Epístola de Amor. (C)Joaquín Fernand

Epístola de Amor

de Joaquín Fernand

Relato particular dentro de los habituales del autor, Joaquín Fernand crea en esta "Epístola de Amor" un complejo poema en prosa que narra una breve pero muy sentida historia de amor, que necesita la completa atención del lector para extraerla de la maraña barroca con que ha sido descrita. Sin duda, se trata de una pieza narativa de importante valor, en la que se da rienda suelta a la capacidad descriptiva de la que Fernand suele hacer gala en sus narraciones; en este caso, en la descripción de los sentimientos y estados de ánimo de un enamorado que sufre plenamente la fortaleza de un amor que con él ha podido.

No te escribo yo; es mi espíritu sediento de la venganza que tú le invocas en su recuerdo.

No escucharás de él lo que de mi oíste, porque no te hablo yo ahora. No leerás en estas líneas -vulgares en las comunes calles insensibles, clavadas con frío hierro candente en mi apesarado sentir- el más mínimo halago hacia ti, ningún indicio de la más débil, mera y simplista adulación que recree de algún modo tus oídos; no, ten por seguro que no será esta vez como las innumerables ocasiones que de entre mis seducidos labios viste con delicadeza escapar la profusa cantidad de agasajos que fui, pues ya no soy, capaz de recordar después, cuando ya no estabas frente a mi y consumía tu imagen custodiada donde realicé el sacrificio de mi razón. Ya no tengo esas palabras cualquiera, todas se engancharon a todo tú cuando escapaste de entre mis dedos inhábiles, cuando descendiste a planos inferiores de la tierra y abandonaste no sé qué hogar en los adagios celestiales que por ti erigí, que por tu causa y no por otra -creas aún en palabras extranjeras injustamente adhesivas o ya no las tomes en cuenta por haber olvidado todo recuerdo- construí.

Ya llegan los emisarios de la justicia, los veo aproximarse desde la lejanía del valle hacia mí, o esto es cuanto quiero creer y quizás no los vea. Ya se acercan aquí los emisarios que traerán las órdenes de los jueces objetivos, y que con esos mismos dictámenes conseguirán inapelablemente -¡amén!- separar mi cuerpo tan fatigado, tan desfallecido y casi exánime de mi ahora vengativo, rebelde, desconocido, tortuoso espíritu raquítico, enjuto por el sentido padecimiento y verdugo de si mismo desde que se evaporó algún retirado instante la que era la sangre con que mantenía su existencia. Tal desunión entre cuerpo y espíritu es a cuanto apelo con cuantas trémulas fuerzas logro extraer no quiero saber ni de qué modo ni de qué lugar -que ha debido saberse defender bien, pues es capaz de producir y liberar un sabor distinto al dolor de la desesperación despótica-, pero falsa es esta fortaleza que me humilla por su marcada fragilidad (y es que no hay soporte, también ello es algo que imagino, que se me hace imaginar). No es más que ése mi deseo, hacer dos de mi mismo distanciando la vieja pero cuasi todopoderosa pasión marcadamente de mi reflexiva razón, sosegada en apariencia, atormentada en realidad por los deseos míos; no procuro obtener intensos y eternos días contigo, no intento lograr tu posesión infinita y sacra, no; ahora cuanto puedo querer -y aspira- es abandonarme en mi interior, mi sucio espíritu masacrado por tu atroz olvido hacia mí -¡tan inexorable!-, éste mi espíritu angustiado por el martirio del -¡¡maldito!!- recuerdo de aquella tu amadísima, de aquella tu dulcísima presencia -odiada, siempre refutada con risible facilidad, esa presencia tuya enormemente corrosiva y banal, nociva, contaminante de mi sed por ti aprovechada que nunca me dio, ni tan siquiera ofreció, nada más que lo que quiso, o quise, qué sé yo ahora, y qué sabré yo después-.

Entrar irreduciblemente en mi siento las temibles reminiscencias de no sé qué irredimibles momentos privados, confidenciales por definición casi vergonzosa, que sucedieron o tal vez imaginé que ocurrieron entre nosotros dos -nosotros dos solos-, allí en el más secreto, retirado y silencioso rincón que se ubica justo donde se encuentra la armonía entre dos cuerpos independientes, entre la absoluta consonancia de tu conjunto y mi coloquial persona. Aún puede afirmarte mi memoria -o mi fantasía evocadora de delicias utópicas- que veo a través de ella con total claridad la lindísima piel tersa de tu fez desprendiendo su inconfundible aroma mágico; aún son mis sentidos capaces de evocar, y así percibir en mi usual, llano tacto la suavidad terrible, ¡oh, qué terrible!, de tus huesos bajo tu carne sedosa, tan horriblemente adictiva, a mis anhelos imperecedera, inadmisible a cualquier anhelo de una mente viva escogida al azar, impensable por autonomasia; aquella esplendorosa beldad que quizá fue mía en un sólo instante palpable, ¡entonces sólo mía, sólo fue mía!, sólo de mi derrochador egoísmo sediento que hacía tí tú me despertabas. ¡¡Ah, terrible!!, no fue sólo carne mía. Me asqueo, se descompone prematuramente mi ser perecedero de sólo imaginar sobre tu cuero no sé qué otras manos suciamente intoxicadas por la irregular y vándala administración del veneno de la lujuria, ésa que es alimentada por el aborrecible pecado de provocar el dolor mediante el fácil y corriente y grosero artificio de la mentira, ese que fue tu singular y afilado artificio, tu amarga e insufrible daga que de seguro siempre posees y siempre gustas de llevar contigo, bajo tu querencia, bajo tu relativo y oscuro amor. Cuánto me arrepiento de no tenerte, y de no haberte tenido nunca y sólo ahogarme con mi nauseabundo espejismo, con mí mera invención deleitada por tu narcótico poder de seducción, trampa profunda, irreversible.

Cómo me arrepiento de mi ignorancia, la que me trajo la irreducible fatiga en el espíritu, la que me alejó del Dios en el que creía y tan puramente amaba antes de llegar tú, y hacerme canjear de vida, y olvidar mis rezos devotísimos y de clausura para únicamente dedicarme por entero a tu causa. ¡¡Qué vergonzoso engaño, que me ha aportado tan arisco temblor dentro de mi ser que hace que no sepa quien soy, y me avergüence de lo que he sido!!

Suplicando un perdón comprensivo y justo, aquí olvido estas letras que aguardo con ansiedad destruyan mis manos en un instante de desesperación arrolladora.

Un humilde pecador que ha perdido su vida aquí ha escrito".

©"Epístola de Amor", Joaquín Fernand.

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