LOS CELADORES - (C) Joaquin Fernand

LOS CELADORES

de Joaquín Fernand

También es en el año 1999 cuando Fernand escribe este relato breve, justo después de otro texto corto también de narrativa, de título "Megalómano Amigo", acerca de un golpe de estado. En "Los Celadores", Fernand escribe tocando elementos característicos que las historias de terror gótico; en concreto, aparecen aquí un lugar encantado y un espíritu que se materializa ante los vivos porque no descansa en paz, temas siempre atractivos para la literatura que aquí se mezclan directamente con el arte de un pintor que decide plasmar en un lienzo las ruinas de un olvidado monasterio a las que nadie del lugar le recomienda acercarse. Pero no sólo se menciona la presencia de esta disciplina artística, sino que la música juega un papel fundamental, convirtiéndose en un personaje más de la historia que domina por completo unas escenas en las que se detiene el tiempo para ser testigo de cómo evolucionan las notas procedentes de la magnificencia de un órgano. Destacan principalmente las descripciones, detalladas, cautivadoras, en especial las que relatan el recorrido del aire a través del órgano hasta convertirse en un sonido perteneciente a una cadena, la propia composición musical.

Fernand afirma haber estado escuchando durante la redacción de la historia el más que clásico "Toccata y Fuga en D menor" del gran maestro del órgano Johann Sebastian Bach, (audición recomendada durante la lectura), pero señala que hay que prestar atención a la pieza por completo, ir más allá de los archipopulares primeros compases que mantienen en un inmerecido anonimato al resto de la composición.


^^Mucho tiempo atrás, hace ya más de un siglo, un curioso viajero se acercaba a un pueblecito norteño perdido en la montaña, del que nunca llegó a recordar el nombre, tal vez porque jamás lo supo. A lomos de un caballo fatigado por el peso de los cachivaches de pintor de su dueño, paseaba por un camino serpenteante, que desaparecía cuando las curvas, caprichosamente, bordeaban las escarpadas montañas aún cubiertas de nieve. Ponía atención el viajero en tan exquisito paisaje, en busca de algo que despertase su inspiración y lo obligara a descender de su montura y a plasmarlo en uno de sus lienzos, pero no le terminaba de agradar el conjunto, pues notaba que hacía falta algo que lo completara, que fuese el protagonista de su obra, para situarlo en tan sublime escenario.

Y pronto halló lo que buscaba. En algún momento el camino ascendía una pequeña loma, la coronaba, y al descender descubría a lo lejos, oculto por la maleza, un edificio de gigantescas dimensiones, de piedra, que de inmediato atrajo al joven pintor viajero, que no despegó sus ojos de la construcción hasta casi haberse saciado de ella.

En esto apareció un viejo aldeano, con la azada apoyada en el hombro, sumido en sus pensamientos y tal vez hablando consigo mismo, que seguía el camino con dirección al pueblo, paseando por una de las orillas de dicha senda.

Se le acercó el pintor con su cansado animal, y le preguntó por el llamativo edificio que tanto le había gustado, respondiendo así el caminante:

- Es el antiguo monasterio de los hermanos Celadores. Hoy está abandonado, aunque la verdad, yo creo que lo ha estado siempre. Dicen que se fueron de allí cuando se impuso la reforma de la orden, pero no estaría yo tan seguro de ello...

- ¿.Y por qué motivo no lo cree usted así, buen hombre? Sepa que me ha dejado intrigado.

- Pues verá... se cuenta que allí tuvo lugar un horrible crimen, y que en ciertos días en los que se celebran fiestas religiosas se escuchan ruidos con cierta armonía, muchos creen que es música...Nadie ronda por allí, pues por estos lugares ese es un sitio temido.

- Vaya, veo que otra vez las ruinas son protagonistas de leyendas y cuentos fantásticos - interrumpió el viajero, con enfado-. Pues mire, voy a ir a pintar ese maravilloso monasterio del que esa historia de hoguera habla.

El aldeano se sorprendió al escuchar tales palabras del desconocido.

- ¡No vaya, señorito, no vaya! Al menos no lo haga hoy, que es Viernes Santo. Se lo ruego, no sea usted tonto y no vaya...

-¡Pero cómo se atreve!- gritó el pintor enfurecido, agarrando con tal fuerza las riendas del caballo que el animal relinchó-. ¡Quién se ha creído usted para insultarme de ese modo!


-Pero es por su bien caballero, tenga cuidaado con lo que hace...

-¡No se me acerque! Llamarme tonto, ¡Habráse visto!

Salió corriendo el aldeano, asustado por el repentino enfado del jinete, y por lo que acababa de proponerse, y se perdió en una de las curvas del camino.

-¡Corra, eso es, corra! ¡Y llévese sus inútiles cuentos con usted, para que se los cuente a los niños! -le gritó el pintor, y dominando a su caballo siguió el camino, aunque al localizar una bifurcación cambió su itinerario, dirigiéndose al misterioso monasterio allá envuelto por la frondosidad del bosque.

Siguió cabalgando, ahora más despacio, porque ascendía por una estrecha y tortuosa senda que parecía que se iba a borrar de un momento a otro. Andaba el caballo con cuidado y con cierta indecisión, asegurando el lugar donde ponía las pezuñas, tratando de evitar una caída segura por aquel aluvial escasamente visitado. En el momento en que lo creyó oportuno, el viajero continuó a pie, amarrando a su montura más tarde en un tronco de considerables dimensiones. Con cuidado y parsimonia, fue sacando sus instrumentos de pintor de unos viejos sacos, colocó un lienzo sobre un caballete destartalado, y extrajo sus pinturas de una bolsa de cuero.

Embelesado, comenzó a deslizar un pincel sobre el cuadro, dándole una primera forma al dibujo, sin demasiada lentitud, plasmando de forma fidedigna todo cuanto sus ojos veían, teniendo como absoluto protagonista al monasterio de los Celadores. Quedó sumergido en su trabajo, atrapado por él y en él, realizando su obra con movimientos mecánicos, como si sólo existiese aquello que hacía, esclavo de las formas del impresionante edificio, tan alto, con aspecto poderoso, cubierto en parte por la vegetación que lo rodeaba, contrastando su piedra con el verde envolvente; sereno, sinuoso y desbordante de misterio, queriendo el pintor componerlo en el lienzo, crearlo para sí.

No supo cuánto tiempo estuvo allí. El sol fue cruzando el cielo, trazando su arco desde un punto a otro, y hacía rato que quería desaparecer detrás de una lejana montaña, dejando que las sombras se alargaran y crecieran, desfigurando los objetos y atrapándolos en ellas. La poca luz que todavía quedaba se apresuró a marcharse cuando unos nubarrones aparecieron en el cielo, ominosos, adueñándose de él. No tardó mucho en llover.

El viajero aligeró todo lo que pudo para recoger sus herramientas. Buscó un trapo cualquiera entre sus cosas, encontró uno, viejo, no demasiado limpio y descolorido, y cubrió el lienzo con él. Rápidamente cogió sus pinceles y sus pinturas y los dejó caer en uno de los sacos, produciéndose un ruido opaco. El caballo relinchó cuando su dueño trató de auparse con violencia, cargado con los sacos y la pintura ya medio seca. La lluvia caía con más fuerza por momentos, lo que obligó al viajero a refugiarse en el interior del monasterio. Pensó en buscar algún lugar que no hubiese caído y esperar allí hasta que la lluvia amainase.

A medida que se acercaba al monasterio le pareció que éste crecía, que aumentaba su tamaño, y tuvo la sensación de que en cualquier momento podía caérsele encima. Algunas ranas croaron, y un reptil se adentró en las oscuridades de la roca, perdiéndose en un sinfín de galerías húmedas. Se dirigió a un edificio anexo, quizá el único techo que no había cedido al paso del tiempo, y sólo cuando estuvo dentro supo que se encontraba dentro de una iglesia.

Las gotas de lluvia se filtraban entre las grietas de las piedras, y caían y retumbaban, oyéndose por toda la nave. Numerosos roedores corrieron a camuflarse en la oscuridad, desapareciendo, y volvieron a correr cuando el viajero encendió un pequeño fuego con algunos trozos de madera para poder ver la estancia. Los murciélagos huyeron en desbandada, despavoridos.

Colocó el pintor el caballete, puso el lienzo cubierto en él, y pareció olvidarlo, centrando su atención en cuanto le rodeaba. A la luz amarillenta de las llamas, encendidas con los fósforos que usaba para fumar en pipa, la pequeña iglesia se volvió inquietante, de aspecto arcaico. Una única nave la formaba, prácticamente vacía, aunque quedaban unos pocos elementos decorativos. Al lado del viajero, de piedra, un estrecho confesionario era el nido de animales que se escondían del radio de la luz. Más al fondo, un retablo subía hasta muy alto, y la pintura mural, aunque muy estropeada, permanecía allí, legible, pudiendo descifrarse las acciones que se representaban. Buscó el pintor un madero largo, que posiblemente había pertenecido a un banco ahora inexistente, envolvió uno de sus extremos con un trozo de tela que encontró en un rincón abandonada, y después de acercarlo a las llamas lo usó a modo de antorcha. No reconoció ninguna escena bíblica, pero sí pudo determinar la antigüedad de las pinturas, situándolas en la Edad Media. En el otro extremo de la sala encontró un pequeño altar, con un retablo aún más trabajado, que había sufrido la agresión de un bárbaro que trató de arrancarlo, por encima de sitiales, mutilados candelabros volcados en el suelo, trozos de madera y alguna que otra roca. Volvió atrás, pensando que el monasterio tenía que haberse abandonado con prisa, y no pasó el techo de largo ante sus ojos de experto. Lo admiró, fijándose en los arcos que lo cruzaban y en las bóvedas por las goteaba la lluvia. Sobre el pórtico de entrada, un balconcillo semicircular contenía el coro, del que el viajero sólo pudo ver sillares volcados. Más arriba, casi en la unión de la pared con el techo, tres ventanales eran apenas atravesados por una luz que en cuestión de segundos desaparecía, pero que permitía ver las vidrieras destrozadas, de las que sólo una se conservaba entera, la de la ventana central, aunque una oscuridad la ocultaba parcialmente, algo opaco que el viajero no acertaba a adivinar.

Después de observar con detenimiento la iglesia, el pintor decidió esperar a que escampara. Liberó a su caballo del peso de los sacos que cargaba, y éste se tumbó en el suelo, durmiéndose al poco. Resolvió terminar el lienzo. La claridad derramada por las llamas pareció convertir su obra en un conjunto de trazos de diferentes grosores y colores, dibujadas al azar sobre un fondo amarillo. Buscó un buen lugar en el que sentarse, una silla, la que le sorprendió por no estar atacada por la polilla, y preparó de nuevo sus pinturas para acabar el cuadro. Una única gota de agua había caído sobre el lienzo, justo en la puerta del edificio anexo, donde él se encontraba. Varias veces pasó el pincel, pero la pintura corrida no se desplazó del lugar. Sin más, se ocupó del fondo del cuadro, de la espesa vegetación que crecía en torno al enorme edificio. Y centrado en esto, no sintió el paso del tiempo.

Tan sólo un hecho consiguió sacarlo de su pintura, un hecho al mismo tiempo seductor y horrible del que pocos serían capaces de hablar, o simplemente creer una vez lo hubiesen vivido. Estando el viajero finalizando su obra, un extraño ruido llamó su atención. Con el pincel inmóvil en su mano, desplazó la mirada a su alrededor, buscando entre las sombras, escrutando en la oscuridad, sin encontrar más que suciedad y desorden. Rebuscó allá donde no llegaba la luz de las llamas, bien porque no eran lo suficientemente altas, bien porque no se atrevían a iluminar. Otro sonido llegó a sus oídos. De inmediato, como si fuese una reacción, el pintor levantó la mirada al balconcillo del coro. Arriba, un hombre caminaba despacio con un candil en la mano, vestido con oscuros ropajes propios de eclesiástico. No pudo distinguir su cara, y por la escasa luz del farolillo que el enigmático hombre portaba descubrió que una capucha ocultaba su cabeza. Se detuvo repentinamente, ocupó un sitial que permanecía de pie, quedando de espaldas al viajero que seguía la escena extrañado y confuso. El eclesiástico colocó el candil en algún gancho cercano a él, y después de oírse el chirrido de bisagras, sus dedos encontraron algo, que palparon con sumo cuidado. Después de unos segundos de silencio, el sonido de un órgano inundó la vieja iglesia.

Unas primeras notas, seguidas y acompasadas, fueron escoltadas por más segundos de silencio, en los que el pintor, sorprendido, localizó en la oscuridad el viejo instrumento que estaba siendo tocado. Ahora supo que aquella opacidad que no permitía ver la vidriera correspondía a los tubos del órgano, que subían y se prolongaban hasta un lugar inaccesible, confundiéndose con las sombras que los acompañaban desde el momento en que nacían.

Notas fluidas y armónicas comenzaron a invadir todo el espacio. El pintor creyó vivir un inoportuno sueño, y describiendo como cómica la situación se recostó en su silla, dejando su pincel junto al cuadro. Sintió algo que lo hizo sumergirse en la música que infestaba el recinto, que salía con gracia y extraña autonomía de los tubos del órgano y pasaba a ocupar la iglesia, hacerla suya, pasando por las bóbedas, entrecruzando los arcos, descendiendo como espiral por las columnas de piedra, recorriendo la nave y recostándose en los doseletes que aún se mantenían , para perderse entre las piedras que formaban el templo, adentrándose en las oquedades y haciendo de las rocas aras que contenían la mayor reliquia, la música.

Las teclas descendían y se elevaban las pulsadas por la fría mano del desconocido de la capucha, el registro bajaba y subía como loco; molinetes, válvulas y tubos danzaban a un mismo ritmo mientras eran atravesados por las notas hechas aire, como si de un escalofrío placentero se trataran, que se escapaban y huían para seguir contagiando su danza a todo aquello que encontrasen. No era de extrañar que el viajero creyese ver cómo las llamas de la hoguera se hacían fuertes, poderosas, crecían; y seguían el ritmo de las notas en un baile irresistible

El eclesiástico del candil tocó únicamente una pieza. Al finalizar ésta, sin que el eco de las profusas notas acabara de disiparse, agarró su punto de luz, y con unos andares más ligeros que con los que llegó, se dirigió hacia el único lugar por el que se accedía al balconcillo del coro, la escalera incrustada en la roca, que desaparecía en el interior de la pared para aparecer más abajo, llegando a la nave de la iglesia. El pintor se levantó de su silla, sintiendo un singular cansancio, y comenzó a subir dicha escalera, sumida en la oscuridad, mientras preguntaba a voces la identidad del inquietante personaje. No pudo entender dónde pudo ocultarse, pues llegó al balconcillo y no lo encontró, ni se cruzó con él por la tortuosa escalera. Sintió temor al pensar que podía estar observándolo desde algún lugar, con el candil apagado. Esperó y lo invitó a salir, pero no lo hizo, por lo que volvió al lado de su caballo dormido, no sin antes ver de cerca el órgano que se alzaba ante él, imponente. Pasó la mano por la madera, y la encontró quebrada, rota, apolillada. Descendió los dedos al teclado, y al pulsar algunas teclas el instrumento emitió ruidos toscos, groseros, desgastados, nada armónicos. Enfrente de su hoguera, sentado en su silla, trató de hallar algo verdadero en el suceso que había vivido. En esta labor, el cansado viajero se quedó dormido.

Abandonó el monasterio bien temprano, cuando el sol se asomaba tímidamente por entre las montañas. Con cuidado, subido a su montura, comenzó a descender el dificultoso y resbaladizo camino, que se encontraba anegado, invadidas sus orillas por el fresco barro provocado por la lluvia. Iba el viajero callado, con el rostro sereno, sin pensar en nada que no fuese su cuadro, terminado la noche anterior. Al llegar a la bifurcación torció a la derecha y se encaminó al pueblo que hacía poco había despertado.

Las calles estaban frías a tan temprana hora, y no había unión entre dos adoquines en la que no se hubiese formado un charco. Su caballo procuraba evitarlos, bajo la atenta mirada de su amo, que al mismo tiempo admiraba cuanto veía a su alrededor.

Llegaron a una posada, y se detuvo el viajero para comer algo. Aseguró su montura a un poste, junto a una fuente, de la que el sediento animal no se despegó en un buen rato. Con sus sacos a la espalda y el lienzo con el caballete debajo del brazo entró en el local.

Dentro olía a rancio. Al fondo, una escalera accedía a plantas superiores, y su hueco había sido ocupado por una multitud de sacos, amontonados de cualquier forma, unos sobre otros. Al lado de esa escalera un sinnúmero de sillas y mesas formaban el comedor, casi apelotonadas, ocupando toda la habitación hasta llegar a la misma puerta de entrada. El viajero creyó imposible que la gente que a aquella hora las ocupaba no se sintiera ahogada en un mar de madera. Se sentó en la mesa más cercana, soltó sus sacos y se le acercó un hombretón corpulento y sudoroso, barbudo, que le miró con sus diminutos ojos, perdidos en el rostro.

-¿Qué se le ofrece? -preguntó con una amabilidad que chocaba con su aspecto.

- Déme el plato de hoy, señor. Y no olvide darme de beber hasta que me sacie- respondió el pintor, colocando su pintura frente a él apoyándola en una silla mil veces barnizada.

Lo sirvieron el hombre corpulento y una joven muchacha, a la que encontró parecido con el pletórico caballero. Se quedó la mujer mirando el cuadro, entrecerró los ojos de forma divertida y al rato preguntó:

-Es el monasterio de los Celadores ¿verdad? Es un lienzo precioso, señor.

-Gracias, señorita.

-Y dígame -continuó la muchacha-, ¿Lo tuvo usted enfrente mientras lo pintaba?

-Así fue. Anoche lo hice. Bueno, realmente fue por la tarde, aunque luego lo retoqué por allí.

-¿Por allí? Temo no entenderle.

-Bien, iba de camino a este pueblecito, y encontré en las ruinas del monasterio un imán que me atrajo y que me decidió a pintarlo, pues me gano la vida con la pintura y viajo buscando escenas que retratar. Estando allí me sorprendió la lluvia, y me resguardé en el monasterio hasta que amainase y pudiese marcharme con mi montura. Pero no paró de llover en toda la noche.

La muchacha lo miró visiblemente extrañada.

- Perdone mi indiscreción - dijo -, pero ¿Dónde pasó la noche?

- En el monasterio.

Repentinamente, el viajero notó que la gente de aquella habitación olvidaba sus asuntos para volverse a mirarle.

- ¿Quiere decir que durmió en el monasterio, anoche? -inquirió ella incrédula.

-Sí, no comprendo su sorpresa.

-¿Y vio algo raro, señor?, se interesó uno de los viejos que comía al fondo, con otros.

-Supongo que querrán saber la verdad, y no encuentro motivos para ocultarla. Verán, ocurrió algo que en mi vida hubiese imaginado, algún loco en mitad de la noche entró para tocar el destartalado órgano que hay allí, eso sí, con gran maestría.

Todos los que le escuchaban se quedaron inmóviles. Alguno de ellos se santiguó, y otros tantos se lanzaron unas miradas entre ellos.

- Tienen que tener cuidado, señores, - continuó el pintor para romper con la tensión que sus palabras habían provocado -, no se siente uno seguro sabiendo que hay bandoleros que lo mismo matan que tocan el órgano.

La muchacha, que había escrutado sus ojos para tratar de descubrir cuánta verdad había en lo que dijo, se le acercó y dijo con convencimiento:

-No era un bandolero lo que usted vio, ni un loco, sino el fantasma del viejo abad del monasterio, que murió frente al órgano que gustaba tocar en las fiestas religiosas.

¡Oh, vamos! -replicó el viajero, enfadado-, ¡No quieran hacerme creer fruslerías de esa calaña, pues ya soy adulto y no creo en estúpidos cuentos de fantasmas.

-Pero, señor, es cierto. Fue asesinado antes de que los Celadores se trasladaran a otro monasterio, en otra ciudad. Y en cada fiesta religiosa, por la noche, aparece para tocar el órgano que los monjes no pudieron llevarse, ni quisieron porque, la verdad es que es un órgano vencido por el tiempo y las condiciones del lugar donde se encuentra, y además es tocado por un ánima...

- ¡No y no! ¡Y mil veces más diré no si hace falta! No escucharé historias propias de gente tan ignorante y supersticiosa. Ahora mismo me marcho de este lugar, sin pérdida de tiempo. ¡Hala, ya está bien, ahí se quedan!

El viajero se levantó con evidente desagrado. Tras coger sus sacos, decidió irse sin más, dejando la comida humeante en el plato. La mujer lo siguió, cuestionándole acerca de lo que vio, pero al insistir y no obtener respuesta alguna, decidió describir al abad asesinado y su trabajo, coincidiendo exactamente con lo que el viajero había visto y vivido, aunque éste no manifestó esta realidad.

- ¡ Señor, se olvida el cuadro! - gritó uno de los viejos. El viajero agarrró el lienzo con fuerza, y malhumorado lo miró unos segundos. Todos notaron que algo le cambió el rostro, que se asustó, aunque pretendió ocultarlo. Entregó el cuadro al sujeto.

- Tome, no lo quiero. Quédense con sus disparates.

Y con estas palabras desató su caballo, subió a sus lomos con aparatosidad, acopló sus sacos y se alejó galopando, perdiéndose al girar una esquina.

Aún se escuchaban los cascos de su montura cuando la muchacha se inclinó sobre el cuadro, y descubrió, casi con temor, que cerca de la puerta de la iglesia del monasterio, una extraña mancha tenía un parecido asombroso con la figura de un moje vestido de negro, con la capucha puesta y un farolillo en la mano^^.

© "Los Celadores", Joaquín Fernand.

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