta de hablá con zu papá de usté.
 De hablá con mi papá, sí, señó.
 
Zon mu amigos.
 ¡Muy amigos. Y ahora tratan de sé argo más. Como el señó Frasquito tiene un hijo moso...
 
¡Ah, zí!... Juan María. Mu zimpático.
 ¿Verdá que lo es?
 Mu zimpático, y mu formalito... y de lo mejón que hay en Arenales.
 ¡Vaya! Me alegro de que piense usté así.
 
¿Le gusta quizás zu hermanita de usté?
 No, señó. (Se señala ella).
 
¿Cómo?  (Candelita vuelve a señalarse, sonriendo). ¿Qué?
¡Que le gusto yo!
 
(Asombrado). ¿Que le gusta usté?
 ¡Sí, hijo mío! ¡Que le gusto yo! ¿No pueo yo gustarle a la gente? ¡Ni que fuera yo er león der correo de Córdoba, que dise mi papá que es lo más feo que ha visto en er mundo!
 Pero ¿usté ha hablao arguna vez con Juan María?
 ¡Muchas veses! ¿No ve usté que somos vesinos?
 Guazitas ahora no. Digo que zi ha hablao usté con é de estos particulares.
¡Ya lo creo!
 ¿Cuándo?
De estos particulares, anoche mismo.
 ¿Anoche?
 Anoche.
 ¿A qué hora?
 ¿Hora? Verá usté: (Remedándolo con mala sangre). Yo acabé de comé... serían las ocho. Sí: las ocho eran; recuerdo que dieron las Ánimas. Estuve luego de palique con Mariquita la de aquí ar lao. Totá: las ocho y diez. Después vino er periódico y le leí a mi papá la sesión de susesos. Totá: las ocho y veinte. En seguía entró usté... y charlamos como de costumbre. Totá: las diez y media. Se fue usté...
 ¿Pero ze guazea usté, Candelita?
 No, señó: ¡echo las cuentas en el aire, por si argún día se me orvía er reló!
Es que a mí me corre priza zabé...
 Es usté muy vivo de genio. Espasito, espasito... que er que anda aprisa es er que tropiesa, como le enseñó a usté er talento de su papá.  ¡Qué talento de hombre! ¡Oh!
 Vamos, vamos... Oigame usté en zerio.
¿Qué pasa?
 Paza... paza... Haga usté er favó de zentarze a mi lao.
¡Digo! (Lleva una. silla junto a la de Santiago, busca tranquilamente un trapo cualquiera, dando lugar a la extrañeza y a la impaciencia de él,  y acaba por sacudir el asiento con sorna).
 ¿Qué hace usté, niña?
¡La costumbre der café! To se pega.
¿No le he dicho a usté que me oiga en zerio?
 Pero, ¿quién se ríe?
 Usté por dentro, Candelita.
 Ea, pos ya me tiene usté como un juez, por dentro y por fuera.
 ¿Es verdá ezo de que usté le gusta a Juan María?
 Cruse usté la caye y pregúnteselo usté a é, ya que, por lo visto, es un fenómeno que yo puea gustarle a ese hombre.
¿Y es verdá que Juan María le gusta a usté?
 Sí, señó, que me gusta.
 ¿Que le gusta a usté?
 ¡Que me gusta, Santiago, que me gusta! ¿Y sabe usté por qué me gusta? ¡Porque tiene sangre en las venas en vez de manteca colorá! ¡Porque si me ve a la puerta e mi casa, se aserca a mí y me dise veintisinco flores en un minuto! (Se levanta para hacer a lo vivo la escena). «¡Grasiosa!, ¡bonita!, ¡carita de sielo!, ¡boquita de mié!, ¡cuerpesito de pluma, que echas a andá y hasta las farolas de la caye se ensienden solas pa alumbrarte!, ¡benditos sean los ojos con que me estás mirando!, ¡y la boca con que te ríes de mí!, ¡y la manita con que me paras pa que no me aserque!, ¡y la camita donde vas a acostarte pa soñá conmigo!..., ¡y bendita seas tú de arriba abajo!»
¡Y esto me lo dise con fuego en los ojos, con caló en las palabras, con cariño pa siempre; como les disen los hombres las cosas a las mujeres que quién pa eyos, no como dise usté si se surfatan o no se surfatan las viñas! ¡Sangre gorda! ¡Ya tiene usté explicao por lo que me gusta ese hombre!
(Vuelve a sentarse, pero lejos de él).
(Aplanado por la revelación). ¡Güeno está! Me ha dejado usté zin temperatura. ¿Es decí que de ná me ha zervío a mí vení a esta caza desde hace doz años, un día tras de otro, zin fartá ninguno?
 El único que ha ganao ha sío er siyero.
 Deje usté las guazitas.
 Si es que no entiendo lo que quié usté desirme.
(Un poco emocionado). Zeñó, que de ná me ha zervío vení a zu caza tos los días... pa que usté comprenda que la quiero.
(Fingiendo gran sorpresa, tras un movimiento de alegría). ¿Que usté me quiere a mí?
 ¡Pero zi estoy viniendo tos los días!
 ¡Hijo de mí arma, también er de las burras de leche viene tos los días a dejá un cuartiyo pa mi madre, y hasta ahora no sé yo lo que le parezco!
 
¿Va usté a compará una coza con otra?
 Pero, ¿usté me ha dicho arguna vez que le gusto?
 
Yo... yo..., ¡yo estoy viniendo desde hace doz años tos los días!
 ¿Y pensaba usté seguí lo mismo?
 
¡Claro! Hasta vé...
 ¿Hasta vé qué?
 
Hasta vé... hasta vé...
 ¡Hasta vé si yo le tiraba er costurero a la cabesa! (Se levanta).
 ¡Ez usté mu viva de genio!
 Muy viva. Y usté no perdía na con cambiá er suyo con un amigo.
 Yo hago to lo que usté me mande.
 ¿A que no?
 ¿A que zí?
(En tono de burla). Pos ahora cuando sarga usté, busca usté a mi papá, se aserca usté a é... y le da usté la enhoragüena.
(Con recelo). ¿La enhoragüena? ¿Por qué?
 Porque ha sabío usté... que Juan María... se entiende con mi hermana Dolores.
 ¿Pero es con Dolores con quien ze entiende Juan María?
 ¡Naturarmente, arma de cántaro!
(Loco de contento). ¡Hombre!..., ¡hombre!..., ¡me güerve la temperatura! Y ezo, ¿cuándo ha zío? ¿Cómo ha zío?
¿Cómo había de sé? ¡Como son esas cosas! Le gustó er domingo, se lo dijo er lunes, y se quié casá er martes.
 
Mu depriza va ezo..., ¡pero me güerve la temperatura!
 ¿Sí, eh? Pos mucho ojo, y no dé usté lugá a que se le vaya otra vez pa siempre.
 ¡Yo zeguiré viniendo tos los días!
(Aterrada). ¿Quéeeee?
(Temeroso). ¿Va usté a prohibirme vení?
Lo que le digo a usté es una cosa: que si he de quererlo, tiene usté que tomá una medisina pa aclararse la sangre. Las mársimas der sabio de su papá se las guarda usté pa un librito. Mañana, a las sinco de la mañana, voy a la ermita de la Luz a resarle a la virgen: es devosión que tengo er día 13; a las siete voy a la Plasa a vé si hay flores; si no las hay ayí, voy ar güerto de Pepa; luego voy ar río, a pasearme por la oriya; después a casa de Manuela Romero, que tiene una chiquiya mala; después a misa a San Fransisco: después aquí a amorsá; me asomaré durante el almuerso a la ventana de la caye Larga, ar barcón que da a la caye Corta y a la asotea por er pretí desde donde se ve la Plasuela; después de armorsá voy a casa de la Garbosa a entregarle una farda, a casa de doña Réditos a entregarle una blusa, y a casa de don Andrés a vé si me paga lo que me debe. Y después a la confitería, y después a comprá unos encajes, y después a recogé unos sapatos nuevos... y después donde se me ocurra. Pos güeno: en tos esos sitios quiero verlo a usté ar yegá y al irme. (Santiago se levanta asombrado). Y si farta usté en uno solo, voy yo a tardá en desirle a usté si lo quiero lo que usté ha tardao en desírmelo a mí. Conque hasta mañana si Dios quiere. (Se va resueltamente hacia la puerta de la derecha).
 ¡Pero escuche usté, Candelita!...
Hasta mañana si Dios quiere.
 ¡Pero comprenda usté que en tres cayes a un tiempo!...
¡Así se demuestra er cariño! ¡Hasta mañana si Dios quiere! (Entra decidida por la puerta de la derecha, dejándolo con la palabra en la boca).
Hasta mañana zi Dios quiere... Zí; porque de pazao... yo no respondo de está vivo. Conforme der to en que yo tome una medicina pa aclararme la zangre; pero conforme der to también en que eya necezita echarle un poquiyo e jierro a la zuya. ¡Compadre, qué zangre más ligera gasta la niña! En fin, lo prencipá ya lo he lograo. Mi padre me lo dijo ziempre: «En er zurco hay que derramá er grano a poquito a poco...» Hasta mañana zi Dios quiere.
(Se va por la puerta de la izquierda, mirando hacia la otra).
(Saliendo por donde se fue). ¡Ay! ¡Ha nesesitao banderiyas e fuego... pero ya esto es viví!
(Se a soma a la ventana muy contenta). ¡Hasta mañana, Santiago!
(Dentro). ¡Zi Dios quiere, Candelita,  zi Dios quiere!
(Retirándose de la ventana). Sí querrá. ¿Por qué no ha de queré, si los dos queremos?
(Al publico):
La que quiera como yo,
sepa que yo le deseo
un novio de lo mejó:
torpe o listo, guapo o feo,

¡pero sangre gorda no!

FIN

 

(diálogos en perfecto castellano)

«Grande pena es la de un ciego
que no ve por dónde va,
pero mayor es la mía,
que no sé tu voluntad.»

¡Por vida del merengue! ¡Ya cosí una manga al revés!
(Suelta la costura y se levanta sofocadísima). Señor, si no es posible; si no tengo la cabeza en la costura.
¡Ay, qué condenación de hombres!... ¿Dónde he echado mi abanico?  ¿Dónde he echado mi abanico?
Aquí está. (Se abanica con furia). Como San Lorenzo voy yo a morir por ese sangre gorda de Santiago: ¡achicharrá! ¡Jesús, qué sofoco! Soplo y caliento el aire.
(Pasea unos momentos rabiosa y como dándose razones a sí misma): Mira, Candelita, vamos a coser, que te tiene más cuenta. (Vuelve a sentarse a ello).
Digo, a descoser; porque ahora tengo que descoser esta manga. (Lo hace de un tirón). Por poquito la rompo.
Y luego, pague usted la tela... ¡Mal fin tengan los hombres!... (Cantando como antes).

«Grande pena es la de un ciego
que no ve por dónde va...»


(Se levanta repentinamente de un salto). ¡Ea, que no coso!, ¡que no coso y que no coso! ¡Si no puedo coser!
¡Si por las uñas me está saliendo electricidad!... ¡Ay!

(Pasea, se sienta, se levanta, se abanica y no está un punto quieta)  ¡Ay! Es que se dice muy pronto, señor: dos años. ¡Dos años! Se dice muy pronto: dos años. Ya está: ¡dos años! Enero, el carnaval, la cuaresma, la Semana Santa, la primavera, el verano, los baños en el río, la vendimia y las zambombas de Nochebuena. ¡Dos años! Y empiece usted otra vez con enero y acabe usted con el Niño Dios. ¡Dos años! Se dice muy pronto: ¡dos años! Dos años viniendo a mi casa día por día ese plomo de hombre, gustándole yo —porque sé que le gusto—, gustándome él —porque eso es lo más malo, que él me gusta— y sin haberme dicho todavía: «Candelita... arrímese usted a mí, que voy a encender un cigarro».
¡Ay, qué sangre más gorda le ha dado su Divina Majestad! En todo Arenales del Río no se encuentra otro. ¿Qué habré yo hecho, para que Dios me castigue de esta manera? ¡Yo, que soy una tira de triquitraques, enamorada de un hombre que hasta en apagar un fósforo echa tiempo! ¡Y no hay más que hacer así!
(Sopla con vehemencia). Y ya está apagado. Por supuesto, que se acabaron los rodeos. De hoy no pasa que aclaremos la situación. O me dice sus intenciones, o le digo que me está perjudicando y que no vuelva. ¡Que no vuelva!... Si ahí está la dificultad: que yo quiero que vuelva... ¡Por vida del merengue!...
(Se sienta otra vez a coser).
De todos modos: no lo sufro más. ¡Yo no voy a pasarme la juventud aguantando a ese chinche! De hoy no pasa; no pasa. (Canta de nuevo):

«Dos vereditas iguales:
¡cuál de las dos cogeré!
Si cojo la de mi gusto
mi perdición ha de ser».


Ahí viene ya. Ya siento sus andares. Para echar una pierna le pide permiso a la otra... y no se lo da todas las veces. ¡Jesús!
(Dentro). ¿Se puede pasar?
Adelante. (Pausa). ¡Adelante! (Nueva pausa. Levantándose y abriendo la puerta de la izquierda). Pero ¿se ha muerto usted?
(Aparece Santiago).
Me estaba escondiendo... Buenos días.
Me estaba escondiendo las correíllas de las botas.
Como sé que a usted no le gusta que se me vean...
¿Y no ha tenido usted tiempo en toda la mañana para esconderse las correíllas?
Tener tiempo, sí he tenido tiempo; sino que no me he acordado hasta el momento mismo en que pregunté si se podía pasar. ¡Las cosas de la memoria, que vaya usted a entenderla!
(Reprimiendo la primera fresca del día). Bueno: siéntese usted, si quiere, que estará usted cansado del ejercicio. (Se sienta ella).
(Santiago es un mozo del pueblo, pulido y simpático, pero despacioso de lengua, de movimientos y de ademanes, hasta la desesperación).
Ahora me sentaré. Antes voy a dejar el sombrero en otra silla. (Va a dejarlo, en efecto, y previamente sacude el asiento con el pañuelo).
No se mancha: no tenga usted cuidado.
Es la costumbre del café.
Ya.
¿Su papá de usted está bueno?
Está bueno: gracias.
¿Y su mamá de usted, está buena?
(Atajando el padrón). Está buena toda la familia.
¿La hermanita buena también?
¿No le digo a usted que toda la familia?
¿Y tito Juan?
¡Tito Juan es hermano de mi madre!
Pero ¿está bueno?
¡Ay!
¿Qué le pasa a usted?
Nada.
Voy a sentarme ya. (Acerca una silla a la de Candelita, y le sacude el asiento como a la otra).
¡La costumbre del café!
Eso mismo.
Si no fuera usted al café perdería la dichosa costumbre.
Poco va a durar. Porque vengo notando hace dos años que el café me excita.
¡Sí! ¡Si lo que le conviene a usted es zarzaparrilla, para refrescar la sangre!
¡Je! Ha tenido usted salero. ¡Lo que me gusta a mí hablar con usted, Candelita!
¿Ah, sí? ¡También lo vengo yo notando hace dos años!
¡Je! Y es curioso esto. Al principio nos hacían la tertulia su papá de usted, su mamá de usted, su hermanita de usted, y el tito Juan de usted. Pero primero el papá, que su carpintería; luego la mamá, que los quehaceres de su casa; después el tito Juan, que no se haya a gusto más que jugando al tute, y por fin la hermanita, que si las amigas, que si qué sé yo qué... Total: que nos han dejado solos a usted y a mí.
Pues tenga usted cuidado no se quede usted solo del todo.
¿Es que va usted a salir quizás?
¡Por peteneras!
¡Je! Siempre de guasita.
¡Siempre!
Pero, ¿de veras va usted a salir?
Sí, señor: a entregar una falda.
¿A qué hora?
¿Qué hora es?
¿Hora? Verá usted. Yo arranqué de mi casa a las diez y cuarto. De mi casa al café, que está allí a la vera, diez minutos. Total: las diez y veinticinco. Tomé café con leche... y una copita. Total: las once menos cuarto. Fui a la bodega de don Rufino: las once menos diez. Discutí con él si se sulfatan las viñas o si no se sulfatan: las once y cinco...
(Estallando). Pero, arma mía, ¿no tiene usted reloj?
Tengo reloj; sino que me gusta calcular la hora en el aire.
¡Es que mientras usted la calcula suena el de la iglesia!
Mejor si suena: porque entonces pongo bien el mío.
¿Y qué hora tiene usted en el suyo?
(Después de sacar el reloj y de aplicárselo al oído). ¿Por la iglesia o por la estación?
(Levantándose). ¡Por el demonio que se lo lleve a usted! Déme usted el reloj. (Se lo quita de la mano, lo mira y se lo devuelve furiosa). ¡Las doce menos cuarto! ¡Ya salimos de dudas! ¡Jesús con el hombre!
¡Qué viva de genio es usted!
No, hijo mío, es que no puede aguantarse que lleve usted reloj y pierda tanto tiempo calculando las horas.
¿Y a que no sabe usted por qué lo hago?  Todo tiene su porqué. Por si algún día se me olvida el reloj. Como me acuesto a oscuras todas las noches, por si alguna vez se me olvidan los fósforos.
¿Y por qué no prueba usted a andar deprisa un día, por si alguna vez se le olvida andar despacio?
No se me olvida, no. Eso va con mi natural. Yo salgo a mi padre.
Ah, ¿de manera que es herencia? ¿No tiene arreglo?
Ni falta. El pobrecito de mi padre me lo decía: «El que anda aprisa es el que tropieza.
Déjate de ir despacito. Despacito; despacito...»

¡Pues sí que está usted bien educado!   (Se sienta).
¡Que si lo estoy! Mi padre era un hombre de mucha ciencia. No abría la boca si no era para soltar una máxima. En fin, nació pobre lo mismo que el hambre, y me dejó los pedacillos de tierra que tengo... Nada más una pena se llevó al otro mundo.
¿Cuál?
No haber podido darme una carrera.
¡A usted no le da una carrera ni su padre ni toda su casta!
¡Je! En el sentido del estudio, Candelita. Yo empecé a estudiar.
 ¿Para qué?
 Para el telégrafo.
(Soltando la risa). ¿Para el telégrafo usted? ¡Ja, ja, ja!
Para el telégrafo; no se ría usted; para el telégrafo.
(Volviendo a levantarse). ¡Vamos, hombre!  Hizo usted bien en no seguir. ¡Primero que los partes de usted llegaban todas las cartas! ¡Aunque las llevaran andando!
¡Qué viva de genio es usted!
También es herencia.
¿Sí?
Sí, señor.
(Pausa. Santiago la mira embelesado. Ella, alentando alguna esperanza de que el hombre se anime v rompa de una vez, lo estimula con miraditas zalameras).
Siempre ha de estar usted con la risa en los labios.
Siempre, no.
Delante de mí por lo menos.
Eso es otra cosa. Todo tiene su porqué, como ha dicho usted antes.
¿Sí?
Ya se ve que sí... ¡mala persona!
¡Mala persona dice!... ¡mala persona!... ¡Je! (Nueva pausa. Candelita lo mira fijamente. Él la mira también, pero sin darse clara cuenta de la intención que ella pone en sus ojos. Al fin exclama): ¡Qué gracia tiene cuando dos se llevan un rato así como nosotros, nada más de mirándose, sin decirse nada y como si se dijeran algo!... Eso pasa mucho.
(Desesperada). ¡Mucho pasa! ¡Mucho!
(Levantándose). ¿Me deja usted que me fume un pitillo?
¡Fúmese usted aunque sea un cohete!
Si le incomoda a usted, no fumo.
¿A mí incomodarme? ¡Ya puede usted fumar hasta que se le acabe el resuello!
¿Pero qué bicho le ha picado a usted de pronto?
¡Que no encuentro un ovillo... que estoy buscando hace dos años!
¡Vaya una cosa! No es para sofocarse de esa manera. (Se asoma a la ventana y se distrae en soplar despaciosamente el humo del cigarro). Misté, misté cómo se va el humito.
(¡Ay! ¡Yo no puedo más! ¡Yo tiro por la calle de en medio!) (Se sienta).
¿Sale de aquí el señor Frasquito, el de la Zambrana?
 De aquí sale.
 A la cuenta de hablar con su papá de usted.
 De hablar con mi papá, sí, señor.
 Son muy amigos.
 ¡Muy amigos. Y ahora tratan de ser algo más. Como el señor Frasquito tiene un hijo mozo...
  ¡Ah, sí!... Juan María. Muy simpático.
 ¿Verdad que lo es?
 Muy simpático, y muy formalito... y de lo mejor que hay en Arenales.
 ¡Vaya! Me alegro de que piense usted así.
 ¿Le gusta quizás su hermanita de usted?
 No, señor. (Se señala ella).
 ¿Cómo?  (Candelita vuelve a señalarse, sonriendo). ¿Qué?
¡Que le gusto yo!
 
(Asombrado). ¿Que le gusta usted?
 ¡Sí, hijo mío! ¡Que le gusto yo! ¿No puedo yo gustarle a la gente? ¡Ni que fuera yo el león del correo de Córdoba, que dice mi papá que es lo más feo que ha visto en el mundo!
 Pero ¿usted ha hablado alguna vez con Juan María?
 ¡Muchas veces! ¿No ve usted que somos vecinos?
 Guasitas ahora no. Digo que si ha hablado usted con él de estos particulares.
¡Ya lo creo!
 ¿Cuándo?
De estos particulares, anoche mismo.
 ¿Anoche?
 Anoche.
 ¿A qué hora?
 ¿Hora? Verá usted: (Remedándolo con mala sangre). Yo acabé de comer... serían las ocho. Sí: las ocho eran; recuerdo que dieron las Ánimas. Estuve luego de palique con Mariquita la de aquí al lado. Total: las ocho y diez. Después vino el periódico y le leí a mi papá la sesión de sucesos. Total: las ocho y veinte. En seguida entró usted... y charlamos como de costumbre. Total: las diez y media. Se fue usted...
 ¿Pero se guasea usted, Candelita?
 No, señor: ¡echo las cuentas en el aire, por si algún día se me olvida el reloj!
Es que a mí me corre prisa saber...
 Es usted muy vivo de genio. Despacito, despacito... que el que anda aprisa es el que tropieza, como le enseñó a usted el talento de su papá.  ¡Qué talento de hombre! ¡Oh!
 Vamos, vamos... Óigame usted en serio.
¿Qué pasa?
 Pasa... pasa... Haga usted el favor de sentarse a mi lado.
¡Digo! (Lleva una. silla junto a la de Santiago, busca tranquilamente un trapo cualquiera, dando lugar a la extrañeza y a la impaciencia de él,  y acaba por sacudir el asiento con sorna).
 ¿Qué hace usted, niña?
¡La costumbre del café! Todo se pega.
¿No le he dicho a usted que me oiga en serio?
 Pero, ¿quién se ríe?
 Usted por dentro, Candelita.
 Ea, pues ya me tiene usted como un juez, por dentro y por fuera.
 ¿Es verdad eso de que usted le gusta a Juan María?
 Cruce usted la calle y pregúnteselo usted a él, ya que, por lo visto, es un fenómeno que yo pueda gustarle a ese hombre.
¿Y es verdad que Juan María le gusta a usted?
 Sí, señor, que me gusta.
 ¿Que le gusta a usted?
 ¡Que me gusta, Santiago, que me gusta! ¿Y sabe usted por qué me gusta? ¡Porque tiene sangre en las venas en vez de manteca colorada! ¡Porque si me ve a la puerta de mi casa, se acerca a mí y me dice veinticinco flores en un minuto! (Se levanta para hacer a lo vivo la escena). «¡Graciosa!, ¡bonita!, ¡carita de cielo!, ¡boquita de miel!, ¡cuerpecito de pluma, que echas a andar y hasta las farolas de la calle se encienden solas para alumbrarte!, ¡benditos sean los ojos con que me estás mirando!, ¡y la boca con que te ríes de mí!, ¡y la manita con que me paras para que no me acerque!, ¡y la camita donde vas a acostarte para soñar conmigo!..., ¡y bendita seas tú de arriba abajo!»
¡Y esto me lo dice con fuego en los ojos, con calor en las palabras, con cariño para siempre; como les dicen los hombres las cosas a las mujeres que quieren para ellos, no como dice usted si se sulfatan o no se sulfatan las viñas! ¡Sangre gorda! ¡Ya tiene usted explicado por lo que me gusta ese hombre!
(Vuelve a sentarse, pero lejos de él).
(Aplanado por la revelación). ¡Bueno está! Me ha dejado usted sin temperatura. ¿Es decir que de nada me ha servido a mí venir a esta casa desde hace dos años, un día tras de otro, sin faltar ninguno?
 El único que ha ganado ha sido el sillero.
 Deje usted las guasitas.
 Si es que no entiendo lo que quiere usted decirme.
(Un poco emocionado). Señor, que de nada me ha servido venir a su casa todos los días... para que usted comprenda que la quiero.
(Fingiendo gran sorpresa, tras un movimiento de alegría). ¿Que usted me quiere a mí?
 ¡Pero si estoy viniendo todos los días!
 ¡Hijo de mí arma, también el de las burras de leche viene todos los días a dejar un cuartillo para mi madre, y hasta ahora no sé yo lo que le parezco!
 ¿Va usted a comparar una cosa con otra?
 Pero, ¿usted me ha dicho alguna vez que le gusto?
 Yo... yo..., ¡yo estoy viniendo desde hace dos años todos los días!
 ¿Y pensaba usted seguí lo mismo?
  ¡Claro! Hasta ver...
 ¿Hasta ver qué?
  Hasta ver... hasta ver...
 ¡Hasta ver si yo le tiraba el costurero a la cabeza! (Se levanta).
 ¡Es usted muy viva de genio!
 Muy viva. Y usted no perdía nada con cambiar el suyo con un amigo.
 Yo hago todo lo que usted me mande.
 ¿A que no?
 ¿A que sí?
(En tono de burla). Pues ahora cuando salga usted, busca usted a mi papá, se acerca usted a él... y le da usted la enhorabuena.
(Con recelo). ¿La enhorabuena? ¿Por qué?
 Porque ha sabido usted... que Juan María... se entiende con mi hermana Dolores.
 ¿Pero es con Dolores con quien se entiende Juan María?
 ¡Naturalmente, alma de cántaro!
(Loco de contento). ¡Hombre!..., ¡hombre!..., ¡me vuelve la temperatura! Y eso, ¿cuándo ha sido? ¿Cómo ha sido?
¿Cómo había de ser? ¡Como son esas cosas! Le gustó el domingo, se lo dijo el lunes, y se quiere casar el martes.
 Muy deprisa va eso..., ¡pero me vuelve la temperatura!
 ¿Sí, eh? Pues mucho ojo, y no dé usted lugar a que se le vaya otra vez para siempre.
 ¡Yo seguiré viniendo todos los días!
(Aterrada). ¿Quéeeee?
(Temeroso). ¿Va usted a prohibirme venir?
Lo que le digo a usted es una cosa: que si he de quererlo, tiene usted que tomar una medicina para aclararse la sangre. Las máximas del sabio de su papá se las guarda usted para un librito. Mañana, a las cinco de la mañana, voy a la ermita de la Luz a rezarle a la virgen: es devoción que tengo el día 13; a las siete voy a la Plaza a ver si hay flores; si no las hay allí, voy al huerto de Pepa; luego voy al río, a pasearme por la orilla; después a casa de Manuela Romero, que tiene una chiquilla mala; después a misa a San Francisco: después aquí a almorzar; me asomaré durante el almuerzo a la ventana de la calle Larga, al balcón que da a la calle Corta y a la azotea por el pretil desde donde se ve la Plazuela; después de almorzar voy a casa de la Garbosa a entregarle una falda, a casa de doña Réditos a entregarle una blusa, y a casa de don Andrés a ver si me paga lo que me debe. Y después a la confitería, y después a comprá unos encajes, y después a recoger unos zapatos nuevos... y después donde se me ocurra. Pues bueno: en todos esos sitios quiero verlo a usted al llegar y al irme. (Santiago se levanta asombrado). Y si falta usted en uno solo, voy yo a tardar en decirle a usted si lo quiero lo que usted ha tardado en decírmelo a mí. Conque hasta mañana si Dios quiere. (Se va resueltamente hacia la puerta de la derecha).
 ¡Pero escuche usted, Candelita!...
Hasta mañana si Dios quiere.
 ¡Pero comprenda usted que en tres calles a un tiempo!...
¡Así se demuestra el cariño! ¡Hasta mañana si Dios quiere! (Entra decidida por la puerta de la derecha, dejándolo con la palabra en la boca).
Hasta mañana si Dios quiere... Sí; porque de pasado... yo no respondo de estar vivo. Conforme del todo en que yo tome una medicina para aclararme la sangre; pero conforme del todo también en que ella necesita echarle un poquillo de hierro a la suya. ¡Compadre, qué sangre más ligera gasta la niña! En fin, lo principal ya lo he logrado. Mi padre me lo dijo siempre: «En el surco hay que derramar el grano a poquito a poco...» Hasta mañana si Dios quiere.
(Se va por la puerta de la izquierda, mirando hacia la otra).
(Saliendo por donde se fue). ¡Ay! ¡Ha necesitado banderillas de fuego... pero ya esto es vivir!
(Se a soma a la ventana muy contenta). ¡Hasta mañana, Santiago!
(Dentro). ¡Si Dios quiere, Candelita,  si Dios quiere!
(Retirándose de la ventana). Sí querrá. ¿Por qué no ha de querer, si los dos queremos?

(Al publico):

La que quiera como yo,
sepa que yo le deseo
un novio de lo mejor:
torpe o listo, guapo o feo,
¡pero sangre gorda no!

FIN

 

  AUTOPROMOCIÓN  

      página por gentileza de 
  Jesús Herrera Peña
 

BARGAS (Toledo)

                             
        ESPAÑA      
                            


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Puedes encontrar la comedia dramática en verso  UN ALTO EN EL CAMINO  perteneciente al autor toledano Julián Sánchez Prieto «El Pastor Poeta».
Puedes encontrar obras de teatro de los Hermanos Álvarez Quintero:
GANAS DE REÑIR ■ SANGRE GORDA ■ LA ZANCADILLAEL CUARTITO DE HORA
¿A QUÉ VENÍA YO?EL AGUA MILAGROSALA QUEMA MAÑANA DE SOL

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