El relato expuesto a continuación fue el primero que su autor escribió con vistas a presentarlo a un concurso literario. Contaba con la edad de dieciséis años, y las bases del concurso demandaban un relato vinculado de algún modo al mundo taurino que no superase los tres folios. Finalmente, Joaquín Fernand resultó ganador alzándose con el I premio de narrativa juvenil de la Tertulia Taurina "Finito de Córdoba". Los periódicos locales hicieron eco de la noticia publicando la obra, y el premio le fue entregado de manos del diestro que da nombre a la tertulia (ver fotografía) en un acto social celebrado en el Hotel Meliá Córdoba en marzo de 1999.
Se aprecia sensiblemente que
la expresividad del autor es joven y de sencillo entender, menos compleja que
su actual estilo literario. Es un relato fresco, directo, breve y entretenido,
y antes de concluir incluye un pequeño guiño entre personajes que aportan mayor
profundidad y sensibilidad.
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Hacía mucho tiempo que don Antonio Aguilar quería ver a solas algunos de sus
más preciados recuerdos, y encontró la oportunidad perfecta la mañana en que
su mujer y su hija acordaron dar un paseo por la plaza del barrio, una de las
últimas que quedaban en la edificada ciudad. Nada más despedirse de él y cerrar
la puerta tras de sí, don Antonio Aguilar se levantó de la butaca en la que
estaba sentado, ayudándose de su bastón, apagó el televisor y salió de la salita.
Con cuidado de no caer, cruzó el pasillo alegremente iluminado hasta llegar
a la escalera de mármol. Se asió de la barandilla con su mano nudosa surcada
por señaladas arrugas, y avanzó
lentamente, sin prisa y sin pausa, poco a poco. Al llegar arriba torció a la
izquierda y caminó por otero largo pasillo. Las cortinas de la ventana del fondo
estaban corridas. Las deslizó con sumo cuidado y echó un vistazo a la calle.
Su hija ayudaba a su mujer a caminar por la acera, se cruzaron con una anciana,
la saludaron y desaparecieron de su vista al doblar una esquina. Se fijó en
los edificios, como había echo tantas veces, y se volvió a quejar del contraste
en las estructuras y colores que tenían los antiguos con los recientes.
Abrió
la puerta que tenía a su derecha, girando el pomo dorado, y entró en su despacho,
La habitación estaba débilmente iluminada, pero no encendió la luz, sino que
dejó que entrara la del joven sol a través de la amplia y antigua ventana de
cortinas verdes. Un escritorio presidía la sala, junto a un arcaico armario
de vitrinas, donde don Antonio Aguilar guardaba numerosos de los premios que
había recibido por su profesión. En la pared, un joven torero sonreía en el
burladero de una plaza de toros, vestido de rojo y oro, en una fotografía ampliada
y enmarcada en un cuadro de madera. Debajo, una mesa barnizada servía de auxiliar,
y estaba cubierta por libros, revistas y periódicos de hacía ya muchos años,
algunos con las páginas amarillentas y las esquinas dobladas.
Fue
allí donde se acercó don Antonio Aguilar. Examinó los tomos desordenados hasta
que dio con un voluminoso libro de pastas de color negro. Necesitó apartar una
pila de periódicos para poderlo sacar.
Cogió
el encuadernado con las dos manos. Sólo había una palabra en la portada: Fotos.
Pasó su palma por ella, apartando el minúsculo polvo acumulado propio de los
sitios cerrados, y buscó la antigua silla del escritorio. Se acercó y se sentó
con delicadeza, y esta chirrió como lo hacen las piezas metálicas que no están
aceitadas. Colocó el álbum sobre la mesa, se acomodó todo lo que sus dolores
le permitían, y lo abrió con ansiedad.
Don
Antonio Aguilar no miró una por una las fotografías del álbum, ni leyó las pocas
líneas que cada una de ellas tenía al pie, sino que pasó las primeras con cierta
velocidad hasta que localizó las que él buscaba: las fotos de sus corridas.
En
la primera imagen aparecían dos personas, don Antonio Aguilar, el Antonio, y
don José Luis Pacharán, Se habían conocido en la escuela taurina, hacía ya muchísimos
años, y esa había sido la única vez que estuvieron toreando juntos, en una novillada
en la ciudad donde ahora residía. Los dos sonreían con felicidad, y sus ojos
desprendían un brillo especial que ponía en relieve la importancia de esa novillada.
Don
Antonio Aguilar pasó varias páginas, observando por encima las instantáneas
en las que ejercía de banderillero y lidiaba a un morlaco negro y a un cárdeno
chorreao , pasó un buen puñado de fotografías manchadas de pegamento seco,
y se detuvo en una. No le hizo falta leer la inscripción, sabía perfectamente
que había sido tomada en el año 1957, en la ciudad de México.
La
recordaba como si acabara de vivirla. Muchos expertos en el toreo la señalaban
como una de las mejores tardes del diestro don Antonio Aguilar, pero, para él,
esa tarde había sido la mejor.
Desde
que puso el pie en la arena, sintió un aire especial en la plaza, sin saber
a ciencia cierta el qué.
El
primer ejemplar que le tocó era enorme, de pelo oscuro, pitones grandes y curvados
hacia arriba de forma perfecta. Se le vio bravo, furioso, y don Antonio Aguilar,
el Antonio, comprobó su embestida con unos pases largos y completos, nobles,
modelos. Casi al instante las exclamaciones del público, terminadas en una gran
ovación, estallaron en la plaza. Cambió el tercio, y después de las intervenciones
de los banderilleros y del picador, el toro conservaba toda su fuerza y coraje,
y don Antonio Aguilar, el Antonio, los aprovechó en el tercio de muleta, a solas
con él, en el centro del ruedo. Si hubo algo que años después fue incapaz de
recordar fue la cantidad de pases que pudo sacarle y los olés ensordecedores
que llegó a escuchar.
Mientras
recogía la espada observó cómo varios fotógrafos buscaban buenos lugares para
continuar inmortalizando los minutos maestros que don Antonio Aguilar estaba
teniendo. Se acercó con orgullo al astado, lo situó con tranquilidad y se dispuso
a terminar a lo grande. Uno de los periódicos locales no encontró palabras para
expresar la forma en que, don Antonio Aguilar, el Antonio, puso el broche final
en la suerte suprema. Ni el mismo don Antonio Aguilar pudo describirla después,
y se llenó de orgullo cuando, al mirar al tendido para dar el saludo, no encontró
un sólo hueco que no estuviera cubierto por un pañuelo blanco. Ésa fue la primera
vez que consiguió el rabo. Pero lejos de quedarse ahí, logró salir triunfante
con el segundo toro, un negro entrepelao, apoderándose también
de su rabo y brindándoselo a su apoderado don Manuel Mocoste.
Salió
por la puerta grande, donde lo esperaba una multitud, que lo estuvo aclamando
entre los destellos de los flashes de las cámaras fotográficas de la época.
Recordaba a una mujer que le sonreía de todo corazón, expresando su admiración
mediante palabras que no consiguió escuchar entre los gritos y el clamor de
la muchedumbre.
Don
Antonio Aguilar levantó la vista de la fotografía, uno de los pases al primer
toro. Sintió el sólo tener esa, aunque recordaba que conservaba periódicos que
hablaban de esa tarde. En algún sitio estarían, tal vez eran esos que había
tenido que apartar para poder sacar el álbum que ahora miraba.
De
pronto, don Antonio Aguilar escuchó un ruido. Se sorprendió de la rapidez con
la que lo reconoció, alguien abría la puerta de la casa. Inmediatamente se levantó,
apoyándose en su bastón y sin hacer caso de un dolor que nacía de lo más profundo
de su espalda, soltó el álbum de fotografías sobre la pila de periódicos viejos
y salió de la habitación lo más rápido que pudo. Casi corrió por el pasillo,
y cuando llegó a la escalera se agarró con fuerza al pasamanos para evitar una
caída prácticamente segura. Al llegar abajo, aceleró de nuevo su paso, llegó
a la salita de estar, encendió el televisor y se arrojó a su butaca en el momento
en que su hija abría una de las puertas que accedían a la habitación.
-¿Qué
tal, padre? ¿No se habrá usted levantado? Mira que con lo mayor que está...
No nos vaya a dar un susto.
-No,
mi hija, no me he levantado. Ya me lo habéis dicho demasiadas veces, ¿No te
parece?
Su
hija lo besó, miró un momento el televisor y se acercó a la puerta por la que
había entrado.
-Voy
con madre a preparar la comida. No nos tardamos.
La
mujer salió de la habitación, pero escasos segundos después regresó.
-Padre,
la próxima vez, no olvide que es mejor encender la luz en lugar de correr las
cortinas.
Don
Antonio Aguilar la miró sorprendido. Sonrió un poco, y le agradeció el consejo.
©"Años Después", Joaquín Fernand.

Ambas fotografías pertenecen a la Plaza de Toros de Ronda (Málaga)