La Espada (c) Joaquin Fernand

LA ESPADA

de Joaquín Fernand

"La Espada" habla sobre una oportunidad inesperada que se enfrenta con un terrible deber moral. Ambientada en el siglo XVIII, en el que Fernand sitúa muy a menudo sus narraciones literarias, cabalga entre el relato de aventuras y el bélico, introduciendo importantes elementos intimistas en algunos de sus personajes, que navegan en un relato muy sencillo y directo. Con gusto, el lector encuentra verdaderas postales del aspecto que presenta la selva amazónica, escenario también usado previamente por el autor para su primera novela, "Jonaleríes". Los ruidos y el esplendor del agua de los ríos son descritos con una viveza que traspasa las propias letras, procurando el efecto del  fresco sabor que queda en la boca del aventurero cuando hace memoria de sus pasados viajes.

 En este texto simple, ya se aprecia la voluntad del autor de no contar más allá de las letras, pero sí permitir que el lector atento entrevea una realidad más oscura que queda oculta al amparo del propio relato. En este caso, uno de los primeros en este sentido, esta circunstancia es visible en la primera carta con que la historia se inicia, donde se exaltan las bondades del preso por parte del mismísimo secretario de un rey,  cuando esta realidad jamás solía darse en caso, con la única finalidad de que se decida por la opción que le proponen sin vacilar. Posteriormente, se aprecia en la conversación final cómo el protagonista ha permanecido a voluntad de la corona ajeno a una realidad auténtica que ésta no decidió comentarle; asimismo, en lo referente al objetivo de la corona, en caso de que la comitiva de presos lograra el objetivo o no, quedarían todos libres en suelo americano,  lejos del terreno peninsular donde pudiesen volver a  delinquir,  y si fracasara en el proyecto debido a un enfrentamiento entre ellos o por enfermedades o ataques de animales en la selva, también quedaría la corona librada de ellos, de lo que se deduce el interés de esta por utilizar a prisioneros para misiones peligrosas donde de un modo u otro ella pueda seguir ganando.       

 

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^^ Agosto, al año del Señor de 17...

                        " Al Señor Don Gonzalo Menéndez,

                        En nombre de sus Majestades de España, me dirijo a Vuesa Merced para ofrecerle una oportunidad inusual mediante la que poder reducir la pena que le pesa.  Sabemos que se encuentra encarcelado por haber cometido cinco homicidios de los que fue declarado culpable en su juicio; no sea esta carta una propuesta para celebrar otro juicio más, pues el suyo de llevó a cabo oportunamente con su debida resolución que hoy día cumple, sino para que el castigo que ha de cumplir se estreche o se le conmute.  Para ello, será necesario que Su Merced realice una pequeña colaboración con la Monarquía de la que es súbdito, asunto que le explicamos seguidamente en esta misiva.

                        Como bien sabe Su Persona como viajero incansable que es, hay territorios en el sur del continente americano que en la actualidad son disputados por la Corona Española y la Portuguesa.  De seguro, seguirá  teniendo noticias de las grandes campañas de guerra que ambos monarcas costean, además de formar valientemente parte en algunas de ellas como viejo hombre de armas que sabemos que fue en su juventud.  La reconquista de estos terrenos implica el aporte de una gran cantidad de medios, de hombres y armamento, que se justifica únicamente con los logros alcanzados por nuestros eficaces soldados adiestrados, a los que Vuesa Merced perteneció justo antes de dedicarse a la venta ilegal de armas y otras actividades no permitidas, haciendo uso de sus facultades para la redacción para disfrazar todos estos negocios indebidos. Con sinceridad, consideramos amargamente que la pérdida de un soldado fiel y decidido como lo fue Vuesa Merced en su categoría es una circunstancia lamentable, pues su servicio a España fue digno de crear admiración, mas entendemos que a veces los caminos que el Señor deja entrever en la difícil vida de un hombre cualquiera pueden llegar a ser tan obtusos que no le permitan comprender el peso delictivo de aquello que trata. 

 

                        En la dura actualidad que vivimos, existe un serio problema para los dos Reinos.  El que un territorio pertenezca a una Corona u otra significa que aquellos quienes viven en él son sirvientes de su monarca, encargado de velar por su seguridad y la felicidad de todos sus súbditos y familias dentro del marco de la ley de Dios.  En las ciudades se acepta este hecho que no pretende ser más que un vehículo para la culturización de esas gentes que en tal medio geográfico no habían encontrado las circunstancias oportunas que permitiesen su progreso, pero existen comunidades aisladas en las tierras inexploradas, indígenas, cuyo control se hace más dificultoso.  A menudo, para ello se crean misiones en las que estos indígenas aprenden un oficio y hacen servicios para la prosperidad del Reino del que son súbditos, y su alfabetización es llevada a cabo con orgullo y delicadeza por diferentes órdenes religiosas una vez que el monarca lo permite.  Estas misiones protegen a los habitantes de ser vendidos como esclavos a poderosos hombres sin escrúpulos, lo que significa un avance hacia la detención del cruel tráfico inhumano que se hace con ellos.

 

                        Ha llegado hasta nuestros oídos diversas noticias fiables que hablan acerca de una misión que no obedece ni a nuestras leyes ni a las de la Corona contra la que actualmente nos encontramos en lucha, pese a tratarse de hombres españoles que allí fueron enviados y por su propia cuenta y voluntad se reunieron para establecer lo que creen que son unos parámetros para el progreso sin el amparo de monarquía alguna; se habla de una misión cristiana clandestina, donde habitan de indígenas en estado salvaje que se mantiene al margen de los acontecimientos históricos que suceden en los países del sur del continente; sin lugar a dudas, se trata de gentes sin educación alguna, lo que les hace imposible comprender las circunstancias que vive este mundo y la agradable situación de mejora que les proporcionaría la adhesión de su territorio a una monarquía tan poderosa y prestigiosa como es la nuestra.  Su vida, como podrá concluir Vuesa Merced con sus propias facultades, se ve en peligro y bastante limitada, pues es sencillo augurarles existencia en este mundo justo hasta que sea dominada por la ley de la fuerza por quienes por un casual, ejércitos o maleantes, la descubran sin esperarlo.

 

                       La Corona de España pretende acceder hasta esa misión, que se encuentra en las proximidades del río Pilcomayo, muy por encima de la ciudad de Asunción, dentro de las fronteras de Paraguay, perdida en la selva virgen, inexplorada.  El gasto que supondría la localización de esta misión y la obtención de su rendición por parte de los ejércitos que allí mantiene sería impensable para nuestro Reino, que bien hace al no inclinarse por proezas de éste tipo al hallarse sumido en una batalla continua que no debe abandonar.  Así pues, la oportuna labor que en nombre de Su Majestad le proponemos consistiría en aventurarse en la búsqueda de la misión y someterla sin necesidad de violencia a las órdenes de España, que cuanto procura es mantenerlos a salvo y hacer llegar hasta los nativos la cultura y el saber; para ello viajaría junto a quince hombres más de los que algunos se encuentran en una situación muy similar a la suya, seleccionados por su sentido arrepentimiento y buena voluntad hacia el bienestar de Su reino, y un conjunto de armas y demás útiles de guerra que Su Majestad pondría a su servicio, debidamente acondicionadas para su uso inmediato en caso de impertinente necesidad.

 

                        Aguardando que madure con el recogimiento necesario acerca de la decisión que le conviene tomar al respecto, sobre la que ya informará al delegado que en unos días le visitará en su celda, queda de Vuesa Merced el secretario en Paraguay de la Monarquía Española,

                                                                                    Ricardo  Rodríguez."

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                        Las cuatro canoas avanzaban una detrás de otra, casi unificadas en una fila débil y silenciosa .  Cada una transportaba cuatro hombres y red de pescador tan amplia como gruesa bajo las que se amontonaban sin concierto las armas ligeras y las provisiones de sabor local: los sables, los arcos y las ballestas iban en uno; en otro las flechas en sus aljabas, y las pistolas que se usaban en los duelos, y trabucos, acompañados con su munición herméticamente almacenada; y en los dos restantes se repartían las espadas, los floretes y alguna maza, todo aderezado con sacos donde los alimentos quedaban divididos primorosamente en raciones individuales, comida que se acompañaría con la prolífica riqueza de frutos comestibles de las primorosas plantas salvajes de tan extenso e insólito paraje natural.  En la estrecha proa de una de las canoas había instalada una discreta culebrina, cubierta apenas por un camisón olvidado, lo que la había puesto acertadamente en la cabeza de la marcha que avanzaba recatada dando un aspecto descuidado y coloquial.  Era en esta primera de todas donde viajaba atento a los alrededores Gonzalo Menéndez, al lado de la pequeña culebrina, acariciándola con nerviosa suavidad cuando un grito de dudable procedencia bufaba desde las profundidades recónditas en la selva lo ponía en guardia.  El timón era llevado con descuido en las cargadas embarcaciones, por turnos, al igual que los remos.  Cada uno de los hombres había añadido a la lista de útiles algunos objetos personales, que se escondían entre las ropas sucias que les habían sido entregadas.  Desde lejos, el aspecto que daban era el ser meros trabajadores que faenaban por el río en busca de quizá algún pescado determinado; por eso, las indicaciones que les hacían los lugareños que en el recorrido encontraran eran simplemente sinceras, o al menos eso aparentaban; y esta duda sumada a los treinta días que ya llevaban en las barcas dividía las opiniones de sus ocupantes.

 

                        El sol no calentaba con la fuerza suficiente para hacerlos sudar, algo digno de ser agradecido, y el suave movimiento de la corriente de agua casi mansa en aquel instante generaba una soñolencia a la que los señores no hacían frente, al contrario, la aprovechaban para descansar y disminuir el sueño acumulado durante las horas nocturnas de vigilancia, en las que cerca del fuego atisbaban en la oscuridad tan lejos como sus vistas se lo permitían, atentos a los ruidos que se producían en las proximidades y que en más de una ocasión habían desvelado a los dormidos haciéndolos saltar a las armas con el sigilo vital necesario en los mercenarios.

 

                        - Pues bien, yo creo que no tiene sentido que continuemos, ya está registrada toda esta arboleda – dijo uno de ellos abriéndose de brazos para intentar abarcar las inabarcables dimensiones de la impresionantemente frondosa selva eterna.

 

                        - Guarda silencio, Rafael – ordenó Gonzalo -, llevas quejándote desde el día primero; así vas a espantar a todos los indios de esta zona.

 

                        - ¿De esta zona?  Jajajaja –rió con ironía malsana, perforadora del decaído ánimo común-; aquí no hay indios, este es uno de los territorios en los que la mano del hombre no ha llegado aún, el paraíso de esos cristianos. ¿De verdad pensáis que existe alguien en este... asqueroso mundo, que quisiese vivir aquí? No creo que sobrevivieran del ataque de cualquier animalucho salvaje, dad las gracias a vuestro Señor todos vosotros porque aún conserváis la vida en este odioso paraje.

 

                        - Cállate – dijo ofendido Rodrigo Quijano, individuo autóctono y ladrón innato, cambiando su postura a otra que le pareció más cómoda -, que yo soy cristiano y no me he metido contigo ni siquiera por esas picaduras de mosquito.

 

                        - Pues muy bien. Yo me alegro. Pero yo no lo soy, y me trae el fresco todo lo que digáis tú, los indios, los portugueses o la madre que parió a la puñetera selva esta.

 

                        Las canoas bordearon un meandro lentamente; entonces divisaron cerca de la orilla diestra a dos hombres de mediana edad que pescaban en una rústica embarcación. Rafael hubo de morderse los labios; el resto de sus compañeros adecuaron sus modales a la cortesía que les había sido aconsejada para lograr el fin propuesto. Se intercambiaron entre ellos miradas sosegadas como medio de comunicación interna en el conjunto que formaban. Tomó entonces la iniciativa aquel de mayor presencia.

 

                        - Señores míos,  ¿podría alguno indicarnos el camino para llegar a la misión de San Ignacio? –preguntó con cortesía Gonzalo.

            

                      Los dos pescadores se miraron entre sí sin alterar el gesto de sus curtidos rostros. Sus rudimentarias cañas quedaban encorvadas pese a disminuir la tensión a las que se las sometía; largos años forjarían su espíritu al tiempo que ponían a prueba la paciencia de tales señores.

 

                        - ¿Misión ha dicho?  Aquí no hay misiones, afortunadamente; aquí solo reina el Dios de la selva.

 

                        Rafael intercambió de nuevo una mirada con Rodrigo, esta vez sin disimulo de ningún tipo, quien se levantó con cuidado para no perder el equilibrio en la estrecha embarcación y amarró otra de las canoas junto a la suya.  La voz de Gonzalo era un susurro cuando dijo:

                        - Somos religiosos todos nosotros, venimos a relevar por un tiempo a los que ya están allí; comprendo que no quieran hablarlo con extraños, pero andamos... bastante perdidos, ¿lo entiende? Son muchos días de viaje y estamos ... ¿cómo se dice?, extenuados.

 

                        El rostro oscuro  de uno de los pescadores se arrugó visiblemente, incrédulo. Sus ojos recorrieron las caras amables de los numerosos ocupantes de las embarcaciones, que se esforzaron en endulzar sus rasgos no sin esfuerzo para alguno de ellos. Luego los pescadores repararon en las redes que transportaban las cuatro canoas. La tela con la que estaban confeccionadas estaba tan previsoramente compacta con dobleces nudos que no permitía ver el interior de ningún modo.  Mediante sus formas, sinuosas y apretadas, tampoco era posible siquiera intuir qué escondían.  Gonzalo, que descubrió la evidente investigación de la mirada del pescador, se apresuró por responder con la misma serenidad con que los abordase:

 

                        - No es motivo de preocupación, son sólo alimentos y ropas, alguna Biblia que nos hemos permitido traer... también hay algo de tabaco, la verdad. Si no vamos vestidos como tales, entiendan que no queremos morir de un disparo, sabe Dios las peleas terribles que los hombres cometen en estos territorios inhóspitos.

 

                        El lugareño siguió sin quedar convencido, recio ante ellos como un tronco centenario, tan proliferantes en los alrededores. Se hizo el silencio entre los humanos, pues bien es sabido que es imposible no escuchar la vida que se desarrolla en lo profundo de una selva. Algunos de los hombres de las canoas comenzaron a impacientarse, gesto opuesto a la tranquilidad absoluta que presentaban los dos pescadores, captores del mínimo gesto de los que decían ser religiosos misioneros.

                    

                        - Ustedes no son de acá. Su acento es bien español.

 

                       - Sí, así es. Está bien – anunció Gonzalo de modo decidido-, le diré la verdad.

 

                        El resto de los hombres que lo acompañaba temieron unos segundos sobre la propuesta de su jefe, tan extrañamente inusual como la escasa credibilidad que parecían tener ante los pescadores. Anteriormente, el soborno inmediato siempre había permitido continuar el viaje con la información precisa que conocían aquellos a quienes preguntaban, pero estos pescadores tan alejados de cualquier aldea De soslayo se observaron unos a otros, incapaces de saber qué hacer. Hubo quien introdujo su mano a escondidas en las redes tratando de tener localizado el cuerpo de alguna de las armas que portaba.

 

                        - Rogamos que no lo comenten o nos buscarán la ruina, por el amor del Dios que sea en el que crean; –continuó Gonzalo con majestuosa seriedad. Tras una breve pausa destinada a causar expectación al tiempo que él simulaba madurar cuanto iba a anunciarles, continuó-. Nos dedicamos al tráfico de productos, somos comerciantes que también trabajamos con algunos materiales.... no muy bien vistos, ya lo entienden, y le llevamos algo que nos pidieron a los misioneros éstos. Pero nos encontramos completamente perdidos, no sabemos situarnos. No se preocupen, no traficamos con esclavos ni somos mercenarios de nadie, de nadie -señaló levantando las manos en alto para demostrar que las mantenía limpias de pacto alguno-, sólo nos ganamos la vida como buenamente podemos, y parece que estos señores han depositado su confianza en nosotros.

 

                        - Podían haberlo dicho antes, aquí no hay peligro de que sean capturados por nadie.  No es una misión propiamente dicha, me imagino que ya lo sabrán todos; se trata de cuatro locos cristianos que cualquier día caerán en manos del primer ejército que se aventure a subir hasta aquí.... se encuentra, pues a unos dos días de este lugar, con ese mismo rumbo que llevan.  Permanezcan atentos a la orilla derecha, porque un pequeño río se abrirá cuando menos lo piensen.  Remóntenlo, es muy estrecho pero el caudal que tiene es suficiente para esas canoas, se las ve potentes.  Ya verán la misión más arriba, no se preocupen. Y bueno, no es habitual el ver mucha gente por acá, no sabíamos que esos locos también comercian.

 

                        Gonzalo asentía según lo escuchaba, imaginando la ruta descrita para memorizarla a continuación. El resto de los hombres mantuvo el silencio sin bajar la guardia, aunque sí que respiraron más tranquilos aquellos que ya veían la necesidad de atacar.

 

                        - Gracias, muchas gracias, buen hombre, gracias – Gonzalo les entregó un trozo de tela que sacó de algún sitio en el suelo de la canoa.  Los pescadores lo cogieron intrigados;  era de una maya algo más débil que las redes que llevaban, por lo que lo abrieron lo suficiente para así conocer su contenido.  El cacao entregado brilló al sol cuanto pudo verse de él -. Supongo que lo cultivarán por aquí, pero éste es de lo mejor que existe.  Se lo aseguro.  Viene de lejos, bastante lejos. Tómenlo como un regalo, así, de confianza. Estaremos muy agradecidos por su silencio, en el que confiamos.

 

                        Los dos pescadores quedaron contentos, y despidieron a los hombres de Gonzalo hasta que los perdieron de vista, saludándolos con la mano de vez en cuando y alzando el cacao como el inesperado premio que era.

 

                        - ¿Estás loco? - le gritó Rafael cuando no podían ser oídos, envueltos de nuevo por la completa supremacía de la selva -.  Nos asustas con tus confesiones y ahora les das el cacao.  ¿Qué comeremos, nos comemos unos a otros, eh?

 

                        Gonzalo no habló mirándolo, sino que se mantuvo atento al frente, a la luz de la tarde que cambiaba el paisaje por segundos.

 

                        - Este lugar al que llaman selva está lleno de alimentos, te aseguro que no te verás en la necesidad de comernos como no lo has tenido que hacer hasta ahora...

 

                        - Descuida, no pensaba hacerlo, y menos a ti, debes tener la carne más que seca.

 

                        - Y ese cacao estaba vacío, anoche en la guardia me entretuve uniendo las dos partes una vez que saqué el grano.

 

                        -¿Quieres decir que les has dado dos cáscaras... sin nada en su interior?

 

                        Los hombres sonrieron jocosos ante la inesperada iniciativa de su superior, que no volvió el rostro ni un segundo para escudriñar a ninguno.

 

                        - Sí, por eso que hay que buscar un sitio donde descansar bien lejos de aquí para evitar las sorpresas desagradables.  Sabiendo que estamos a dos días de camino, comprenderás que no voy a entregar provisiones a nadie teniendo mi destino tan cerca de mi mano. Así que remad con brío que alcancemos un buen punto antes de que caiga la noche. Y en las guardias, ¡ay! de aquel que descubra entreteniéndose vaciando cacao.

 

* * * * *

 

                        El río se abría, efectivamente, a la orilla derecha, escondido tan magistralmente entre árboles de modo que no se reparaba en él de no estar efusivamente atento.  De hecho, lo localizaron al observar que las canoas se desplazaban suavísimamente hacia la orilla izquierda, porque el agua de la estrecha desembocadura las empujaba.  Viraron una detrás de otra, y se adentraron en el angosto pasillo que las aguas habían abierto en la densa vegetación.  Según el cálculo de la hora solar debía de ser mediodía, pero las copas de los árboles eran en aquel punto una frontera infranqueable para la luz.  Unos rayos delgados y sin fuerza conseguían llegar hasta las aguas y rozarlas, donde se reflejaban y se distribuían sin dirección ni destinatario, proyectando su luminosidad sobre los colosales troncos de las plantas y estableciendo juegos de sombras que distraían la atención de los hombres de Gonzalo Menéndez.

 

                        La corriente del río se volvió turbulenta mucho más adelante.  Su sonido envolvente era casi comparable a las caídas de agua, con la misma intensidad, pues se apocopaba su eco en la profundidad desconocida que se extendía indescifrable a ambos lados de las canoas.  La superficie del agua diáfana era un revoltijo de olas que se encrespaban y arremetían contra las embarcaciones, salpicando, variando incontroladamente su dirección.  Las rocas que emergían del fondo eran esquivadas casi en el mismo instante en que eran descubiertas, pues el reducido canal no permitía la visión de la superficie del agua sin hacer zozobrar las embarcaciones.

 

                        Los hombres remaban con fuerza.  Sus fortalezas comenzaban a disminuir como consecuencia de las amplias brazadas que daban, situando los remos entre las rocas para no partirlos.  Uno de las últimas canoas cayó al río, pero tuvo tiempo de asirse con fuerza de nuevo antes de ser atropellado por la siguiente.  La segunda barca encalló, como ya esperaba que ocurriese Gonzalo.  Los hombres atraparon las resbaladizas piedras y las empujaron en un intento de liberar la embarcación.  La primera canoa se alejaba de la comitiva, y en una decisión rápida Rodrigo se lanzó al agua para aportar su colaboración.  No fue necesaria, por lo que ocupó su puesto de nuevo, mojando con las hebras que escurrían de sus ropas el saco donde guardaban el armamento.

 

                        - ¡Maldita sea! - exclamó Rafael cayendo de bruces sobre la espalda de Gonzalo -, aquel ignorante estúpido no nos dijo nada acerca de cómo de rusco es este maldito caudal.

 

                        - Sí - dijo otro desde la canoa postrera -, corremos peligro, esperemos que no encontremos cataratas, sería imposible franquearlas con estas barcas tan débiles.

 

                    - Desde luego, es el mejor lugar para situar un poblado -anunció otra voz de remero apagada por las aguas.

 

                        Gonzalo levantó la cabeza; creyó haber identificado un ruido, pero no estaba seguro que saber a ciencia cierta de qué se trataba.  No lo descifraba con claridad entre los complejos ruidos que poblaban la inmensa selva, y que siempre sorprenden hasta al más experimentado cazador por su variedad innumerable de cánticos sibilinos que nacen desde el corazón mismo, punto inalcanzable más lejano y profundo, de estas tierras con Dios propio y particular.

 

                        - Permanecer callados, todos.  Nos podrían oír.

 

                        Algunos de sus compañeros cuchichearon, descuidando la advertencia del hombre que los dirigían.  Rodrigo se aventuró a hacer un gesto sarcástico que produjo la risa en los demás.  Gonzalo se alzó enseguida tras haber comprendido la burla a su costa, esgrimió su daga al instante  y la colocó enérgicamente sobre el cuello de Rodrigo.

 

                        - Juro que al próximo que sea capaz de poner en riesgo esta expedición le daré muerte sin que se de cuenta.

 

                        Las facciones de su rehén reflejaban el terror que sentía.  El cuchillo se impuso en los hombres, que no osaron despegar los labios siquiera. Gonzalo dejó caer a Rodrigo con brusquedad en las pequeñas dimensiones de la embarcación, y éste se apresuró a apartarse de él. 

 

                        - Después de llegar hasta aquí, no podemos cometer riesgos inoportunos; si alguien no supo entender la libertad que se ofrecía a través de la propuesta que nos trae a todos a esta selva es tarde para detenerse a pensar. Presiento que estamos cerca – miró a su alrededor con decisión, haciendo uso de la daga para señalar al frente, allá donde quería posar los ojos de sus hombres -. Vamos a continuar un rato más, hasta que veamos la misión, y buscaremos un lugar donde acampar.  Esta misma noche entraremos allí camuflados en la oscuridad.

 

                        Ninguno de los viajantes manifestó oposición alguna a la decisión del dirigente.

 

* * * * *

 

                        Rafael era incapaz de percibir qué sujetaban sus manos, quiénes estaban a su lado.  Escuchaba con atención las órdenes que Gonzalo Menéndez iba dando a sus hombres para que se las pasasen de unos a otros en la intriga de las concentradas sombras.  Metros más adelante las antorchas encendidas junto a las rudimentarias casas de la misión iluminaban lóbregamente el lugar.  Los hombres paseaban despreocupados, ataviados con prendas sencillas y con pinturas oscuras sobre su piel de las que no era posible distinguir qué representaban por la lejanía que los separaba de ellos. De las mujeres al margen de la luz no se sabía qué estaban haciendo, y las que sí eran visibles frecuentaban marmitas, lo que daba a entender que organizaban el último almuerzo del día. Ninguno de los hombres pudo contar el tiempo, pero sabían que habían pasado horas tumbados en el suelo, armados, cuando Gonzalo dio claramente la ansiada orden de ataque.

 

                        Las ramas de los pocos arbustos que malvivían con los escasos rayos que llegaban al suelo se partían al paso veloz de los forzudos asaltantes.  Se daban prisa por ser de los primeros en llegar para acabar cuanto antes con el asedio que llevaban preparando hacía más de un mes.  Las manos de los atacantes se apretaban contra el pecho para que no dejar caer cuantas armas de asalto llevaban colgando de su cuello.

 

                        Nadie había contado con la presencia de un vigía; por eso, cuando dos de los hombres de Gonzalo se dieron de bruces con él no supieron cómo actuar.  El indio los miró asustado, y extrajo un puñal dispuesto a usarlo; uno de los asaltantes levantó la pistola y la descargó sobre él, que se desplomó inerte en la oscuridad.

 

                        El disparo hizo terminar con las conversaciones que se mantenían en la peculiar misión.  Todas las miradas de los nativos se abalanzaron sobre los religiosos que se encontraban entre ellos.  Para cuando Gonzalo y los suyos llegaron al mismo sitio donde habitaban los autóctonos, muchos de sus habitantes se encontraban ya preparados para el asalto inminente.

 

                        Si en un principio las armas estaban concebidas como método de sometimiento con la simple muestra de las mismas, las circunstancias obligaron a tener que hacerlas parte de la lucha, más que para matar para evitar las sacudidas que los asaltantes recibieron de los indios, aunque se necesitó acabar con más de una vida para dar a entender quiénes eran los más fuertes. Los floretes, flechas y sables que eran arrebatados de los armados pasaban a ser posesión de quienes los habían conseguido; Las luchas cuerpo a cuerpo llegaron antes de lo que se supusieron, si habían sido supuestas, por lo que las armas pronto fueron arrojadas voluntariamente al suelo  en algún lugar recóndito pero cercano con el fin de evitar los pesos y riesgos innecesarios.

 

                        Gonzalo se apartó de la encarnizada lucha y buscó en las casas a los religiosos encargados del cuido de los nativos.  Cuando dio con uno de ellos, amenazándole con la espada que blandía preguntó por el mayor responsable de la comunidad religiosa.

 

                        - Son españoles como nosotros, no nos haga daño, se lo ruego...

 

                        - ¡No es eso lo que te pedido que me digas!

 

                        - Está bien.  Se ha refugiado en la iglesia; desde siempre sabíamos que este día llegaría tarde o temprano, pero le pido que no lo mate, ni a ninguno de los hombres o mujeres pacíficos que viven para Dios...

 

                        Gonzalo ya había salido de la casa y no escuchó más sus súplicas. Un crucifijo de grandes proporciones le señaló la pequeña ermita, en la que entró después de terminar ayudado por tres de sus hombres con la resistencia de varios de los indios que tomaron la puerta de acceso.  El interior estaba fresco, iluminado por estratégicas lámparas que pendían desde el techo otorgando profundidad a la amplia habitación. Junto a un sencillo altar, descubrió el cuerpo de un hombre arrodillado, que rezaba aparentemente concentrado en sus pensamientos, ajeno al escándalo que se había desatado en el exterior; Gonzalo caminó decidido hacia él, quedando de espaldas.

 

                        - Vengo en nombre de la Corona Española para pedirle el anexo de esta comunidad nativa a ella.  Deme su nombre.

 

                        El sacerdote irguió la cabeza lentamente, pero no se volvió a Gonzalo. Su figura temblaba visiblemente a los ojos del portador de la espada.

 

                        - Sabíamos que esto tenía que ocurrir.  Le pido que no haga uso por más tiempo de la violencia sobre esas gentes, que...

           

                        Gonzalo descubrió el particular acento español de aquel señor de rostro desconocido; avanzó unos pasos más para ubicar el extremo de su afilada espada sobre el inicio de la espalda. Con voz cortante, mas sin alzarla, repitió de nuevo su petición.

 

                        - Deme su nombre.

 

                        - Me llamo Felipe Menéndez, y pertenezco a una orden de la Iglesia de Roma...

 

                        Entonces Gonzalo supuso no haber oído bien, y frenó su discurso una vez.

 

                        - ¿Qué es lo que ha dicho?  ¿Cómo se llama?

 

                        - Felipe, Felipe Menéndez.

 

                        Lentamente el sacerdote se volvió al asaltante.  El hombre barbudo que se alzaba ante él le trajo un recuerdo sumergido que tantas veces había regresado antes.

 

                        - ¿Gonzalo? ¿Eres tú, hermano?

 

                        Gonzalo dio dos pasos hacia atrás, dejando que el hombre se pusiese en pie.  El poncho que llevaba dejaba al descubierto sus manos y su cara, que reconoció sin duda.

 

                        - ¿Dónde has estado todo este tiempo, Gonzalo?  No sé nada desde que te marchaste a luchar a favor de España; y veo que aún sigues haciéndolo. 

 

                        - No, no es así.  Han... han sucedido más cosas que eso, sí... No lucho por España, es un... encargo, si puede ser llamado así.  He venido a hacer que esta misión ilegal quede bajo su preciado mandato.

 

                        Felipe lo miró y negó con la cabeza.

 

                        - No, esta misión no permanecerá bajo ningún mandato, ni el de España ni el de sus enemigos.  Nadie va a tocar esta misión, nadie.

 

                        - Tengo orden de que, si no fuese posible una unión voluntaria y pacífica, comunicar el emplazamiento de este lugar para que vengan más hombres armados.

 

                        El sacerdote se acercó a su hermano con la lentitud necesaria para facilitar la confianza.  Cogió con delicadez sutil aquella otra mano que no sujetaba la espada, y se puso de rodillas tratando de capturar su mirada.

 

                        - Pacífica... llamáis a esto pacífica unión.... Oh, hermano, te ruego que no lo hagas, por aquello que más amas, no hagas eso. Deja que la paz siga donde la has encontrado.

 

                        - Ponte en pie - tras unos instantes de silencio, Felipe hizo caso -. No entiendo por qué no quieres la protección de esta gente sobre la que predicas; esta misión será legal y España suministrará lo necesario...

 

                        - No, no es eso, Gonzalo, no es eso.  Sea cual fuese la monarquía a la que pertenezcamos colaboraría con nosotros, eso es cierto, pero... estamos en guerra, los territorios pasan de manos de unos a las de otros, y las misiones sufren con ello.  Uno de los fines de conquistar estas tierras es las misiones.  Las que resultan provechosas para la Corona se mantienen y se extienden, porque estas gentes saben cultivar y extraer frutos de la tierra en la que nacieron, su tierra; pero las misiones que tienen una producción nula son eliminadas, y los indios son vendidos como esclavos.  Eso cuando no son asaltadas las misiones por mercenarios o corruptos y se los llevan por la fuerza.  Por eso llegamos este lugar, para enseñar y proteger a quienes son llamados indios inútiles; los rumores de la existencia de esta pequeña tribu nos llamó a buscarla, y al llegar aquí fuimos recibidos con los brazos abiertos una vez conociesen nuestra voluntad de cooperación.  Dime, hermano mío, dime si uno de ellos no es igual a los que lucen todos los lujos que pueden, ¿qué tienen ellos para ser esclavos, para que su libertad sea arrebatada, cuando a veces son más sabios que aquellos otros que ostentan el poder?

 

                        - De eso no estoy informado, he venido aquí a proteger esta misión, a poner a su disposición cuanto España brinda a las misiones.

 

                        - Lo sé, pero te aseguro que es mejor la inexistencia que procuramos que cuanto España u otra Corona cualquiera, ¡cualquiera! nos pueda ofrendar.  Te ruego que no cumplas tu encargo, que no nos vendas de ese modo tan aparentemente legal.  Decide esto, hermano, y será mayor bien que lo que nos propones.

 

                        - Pero, si hago lo que se me encomendó... arreglaría lo que tengo pendiente, que no es otra cosa que la salida de la prisión en la que llevo años encerrado por motivos de sangre, hermano, y no comprendo lo que me propones, pues continúo confiando en la corona de España que hasta a mi me ha brindado la posibilidad de reencauzar una vida que ya creí perdida..

 

                        Felipe se sentó en un banco de la rudimentaria iglesia. La temperatura en el templo era más cálida que afuera desde donde se escuchaba decaer el terrible forcejeo de la repentina batalla.

 

                        - Está bien, será mejor que sea un conocido a un salvaje, y no me refiero a estos pueblos, sino a los verdaderos salvajes, los que merecen llevar ese nombre pues lo han ganado con sus obras.

 

                        - Lo siento, hermano, de veras; si es verdad lo que dices...

 

                        - No importa, haz aquello que has venido a hacer.

 

                        Gonzalo levantó la espada frente a su prisionero.  En la hoja se reflejó la llama de una vela, que se agitaba incapaz de soportar la ráfaga de viento que se colaba por entre las cañas que formaban la pared.

 

* * * * *

 

                        Ricardo Rodríguez terminó de leer la carta, que había dejado para el final de la lectura de toda la correspondencia.  La guardó donde había llegado con sumo cuidado, se puso en pie.  Estableció el orden entre los papeles que quedaran sueltos, y cruzó la espléndida habitación.  La lámpara que colgaba del techo no estaba encendida, pues quedaban todavía horas de luz suficientes.  Por eso, los cuadros, las piezas de plata y los dorados en los que habían sido bañadas las maderas refulgían más que con la iluminación en la que quedaba la sala por la noche.  Rodríguez se sentó en otra mesa, en otra habitación, seleccionó la pluma de mejor trazado, usó la tinta más cara y se esmeró en hacer una letra exquisita.

 

                        "A Su Majestad el Rey de España, a quien Dios salve y guarde en su gloria:

 

                        El término de la aventura de los hombres encargados de la búsqueda de la misteriosa misión de San Ignacio en Paraguay ha llegado.  Las noticias se las transmito tan pronto como me las he recibido, y me permito exponer en estas líneas un resumen de lo escrito en la carta que me hizo llegar Gonzalo Menéndez, a quien pusimos a su cargo a los demás hombres, misiva que le hago llegar también por si quisiese Su Majestad examinar con más detenimiento los detalles que se exponen. En lo referente a ellos, todos permanecerán en suelo americano con vistas a que prosperen en próximos negocios con el dinero que ya se les ha entregado a cada uno de ellos.

 

                        Menéndez y sus quince hombres no han podido localizar la misión, y tras los cuarenta y cinco días máximos de búsqueda a través de la selva que les otorgamos decidieron regresar, todos vivos y ninguno enfermo en apariencia.  Su investigación ha incluido los residentes de pequeñas aldeas en el cauce del Pilcomayo, y según sus testimonios no existe esa misión por allí.  Sólo un grupo de personas dio pistas, muy inseguras, que sitúan la misión en los territorios de Argentina, lejos del río explorado, mucho más al sur.  Sinceramente, Su Majestad, pienso que esa misión no ha existido nunca, y que aquellos paraguayos no dejan de ser unos mendaces.

 

                        Queda de usted su más obediente servidor.

 

                                                                                    Ricardo  Rodríguez" ^^.

 

© "La Espada", Joaquín Fernand.

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